miércoles, 20 de mayo de 2020

INDICE

Los más famosos casos de psicosis. Las hermanas Papin. Un caso de Lacan


Los más famosos casos de psicosis*
Bajo la dirección de Juan David Nasio
 Capítulo 9
Un caso de Jacques Lacan
 *Extracto tomado de la edición Nueva Visión, 2006.

Es jueves 2 de febrero de 1933 en la ciudad de Le Hans, departamento del Sarthe. Son alrededor de las ocho  de  la noche, la policía municipal se presenta en casa de René Lancelin, quien no logra entrar en su domicilio, fuerza  la puerta  del ex procurador judicial y descubre en el primer piso a la señora Lancelin y a su hija asesinadas, con los cuerpos horrorosamente mutilados y los ojos arrancados de sus órbitas.

En el segundo piso, refugiadas en el fondo de su lecho y pegadas una a la otra, las dos sirvientas modelo, Christine y Léa Papin, confiesan sin dificultad haber cometido el doble asesinato de sus patronas, patronas irreprochables, según las palabras de las propias sirvientas. Únicamente, un incidente menor relacionado con una plancha descompuesta y un fusible que saltó parece haber desencadenado la “Sanguinaria matanza.

Esta crónica policial, aparecida en  la primera plana del periódico local, La Saothe, abría el misterio del caso “Lancelin-Papin”, misterio que daría lugar, durante medio siglo, a las más diversas interpretaciones y a polémicas entre expertos, pero también a creaciones literarias, cinematográficas y, finalmente, a la instalación de toda una iconografía, lo cual permitió que cada uno le atribuyera al crimen el color más conveniente para sostener su doctrina o su fantasía.

Retornemos al 2 de febrero de 1933. Toda Francia se apasionará por la historia de las hermanas asesinas y se dividirá en dos. Unos, los más numerosos, reclaman una venganza ejemplar. Una canción popular, compuesta durante el proceso, exige al tribunal criminal el cadalso para las "homicidas”.

El otro bando, el de la intelligentsia marxista y surrealista, se apropia de la noticia policial. Jean Genet se inspira en ella para escribir su obra de teatro “Las criadas”. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir transforman a las dos hermanas en “víctimas” de la lucha de clases. Simone de Beauvoir escribe: “Solo la violencia del crimen cometido nos da una medida de la atrocidad del crimen invisible, en el que, como se comprenderá, los verdaderos asesinos ‘señalados’ son los amos”. Éduard y Benjamín Péret, desde mayo de 1933 las evocan como “ovejas descamadas” salidas directamente de un “canto de Maldoror”

Entre los surrealistas se instaura toda una imaginería en el corazón de la cual el crimen de las dos hermanas, al constituir un cuadro para el espectador, aparece como el medio supremo de expresión. Medio supremo de expresión también el vínculo existente entre ese crimen “insensato, inusitado, inexplicable” y la vida cotidiana “inmensamente banal” de las dos sirvientas modelo en una familia burguesa de Le Mans en 1933.

Solo algunos cronistas de talento, tales como Jéróme y Jean Tharaud que cubrían el acontecimiento para la prensa parisina, mantienen cierta compostura, desconcertados por el trágico misterio, por la opacidad del enigma que envuelve a las dos hermanas. Pero, entonces, ¿qué son? ¿Criminales, víctimas, heroínas, psicópatas? Es cierto que, como veremos luego, el acto criminal de las dos hermanas contenía ciertas sombras propicias a las proyecciones de cada espectador.

En medio de esta cacofonía de voces y de interpretaciones y en este clima de contagio emocional, se elevó precisamente una voz que habría de dar sentido a las variadas visiones parcelarias al calificar el crimen de paranoico. Es la voz de un joven psiquiatra que acaba de publicar su tesis de doctorado que lleva el título que ya conocemos, “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad”, tesis en la que el caso central se nutre del encuentro de Lacan —pues de él se trata— con la famosa Aimée en la enfermería de Sainte-Anne.

En el curso de su tesis, también Lacan se apropia de la noticia policial que convulsiona a Francia. En diciembre de 1933, es decir dos meses después del proceso, Lacan publica, en la revista surrealista “Le Minotaure”, el artículo que abordaremos aquí titulado: “Motifs du crime paranoique: le crime des scevirs Papin”. Ciertamente, Lacan nunca conoció a las hermanas Papin; para su estudio se basó en la lectura del acto criminal, lectura que lo llevó, por lo demás, a modificar ciertas conclusiones de su tesis, cuando la tinta aún no se había secado por completo.

De modo que Lacan hace su entrada en el mundo psicoanalítico gracias a las enseñanzas de su paciente Aimée y de “sus hermanas en la psicosis”, Léa y Christine, del mismo modo que, en su época, lo hizo Freud de la mano de sus bellas histéricas.

El artículo de Le Minotaure  marca  un  punto  de  inflexión en su tesis sobre la paranoia de auto castigo y su invención del “estadio del espejo” de 1936. Punto de inflexión que abre un largo camino por el cual llegará a instaurar y a precisar las categorías de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real.

Relato del acto homicida

Habiendo pagado la deuda correspondiente a los “Antecedentes” —para parafrasear a Lacan—, quisiera ahora penetrar en esta historia desarrollando dos puntos. El primero consistirá en proponer un análisis estructural del acto criminal haciendo hincapié en los rasgos específicos y singulares que lo caracterizaron. El segundo punto será llegar a comprender quiénes eran las hermanas Papin y para ello me limitará a evaluar las características clínicas de su acto.

Singularidad del acto

Enfocaremos cinco aspectos principales:

-El carácter súbito.
-La ausencia de motivo aparente.
-La violencia y la ferocidad.
-Su rigor.
-La simetría de las protagonistas.

Son alrededor de las 19 de esa noche de febrero de 1933. La señora y la señorita Lancelin regresan de una venta de caridad donde han hecho algunas compras menores, compras que quieren dejar en la casa antes de salir nuevamente a cenar en la ciudad.

El ataque sobreviene en el momento en que las dos mujeres entran en la casa: los sombreros, los bolsos de mano, los paquetes desparramados cubriendo el piso alrededor de los cadáveres son el testimonio del carácter súbito del ataque; madre e hija no tuvieron siquiera tiempo para quitarse los sombreros o depositar los demás objetos sobre algún mueble; las manos de la señora Lancelin aún llevan puestos los guantes. La ausencia de heridas de cualquier tipo, ni siquiera rasguños, en Léa y Christine, demuestra, por lo demás, que no hubo lucha. Las víctimas no pudieron defenderse ni prevenir el ataque; se trata, pues, de una agresión que, de entrada, alcanza el paroxismo de la furia. Además, ¿por qué razón deberían aquellas señoras estar vigilantes o alertas? Hasta un minuto, hasta un segundo antes de que se desencadenara el acto salvaje, nada había perturbado la tersa superficie de las relaciones entre las dos criadas y sus patronas. Pero, ¿entonces que ocurrió? Una plancha descompuesta, un fusible que saltó y sumergió la gran casona en la penumbra, tal vez una mirada de reproche, un relámpago de mal humor en los ojos de la señora Lancelin y todo se derrumba. A ese motivo fútil, a ese motivo insignificante, responderá la horrible carnicería.

Horrible, en efecto, es la palabra que corre bajo todas las plumas. Horror, en efecto, el de esos dos cadáveres bañados en su propia sangre con las cabezas espantosamente destrozadas a causa de los repetidos golpes recibidos. Horror además el que provoca esa papilla humana sanguinolenta, de partículas proyectadas aquí y allá sobre las paredes, materia cerebral, fragmentos óseos, dientes arrancados, salpicaduras de sangre. Más horrible aún, esos ojos “arrancados en vivo” en los primeros momentos del ataque: globos oculares que rodaron a merced de las asperezas del suelo, en un desorden de llaves, de guantes, de papeles arrugados: ojos muy abiertos para siempre carentes de mirada, objetos extraños, heteróclitos en el medio de objetos que se han vuelto aún más heteróclitos a causa de esta proximidad.

El horror, pues, de esos ojos arrancados a víctimas vivas, “la metáfora más utilizada del odio”, como escribirá luego Lacan; sin embargo, para Léa y Christine, no se trata de ninguna metáfora: “Te arrancaré los ojos”, significa, al pie de la letra, en el sentido más puramente literal lo que han de ejecutar: estamos, pues, en una clínica de lo Real.

Sabemos que fue Christine, la mayor, quien realizó la mayor parte de la faena. Léa la sigue y se limita a imitarla. ¿De dónde sacaron estas dos niñas pálidas y endebles semejante fuerza diabólica? Energía furiosa surgida no se sabe de  dónde,  que las lleva a golpear hasta el límite de sus fuerzas con una ferocidad y un encarnizamiento inusitados. Lo “nunca visto”, lo nunca visto en los anales criminales. Léa, por cierto,  mete  las  manos  en  la  masa,  pero  solo  al  final de la operación. Ella es quien pos mortem,  una vez  que  sus  víctimas están ya sin vida, les asesta profundas cuchilladas en las nalgas, los muslos y las piernas. Cortes profundos que llamará “tajaduras” y que indudablemente recuerdan las realizadas en la cocina, en los panes y las carnes, a fin de asegurase la cocción justa.

¿Sadismo, humor macabro, firma del acto, como a veces dejan los criminales en el lugar de sus fechorías? Ese complemento de obscenidad, ese desorden de ropa interior y carnes mezcladas talladas por el cuchillo no dejan de interrogarnos. Encarnizamierito,   pues,   y   ferocidad   aun   mayores  por cuanto, al no haber ninguna premeditación en el crimen, las hermanas tomarán  los  instrumentos  que  estén  a  su  alcance   para   cometer el asesinato: un jarrón  de  estaño  que  se  halló  tirado  en  el piso, aplastado por los golpes asestados con él, un martillo, los mejores cuchillos de  cocina,  en  suma, sus herramientas  de trabajo cotidianas. Terminada la faena y con las víctimas ya decoradas, decoradas de manera tan curiosa, las hermanas limpian sus herramientas de trabajo, las vuelven a colocar cuidadosamente en su lugar, como amas de casa preocupadas  por  el  orden,  se lavan, se deshacen de sus ropas ensangrentadas y, cuando  por fin está todo ordenado, en su lugar, intercambian este comentario: “Quedó todo limpio”.

Luego, la confesión sin reticencias, de estilo provocador. Es Christine quien dice: “Mi crimen es suficientemente grande para que yo diga las cosas corno  son”.  Después, nada más; salvo las súplicas de ambas para que les permitan permanecer siempre juntas, no piden nada más. Todo lo que tienen que decir, imposible de decir, está allí acumulado en ese acto en el que se ha dicho todo.

Finalmente, un último punto referente a la simetría de las protagonistas de este drama. A la pareja de las patronas corresponde la pareja de las dos sirvientas. A la pareja madre-hija de las Lancelin, corresponde la pareja Christine-Léa, hermanas, por cierto, pero unidas por una relación cuya naturaleza profunda es la del vínculo de madre a hija. Simetría-reversibilidad de las dos parejas, tan bien condensada en esta frase de Christine: “Prefiero gire hayamos sido  nosotras  las  que  fax  despachamos  a  ellas  y no ellas a nosotras”.

Esta formación de parejas de mujeres es un punto esencial para nuestro propósito, puesto que constituye la matriz de todas las relaciones de la familia Papin. Ese modo de funcionamiento es constante entre Léa y Christine, quienes, más allá de las combinaciones diversas de esta fórmula, no conocen ninguna manera de relacionarse con el otro que no sea la célula formada por dos mujeres juntas que se bastará a sí mismas. Así tenemos sucesivamente: Isabelle-Christine / Christine-Emilia / Christine-Léa/ Léa-la sobrina de Clémence / Léa-Clémence, la madre.

Personalidad de las hermanas Papin

¿Quiénes eran, pues, las hermanas Papin?  Por  supuesto, como lo anunció en la introducción,  solo presentaré de  ellas y  de su vida los puntos singulares que me parecieron los  rasgos que mejor las pintan, y los de los sucesos de su existencia que aparentemente constituyen las coordenadas obligadas de la concreción del acto criminal.

Por lo demás, el modo de funcionamiento de las dos hermanas pronto nos obligará a concentrar nuestro análisis en Christine, como ya lo habrá comprendido el lector al llegar a este punto de la narración, el elemento activo, el elemento motor de la pareja Léa-Christine. Hasta me siento tentado a decir, para calificar la personalidad de ambas, que eran, en primer lugar, las hijas de Clémence, su madre, y objetos exclusivos de esta per- tenencia. Extraída conducta, en efecto, la de esta madre que no cría ni a Christine ni a Léa, sino que las coloca, las desplaza a su gusto a lo largo de toda la infancia y la adolescencia de las niñas, hasta que entran en la casa de los Lancelin.

Christine tiene solo veintiocho días cuando Clémence, su madre, se la confía a Isabelle, una cuñada soltera. Christine pasa junto a Isabelle siete años de días apacibles y felices cuyo curso Clémence interrumpe para llevarla consigo e internarla casi inmediatamente en el Instituto del Buen Pastor con Emilia, la hermana mayor. Sí, las hermanas Papin eran tres y no dos, pero esa es otra historia. Entre los altos muros del Buen Pastor, pero bajo la mirada bondadosa y protectora de Emilia que pronto toma los hábitos, Christine pasa ocho años, ocho años durante los cuales aprende a trabajar y a obedecer. Christine tiene 15 años cuando Clémence llega a retirarla urgida y sumamente perturbada. Clémence, su madre, a quien Christine acaba de comunicarle su deseo de seguir el camino trazado por su hermana Emilia y hacerse monja a su vez, alentada en esta vocación por las religiosas del Buen Pastor. Para Clémence, esto es demasiado. Primero Emilia y ahora su segunda hija Christine le sería sustraída, robada, raptada por una potencia oscura y más fuerte que la suya. ¿Hacerle esto a ella? De modo que se apresura a retirar a Christine de la institución antes de que sea demasiado tarde, cuando aún está a tiempo de reivindicar sus derechos sobre la joven.

Christine ya ha alcanzado la edad de trabajar, de ganar su propio dinero, de modo que Clémence la coloca en una casa de familia. Y durante varios años la colocará y la retirará de varias casas. Pronto le llega el turno a Léa, cuya infancia responde a un esquema en todo sentido comparable al de Christine: al mes, Clémence se la da a criar a una tía suya y al tiempo se la lleva de vuelta a su casa para internarla en seguida en el orfelinato de Saint-Charles hasta los 13 años, edad en que la retira pues ya la considera apta para trabajar.

Llegados a este punto del relato se nos presenta un interrogante, crucial para nosotros: ¿por qué razón Clémence entrega a sus hijas, las recupera y las vuelve a entregar repetidamente? Entendemos que se trata de un modo de confirmar permanentemente su dominio sobre las hijas, asegurarse su derecho de fiscalización sobre esas niñas que, en toda circunstancia, deben continuar estando “sometidas” a ella. Tal la expresión empleada por ella misma.

Pero esto no basta para explicarlo todo. En realidad, hay dos cartas escritas por Clémence a sus dos hijas en febrero y marzo de 1931, es decir, exactamente dos años antes del crimen y dos años después de la ruptura súbita, total, sin palabras y sin motivo de las hijas con su madre. Y esas dos cartas son lo que más cerca está de revelarnos el mecanismo que opera en Clémence y que es, para decirlo apropiadamente, “delirante”. En las cartas, la mujer habla de celos, de celos contra ella misma y contra sus hijas: “Hay celos contra ustedes y contra mí"’, escribe textualmente. También habla de persecución: alguien la estaría persiguiendo a través de sus hijas. Se trata de un perseguidor no identificado, designado por un “alguien” no especificado. Cito: “Alguien os hará caer para convertirse en nuestro amo, hará lo que quiera de vosotras”.

Estas cartas son el testimonio de un estado de tensión, de un estado de apremio, de urgencia por huir de ese “alguien” perseguidor. Estarían ante un complot, en el cual los empleadores se harían cómplices de Dios para llevar a cabo con toda impunidad el rapto de niños, porque de eso se trata. Las dos cartas son verdaderas piezas de convicción, paradigma del conocimiento paranoico, en el cual Clémence atribuye al otro el funcionamiento mismo que tiene en relación con sus hijas —funcionamiento que ella ignora en tanto es lo que la anima a actuar como lo hace—, lo proyecta en ese “alguien”, ese monstruo anónimo, decorador de niños que, al ser anónimo, está evidentemente en todas partes, puesto que es ella misma. “Uno cree tener amigos y son todos grandes enemigos”, les escribe a sus hijas en las cartas.

Tratemos, sin embargo, de imaginar qué ocurre con Léa y Christine en casa de los Lancelin. Es Clémence, siempre Clémence, quien “coloca” a Christine. La muchacha tiene ahora 20 años. Desde que se separó de Emilia, conserva la nostalgia de ese amor jurado al Buen Pastor y ha depositado todo su afecto en la hermana menor, Léa, que por entonces tiene 16 años. Christine quiere verla, quiere tenerla siempre a su lado, hasta tal punto que, al cabo de algunas semanas, le pide a la señora Lancelin que la contrate para asistirla, para ayudarla en las tareas hogareñas. La señora Lancelin acepta encantada: Christine será cocinera y gobernanta y Léa, camarera. La señora Lancelin establece las reglas en vigor en la casa y las enuncia desde el momento mismo de la contratación. Solo la señora se ocupa del personal doméstico, da las órdenes y formula las observaciones necesarias para la buena marcha del servicio. Su interlocutora es Christine quien transmite a Léa las órdenes. No habrá ninguna familiaridad entre la clase de los domésticos y la de los patrones. De un grupo al otro, no hay ningún intercambio. Tales son las reglas de la casa, reglas que convienen perfectamente a Christine, cuyo carácter arisco y altanero no se ajusta bien a las familiaridades. Además tiene a Léa a su lado y Léa está conforme.

Bien alimentadas, bien albergadas, bien tratadas, serán en aquella casa lo que siempre  fueron: empleadas  domésticas  perfectas, limpias, honestas y que saben cumplir perfectamente con el servicio. En silencio, como en el convento, trabajan mucho y bien durante todo el día y disponen de una o dos horas después del almuerzo para retirarse a su habitación y descansar. Nunca piden permiso para salir; la verdadera salida es la misa de ocho del domingo, a la cual asisten enguantadas y tocadas con sombreros, vestidas con coquetería y elegancia.

Mantienen una actitud distante con todo el mundo, pero son amables y deferentes; serán, hasta último momento, verdaderas perlas” envidiadas a los Lancelin por todos sus amigos; emplea- das, “sirvientas modelo”. Sirvientas modelo, ciertamente, pero aun así sirvientas extrañas, misteriosas. Ante todo, está ese afecto exclusivo que las une. En los seis años de vivir en casa de los Lancelin, no esbozan nunca el menor intento de encuentro con algún muchacho, ni tampoco con las jóvenes domésticas de su edad empleadas en las casas vecinas. Si con los comerciantes del ramo, quienes al no obtener de ellas más de diez palabras seguidas, las consideran extrañas. Nunca van a los bailes ni al cine. Son inseparables y su auténtica alegría consiste en reencontrar- se en su habitación, en “nuestro hogar”, como les gusta decir. Retiradas así en un encierro temeroso y delicioso a la vez, fuera del mundo, fuera del tiempo, ¿qué hacen las hermanas? Y bien, bordan. Bordan su ajuar: faldas esponjosas, calzones con volantes escalonados, camisas con las iniciales caladas y adornadas con las más bellas puntillas, en suma, un ajuar lujoso digno de las muchachas mejor dotadas de la ciudad. Pero, ¿para quién es esa ropa interior) (Para qué novia? ¿Para qué galán? Pues ellas no han dejado nunca que ningún hombre se les acercara; se han hecho un juramento: jamás ningún hombre las separaría.

Felicidad de a dos, complementariedad narcisista, mundo cerrado en el que cada una es para la otra la totalidad del universo, en el que comparten todo con una transparencia total: el trabajo, el descanso, el tiempo libre los temores, las aprensiones, las heridas, Clémence, la señora y, más tarde, la misma responsabilidad por el crimen cometido. En relación con este caso se ha hablado mucho de “alma siamesa”, de pareja psíquica. Esto merece una mayor precisión. El vínculo entre Christine y Léa es siempre asimétrico. Christine es la que protege, la que instruye, la que manda, mima, consuela y Léa es quien se deja amar. No estamos ante dos seres idénticos, sino más bien ante una prenda y su reverso, ante el original y su copia, ante la voz y el eco.

Otro rasgo extraño —y más que extraño inquietante— es la recelosa susceptibilidad de las hermanas a toda forma de reproche u observación. Efectivamente, a Christine y a Léa les cuesta aceptar que se las “mande”. A Christine, sobre todo, cuya naturaleza arisca y altanera no admite ninguna observación, ni de Clémence, su madre, que la abrumaba de advertencias, ni de ninguna patrona. Toda observación le resulta absolutamente intolerable. Herida narcisista vivida como persecución, pues implica indefectiblemente para ella un supuesto goce del otro en el acto de humillarla.

De modo que el cumplimiento de sus tareas será perfecto, impecable. Esa perfección, esa inagotable aplicación al trabajo es para Christine la muralla que tiene a raya al monstruo perseguidor, ese monstruo perseguidor que hace crecer en su interior una tensión agresiva cuyo impulso la supera y la inunda. Un día en que la señora había tomado a Léa por la manga con la punta de dos dedos y la había obligado a arrodillarse para levantar un papel que, habiendo eludido la limpieza, rodaba por el piso de madera refulgente, Christine con las “mejillas arreboladas”, casi sin aliento, en un momento de furia que aterrorizó a Léa, ¿no había acaso sacudido las rejillas de fundición de la cocina haciendo gran estrépito para aliviar su cólera? Christine y Léa amenazando a coro: “Que nunca se le ocurra volver a empezar con eso... si no...”. En efecto, la sensibilidad de las hermanas a la menor observación,  al menor  “pellizco” está  a flor de piel, es ineluctable, extrema. Pero los ruidos y el furor de la cocina nunca llegan al saloncito-escritorio donde le gusta instalarse a la señora para saborear la comodidad mullida de su casa, que ahora huele tan bien a cera y resplandece como una moneda recién acuñada, gracias al trabajo de las dos jovencitas.

Tres acontecimientos han de atravesar la superficie tersa de esta existencia,  tres sucesos que, como un drama en tres actos, habrán de entretejerse hasta llegar al desenlace la noche trágica del 2 de febrero. La señora Lancelin, impresionada por la “seriedad” de la aplicación de sus criadas, va a violar la regla de neutralidad establecida por ella misma desde el comienzo. Interviene a fin de que, a partir de entonces, Christine y Léa guarden para sí la totalidad de sus salarios, en los cuales la madre “había metido la mano” desde siempre. Acontecimiento de la mayor importancia, porque desde ese momento la señora Lancelin se presenta a una nueva luz. Ya no es simplemente una patrona, sino una mujer que se preocupa por la felicidad, por el bien de sus empleadas. Léa y Christine reciben ese gesto como un acto de afecto y establecen con la señora Lancelin un vínculo de otro orden: vínculo maternal, rostro pacificado, civilizado, de la maternidad que contrasta enormemente con el rostro posesivo, reivindicativo y celoso de la madre verdadera. “Es tan buena la señora”; además, en el secreto de sus confidencias, ¿no la llaman ahora “mamá”?

El segundo acontecimiento es la ruptura ulterior de Léa y Christine  con su  madre,  Clémence.  Ruptura  súbita, definitiva, sin motivo aparente,  sin disputa y sin palabras,  que se produce un domingo de octubre. Interrogada sobre el hecho, Clémence declarará luego: “Nunca supe por qué razón mis hijas ya no  quisieron  volver a verme”. Interrogadas a su vez, Léa y Christine  evocarán  las observaciones de Clémence que tanto les molestaban. Una vez más la palabra “observaciones”. Estamos aquí en el corazón del espejo de las palabras, el espejo de  los  seres, el  espejo  de las pasiones desplazadas unas sobre otras. Al quedar Clémence fuera del juego, la señora Lancelin ocupa todo el espacio maternal. La tensión crece en la casa, el carácter de las hermanas se hace más sombrío y taciturno, las criadas se repliegan aún más en sí mismas y ya no le dirigen la palabra a nadie.

El tercer acto tendrá lugar en la alcaldía de Le Mans. Alcaldía en la que las muchachas se presentan un  día  del mes de agosto,  mientras  los  Lancelin  están  de  vacaciones. En un estado de extrema tensión y sobreexcitación, le manifiestan su voluntad al alcalde: hacer emancipar a Léa. Pero, ¿emanciparse de quién y de qué? No saben responder a eso. Ante el alcalde desconcertado, mencionan un supuesto secuestro y, al mismo tiempo, reiterar con convicción su deseo de permanecer juntas en casa de la familia Lancelin donde se encuentran muy bien.

Gestión confusa y complicada, incomprensible para el alcalde, quien las deriva a la esfera de la comisaría central. Allí, ante el comisario estupefacto, manifiestan que se sienten perseguidas”, perseguidas por “el alcalde que, en lugar de defenderlas, las persigue”. En suma, la inquietud del comisario es tal que, cuando el señor Lancelin regresa de sus vacaciones, lo cita para prevenirlo y hasta llega a aconsejarle: “Si yo estuviera en su lugar no conservaría a esas muchachas.  Son   verdaderas perseguidas”.   Pero   René   Lancelin no permite que nadie se ponga en su lugar. De modo que hace oídos sordos a la advertencia y hasta la olvida. La olvida hasta la noche en que... una plancha descompuesta hace saltar los fusibles y la gran casona queda en la penumbra, la noche en que Christine y Léa, turbadas, suponen una observación, un relámpago de mal humor en los ojos de esa madre y esa hija unidas, que les hacen frente, dos miradas en las que leen algo terrible: “inútiles”, “no sirven para nada”.

Hacer callar esas miradas... lo volver a ver esos ojos que las devuelven a las tinieblas, a sus propias tinieblas. Todo se derrumba y se desencadena la orgía sangrienta.

Efectos del acto criminal en Lea y Christine

No volveré a hablar del acto criminal en sí mismo más que para sacar conclusiones sobre el efecto de corte que tuvo. Efecto de corte ulterior que disloca la pareja Léa-Christine y resuelve el encierro narcisista y mortal de las hermanas.

Detenidas desde el momento de confesar el crimen, Léa y Christine son trasladadas a la mañana siguiente a la cárcel, donde se las instala en celdas separadas. Ciertamente, durante las primeras semanas de aislamiento, las declaraciones de una y otra serán siempre réplicas, en el sentido de copia, idénticas, lo cual hará que expertos y comentaristas escriban: “Al leer sus declaraciones uno tiene la sensación de ver doble”.

Pero, a partir del mes de abril, las crisis de Christine pasan a ocupar el primer plano. Crisis cuyo objeto, cuyo centro, es Léa. A gritos reclama que le “den a Léa” que le “lleven a Léa”. Son crisis de extremada violencia que en varias ocasiones requieren el uso de camisa de fuerza. Crisis que, en definitiva, por muchas de sus características, parecen la repetición del acto criminal: el mismo grado de sobreexcitación, los mismos intentos reitera- dos de arrancarse lo5 ojos o de arrancárselos a quienes supone la separan de Léa: la guardiana y hasta su abogado que no ha deja- do de manifestarle una atención comprensiva y afectuosa. Las mismas exhibiciones eróticas: levantarse la falda diciendo obscenidades. Muerde a quien se le acerca, se golpea contra muros y ventanas, niega, en suma, lo real que la separa de Léa.

Quiere ver a Léa, tenerla a su lado para borrar la aterradora alucinación que ahora se le impone: “Lea, colgando de un árbol, con las piernas cortadas”. Aquella noche del 12 de julio, la sobreexcitación de Christine es tal que una guardiana que acude al oírla declarará luego: “tal vez Christine fuera un monstruo, pero semejante dolor habría conmovido a una roca”. Las rocas no se conmueven y los muros no se abres para dejarla pasar. En cambio, el corazón de la guardiana se enternece y esta, contraviniendo todas las consignas, le trae a Léa a su celda. Cuando Christine la ve, se precipita sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta, la ahoga. Léa está a punto de desmayarse, Christine la sienta en el borde de la cama, le quita la camisa; con una mirada de horror y en un creciente estado de exaltación, con la respiración entrecortada, le suplica: “Dime que si“, dime que sí...”. Lea se ahoga y se debate, intenta escapar a esta furia. La guardiana se ve obligada a separarlas y a maniatar a Christine.

¿Qué sombra, qué imagen, qué marioneta de su teatro estrechó Christine aquella noche entre sus brazos? Nunca lo sabremos, pero sí sabemos, en cambio, que después de aquel abrazo, que sería el último, Christine se hunde en un desconocimiento total de Léa. Hasta el momento de su muerte, nunca volverá a reclamarla, nunca volverá a nombrarla.

Al mismo tiempo que se opera esta separación tan salvaje como definitiva y que se desgarra el vínculo que mantenía estrechamente unidas a las dos hermanas, aparece en Christine un delirio místico que desde entonces la invadirá. Figuranta de su propio proceso, con una indiferencia y una ausencia radicales, recibe de rodillas el veredicto que la condena a muerte, a la guillotina. No formula ninguna demanda que apunte a librarla de su destino: se niega a firmar toda apelación o todo pedido de gracia. Deja su suerte librada a las manos de Dios, del Dios de Emilia.

Christine muere el 18 de mayo de 1937, no en el cadalso, sino en el manicomio central de Rennes, de una muerte a la que se abandonó desde aquella noche de julio en la que se separó para siempre de Léa.


Léa, condenada a diez años de trabajos forzados, sale de la prisión en 1943, después de haber manifestado una conducta ejemplar, y regresa junto a su madre, Clémence, en cuya casa vivirá hasta el fin de sus días. Léa murió en 1982.

Tal la historia de las hermanas Papin, hijas de Clémence: Emilia sería para Dios, Christine para la locura y Léa para su madre.

Las cuestiones teóricas del crimen de las hermanas Papin

Antes de embarcarme en la teorización de este caso, quisiera disipar la ilusión que sería considerar el crimen de las hermanas Papin como una respuesta a un contexto social, pues algunos lo redujeron al desenlace trágico de un conflicto entre patrones y empleados.

Digo que esta es una ilusión teniendo en cuenta una cantidad de cuestiones de puro sentido común que el doble homicidio plantea. La primera y más importante es la siguiente: ¿por qué alguien masacraría a sus patrones por meros desacuerdos? Sobre todo cuando sabemos que Christine y Léa, según lo afirmaron en el tribunal, nunca antes habían tenido empleadores tan correctos corno la familia Lancelin. Luego, suponiendo que haya habido un conflicto, ¿por qué tanta violencia y  ensañamiento? Evidentemente, hay que buscar en otra parte las causas de este impulso homicida.

Pero, veamos qué caracteriza la locura de a dos y luego cómo se contagia un sujeto la locura de otro sujeto, y cómo ese contagio llega hasta el punto de unirlos, como pareja psicológica, en un mismo delirio. Veremos qué:

-La locura de a dos se funda en el fenómeno inductivo debido a un vínculo particular  entre  las dos  protagonistas.
-El contagio se produce si se dan ciertas condiciones.
-Un individuo  equilibrado  no se dejaría  arrastrar  al delirio de un alienado. Asimismo, no hay muchas probabilidades de que un alienado se vea contaminado por las ideas delirantes  de otro alienado,  pues  cada  uno  está encerrado en su propio delirio.

Condiciones de un delirio de a dos

De modo que es necesario que se den condiciones muy  particulares para engendrar  este fenómeno.  ¿Cuáles son  esas condiciones?

-Debe darse el encuentro de dos sujetos: un sujeto activo, portador  de un  delirio que  le impone  al otro sujeto, sobre el cual ejerce una influencia cierta. Este último, receptivo, inclinado a la docilidad, se dejará ganar gradualmente por la locura del otro. Con la mayor frecuencia se trata de dos miembros de una misma familia, hermano y hermana, madre e hija o, en la situación que nos ocupa, dos hermanas. Esta posibilidad existe igualmente entre marido y mujer.

-Además de esta primera  condición, para que se dé el delirio común, es necesario que esos dos individuos vivan durante un largo período en un mismo ambiente y cultiven los mismos intereses, tengan las mismas aprensiones y las mismas esperanzas y que sean impermeables a las influencias exteriores. Sobre una base de confianza mutua, los dos actores comparten sus aspiraciones y sus pesares que llegarán a transformarse en un bien común, del que hablarán en los mismos términos y que estarán en condiciones de reformular de manera casi idéntica. De modo que este trabajo se desarrolla progresivamente en el tiempo y simultáneamente en los dos espíritus hasta el punto de convertirlos en espíritus Siameses. La tercera condición necesaria para que se instaure una locura de a dos tiene que ver con el carácter verosímil del delirio; cuanto menos brutal parezca, tanto más fácil será de comunicar. Un loco alucinado al extremo, perseguido hasta el exceso, implacable en sus reivindicaciones y sus afirmaciones, tiene poca probabilidad de arrastrar a otro, por frágil que este sea, hacia su propia locura.

En otras palabras, el contagio es tanto más fácil cuanto más se mantiene el delirio dentro de límites aceptables. Solo esta condición permite que las convicciones de uno se implanten en la razón del otro. En resumen, el que llamaremos “el débil”, en este caso Léa, solo consiente en este juego de la locura de a dos si la historia le interesa personalmente y si su inteligencia no se rebela. Su participación en sucesos que, en parte, tienen nexos con la realidad, le permite dar el paso que conduce de un juicio que falla al delirio.

Es conveniente precisar que, en la mayor parte de los casos, “el débil” suele estar menos afectado por esta locura que su compañero. A menudo, basta con separar a los dos protagonistas para que el segundo, liberado del influjo delirante del compañero, se recupere y hasta llegue a criticar sus anteriores divagaciones. Léa se encontraba en esta situación: su personalidad estaba siendo absolutamente aniquilada por la de Christine, auténtica psicótica, que ejercía sobre su hermana una influencia desmesurada.

Este análisis fenomenológico, hecho ya hace mucho tiempo, fue particularmente profundizado por Laségue a mediados del siglo XIX y tuvo gran importancia pues puso un poco de orden en un cuadro que hasta entonces parecía confuso.

De todos modos, nos deja situados en una perspectiva en escorzo, limitados al aspecto descriptivo, exterior. Es un análisis que nos dice cómo pueden producirse tales acontecimientos, pero no nos dice nada acerca del por qué, ni acerca del mecanismo que impulsa el paso al acto. De modo que debemos profundizar el examen. 

El personaje materno

Para comprender cuál fue el motor del crimen de las hermanas Papin tendremos que echar alguna luz sobre otro personaje que se encuentra en las sombras de este caso. Es Clémence, la madre. El vínculo particular que unía a las dos hermanas puede ordenar, dar cierta forma, al crimen. Pero lo que ha de constituir el motor de este acto demencial son dos locuras, de dos personas, habitada cada una por su propio delirio; y estamos hablando, no de las dos hermanas, sino de Christine y Clémence, la madre, dos psicóticas, enfrentadas Cara a cara, pues el delirio de la hija responde al delirio de la madre. Allí se sitúa el eje auténtico y original de este crimen, antes que en la locura de Christine y Léa, que solo es el efecto secundario.

A partir de ahora, hablaremos esencialmente de Christine. Pues Léa, no hizo más que arremolinarse en los aires de influencia de su hermana mayor, no hizo más que seguirla.
Examinemos, en primer término, la locura de la madre. Respecto de sus hijas, Clémence mantiene una relación de apropiación. Y a través de ellas se siente perseguida. Alguien quiere apartar a las hijas de su lado. Y lo dice en sus cartas a Christine y a Léa: “Cuento con vosotras dos o pesar del dolor que me causa haberme enterado de que hay quienes están haciendo todo por haceros volver a un convento”. En la misma misiva llega a denunciar como autores de tales maniobras a gente de la Iglesia y a los patrones de sus hijas que las alejan de su lado. ”Os han apartado de vuestra madre [...]. Os harán caer para convertirse en vuestros amos [...]. Harán lo que quieran con vosotras. Partid, no les deis vuestros ocho días a nuestros empleadores. ¡Partid.!”

En   otro  momento,  la  mujer  predice: “En  la vida  no sabemos lo que  nos espera   [...]  hay  celos contra  vosotras y contra mí  [...].  Desconfiad, uno cree tener amigos y muchas veces son grandes enemigos, hasta los que están más cerca”. Y agrega: “Os  han apartado  de  vuestra madre para que no veáis nada de lo que os hacen [...]. Dios nunca admitirá que  encierren  a dos niñas. Entre los católicos, cuanto más honesta es una, más infeliz”.  Podemos   suponer   que   el  deseo de Clémence de impedir que sus hijas tomen los hábitos  fue consecuencia de la vocación religiosa de Emilia, la mayor, que no encontró otro para sustraerse  a su dominio. Por  otra parte, la madre nunca la aceptó ni perdonó y jamás  volvió  a dirigirle la palabra. Privarla de una hija corresponde para ella al orden de lo insoportable. Sobre todo, es indispensable que esto no se repita. Y, como vimos, Christine no logró seguir a Emilia por ese camino.

Las cartas en cuestión son cartas apremiantes, escritas por una madre enloquecida, porque sus hijas han cortado  toda  relación con ella. Hasta entonces, Clémence hacía lo que quería. Las colocaba en una casa o las retiraba  de ella,  a su gusto, se apoderaba de sus salarios y no dejaba de hacerles observaciones desagradables. Christine dirá más tarde: “Desde el momento en que nos veía esta mujer [Clémence] nos abrumaba con  sus críticas”. Mientras ese tipo de relaciones se perpetuaba,  Clémence  tenía  la sensación de dominar el juego. En resumidas cuentas, tenía a sus  hijas  vigiladas y las manejaba con puño de hierro. Precisamente, Christine tratará de huir de esa mirada acosadora y de ese dominio de  la madre. Pues si la madre  tiene  un  delirio  de  celos  (cuyo  objeto son sus hijas), Christine tiene  un  delirio  paranoico  de  persecución y de reivindicación (liberarse, sustraerse a esa influencia).

Así como el histérico sufre en su cuerpo y el obsesivo en sus pensamientos, el paranoico sufre por el otro, por el semejante. Tal es el funcionamiento mental de Christine. Funcionamiento  que se basa en la percepción del otro como perseguidor.
  
Estas son, pues, las dos locuras que constituirán el punto de partida de nuestro examen del crimen de las hermanas Papin. Para que las hermanas hayan llegado a una situación en la que es posible cometer un crimen, hasta el punto  extremo del derrumbe mental, hicieron falta al menos tres condiciones que abordaremos sucesivamente.

 Factores desencadenantes del crimen

--Primera condición: intento de romper el vínculo maternal. Christine trata de sustraerse a la influencia de Clémence, objeto invasor y perseguidor. Su primera acción es romper toda relación con ella. Luego, Christine no solo deja de darle su sueldo, sino que la llama “señora”. Pero, evidentemente, esto no basta para marcar la separación. Algún tiempo después, sobreviene el incidente de la alcaldía en el que Christine profiere acusaciones contra el alcalde de la ciudad, a quien había ido a pedirle la emancipación de Léa.

La hermana menor representa para Christine su otro yo, una especie de prolongación de sí misma, sensación fortalecida por su presencia permanente. La cobija, la protege y le da profundas señales de amor. Al hacerlo encuentra una reparación a través de su hermana. Ahora bien, Léa, esa doble de sí misma, es menor y se halla realmente bajo la tutela materna. Es como si la propia Christine se hallara en esa  condición. Al liberar  a su hermanita de lo que la somete, busca liberarse a sí misma; y al solicitarle al alcalde la emancipación, en realidad se la exige a su madre. Porque se ha operado una deslizamiento metonímico del significante mére [“madre”, en francés] al significante maire [“alcalde”, en francés y de pronunciación semejante a mére]. Este deslizamiento se produce gracias a la similitud fonética de las dos palabras.

A causa del choque de los dos significantes, la demanda de emancipación llega a ser indecible. Es una demanda que no se puede decir y que se transforma en denuncia de persecución.

Las hermanas se mostraban agitadas. El alcalde trató de calmarlas. Christine, sin embargo, se presentó en la comisaría para denunciar que el hombre las persigue en lugar de protegerlas. Estos son exactamente los mismos reproches que formula contra su madre. Al acusar a uno de persecución, en realidad acusa al otro (a Clémence).

--Segunda condición: transferencia maternal sobre la futura víctima. La segunda condición para que se creara una situación peligrosa fue la transferencia maternal operada  por Christine en la persona de la señora Lancelin. Transferencia favorecida por su voluntad de escapar a la persecución de Clémence y por la necesidad de ocupar el espacio dejado vacante por la madre. Pero, ¿qué se entiende por transferencia? Si seguimos a Freud, es una rememoración. Pero, una 'rememoración actuada, representada, como se representa un acto en un escenario: en lugar de rememorar un sentimiento de amor o de odio, uno ama u odia a la persona sobre la que recae la transferencia. Esta transferencia ocurre el día en que la señora Lancelin acepta tomar a Léa a su servicio, por pedido de Christine, y se consolida después de la intervención de la señora relativa a los salarios de las dos hermanas.

Al comienzo la patrona parece por completo diferente de Clémence: no busca satisfacer sus propios intereses a expensas de las jóvenes. Es una madre tolerable que se preocupa por el bien de las hermanas. Además, como ya vimos, en secreto las criadas llaman “mamá” a la señora Lancelin. Bajo el ala protectora de esta nueva madre, Christine puede por fin sentirse a salvo. Encuentra en esa casa una verdadera posibilidad de organizar un universo en función de su delirio de persecución y de su busca de protección. Pero, como todo paranoico, Christine permanece en estado de alerta constante, acechando toda señal que pudiera representar una amenaza.
Ahora bien, en esta relación, como en toda relación, ha habido momentos de tensión, declaraciones poco amables y gestos torpes, como, por ejemplo, el día en que la señora Lancelin pellizcó la manga de Léa y la obligó a ponerse de rodillas para levantar un papel del suelo. Incidente, por supuesto, que Christine tomó muy mal.

Observaciones”, así llamaba Christine a las críticas recibidas tanto de Clémence como de la señora Lancelin. Ese significante “observaciones”, que remite a la mirada, circula de la madre a la patrona y refuerza la transferencia que, poco a poco, se vuelve negativa. En definitiva, la patrona no parecía en nada diferente de la madre. Y el espectro de la persecución resurgía.
No obstante, Christine encontrará por un tiempo la manera de acomodarse a este estado de cosas poniendo en escena lo que podríamos llamar “hacerse cargo de una niña de manera conveniente”. Desde entonces, será ella quien ocupe el lugar de la “madre buena” que antes correspondía a la señora Lancelin, mientras que Léa ocupará el de Christine la niña.

--tercera condición: la mirada. El efecto de la mirada adquirirá la mayor importancia. Christine representará su posición de “buena madre” ante la mirada de la señora Lancelin que se convierte en la perseguidora como antes lo fue Clémence. Mediante ese nuevo esquema relacional, le explicará, le mostrará cómo conviene obrar con una niña. La mirada de la patrona es de una importancia capital. Es lo que sostiene todo el escenario. Lo que le permite a Christine, por un lado, asumir una identidad sólida y, por el otro, encontrar reparación a través de Léa, ofrecerse una vida imaginaria más feliz. Esto es lo que está en juego.

Este es el último recurso que encuentra Christine para sustraerse a la persecución. Pero, ¡atención! Es indispensable que no exista la menor falla en toda esa estructura, que nada haga tambalear a Christine de su posición de “madre amante”. De lo contrario, todo el equilibrio de su mundo corre el riesgo de desbaratarse, lo cual la arrastraría al caos. De modo que lo que se abriría ante Christine es un verdadero abismo. Se trata, pues, de una situación  explosiva;   desde   entonces,   todo   dependerá   de   lo   que   ella lea en la mirada de la patrona. Christine “no le quita el ojo de encima” a la señora Lancelin.

Detengámonos por un momento, para reflexionar sobre estos datos. Ciertamente, estamos ante una situación delicada, pero en la que aún no ha sucedido nada dramático. Situación en la que podría encontrarse cualquier paranoico. Podemos, pues, preguntarnos, ¿por qué Christine llegaría a matar a su patrona? En efecto, en se locura, no todos los paranoicos matan a las personas por las que se sienten perseguidos. ¿Qué hubo de especial en este caso? Si bien es cierto que para que se produzca un drama, esta situación delicada es necesaria, ello no significa que sea suficiente. Otro elemento tiene que entrar en juego para desencadenar el asesinato y hacer que todo se derrumbe. Ha llegado el momento de abordar ahora el aspecto psíquico del paranoico.

Dinámica paranoica del crimen

Los fenómenos llamados paranoicos se alimentan esencialmente de lo imaginario. Los hallamos ante ese juego de espejos en el que el otro es yo y yo soy el otro. Uno de los modos de funcionamiento característico de esta patología es la reciprocidad y la reversibilidad.

Si yo lo quiero, digo que es él quien me ama; si lo odio, pienso que es él quien me odia. Procedimientos bien ilustrados por las declaraciones de Christine al comisario: “Mire usted —decía después del crimen—, prefiero que hayamos sido nosotras las que las despachamos a ellas y  no  ellas  a  nosotras”.  O  también: “Ella  me  pega un puntapié y yo la corté para vengarme del golpe que me  había dado,  la corté en el mismo lugar donde ella me pegó a mi"'. Sin embargo, agrega: “lo tenía ningún motivo para detestar a mis patrones”.

¿Por qué creyó entonces que la señora Lancelin quería “despacharla”? Christine habló de una inmensa cólera que la había invadido cuando se encontró en presencia de su patrona. Sin duda experimentó una furiosa pulsión de destruir a la señora Lancelin. Pero como estamos en el dominio de lo especular, en el juego de los espejos, en el terreno de la reciprocidad, Christine no descubre esa intención asesina en la señora Lancelin misma, la supone en la mirada de aquella mujer que tiene ante sí. “Quiere matarme”, piensa. Esta es la economía mental común del paranoico, de todo paranoico.

¿Qué ha de transformar esta situación comente en un acontecimiento extraordinario? ¿Cuál es el elemento complementario que ha de desencadenar, inevitablemente diría yo, el paso al acto? La naturaleza del mensaje leído en la mirada de la señora Lancelin. Esa mirada ha dicho: “lo  mires para nada”. Esto es mucho más que una mera persecución. “No sirves para nada”, “para nada” incluía la posición maternal de Christine en relación con Léa, esa otra sí misma que se encuentra súbitamente librada a todas las amenazas. Y  esto  no es todo. No  se trata  solamente de una anulación del escenario instalado por Christine, del derrumbe de su universo, hay además en esa frase una anulación de la identidad que ella se ha fabricado y cuya solidez dependía de ese escenario. Mediante esa acusación, la señora Lancelin le niega su condición de sujeto, la devuelve a la nada de su ser, la convierte en un desecho. Y la puesta en movimiento de la pulsión criminal aparece como un intento de recuperar la consistencia del ser.

Christine dirá luego: “la no recuerdo bien lo que pasó”. Actuó como si no fuera consciente de sus actos, como si estuviera ausente de la escena. Expulsada, en efecto, de ese escenario por la mirada de la señora Lancelin, Christine obró “desde otro escenario”, diría Freud. Se precipitó sobre su patrona desde ese otro escenario en el que se encontraba para sacar a flote un ser que zozobra, su propio ser. De ahí el carácter súbito del ataque. La extirpación de los ojos, por su parte, corresponde al principio de reciprocidad: ella me mata con la mirada, yo le mato la mirada. Esto explica la violencia, la crueldad del ataque. “no sirvo para nada, debo morir, es inútil que me alimente”, dirá más tarde Christine estando en prisión. Esto nos confirma que ese “no  sirves para nada”  resonó efectivamente como una sentencia de muerte.

¿Por qué, en casos como este, el paso al acto, por monstruoso que sea, parece inevitable? A fin de intentar responder a esta pregunta, haremos un rodeo metodológico.

La alucinación y el carácter ineluctable del paso al acto

Reencontremos a Christine en la prisión. Desde el comienzo de su encarcelamiento y durante meses, su única preocupación ha sido volver a ver a su hermana. Con ese objeto, hace huelga de hambre, de sueño y de interrogatorio. Después, un día del mes de julio, tiene una alucinación: Léa cuelga de un árbol con las piernas cortadas. Desde entonces se desconecta literalmente de la realidad. A manera de ilustración, citaremos algunas de las manifestaciones de tal desconexión:

- Christine pide ver a su marido y a su hija.
-Declara que las señoras Lancelin no han muerto y al mismo tiempo implora el perdón de su crimen.
-Intenta hundirse los ojos.
-Termina por arrojarse contra las paredes y las puertas mientras llama a Léa, rechazando esas realidades tangibles que la separan de su hermana.

¿Qué significa esta alucinación? Y, ¿qué hace que, después de esta alucinación, se desencadene la locura? La alucinación es una representación psíquica que irrumpe al exterior y se impone como percepción. Es una ruptura en la lectura de lo real. Esto se aproxima a la formulación de Lacan, ya clásica, según la cual “la alucinación es la aparición en lo real de lo que no pudo acontecer en lo simbólico”. Dicho de otro modo, es un elemento primordial de la constitución del sujeto que surgió fuera porque no pudo inscribirse en el orden simbólico de ese sujeto.

Este elemento fundamental que falta, que no pudo ser simbolizado, es la castración. Y es lo que se da en el caso de Christine. En esta alucinación hay algo insoportable, es la representación de un cuerpo mutilado, de un cuerpo castrado, el cuerpo de Léa, es decir, de Christine. Ante esta representación, la joven no encuentra respuesta, pues para ella se trata de admitir lo inadmisible, de integrar un dato que no tiene lugar en su organización psíquica pues ello equivaldría al derrumbe y la muerte psíquica. Esto es lo que produce el cataclismo imaginario y el desencadenamiento de la locura.

¿Por qué el psicótico no encuentra respuesta a esta pregunta esencial? Porque el padre simbólico, quien debe asegurar la castración, estuvo ausente. Su función fue forcluída. Es lo que llamamos, con Jacques Lacan, la forclusión del hombre-del-padre.

Aterrada, Christine termina por creer que volver a ver a su hermana menor bastará para desmentir el horror de esta imagen que se le impone. Hasta trata de arrancarse los ojos para protegerse de esa visión. Si observamos las cosas más de cerca, arrancarse los ojos no es el colmo de la atrocidad, como cualquiera podría pensar. El colmo de la atrocidad es más bien continuar viendo; arrancarse los ojos es hacer cesar la alucinación intolerable. Esto puede echar alguna luz sobre la crueldad de su crimen. Pues podemos suponer que la enucleación de sus víctimas responde al mismo principio. A saber, una tensión indomeñable provocada por la mirada de la señora Lancelin, tensión que había que aflojar a cualquier precio.

Además, Christine le confió al juez que la crisis de la prisión se parecía a la que había vivido cuando se lanzó contra se patrona. En efecto, en ambos casos comprobamos la existencia de una cólera extrema, de una violencia máxima y el gesto de arrancar los ojos. En un caso, la mirada de la señora Lancelin, en el otro, su propia mirada sobre la alucinación. Ambas miradas provocan una sobreexcitación inmanejable. En ambos casos Christine actúa.

El paso al acto llega a ser el último recurso convocado por el principio de placer; el placer no estriba en arrancar los ojos, sino en reducir una tensión insostenible.

Y la terrible crisis que Christine experimenta en la prisión no es otra cosa que un intento de consolidación de esta representación, un intento de integrarla en la red simbólica. Pero, al no tener un lugar en el orden simbólico, el intento está condenado al fracaso. De ahí, el terror y el desasosiego. Solo quedaba, pues, ver a Léa, aun corriendo el riesgo de negar la realidad de los muros y las puertas, para disipar finalmente la alucinación.
 
La entrevista con la hermana tendrá efectos sorprendentes:  Christine ya no volverá a reclamar su presencia y nunca más pronunciará su nombre. Se hundirá progresivamente en un delirio místico y pasara las horas arrodillada, rezando, besando la tierra y haciendo señales de la cruz con la lengua en el suelo, las paredes y los muebles. Pedirá que se la castigue y aceptará su destino que deja ya únicamente en manos de Dios. Este llamado a Dios como salvador será su último intento de dar un lugar al nombre del padre, del padre simbólico, portador de la ley que, como ya dijimos, no pudo inscribirse en su momento.
¿Qué tenemos entonces? Por un lado, el fracaso de la identificación imaginaria con una Léa que tiene el cuerpo mutilado; por el otro, el fracaso de la identificación simbólica, puesto que su esfuerzo por establecer una función paternal introduciendo a Dios se hace a través de un delirio místico. A falta de una castración simbólica, Christine abandonará entonces todo su cuerpo a la muerte. El único punto de anclaje con la identidad era esa realidad de un cuerpo reducido a la única realidad de la carne. Así es como Christine se desliza gradualmente en la esquizofrenia y, hay quien hasta lo ha dicho, en el autismo.

 Conclusión

Hemos visto que el delirio de a dos de Christine y Léa está en el corazón mismo de este acontecimiento macabro. Si la hermana mayor no hubiese considerado a la menor como su doble, probablemente este crimen no habría ocurrido. Pero habría tenido aún menos probabilidad de producirse si la locura de la madre no hubiese engendrado la locura de la hija. Imbricación, pues, de elementos que fue fatal para las infortunadas víctimas.

Para terminar, ¿qué decir de esos dos monstruos de cruel dad implacable? “Dos monstruos sanguinarios" como se complacieron en pintarlas ciertos tenores de opinión de la época. ¿No habrán sido más bien víctimas conmovedoras de un destino maldito?

Pues, en definitiva,  las  hermanas  debieron  desafiar  la vida con una identidad imprecisa. Debieron afrontar, sin armas, el enigma de la relación con el otro, el enigma del sexo y del amor. Entonces, perplejas, recluidas, se acurrucaron en un amor absoluto y recíproco, universo cerrado en el cual estaba excluido lo masculino. Podemos imaginar los tormentos que las llevaron un día a eliminar a sus desgraciadas patronas, creyendo que estaban eliminando el mal que las consumía.

Al evocar el crimen, Christine habló ingenua pero oportunamente del “misterio de la vida”. El asesinato no pudo aportarle una respuesta a este interrogante y Christine se hundió en el anonadamiento esquizofrénico.

domingo, 17 de mayo de 2020

La entrevista Psicologica. José Bleger


LA ENTREVISTA PSICOLOGICA 

Su empleo en el diagnóstico y la investigación

JOSE BLEGER

El siguiente es un fragmento tomado del texto editado por Nueva Visión 2006 adaptado para la lectura en el módulo.  Debemos recordar que la entrevista psicológica correspondiente al taller, consiste en la entrevista abierta de corte psicoanalítico. Bleger en este texto aborda en lo general la entrevista psicodinámica aun cuando hace una interesante y sencilla relación de la entrevista de corte psicoanalítico.


     La entrevista es el instrumento o técnica fundamental del método clínico y es -por lo tanto- un procedimiento de investigación científica de la psicología. En cuanto técnica, tiene sus propios procedimientos o reglas empíricas con los cuales no solo se amplía y se verifica el conocimiento científico, sino que al mismo tiempo se lo aplica. Como veremos, esta doble faz de la técnica tiene especial gravitación en el caso de la entrevista porque -entre otras razones - identifica o hace confluir en el psicólogo las funciones de investigador y de profesional, ya que la técnica es el punto de interacción entre la ciencia y las necesidades prácticas; es así que la entrevista logra la aplicación de conocimientos científicos y al mismo tiempo obtiene o posibilita llevar la vida diaria del ser humano al nivel del conocimiento y la elaboración científica. Y todo esto en un proceso ininterrumpido de interacción. 
     La entrevista es un instrumento muy difundido y debemos delimitar el alcance de la misma, tanto como el encuadre de la presente exposición. La entrevista puede tener en sus múltiples usos en gran variedad de objetivos, como en el caso del periodista, jefe de empresa, director de escuela, maestro, juez, etc. Aquí nos interesa la entrevista psicológica entendiendo por tal, aquella en la que se persiguen objetivos psicológicos (investigación, diagnóstico, terapia, etc.) Queda de esta manera limitado nuestro objetivo al estudio de la entrevista psicológica, pero no sólo para señalar algunas de las reglas prácticas que posibilita su empleo eficaz y correcto, sino que también para desarrollar en cierta medida el estudio psicológico de la entrevista psicológica. En este sentido, buena parte de lo que se desarrollará aquí puede ser utilizado o aplicado a todo tipo de entrevista, porque inevitablemente intervienen en todas ellas factores o dinamismos psicológicos. La entrevista psicológica, de esta manera, deriva su denominación exclusivamente de sus objetivos o finalidades, tal como ya lo hemos señalado.

 

En la consideración de la entrevista psicológica como técnica, incluimos entonces aquí dos aspectos: uno es el de las reglas o indicaciones prácticas de su ejecución, y el otro la psicología de la entrevista psicológica, que fundamenta a las primeras. En otros términos, incluimos la técnica y la teoría de la técnica de la entrevista psicológica. 

Circunscripta de esta manera, la entrevista psicológica es el instrumento fundamental de trabajo no sólo para el psicólogo, sino también para otros profesionales (psiquiatra, asistente, trabajador social, sociólogo, etc.) La entrevista puede ser de dos tipos fundamentales: abierta y cerrada. 

En la cerrada, las preguntas ya están previstas, tanto como lo están el orden y la forma de plantearlas y el entrevistador no puede alterar ninguna de estas disposiciones. En la entrevista abierta, por el contrario, el entrevistador tiene la amplia libertad para las preguntas o para sus intervenciones, permitiéndose toda flexibilidad necesaria encada caso particular. La entrevista cerrada es en realidad un cuestionario, que toma contacto estrecho con la entrevista en cuanto que un manejo correcto de ciertos principios y reglas de la misma facilita y posibilita la aplicación del cuestionario. Pero la entrevista abierta no se caracteriza esencialmente por la libertad para plantear preguntas, porque como lo veremos más adelante, la médula de la entrevista psicológica no reside en el preguntar ni en el propósito de recoger datos de la historia del entrevistado. Aunque los fundamentos se den un poco más adelante, debemos ya subrayar que la libertad del entrevistador, en el caso de la entrevista abierta, reside en una flexibilidad suficiente como para permitir en todo lo posible que el entrevistado configure el campo de la entrevista según su estructura psicológica particular o -dicho de otra manera- que el campo de la entrevista reconfigure al máximo posible por las variables que dependen de la personalidad del entrevistado.

Considerada de esta manera, la entrevista abierta posibilita una investigación más amplia y profunda de la personalidad del entrevistado, mientras que la entrevista cerrada puede permitir una mejor comparación sistemática de datos, tanto como otras ventajas propias de todo método estandarizado. Desde otro punto de vista, tomando en cuenta el número de participantes, se reconoce la entrevista individual de la grupal, según sean uno o más los entrevistados o uno o más los entrevistadores. La realidad es que, en todos los casos, la entrevista es siempre un fenómeno grupal, ya que aún con la participación de un solo entrevistado, su relación con el entrevistador debe ser considerada en función de la psicología y la dinámica grupal. Otra forma de distinguir diversos tipos de entrevista, deriva del beneficiario del resultado y así se puede reconocer: 

a) la que se realiza en beneficio del entrevistado, que es el caso de la consulta psicológica o psiquiátrica, 
b) la que se lleva a cabo con objetivos de investigación, en la que importan los resultados científicos de la misma; 
c) la que se realiza para un tercero (una institución). Cada una de ellas implica variables distintas a tener en cuenta, ya que modifican o actúan sobre la actitud del entrevistador tanto como del entrevistado, y sobre el campo total de la entrevista. Una diferencia fundamental reside en que exceptuando el primer tipo de entrevista, las otras dos requieren que el entrevistador cree intereses y participación en el entrevistado (que lo ¨motive¨).


Entrevista, consulta y anamnesis.


Tanto el método clínico como la técnica de la entrevista proceden del campo de la medicina, pero la práctica médica incluye procedimientos similares que sin embargo no deben ser confundidos ni superpuestos con la entrevista psicológica. La consulta consiste en la solicitud de asistencia técnica o profesional, la que puede ser prestada o satisfecha de múltiples formas, una de las cuales puede ser la entrevista. Consulta no es sinónimo de entrevista, porque ésta última es sólo uno de los procedimientos con los que el técnico o profesional psicólogo o médico puede atender la consulta. En segundo lugar, la entrevista no es una anamnesis. Esta última implica recopilación de datos previstos, de tal extensión y detalle que permita obtener una síntesis tanto de la situación presente como de la historia de individuo, de su enfermedad y de su salud. Aunque una buena anamnesis se hace sobre la utilización correcta de los principios que rigen la entrevista, esta última es sin embargo algo muy distinto.

En la anamnesis, la preocupación y la finalidad residen en la recopilación de datos y el paciente queda reducido a un mediador entre su enfermedad, su vida y sus datos por un lado, y el médico por el otro. Si el paciente no ofrece datos, hay que ¨extraerlos¨ de él. Más allá de los datos que el médico tiene previstos como necesarios, toda aportación del paciente es considerada como una perturbación de la anamnesis que con frecuencia es tolerada por cortesía, pero considerada como superflua o innecesaria. No son pocas las oportunidades en quela anamnesis se hace por razones estadísticas o por cumplimiento de obligaciones reglamentarias de una institución, y en estos casos queda en manos de personal auxiliar. A diferencia de la consulta y la anamnesis, la entrevista psicológica intenta el estudio y la utilización del comportamiento total del sujeto en todo el curso de la relación establecida con el técnico, durante el tiempo que dicha relación se extienda. La entrevista psicológica es una relación de índole particular que se establece entre dos o más personas. Lo específico o particular de esta relación reside en que uno de los integrantes de la misma es un técnico de la psicología que debe actuaren ese rol y el otro -o los otros- necesitan de su intervención técnica. Pero es un punto fundamental que el técnico no sólo utiliza en la entrevista sus conocimientos psicológicos para aplicarlos al entrevistado, sino que esta aplicación se produce precisamente a través de su propio comportamiento en el curso de la entrevista. 

La entrevista psicológica es entonces una relación entre dos o más personas en las que éstas intervienen como tales. Para subrayar el aspecto fundamental de la entrevistase podría decir, de otra manera, que ella consiste en una relación humana en la cual uno de sus integrantes debe tratar de saber lo que está pasando en la misma y debe actuar según ese conocimiento. De ese saber y de esa actuación según ese saber, depende que se satisfagan los objetivos posibles de la entrevista (investigación, diagnóstico, orientación, etc.). De esta teoría de la entrevista derivan algunas orientaciones para su ejecución. La regla básica ya no consiste en obtener datos completos de la vida total de una persona, sino obtener datos completos del comportamiento total en el curso de la entrevista. Este comportamiento total incluye lo que recogeremos aplicando nuestra función de escuchar, pero también nuestra función de vivenciar y observar, de tal manera que queden incluidas las tres áreas del comportamiento del entrevistado. 

La teoría de la entrevista ha sido enormemente influida por conocimientos derivados del psicoanálisis, la Gestalt, la topología y el conductismo. Aunque novamos a reseñar específicamente el aporte de cada uno de ellos, conviene señalar someramente que el psicoanálisis ha influido con el conocimiento de la dimensión inconsciente de la conducta, de la transferencia y la contratransferencia, de la resistencia y la represión, de la proyección y la introducción etc. La Gestalt ha aportado la comprensión de la entrevista como un todo en el cual el entrevistador es uno de sus integrantes y considera el comportamiento de éste como uno de los elementos de la totalidad. La topología ha conducido a plantear y reconocer el campo psicológico y sus leyes, tanto como el enfoque situacional. El conductismo ha influido con la importancia de la observación del comportamiento total. Todo ello ha conducido a la posibilidad de realizar la entrevista en condiciones metodológicas más estrictas, convirtiéndola en instrumento científico en el cual el ¨arte de la entrevista¨ se ha visto reducido en función de una sistematización de las variables, yes esta última la que posibilita el mayor rigor en su aplicación y en sus resultados. Se puede enseñar y aprender a realizar entrevistas, sin tener que quedar librado aun don o a una virtud imponderable. El estudio científico de la entrevista (la investigación del instrumento) ha reducido su proporción de arte e incrementado su operatividad y manejo como técnica científica. La investigación científica del instrumento mismo ha conducido a que la entrevista incorporara algunos de las exigencias del método experimental especialmente lo que atañe a la sesión psicoanalítica, pero también, ha conducido a que la entrevista psicológica en general constituya un procedimiento de observación en condiciones controladas o, por lo menos, en condiciones conocidas. De esta manera, la entrevista puede ser considerada, en cierta medida, de la misma manera que el tubo de ensayo para el químico, según una comparación feliz de Young. De esta teoría de la técnica de la entrevista (que seguiremos desarrollando) dependen las reglas prácticas o empíricas; ésta es la única forma racional de comprenderlas, aprenderlas y aplicarlas.


La entrevista como campo


Todo el énfasis puesto en diferenciar la entrevista de la anamnesis procede del interés que tiene para la investigación de la personalidad el hecho de que constituya un campo de determinadas características, óptimas para dicho estudio. Al igual que en el caso de la anamnesis, en la entrevista tenemos configurado un campo, y con ello queremos significar que entre los participantes se estructura una relación de la cual depende todo lo que en ella acontece. 

La diferencia básica, en este sentido, entre entrevista y cualquier otro tipo de relación interpersonal (como la anamnesis) reside en que la primera la regla fundamental a este respecto es tratar de obtener que el campo se configure especialmente y en su mayor grado por las variables que dependen del entrevistado. Si bien todo emergente es siempre relacional o, en este caso, deriva de un campo, tratamos en la entrevista que dicho campo esté determinado predominantemente por parte de las modalidades de la personalidad del entrevistado. De otra manera, se podría decir que el entrevistador controla la entrevista, pero que quien la dirige es el entrevistado.


La relación entre ambos delimita y determina el campo de la entrevista y todo lo que en ella acontece, pero el entrevistador debe permitir que el campo de la relación interpersonal, sea predominantemente establecido y configurado por el entrevistado. Cada ser humano posee sistematizada su personalidad en una serie de pautas o en un conjunto o repertorio de posibilidades y son éstas las que esperamos que se pongan en juego o exterioricen en el curso de la entrevista. Así, pues, la entrevista funciona como una situación en la que se observa una parte de la vida del paciente, que se desarrolla en relación a nosotros y frente a nosotros. Ninguna situación puede lograr la emergencia de la totalidad del repertorio de conductas de una persona, y por lo tanto, ninguna entrevista puede agotar la personalidad del paciente, sino sólo un segmento de la misma. La entrevista no puede reemplazar ni excluir otros procedimientos de investigación de la personalidad, pero éstos últimos tampoco pueden prescindir de la entrevista. 

Especialmente la entrevista no puede suplir el conocimiento y la investigación de carácter mucho más extenso y profundo que se logra, por ejemplo, en un tratamiento psicoanalítico, el cual, en el curso de un tiempo prolongado permite la emergencia y manifestación de los núcleos y segmentos más diferentes de la personalidad. 

Para obtener el campo particular de la entrevista que hemos reseñado, debemos contar con un encuadre fijo, que consiste en una transformación de cierto conjunto de variables en constantes. Dentro de este encuadre se incluyen no sólo la actitud técnica y el rol del entrevistador como tal como lo hemos reseñado, sino también los objetivos y el lugar y el tiempo de la entrevista. El encuadre funciona como una especie de estandarización de la situación estímulo que ofrecemos al entrevistador y con ello pretendemos, no que deje de actuar como estímulo para él, sino que deje de oscilar como variable para el entrevistador. Si el encuadre se modifica (por ejemplo porque la entrevista se realiza en un sitio diferente) esta modificación tiene que ser considerada como una variable sujeta a la observación tanto como lo es el mismo entrevistado. Cada entrevista tiene un contexto definido (conjunto de constantes y variables) en función del cual se dan los emergentes y estos últimos sólo tienen sentido y significación en relación y en función de dicho contexto. El campo de la entrevista tampoco es fijo sino dinámico, queriendo significar con ello el hecho de que está sujeto a un permanente cambio y la observación se debe extender del campo específico existente en cada momento a la continuidad y sentido de estos cambios. En realidad se podría decir que la observación de la continuidad y la contigüidad de los campos, es lo que permite completar la observación e inferir la estructura y sentido de cada campo; respondiendo a esta modalidad del proceso real, se debe decir que el campo de la entrevista cubre la totalidad de la misma, mientras que ¨cada¨ campo es no otra cosa que un momento de ese campo total y de su dinámica (Gestaltung)


Una sistematización que permite el estudio detallado de la entrevista como campo consiste en centrar el estudio sobre a) el entrevistador, en el que se incluye su actitud, su disociación instrumental, la contratransferencia, la identificación, etc. b)el entrevistado, incluyéndose aquí la transferencia, estructuras de la conducta, rasgos de carácter, ansiedades, defensas, etc. c) la relación interpersonal en la queso incluye la interacción entre los participantes, el proceso de comunicación(proyección, introyección, identificación, etc.) y el problema de la ansiedad. Aunque no profundizaremos aquí en cada uno de los fenómenos señalados porque ello implicaría en gran medida casi toda la psicología y la psicopatología, estos aspectos están involucrados en las consideraciones siguientes.


Concordancias y divergencias.


Una diferencia fundamental entre entrevista y anamnesis en lo que atañe a latearía de la personalidad y a la teoría de la técnica, reside en que en la anamnesis se opera con el supuesto de que el consultante conoce su vida y está capacitado por lo tanto para dar datos sobre la misma, mientras que el supuesto de la entrevista es que cada ser humano tiene organizada una historia de su vida y un esquema de su presente y de esta historia y de este esquema tenemos que deducir lo que no sabe. En segundo lugar, lo que no nos puede dar como conocimiento explícito se nos ofrece o emerge a través de su comportamiento no verbal; y este último puede informar sobre su historia y sobre su presente en grados muy variables de coincidencia o contradicción con lo que verbal y conscientemente expresa. 

Por atrapar al entrevistador, el entrevistado puede ofrecernos distintas historias o diferentes esquemas de su vida presente, que guardarán entre sí relación de complementación o de contradicción. Las lagunas, disociaciones y contradicciones que hemos indicado conducen a algunos investigadores a mirar la entrevista como instrumento de poca confianza. Sin embargo, en estos casos, el instrumento no hace más que reflejar lo que corresponde a características de nuestro objeto de estudio. Las disociaciones y contradicciones que observamos corresponden a disociaciones y contradicciones de la personalidad misma y la entrevista, al reflejarlas, nos permite trabajar sobre ellas durante su transcurso mismo; dependiendo que esto último se haga o no, de la intensidad de la angustia que se puede promover y de la tolerancia que el entrevistador tenga para la misma. De igual manera, los conflictos que trae el entrevistado suelen no ser conflictos fundamentales, así como las motivaciones que alega son generalmente racionalizaciones.


La simulación pierde el valor que tiene en la anamnesis como factor de perturbación, ya que en la entrevista la simulación debe considerarse como una parte disociada de la personalidad que el entrevistado no reconoce totalmente como propia. Puede ocurrir que el mismo entrevistador o diferentes entrevistadores recojan en distintos momentos partes diferentes y aún contradictorias de la misma personalidad. Los datos no deben ser evaluados en función de que sean ciertos o erróneos, sino como grados o fenómenos de disociación de la personalidad. Una situación típica, y en cierta medida inversa a la que comentamos, es la del entrevistado que tiene rígidamente organizada su historia y su esquema de su vida presente, como medio defensivo a la penetración del entrevistador y a su propio contacto con áreas conflictivas de su situación real y de su personalidad; este tipo de entrevistado repite siempre su misma historia estereotipada en distintas entrevistas, sea con el mismo o con distintos entrevistadores. 

Cuando se entrevista a los distintos integrantes de un grupo o institución (en la familia, escuela, fábrica, etc.) estas divergencias y contradicciones son mucho más frecuentes y notorias, y constituyen datos muy importantes sobre cómo cada uno de sus miembros tiene organizado en la misma realidad un campo psicológico que le es específico. La totalidad nos da un índice fiel del carácter del grupo o la institución, de sus tensiones y conflictos, tanto como de su particular organización y dinámica psicológica. Como resulta fácil inferir de todo lo expuesto, la técnica y su teoría están estrechamente entrelazadas con la teoría de la personalidad con la cual se trabaja; el grado de interacción que un entrevistador es capaz de lograr entre ellas da la pauta de su operatividad como investigador. La entrevista no consiste en ¨aplicar consignas sino en investigar en la personalidad del entrevistado a la vez que en nuestras teorías y nuestros propios instrumentos de trabajo.


El observador participante


En las ciencias de la naturaleza, según el punto de vista tradicional, la observación científica es objetiva, en el sentido de que el observador registra lo que ocurre, los fenómenos, que son extensos e independientes de él, con abstracción o exclusión total de sus impresiones, sensaciones, sentimientos y de todo estado subjetivo; el registro de tal tipo es lo que permite la verificación de lo observado por terceros que pueden rehacer las condiciones de la observación. No interesa ahora discutir la validez de este esquema, que ya ha resultado estrecho e ingenuo aún dentro de las mismas ciencias de la naturaleza. Nos interesa, en cambio, observar que en la entrevista el entrevistador forma parte del campo, es decir, en cierta medida condiciona los fenómenos que él mismo va a registrar. Se plantea entonces el interrogante de la validez que pueden tener los datos recogidos en esas condiciones. Tal sumun de objetividad en la investigación no se cumple en ningún campo científico, y menos aún en psicología, en que el objeto de estudio es el hombre mismo. En cambio, la máxima objetividad que podemos lograr sólo se alcanza cuando se incorpora el sujeto observador como una de las variables del campo.


   Si el observador está condicionando el fenómeno que observa, se puede objetar que en tal caso no estamos estudiando el fenómeno tal cual es, sino en relación con nuestra presencia, con lo cual ya no se hace una observación en condiciones naturales. A esto se puede responder, en forma global, diciendo que este tipo de objeción ya no es válido, porque se basa en una cantidad de supuestos que no son correctos. En forma más particular, veamos estos supuestos. ¿Qué se quiere decir con la expresión ¨observación en condiciones naturales¨? Seguramente se refiere a una observación en las condiciones en las queso da realmente el fenómeno. En esto se superponen consideraciones ontológicas con otras de tipo gnoseológico; por las primeras se admite la existencia de un mundo objetivo, que tiene existencia de por sí, independientemente de que sea o no conocido por nosotros. 

Pero si nos atenemos a las segundas, somos nosotros los que conocemos, y por ello tenemos que incluirnos necesariamente en el proceso de conocimiento, tal como se da en la realidad. Esta segunda afirmación no invalida de ninguna manera la primera, porque se refieren a cosas distintas: una, a la de la existencia de los fenómenos y otra, a la del conocimiento de que de ellos se alcanza. Pero, además, las condiciones neutrales de la conducta humana son las condiciones humanas.... Toda conducta se da siempre en un contexto de vínculos y relaciones humanas y la entrevista no es una distorsión de las pretendidas condiciones naturales, sino todo lo contrario: la entrevista es la situación ¨natural¨ en que se da el fenómeno que nos interesa justamente estudiar: el fenómeno psicológico. De tal manera, el enfoque ontológico y gnoseológico coinciden y son la misma cosa. Se podrá sin embargo, todavía, insistir en que la entrevista no tiene validez de instrumento científico, porque las manifestaciones del objeto que estudiamos dependen en ese caso de la relación que se establece con el entrevistador y por lo tanto todos los fenómenos que aparecen están condicionados por esa relación. Este tipo de objeción deriva de una concepción metafísica del mundo: el suponer que cada objeto tiene cualidades que dependen de su naturaleza interna propia y que determinadas relaciones modifican o subvierten esa pureza ontológica o cualidades naturales. Lo cierto es que las cualidades de todo objeto son siempre relacionales; derivan  de las condiciones y relaciones en las cuales se halla cada objeto de cada momento. Cada situación humana es siempre original y única -por lo tanto - la entrevista también lo es, pero esto no sólo rige en los fenómenos humanos sino también en los fenómenos de la naturaleza; cosa que ya sabía Heráclito. Esta originalidad de cada suceso no impide el establecimiento de constantes generales, es decir, de condiciones que se repiten con más frecuencia. 

Lo individual, no excluye lo general, ni la posibilidad de introducir la abstracción y categorías de análisis. Esto último se opone a un narcisismo que se prolonga como supuesto dentro del campo científico de la psicología: es el de que cada ser humano se considera a sí mismo como un ser único, distinto, resultado de una particular diferencia (de dios, del destino o de la naturaleza). El ser humano descubre paulatinamente con asombro que tiene las mismas vísceras que sus semejantes, así como descubre (ose resiste a descubrir) que su vida personal se teje sobre un trasfondo común a todos los seres humanos. En el caso de la entrevista, esto no sólo rige para el narcisismo del entrevistado, sino también para el del entrevistador, quien tiene también que hacerse cargo de su condición humana y no sentirse por encima o en una situación privilegiada frente al entrevistado.


Entrevista e investigación.


Cierta concepción aristocrática o monopolista de la ciencia ha hecho suponer que la investigación es tarea de elegidos que están por encima o fuera de los hechos cotidianos y comunes. De esta manera, la entrevista es, en esa concepción, un instrumento o una técnica de la ¨práctica¨, con la cual se pretende diagnosticar, es decir aplicar conocimientos científicos que en sí provienen de otras fuentes: la investigación científica. Lo cierto es que no hay posibilidad de una correcta y fructífera entrevista sino se incluye la investigación. En otros términos, la entrevista es un campo de trabajo en el cual se investiga la conducta y la personalidad de seres humanos. Que esto se lleve a cabo o no, es cosa que ya no depende del instrumento, de la misma manera que no vamos a invalidar o cuestionar el método experimental por el hecho de que un investigador pueda emplear un laboratorio sin atenerse a las exigencias del método experimental. Una utilización correcta de la entrevista integra en la misma persona al profesional y al investigador. 

Una entrevista tiene su clave fundamental en la investigación que se realiza en su decurso. Las observaciones que se registran en la misma son siempre en función de hipótesis que va emitiendo el observador. Aclaremos mejor qué se quiere significar con esto. Se postula generalmente en forma muy formal que la investigación consta de etapas netas y sucesivas que se escalonan, una tras la otra, en el siguiente orden: primero interviene la observación, luego la hipótesis y posteriormente la verificación. Lo cierto, sin embargo es que la observación se realiza siempre en función de ciertos supuestos y que cuando éstos son conscientes y manejados como tales, la observación se enriquece. Es decir, que la forma de observar bien es la de ir formulando hipótesis mientras se observa, y en el curso de la entrevista verificar y rectificar las hipótesis durante su transcurso mismo en función de las observaciones subsiguientes, que a su vez, se enriquecen con las hipótesis previas. Observar, pensar e imaginar coinciden totalmente y forman parte de un sólo y único proceso dialéctico. El pensar sobre lo que se está haciendo debe intervenir en todas las acciones humanas. Y cuando esto se realiza sistemáticamente en un campo de trabajo definido, sometiendo a verificación lo que se ha pensado, se está realizando una investigación. El trabajo profesional del psicólogo, del psiquiatra y del médico, sólo adquieren su real envergadura y su trascendencia cuando coinciden la investigación y la tarea profesional, porque éstas son las unidades de una praxis que resguarda de la deshumanización en la tarea más humana: comprender y ayudar a otros seres humanos. Indagar y actuar, teoría y práctica deben ser manejados como momentos inseparables, formando parte de un sólo proceso.


El grupo en la entrevista


Entrevistador y entrevistado constituyen un grupo, es decir, un conjunto o una totalidad, en el cual, sus integrantes están interrelacionados y en el que la conducta de ambos es interdependiente. Se diferencia de otros grupos más generales, en que uno de sus integrantes asume un rol específico y tiende a cumplir determinados objetivos. La interdependencia e interrelación, el condicionamiento recíproco de sus respectivas conductas, se realiza a través del proceso de la comunicación, entendiéndose por tal, el hecho de que la conducta de uno (consciente o no) actúa (en forma intencionada o no) como estímulo para la conducta del otro, y a su vez esta última re-actúa en calidad de estímulo para las manifestaciones del primero. En este proceso la palabra juega un rol de enorme gravitación, pero interviene también activamente la comunicación pre-verbal: gestos, actitudes, timbre y tonalidad afectiva de la voz, etc. El tipo de comunicación que se establece es altamente significativo de la personalidad del entrevistado, especialmente del carácter de sus relaciones interpersonales, es decir, de su modalidad para relacionarse con sus semejantes. En este proceso que se produce en la entrevista, el entrevistador observa ya cómo y a través de qué el entrevistado condiciona sin saberlo, efectos de los cuales él mismo se queja o resulta una víctima. Importan muy particularmente, los momentos de cambio en la comunicación y las situaciones y temáticas frente a las que ocurren, así como las inhibiciones, interceptaciones y bloqueos. Ruesch ha establecido una clasificación de la personalidad basada en los sistemas predominantes que cada individuo pone en juego en la comunicación. Pero el tipo de comunicación no sólo tiene importancia porque ofrece datos de observación directa, que incluso pueden ser registrados, sino porque es el fenómeno clave de toda la relación interpersonal, que a su vez puede ser manejado por el entrevistador y por con ello, graduar u orientar la entrevista


Transferencia y contratransferencia


En la relación interpersonal que se establece en la entrevista hay que contar con dos fenómenos altamente significativos: la transferencia y contratransferencia. La primera se refiere a la actualización en la entrevista de sentimientos, actitudes y conductas inconscientes, por parte del entrevistado, que corresponden a pautas que éste ha establecido en el curso de su desarrollo, especialmente en la relación interpersonal con su medio familiar. Se distingue entre transferencia negativa y positiva, pero ambas son siempre coexistentes, aunque con un predominio relativo, estable o alternante, de algunas de las dos. Integran la parte irracional e inconsciente de la conducta y constituyen aspectos de la misma no controlados por el paciente. Otra acepción similar subraya en la transferencia las actitudes afectivas que el entrevistado vivencia o actúa en relación con el entrevistador. La observación de estos fenómenos nos pone en contacto con aspectos de la conducta de la personalidad del entrevistado que no entran entre los elementos que él puede referir o aportar voluntaria o conscientemente, pero que agregan una dimensión importante al conocimiento de la estructura de su personalidad y al carácter de sus conflictos.

En la transferencia el entrevistado asigna roles al entrevistador y se comporta en función de los mismos. En otros términos, traslada situaciones y pautas conocidas a una realidad presente y desconocida, y tiende a configurar a esta última como situación ya conocida, repetitiva. Con la transferencia, el entrevistado aposta aspectos irracionales o inmaduros de su personalidad, su grado de dependencia, su omnipotencia y su pensamiento mágico. En ellos es donde el entrevistador podrá encontrar lo que el entrevistado espera de él, sus fantasías de la entrevista, su fantasía de ayuda, es decir, qué cree él que es ser ayudado y estar sano, incluida las fantasías patológicas de curación, que con gran frecuencia consisten en el logro de aspiraciones neuróticas. Se podrá igualmente despistar otro factor importante que es el de la resistencia a la entrevista o a ser ayudado o curado y la intención de satisfacer anhelos frustrados de dependencia o de protección. 

En la contratransferencia se incluyen todos los fenómenos que aparecen en el entrevistador, como emergentes del campo psicológico que se configura en la entrevista; son las respuestas del entrevistador a las manifestaciones del entrevistado, el efecto que tiene sobre él. Dependen en alto grado de la historia personal del entrevistador, pero si aparecen o se actualizan en un momento dado en la entrevista es porque en ese momento hay factores que operan para que ello suceda así. Durante mucho tiempo se las ha considerado como elementos perturbadores de la entrevista, pero progresivamente se ha reconocido que ellas son indefectibles o ineludibles en su aparición y el entrevistador debe también registrarlas como emergentes de la situación presente y de las reacciones que provoca el entrevistado. Por lo tanto, a la observación de la entrevista, se agrega también la auto observación. La contratransferencia no constituye una percepción, en un sentido riguroso o limitado del término, pero sí un indicio de gran significación y valor para orientar al entrevistador en el estudio que realiza. Sin embargo, no es de fácil manejo y requiere una buena preparación, experiencia y un alto grado de equilibrio mental, para que pueda ser utilizada con cierto grado de validez y eficiencia. 

Transferencia y contratransferencia son fenómenos que aparecen en toda relación interpersonal y por eso mismo también se dan en la entrevista. La diferencia reside en que en esta última deben ser utilizados como instrumentos técnicos de observación y comprensión. La interacción transferencia-contratransferencia puede también ser estudiada como una asignación de roles por parte del entrevistado y una percepción de los mismos por parte del entrevistador. Si, por ejemplo, la actitud del entrevistado irrita y provoca rechazo en el entrevistador, éste último se debe proponer estudiar y observar su reacción como efectos del comportamiento del entrevistado, para ayudarle a rectificar dicha conducta de cuyos resultados él mismo puede quejarse (por ejemplo, que no tiene amigos y que nadie lo aprecia). Si el entrevistador no es capaz de objetivar y estudiar su reacción o bien reacciona con irritación y rechazo (asumiendo el rol proyectado), ello es un índice que su manejo de la contratransferencia se halla perturbado.


Ansiedad en la entrevista


La ansiedad constituye un índice del curso de una entrevista y debe ser atentamente seguida por el entrevistador, tanto la que se produce en él mismo como la que aparece en el entrevistado. Debe ser vigilada no sólo su aparición sino también su grado o intensidad, porque si bien dentro de determinados límites es un agente motor de la relación interpersonal, esta última puede quedar totalmente perturbada e incontrolada si sobrepasa cierto nivel, por lo que el umbral de tolerancia a la misma debe ser permanentemente detectado. Entrevistado y entrevistador se enfrentan con una situación desconocida, ante la cual no tienen todavía estabilizadas pautas de reacción adecuadas y la situación no organizada implica una cierta desorganización de la personalidad de cada uno de los participantes; esa desorganización es la ansiedad. El entrevistado solicita ayuda técnica o profesional cuando experimenta ansiedad o se ve perturbado por los mecanismos defensivos frente a la misma. 

Frente a la entrevista y durante la misma se pueden incrementar tanto su ansiedad como sus mecanismos defensivos, porque lo desconocido que enfrenta no es sólo la situación externa nueva, sino también el peligro de lo que desconoce en su propia personalidad. Si estos factores no se presentan, el lograr que aparezcan en una cierta medida en la entrevista, forma parte de la función de motivar al entrevistado que el entrevistador tiene que llevar cabo. En algunos casos, la ansiedad se halla delegada o proyectada en otra persona que es quien solicita la entrevista y manifiesta interés en que la misma se lleve a cabo. La ansiedad del entrevistador es uno de los factores más difíciles de manejar, porque ella es el motor del interés en la investigación y del interés en penetrar en lo desconocido. Toda investigación requiere la presencia de ansiedad frente a lo desconocido y el investigador tiene que poseer capacidad para tolerarla y poder instrumentarla, sin lo cual se cierra la posibilidad de una investigación eficaz; esto último ocurre también cuando el investigador se ve abrumado por la ansiedad o recurre a mecanismos defensivos frente a la misma (racionalización, formalismo, etc.) 

Frente a la ansiedad en la entrevista no se debe recurrir a ningún procedimiento que la disimule o reprima, como puede ser el apoyo directo o el consejo. La ansiedad sólo debe ser manejada comprendiendo los factores por los cuales aparece y operando según esa comprensión. Si lo que predomina son los mecanismos defensivos frente a la misma, la tarea del entrevistador es la de desarmar¨ en cierta medida estas defensas para que aparezca un cierto grado de ansiedad, lo que significa un índice de la actualización de los conflictos. Todo este manejo técnico de la ansiedad tiene que ser hecho teniendo siempre en cuenta la personalidad del entrevistado y por sobre todo el beneficio que para él puede significar la movilización de la ansiedad, de tal manera que aún frente a situaciones muy claras no se debe ser activo si ello significa abrumar al entrevistado con conflictos que no podrá tolerar. Esto corresponde a un capítulo muy difícil: el de así denominado timing de la entrevista, que es el tiempo propio o personal del entrevistado, que depende del grado y tipo de organización de su personalidad, para enfrentar sus conflictos y para resolverlos.


El entrevistador


El instrumento de trabajo del entrevistador es él mismo, su propia personalidad que entra indefectiblemente en juego en la relación interpersonal, con el agravante de que el objeto que debe estudiar es otro ser humano, de tal manera que, al examinar la vida de los demás se halla directamente implicada la revisión y examen de su propia vida, de su personalidad, conflictos y frustraciones. La vida y la vocación de psicólogo, de médico y de psiquiatra merecerían de por sí sólo un estudio detallado, que no emprenderemos ahora, pero quiero que recordemos que son los técnicos encargados profesionalmente de estar todos los días en contacto estrecho y directo con el submundo de la enfermedad, los conflictos, la destrucción y la muerte. Hubo que recurrir a una cierta ficción y disociación para el desarrollo y ejercicio de la psicología y la medicina: ocuparse de seres humanos como si no lo fuesen. 

El entrenamiento del médico tiende inconsciente y defensivamente a esto, al iniciar todo el aprendizaje por el contacto con el cadáver. Cuando nos queremos ocupar de la enfermedad en seres humanos tomados como tales, nuestras ansiedades aumentan pero al mismo tiempo tenemos que deponer el bloqueo y las defensas. Por todo esto, la psicología ha tardado tanto en desarrollarse y en infiltrarse en la medicina y la psiquiatría. Resultaría paradójico, si no tuviésemos en cuenta los procesos defensivos, pero el médico, cuya profesión es tratar enfermos, es el que proporcionalmente más escotomizado niega sus propias enfermedades o la de sus familiares. En psiquiatría, medicina psicosomática y en psicología, todo esto ya no es posible; el contacto directo con seres humanos, como tales, enfrenta al técnico con su propia vida, su propia salud o enfermedad, sus propios conflictos y frustraciones. Si no gradúa este impacto su tarea se hace imposible: o tiene mucha ansiedad y entonces no puede actuar, o bien bloquea la ansiedad y su tarea es estéril. El entrevistador debe operar disociado: en parte actuando con una identificación proyectiva con el entrevistado y en parte permaneciendo fuera de esta identificación, observando y controlando lo que ocurre, de manera de graduar así el impacto emocional y la desorganización ansiosa. En este sentido, sería necesario desarrollar la psicología y la psicopatología del psiquiatra y del psicólogo, tanto como el problema de su formación profesional y el de su equilibrio mental.


Esta disociación con la que tiene que operar el entrevistador es, a su vez, funcional o dinámica, en el sentido que tiene que actuar permanentemente la proyección e introyección, y tiene que ser lo suficientemente plástica o ¨porosa¨ para que pueda permanecer en los límites de una actitud profesional. En su tarea, el psicólogo puede oscilar fácilmente entre ansiedad y bloqueo y esto no perturba su tarea siempre que pueda resolver ambos fenómenos en la medida en que aparecen. El paso de la normalidad a la patología de la entrevista se torna insensible. Una mala disociación con intensa y permanente ansiedad, hace que el psicólogo desarrolle conductas fóbicas u obsesivas frente a sus entrevistados, y entonces evita realizar entrevistas o interpone instrumentos y tests para evitar el contacto personal y la ansiedad consiguiente. El clásico apuro del médico, que tanto se emplea en la sátira, es una permanente fuga fóbica de los enfermos. La defensa obsesiva se manifiesta en cambio en entrevistas estereotipadas en que todo está reglado y previsto, en la elaboración rutinaria de historias clínicas es decir el instrumento de trabajo, la entrevista misma, se transforma en un ritual. 

Más allá, está el bloqueo, en que siempre aplica y dice lo mismo, en que siempre ve lo mismo, en que aplica lo que ya sabe y con lo que se siente seguro. La urgencia por los diagnósticos y la compulsión a emplear drogas son otros de los elementos de esta fuga y ritual del médico frente al enfermo. En todo esto se fomenta la alienación del psicólogo y del psiquiatra y la alienación del paciente, y toda la estructura hospitalaria y sanatorial pasa a tener el efecto de un factor alienante más. Otro riesgo es el de la proyección de los propios conflictos sobre el entrevistado y una cierta compulsión a ocuparse, indagar o hallar perturbaciones en la esfera en que las está negando en sí mismo. La rigidez y la proyección conducen a encontrar solamente lo que se busca y se necesita, y a condicionar lo que se encuentra tanto como lo que no se encuentra. Un ejemplo muy ilustrativo de todo esto, pero bastante común, es el caso de un médico joven que iniciaba su entrenamiento en psiquiatría y que presenciando una entrevista y el diagnóstico de una fobia dijo que eso no era así, que lo que tenía el paciente no era fobia ni enfermedad porque él también lo tenía. Si en un momento dado, la proyección con la que opera el técnico es demasiado intensa, aparece una reacción fóbica en el mismo campo de trabajo. Por el contrario, si se bloquea demasiado se aleja y no entiende lo que ocurre. Distintos tipos de personas pueden provocar reacciones contratransferenciales típicas en el entrevistador y éste tiene permanentemente que poder observarlas y resolverlas para poder utilizarlas como información e instrumentos en el curso mismo de la entrevista. Se puede, de otra manera, describir esta disociación con la que tiene que trabajar el entrevistador diciendo que tiene que jugar los roles que en él son promovidos por el entrevistado, pero sin asumirlos en su totalidad. Si, por ejemplo, siente rechazo, asumir el rol sería mostrar y actuar el rechazo, rechazando efectivamente al entrevistado ya sea verbalmente o con la actitud o de cualquier otra manera; jugar el rol significa percibir el rechazo, comprenderlo, hallar los elementos que lo promueven, las motivaciones del entrevistado para que ello ocurra y utilizar toda esta información que ahora posee para esclarecer el problema o promover su modificación en el entrevistado.

Cuanto más psicópata el entrevistado, tanto más fácil se posibilita que el entrevistador asuma y actúe los roles. Asumir el rol implica la ruptura del encuadre, de la entrevista. Fastidio, cansancio, sueño, irritación, bloqueo, lástima, cariño, rechazo, seducción, etc. son todos indicios contratransferenciales que el entrevistador debe percibir como tales en la medida en que se producen y tiene que resolverlos analizándolos para sí mismo en función de la personalidad del entrevistado, de la suya propia y en función del contexto y el momento en que aparecen en la comunicación. El psiquiatra inseguro o de poca experiencia no sabe qué hacer con todos estos datos y para no verse abrumado recurre con frecuencia a la receta, interponiendo entre él y su paciente los medicamentos; en estas condiciones la farmacología se constituye en un factor alienante porque fomenta la magia en el paciente y en el médico y los vuelve a disociar de sus conflictos respectivos. Algo muy similar es lo que el psicólogo hace con mucha frecuencia con los tests. Para contrarrestar esto, es importante -y aún imprescindible- que el psiquiatra o el psicólogo no trabajen aislados, que formen por lo menos grupos de estudio y de discusión en los que se revea el trabajo que se realiza; para caer en la estereotipia no hay mejor clima que el del aislamiento profesional, porque el aislamiento termina por encubrir las dificultades con la omnipotencia.


El entrevistado


Examinar las contingencias de una entrevista significaría no otra cosa que pasar revista a toda la psicología, psiquiatría y psicopatología, por lo cual sólo nos referiremos aquí a unas pocas situaciones tipos de trabajo en el campo de la psicología clínica, y especialmente algunas que habitualmente no se toman en cuenta y son, sin embargo, de gran importancia. En términos generales, para que una persona concurra a una consulta, debe haber llegado a una cierta percepción o insight de que algo no anda bien, de que algo ha cambiado o modificado o bien, se percibe a sí mismo con ansiedad y temores. Esto últimos pueden ser tan intensos o intolerables que recurre en la entrevista a una negación y resistencia sistemática, de tal manera que, mágicamente, busca asegurarse de que no pasa nada, logrando que el técnico no reconozca nada anormal en él. En alguna ocasión se ha definido como enfermo a toda aquella persona que solicita una consulta; abstracción hecha de que tal definición carece de valor real, es sin embargo cierto que el entrevistador debe aceptar ese criterio, aunque sea solamente como incentivo para indagar detalladamente tras las represiones y negaciones o escotomizaciones del entrevistado. 

Schilder ha reunido en cinco grupos los individuos que concurren al médico, sea porque sufren o hacen sufrir a los demás, ellos son: a) los que concurren por quejas corporales, b) por quejas mentales, c) por quejas debidas a la falta de éxito, d) por quejas referidas a dificultades en la vida diaria, e) por quejas de otras personas. 

Siguiendo en cambio la división de E. Pichón-Riviere de las áreas de conducta podemos considerar tres grupos, según que el predominio recaiga sobre síntomas, quejas o protestas del área de la mente, del cuerpo o del mundo externo. El paciente puede traer quejas o acusaciones; en el primer caso predomina la ansiedad depresiva mientras que en el segundo, la ansiedad paranoide. Estos agrupamientos no tienden a diferenciar los enfermos orgánicos de los enfermos mentales, ni las enfermedades orgánicas de las funcionales o psicogenéticas. Se aplican a todos los tipos de entrevistados que concurren a cualquier especialista y tienden más bien a una orientación sobre la personalidad del sujeto, sobre la forma en que trata de reducir sus tensiones o resolver sus conflictos. Podemos reconocer y diferenciar entre el entrevistado que viene a la consulta, del que traen, o aquel al que ¨lo han mandado¨. 

En estas actitudes tenemos ya un índice de importancia, aunque diste de ser sistemático o patognomónico. El que viene, tiene un cierto insight o percepción de su enfermedad y corresponde al paciente neurótico, mientras que el psicótico, en cambio, es traído. El que no tiene motivos para venir pero viene porque lo han mandado, corresponde a la psicopatía: es el que hace actuar a otros y delega en otros sus preocupaciones y malestares. Tenemos, entre otros, el caso de aquel que viene a consultar por un familiar. En estos casos, realizamos la entrevista con el que viene, indagando su propia personalidad y su conducta. Y con esto ya pasamos del entrevistado al grupo familiar. Si al entrevistado precede un informante, se le debe comunicar a éste último que lo que él diga sobre el paciente le será comunicado a éste último; anticiparle antes de que informe. Esto tiende a ¨limpiar el campo¨ y a romper con divisiones muy difíciles de manejar ulteriormente. El que viene a la consulta es siempre un emergente de los conflictos grupales de la familia, diferenciamos además entre el que viene solo y el que viene acompañado, que representan distintos grupos familiares. El que viene solo, es el representante de un grupo familiar esquizoide, en el que la comunicación entre sus miembros es muy precaria, viven dispersos o separados, con un grado acentuado de bloqueo afectivo. Con frecuencia, frente a éstos, el técnico tiende a preguntarse con quién puede hablar o a quién informar. 

Otro grupo familiar, de carácter opuesto a éste, es aquel en el cual vienen varios a la consulta y el técnico tiene necesidad de preguntar quién es el entrevistado o por quién vienen; es el grupo epileptoide, viscoso o aglutinado, en el cual hay una falta o déficit en la personificación de sus miembros, con un alto grado de simbiosis o interdependencia. Así como en el anterior el enfermo está aislado y abandonado, en este caso está demasiado rodeado por el cuidado exagerado o asfixiante. Estos dos tipos polares pueden encontrarse en sus formas extremas, o en formas menos acusadas, o mixtas. Otro tipo es el que viene acompañado por una persona, familiar o amigo, que es el caso del fóbico que necesita acompañante. 

El caso de los matrimonios cuyos integrantes se inculpan mutuamente de neurosis, infidelidad, etc. es otra situación en la que, como en todas las anteriores, la entrevista se realiza con todos los que han concurrido, manejado como un grupo diagnóstico que -como lo veremos- es también siempre terapéutico; en éste el técnico actúa como observador participante, interviniendo en momentos de tensión, o cuando se interrumpe la comunicación o para señalar los entrecruzamientos proyectivos. En los grupos que concurren a la consulta, el psicólogo no tiene por qué aceptar el criterio de la familia sobre quién es el enfermo, sino que debe actuar considerando a todos sus miembros implicados y al grupo como enfermo. En estos casos, el estudio del interjuego de roles y de la dinámica del grupo son los elementos que sirven de orientación para hacer tomar insight de la situación a todo el grupo. El balanceo de la enfermedad en un grupo familiar es de gran importancia. 

Por ejemplo, en un matrimonio o pareja en que uno es un fóbico y el otro su acompañante, cuando el primero mejora o cura, aparece la fobia en el segundo. El acompañante fóbico es, entonces, también un fóbico pero se distribuyen roles en la pareja. En otras oportunidades, en ocasión de un tratamiento, la familia sólo aparece cuando se ha adelantado el tratamiento de un paciente y éste ha mejorado o está envías de ello, la normalización del paciente hace que la tensión del grupo familiar no se ¨descarga¨ ya más a través de él y aparece entonces el desequilibrio o la enfermedad en el grupo familiar. Todo esto explica en gran proporción un fenómeno con el que siempre hay que contar en la familia de un enfermo: la culpa, elemento que hay que tomar en cuenta para valorarlo y manejarlo adecuadamente. Es mucho más manifiesta en el caso de la enfermedad mental en niños o en deficientes intelectuales. Esto se relaciona también con el fenómeno que ha sido llamado ¨el niño equivocado¨, en el que los padres traen a la consulta al hijo más sano y sólo una vez que se han asegurado que el técnico no les inculpa ni los acusa, pueden hablar o consultar sobre el hijo más enfermo. Aquí y en relación con todos estos fenómenos, la psicología grupal –su conocimiento y correcto manejo- tienen una gravitación fundamental, no sólo para las entrevistas diagnósticas y terapéuticas, sino para valorar también curaciones, o decidir el cese de una internación, etc., etc.


Funcionamiento de la entrevista


Hemos insistido reiteradamente que el campo de la entrevista debe ser configurado fundamentalmente por las variables de la personalidad del entrevistado. Esto implica que lo que ofrece el entrevistador debe ser lo suficientemente ambiguo como para permitir la mayor puesta en juego de la personalidad del entrevistado. Si bien todo ello es cierto, existe sin embargo un marco o un límite en el cual la ambigüedad no debe existir, sino todo lo contrario, el límite debe ser mantenido ya veces defendido por el entrevistador; éste cubre todos los factores que intervienen en el encuadre de la entrevista: tiempo, lugar, y rol técnico del profesional. El tiempo se refiere a un horario y un límite en la extensión de la entrevista; el espacio abarca el marco o el terreno ambiental en el cual se realiza la entrevista. El rol técnico implica que en ningún caso el entrevistador debe permitir el ser presentado como un amigo en un encuentro fortuito. El entrevistador tampoco debe entrar con sus reacciones ni con el relato de su vida, tampoco entrar en relaciones comerciales o de amistad, ni pretender ningún beneficio de la entrevista que no sean sus honorarios y su interés científico o profesional. Tampoco debe ser utilizada como una gratificación narcisística en la que se juega de mago con un despliegue de omnipotencia. La curiosidad debe limitarse a lo necesario para beneficio del entrevistado. Todo lo que sienta como reacción contratransferencial debe ser considerado como un dato de la entrevista, no debiendo responderse ni actuar frente al rechazo, la rivalidad o la envidia del entrevistado. La petulancia o la actitud arrogante o agresiva del entrevistado no debe ser ni ¨domada¨ ni sometida; no se trata de ni de triunfar ni de imponerse al entrevistado. Lo que nos corresponde es averiguar a qué se deben, cómo funcionan, y qué efectos acarrea al entrevistado. El entrevistado tiene derecho, aunque tomemos nota de ello e inclusive advirtamos al mismo entrevistado sobre su represión o su desconfianza. Con muchísima frecuencia, el grado de represión del entrevistado depende mucho del grado de represión que tenga el entrevistador hacia determinados temas (sexualidad, envidia, etc.) Si intervenimos preguntando, las preguntas deben ser directas y sin subterfugios, adecuadas a la situación y al grado de tolerancia del yo del entrevistado. La apertura de la entrevista tampoco debe ser ambigua, pronunciando fases generales o de doble sentido. La entrevista comienza por donde comienza el entrevistado. Hay que tener en cuenta todo lo que puede haberle costado decidir la entrevista y lo que puede significar como factor de humillación y menoscabo para él. El entrevistado debe ser recibido cortésmente pero no efusivamente; si se tienen datos del entrevistado proporcionados por otra persona, se le debe informar, tanto como, según ya lo dijimos, anticipar al informante al comienzo de la entrevista, que esos datos no serán mantenidos en reserva. Esto tienden a mantener el encuadre ya evitar las divisiones esquizoides y la actuación psicopática, así como a despojarse de todo lo que pueda trabar la espontaneidad del técnico, quien no debe tener compromisos contraídos que pesen negativamente sobre la entrevista. La reserva del entrevistador para con los datos que proporciona el entrevistado se halla implícita en la entrevista, y si de la misma se eleva un informe a una institución, esto último debe también conocerlo el entrevistado. La reserva y el secreto profesional rigen también para los enfermos psicóticos y para el material de entrevistas con niños; en este último caso, no debemos sentirnos autorizados a relatar a los padres, por ejemplo, detalles de la entrevista con sus hijos. El silencio del entrevistado es el fantasma del entrevistador novel, para quien el silencio del entrevistado significa un fracaso o un índice de su impericia. Con un mínimum de experiencia, sin embargo, no hay entrevistas fracasadas; si se observa bien, toda entrevista aporta datos de importancia sobre la personalidad del entrevistado. 

Hay que reconocer los distintos tipos de silencio (silencio paranoide, depresivo, fóbico, etc.) y obrar en función de este conocimiento. Si el silencio absoluto no es lo óptimo de una entrevista (desde el punto de vista del entrevistador) tampoco lo es la catarsis intensa (desde el punto de vista del entrevistado). Con frecuencia el que habla mucho en realidad deja de decir lo más importante, porque el lenguaje no es sólo un medio de transmitir información sino también un poderoso medio para evitar información. Todos estos son, por supuesto, datos valiosos, que deben ser consignados y valorados. La ¨descarga¨ emocional intensa tampoco es lo óptimo de una entrevista; con ello generalmente el entrevistado logra un depósito masivo en el entrevistador y luego toma distancia y entra en una relación persecutoria con éste: el confesor se transforma fácilmente en perseguidor. El fin de la entrevista debe ser respetado como todo el encuadre, y la reacción a la separación es un dato de gran importancia, tanto como la evaluación de cómo se va el entrevistado y como quedamos nosotros contratransferencialmente con él. Entrevistas bien realizadas insumen mucho tiempo, del que con frecuencia no se dispone, especialmente en instituciones (escolares, hospitalarias, fabriles, etc.).En estos casos lo más conveniente es reservar, del tiempo disponible, un lapso para realizar aunque solo sea una entrevista diaria en condiciones óptimas. Esto impide las estereotipias en el trabajo y las racionalizaciones de la evitación fóbica. Además es importante reservarse el tiempo necesario para estudiar las entrevistas realizadas, y es mejor aún si esto se realiza en grupos de trabajo. El psicólogo y el psiquiatra no deben trabajar aislados, porque esto favorece su alienación en el trabajo.


La interpretación


Un interrogante frecuente e importante es el de si se debe interpretar en las entrevistas realizadas con fines diagnósticos. En este sentido hay posiciones muy variadas, entre las que se cuenta, por ejemplo, la de Rogers, quien no solo no interpreta sino que tampoco pregunta, alentando al entrevistado a proseguir recurriendo a distintas técnicas, como por ejemplo, repetir en forma interrogativa la última palabra del entrevistado o alentando con la mirada, el gesto o la actitud a que prosiga. La entrevista es siempre una experiencia vital muy importante para el entrevistado; significa con gran frecuencia la única posibilidad que tiene de hablar lo más sinceramente posible de sí mismo con alguien que no lo juzgue sino que lo comprenda. De esta manera, la entrevista actúa siempre como un factor normativo o de aprendizaje, aunque no se recurra a ninguna medida especial para lograrlo. En otros términos, la entrevista diagnóstica es siempre y al mismo tiempo en alguna medida, terapéutica. El primer factor terapéutico es siempre la comprensión del entrevistador, quien debe comunicar algunos factores de esta comprensión que puedan ser útiles al entrevistado. En la entrevista diagnóstica según nuestra opinión, se debe interpretar por sobre todo cada vez que la comunicación tienda a interrumpirse o distorsionarse. Otro caso muy frecuente en el que tenemos que intervenir es para relacionar lo que el mismo entrevistado ha estado comunicando. Para interpretar, nos debemos guiar por el monto de ansiedad que estamos resolviendo, y por el monto se ansiedad que creamos, teniendo en cuenta también si se van a dar otras oportunidades para que el entrevistado pueda resolver ansiedades que vamos a movilizar. En todos los casos, debemos interpretar solamente sobre los emergentes, sobre lo que realmente está operando en el aquí y ahora de la entrevista. Un índice fundamental de guía de la interpretación es siempre el beneficio del entrevistado y no la ¨descarga¨ de una ansiedad del entrevistador. Además, siempre que se interprete, se debe saber que la interpretación es una hipótesis que debe ser verificada o rectificada en el mismo campo de trabajo por la respuesta que movilizamos o condicionamos al poner en juego dicha hipótesis. Con todo, conviene que el entrevistador novel se atenga primero y durante algún tiempo a comprender al entrevistado antes de que pueda adquirir la experiencia y conocimiento suficiente para utilizar la interpretación. El óptimo alcance de una entrevista es el de la entrevista operativa, en la cual se tiende a comprender y esclarecer un problema o una situación que el entrevistado aporta como centro o motivo de la entrevista. Con gran frecuencia, en este sentido, una entrevista logra mucho si se logra esclarecer cual es el verdadero problema que se trae detrás de lo que se trae en forma manifiesta.


Informe psicológico


El informe psicológico tiene como finalidad la de diagnosticar, condensar, y resumir conclusiones referentes al objeto de estudio. Incluimos aquí solamente el informe que se refiere al estudio de la personalidad. Que pueda ser empleado en distintos campos de la actividad psicológica y en cada uno de ellos se deberá tomaren cuenta y responder específicamente al objetivo con que dicho estudio se ha llevado a cabo. Se trata, por otra parte, solamente de una guía y no de casilleros a llenar. En el campo de la medicina, por ejemplo, un estudio completo abarca un triple diagnóstico o un triple informe, a saber: el diagnóstico médico, el psiquiátrico y el psicológico. Puede tratarse por ejemplo, de un brote esquizofrénico, (diagnóstico psiquiátrico), en una persona con insuficiencia cardíaca (diagnóstico médico) de personalidad obsesiva (diagnóstico psicológico), entendiendo que este ejemplo sólo sirve como tal para diferenciar los tres tipos de informes, que no siempre es necesario que se den conjuntamente:


1. Datos de filiación: Nombre, edad, sexo, estado civil, nacionalidad, domicilio, profesión u oficio.

2. Procedimientos utilizados: Entrevistas (número y frecuencia. Técnica utilizada, lugar en que se llevaron a cabo). Tests (especificar los utilizados), juegos, registros objetivos (especificar) etc. Cuestionarios (especificar). Otros procedimientos.

3. Motivos del estudio: Por quién fue solicitado y objetivos del mismo. Actitud del entrevistado y referencia a sus motivaciones conscientes.

4. Descripción sintética del grupo familiar y de otros grupos que han tenido o tienen importancia en la vida del entrevistado. Relaciones del grupo familiar con la comunidad: status socioeconómico, otras relaciones. Constitución, dinámica y roles, comunicación y cambios significativos del grupo familiar. Salud, accidentes y enfermedad del grupo y de sus miembros integrantes. Muertes, edad y año en que tuvieron lugar, causas de las mismas. Actitud de la familia frente a los cambios, a la enfermedad y al enfermo. Si resulta posible, incluir el grupo en alguna de las clasificaciones reconocidas.

5. Problemática vital: referencia suscinta de su vida y sus conflictos actuales, de su desarrollo, adquisiciones, pérdidas, cambios, temores, aspiraciones, inhibiciones, y forma de enfrentarlos o sufrirlos. Diferenciar entre lo afirmado por el entrevistado y por otras personas de su medio con lo inferido por el psicólogo. Diferenciar entre lo que se afirma y lo que se postula como probable. Si hay algún dato de muy especial valor, especificar la técnica con la que se lo ha inferido o detectado. Incluir una reseña de las situaciones vitales más significativas (presentes y pasadas), especialmente aquellas que asumen el carácter de situaciones conflictivas y/o repetitivas.

6. Descripción de estructuras de conducta, diferenciando entre las predominantes y las accesorias. Cambios observados.

7. Descripción de rasgos de carácter y de la personalidad, incluyendo la dinámica psicológica (ansiedades, defensas) citando la organización patológica (si la hubiere). Incluir una apreciación del grado de madurez de la personalidad. Constitución (citar la tipología empleada). Características emocionales e intelectuales incluyendo: manejo del lenguaje (léxico y sintaxis, etc.) nivel de conceptualización, emisión de juicios, anticipación y planeamiento de situaciones, canal preferido en la comunicación, nivel de coordinación viso motora, diferencias entre manejo verbal y motor, capacidad de observación, análisis y síntesis, grado de atención y concentración. Relaciones entre el desempeño intelectual, social, profesional, y emocional y otros ítems significativos en cada caso en particular. Considerar las particularidades y alteraciones del desarrollo psicosexual, cambios en la personalidad y en la conducta.

8. Si se trata de un informe muy detallado o muy riguroso (por ejemplo, un informe pericial) incluir resultados de cada test y de cada examen complementario realizado.

9. Conclusión. Diagnóstico y caracterización psicológica del individuo y de su grupo. Responder específicamente a los objetivos del estudio (por ejemplo en el caso de la selección de personal, orientación vocacional, informe escolar, etc.).

10. Incluir una posibilidad pronostica desde el punto de vista psicológico, fundándolos elementos sobre los cuales se basa.

11. Posible orientación. Señalar si hacen falta nuevos exámenes y de qué índole. Señalar la forma posible de subsanar, aliviar u orientar al entrevistado, según el motivo del estudio o según las necesidades de la institución que ha solicitado el informe.


Bibliografía:


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