martes, 5 de mayo de 2015

INDICE

Contribuciones para un debate sobre el onanismo (1912)

Obras de S. Freud(*)

 Nota introductoria: 

El debate sobre el onanismo realizado en la Sociedad Psicoanalítica de Viena fue mucho más prolongado que el anterior sobre el suicidio -las contribuciones de Freud a este último se- dieron también a publicidad (1910g)-. Las actas de la Sociedad, impresas en el volumen 2 de Zentralblatt für Psychoanalyse (1911-12), muestran que 14 miembros (incluido Freud) tomaron parte en ese debate, que abarcó nueve reuniones vespertinas entre el 22 de noviembre de 1911 y el 24 de abril de 1912. En esta última fecha, Freud expuso las «conclusiones», que en las actas aparecen bajo el título de «Epílogo». La «Introducción» no corresponde a reunión alguna, sino que es sólo el prefacio del folleto en que más tarde se dieron a publicidad los trabajos.
Las consideraciones sobre la masturbación aquí contenidas son, con mucho, las más amplias que se han de encontrar en los escritos de Freud, si bien con bastante frecuencia hace breves alusiones a ella. En sus primeros trabajos, el onanismo aparece principalmente en su conexión con las «neurosis actuales», y, en particular, como agente causal de la neurastenia. (Véase, por ejemplo, «La herencia y la etiología de las neurosis» (1896a), AE, 3, págs. 149-50.) Interesa comprobar cómo Freud defiende firmemente esa posición en esta circunstancia y aprovecha la oportunidad para dar uno de sus pocos pronunciamientos ulteriores sobre las «neurosis actuales» en general. (1)
Luego de esos tempranos trabajos, el primer tratamiento importante de la masturbación apareció en el segundo de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, págs. 168 y sigs. Allí por primera vez se esclareció la importancia de la masturbación en la primera infancia. Pero sólo en la tercera edición de dicha obra, de 1915 (o sea, después de la presente contribución), quedó claramente demostrada la existencia de tres fases distintas en la masturbación. Tampoco se estableció netamente el distingo en el siguiente comentario extenso sobre el tema, en el historial clínico del «Hombre de las Ratas» (1909d), AE, 10, pág. 159. No obstante, en trabajos que pertenecen más o menos a este mismo período se consignaron otros dos puntos destacables: el vínculo de la masturbación con las fantasías -en'«Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad» (1908a)- y su nexo con la amenaza de castración -en «Sobre las teorías sexuales infantiles» (1908c) y, desde luego, en el análisis del pequeño Hans (1909b)-. Debemos mencionar, asimismo, un breve párrafo en el artículo sobre la moral sexual «cultural» (1908d), AE, 9, pág. 178, donde se exponen las objeciones contra la masturbación según lineamientos análogos a los del presente escrito. Digamos de paso que, según allí indica Freud, en todas sus reacciones frente al mundo externo la persona sigue a menudo el principio de «lo sexual como arquetipo»; y esta indicación explica, sin duda, la oscura referencia a la «arquetipicidad para lo psíquico».
Resulta curioso que, aparte de su examen de los sentimientos de culpa anudados a la masturbación y de las características especiales del onanismo en las niñas, casi todas las alusiones posteriores de Freud a este tema se relacionaran con el temor a la castración. Su interés por los restantes aspectos parece haberse agotado con el presente aporte.

James Strachey


Introducción.

Los debates de la «Sociedad Psicoanalítica de Viena» nunca llevan el propósito de cancelar oposiciones ni de llegar a resoluciones definitivas. Sostenidos todos por una parecida concepción fundamental sobre idénticos hechos, los expositores osan dar el más agudo perfil a sus variaciones individuales sin miramiento por la probabilidad de ganar para sus opiniones al pensante auditorio a que se dirigen. Puede que así haya mucha discusión inútil, por fallida exposición o defectuoso entendimiento; pero el resultado final es que cada uno ha recibido la más clara impresión de intuiciones divergentes, y él mismo las ha comunicado a los demás.

El debate sobre el onanismo, del que aquí no publicaremos sino unos fragmentos, se prolongó varios meses; se lo desarrolló de modo tal que cada expositor leyera un informe, seguido por un circunstanciado debate. En esta publicación sólo se han recogido los informes, no los ricos debates por ellos promovidos, en que se declaraban y refutaban las oposiciones. De otra manera, este cuaderno habría cobrado unas dimensiones que obstarían sin duda a su difusión y su efecto.
La elección del tema no necesita de disculpa alguna en nuestro tiempo, en que por fin se ha ensayado someter a exploración científica también los problemas de la vida sexual humana. Era inevitable que se produjesen múltiples repeticiones de los mismos pensamientos y de idénticas tesis; ellas significan coincidencias. La redacción no podía proponerse solucionar, ni mantener en secreto, las muchas contradicciones entre lo sostenido por los diversos expositores. Esperamos que ni aquellas repeticiones ni estas contradicciones ahuyenten el interés del lector.

Nuestro propósito fue mostrar, esta vez, los caminos por donde ha sido guiada la investigación sobre los problemas del onanismo en virtud de la emergencia del abordaje psicoanalítico. La aprobación, y de manera todavía más clara la crítica, de los lectores permitirá saber si lo hemos logrado.

Conclusiones.

Señores: Los miembros más antiguos de este círculo recordarán que hace ya muchos años emprendimos un similar ensayo de debate en conjunto -un simposio, según la expresión empleada por unos colegas norteamericanos- sobre el tema del onanismo. (2) Las opiniones manifestadas en aquel momento resultaron tan divergentes que no nos atrevimos a dar a publicidad nuestras sesiones. Desde entonces, nosotros -las mismas personas y otras que se sumaron-, en permanente contacto con los hechos de la experiencia y en incesante intercambio de ideas, hemos aclarado nuestros puntos de vista y los hemos situado sobre un terreno común a tal punto que ya no puede parecernos tan grande el atrevimiento a que renunciamos aquella vez.

Tengo realmente la impresión de que nuestras coincidencias sobre el tema del onanismo son ahora más fuertes y profundas que los desacuerdos, si bien no se puede desmentir estos últimos. Mucho de lo que parece contradicción se debe a la multiplicidad de los puntos de Vista por ustedes desarrollados, cuando en verdad son opiniones que pueden coexistir.

Permítanme que les presente un resumen sobre los puntos en que, según parece, estamos de acuerdo o en desacuerdo.

Todos, quizás, estamos de acuerdo:

a. Sobre la significatividad de las fantasías que acompañan al acto onanista o lo subrogan.
b. Sobre la significatividad de la conciencia de culpa enlazada con el onanismo, sea cual fuere la fuente de donde ella provenga.
c. Sobre la imposibilidad de indicar una condición cuanlitativa para el daño que el onanismo es capaz de provocar. (Cabe decir que el acuerdo con respecto a este punto no es unánime.)
Diferencias de opinión no allanadas se evidenciaron:
a. Sobre la negativa de que el factor somático participe en el efecto del onanismo.
b. Acerca del rechazo del carácter dañino del onanismo en general.
c. Respecto del origen del sentimiento de culpa, que algunos de ustedes pretenden derivar directamente de la insatisfacción, mientras que otros aducen factores sociales o la respectiva postura de la personalidad. (3)
d. Con relación a la ubicuidad del onanismo infantil.

Por último, subsisten serias incertidumbres:
a. En cuanto al mecanismo del efecto pernicioso del onanismo, si es que se lo debe admitir.
b. En cuanto al vínculo etiológico del onanismo con las neurosis actuales.

En la mayoría de los puntos controvertidos entre nosotros, debemos el cuestionamiento a la crítica de nuestro colega W. Stekel, quien se apoya en una rica y autónoma experiencia. Por cierto que hemos dejado a un futuro grupo de investigadores y observadores mucho para comprobar y aclarar, pero consolémonos diciendo que hemos trabajado dignamente y libres de miras estrechas, inaugurando así las orientaciones por las cuales avanzará la investigación ulterior.

No esperen gran cosa de mis propias contribuciones a los problemas que nos ocupan. Ustedes conocen mi preferencia por el tratamiento fragmentario de un asunto, en el interés de destacar los puntos que me parecen certificados. No tengo nada nuevo para ofrecer, ninguna solución; sólo meras repeticiones de cosas que ya he sostenido antes, algunas defensas de esas viejas tesis contra los ataques que han partido de ustedes, a lo cual se suman unas pocas puntualizaciones que no podían menos que imponerse a quien escuchara sus exposiciones.

Es notorio que he dividido el onanismo, según las edades de la vida, en: 1) el onanismo del lactante, por el cual han de entenderse todos los quehaceres autoeróticos al servicio de la satisfacción sexual; 2) el onanismo del niño, que proviene inmediatamente de aquel y ya se ha fijado en zonas erógenas definidas, y 3) el onanismo de la pubertad, que sigue a continuación del onanismo infantil o está separado de él por el período de latencia. En algunas de las exposiciones que les he escuchado no se concedía todo su valor a esta separación temporal. La supuesta unicidad del onanismo, sugerida por la expresión médica usual, ha promovido muchas afirmaciones generales donde habría sido más adecuado diferenciar según aquellas tres épocas de la vida. He lamentado también que no pudiéramos considerar el onanismo de la mujer en igual medida que el del hombre; opino que merece un estudio particular y que en él, justamente, ha de recaer un fuerte acento sobre las modificaciones condicionadas por la época de la vida. (4)

Paso ahora a las objeciones que Reitler formuló a mi argumento teleológico en favor de la ubicuidad del onanismo del lactante. Declaro abandonar este argumento. Si mis Tres ensayos de teoría sexual se reeditan alguna otra vez, ya no contendrán esta impugnada tesis. Renunciaré a querer colegir los propósitos de la naturaleza, y me conformaré con describir estados de cosas. (5)

También debo declarar sensata y significativa la puntualización de Reitler según la cual ciertos dispositivos del aparato genital, peculiares de la especie humana, parecen aspirar a atajar el comercio sexual en la infancia. Pero a este punto se anudan mis reparos. La oclusión de la abertura sexual femenina y la ausencia de un hueso peniano que asegurara la erección apuntan sólo contra el coito mismo, no contra unas excitaciones sexuales en general. Paréceme que Retlier concibe demasiado humanas las metas a que aspiraría la naturaleza, corno si ahí se tratara, lo mismo que en la obra del hombre, de la ejecución consecuente de un propósito único. Es que, hasta donde lo vemos, en los procesos naturales las más de las veces corren paralelas, unas junto a las otras, toda una serie de aspiraciones-meta, sin que se cancelen entre sí. Y si hubiéramos de hablar sobre la naturaleza en términos humanos, tendríamos que decir: ella se nos aparece como lo que, en el hombre, llamaríamos inconsecuente. Creo entonces, a mi vez, que ReitIer no debiera conceder tanto peso a sus propios argumentos teleológicos. El empleo de la teleología como hipótesis heurística está expuesto a objeciones; en el caso singular uno nunca sabe si ha dado en una «armonía» o una «disarmonía». Es como cuando uno introduce un clavo en una pared: no sabe sí acertará en una juntura o dará sobre la piedra.

En el problema del nexo entre el onanismo y las poluciones, por un lado, y la causación de la llamada «neurastenia», por el otro, me encuentro, corno muchos de ustedes, en oposición a Stekel y sostengo contra él lo que ya he venido señalando, con una limitación que después mencionaré. No veo nada que nos constriña a renunciar al distingo entre neurosis actuales y psiconeurosis, y no puedo sino considerar tóxica la génesis de los síntomas en las primeras. Creo que el colega Stekel extiende realmente demasiado la psicogenidad. Yo sigo viendo las cosas como se me aparecieron al comienzo, hace más de quince años: las dos neurosis actuales neurastenia y neurosis de angustia (quizá se les deba agregar, como tercera neurosis actual, la hipocondría en sentido estricto)- (6) prestan la solicitación somática para las psiconeurosis, les ofrecen el material de excitación que luego es psíquicamente seleccionado y revestido {umkleiden}, de suerte que, expresado en términos generales, el núcleo del síntoma psiconeurótico -el grano de arena en el centro de la perla- está formado por una exteriorización sexual somática. Sin duda que esto es más nítido para la neurosis de angustia y su relación con la histeria que para la neurastenia, sobre la cual todavía no se han emprendido cuidadosas indagaciones psicoanalíticas. En la neurosis de angustia es en el fondo, como a menudo han podido ustedes convencerse, un pequeño fragmento de la excitación de coito no descargada el que sale a la luz como síntoma de angustia o proporciona el núcleo para la formación de un síntoma histérico.

Nuestro colega Stekel comparte con muchos autores situados fuera del psicoanálisis la inclinación a desestimar y confundir bajo un solo título -el de psicastenia, por ejemplo- las diferenciaciones morfológicas que hemos estatuido dentro de la maraña de las neurosis. En esto lo hemos contradicho muchas veces y nos atenemos a la expectativa de que las diferencias morfológico-clínicas habrán de revelarse valiosas como unos indicadores, que aún no entendemos, de procesos de esencia diversa. Si nos aduce -y con razón- que en los llamados «neurasténicos» él ha hallado de una manera regular los mismos complejos y conflictos que en los otros neuróticos, este argumento no es pertinente para la cuestión en litigio. Desde hace tiempo sabemos que también en todas las personas sanas y normales hemos de esperar tales complejos y conflictos. Y aun nos hemos acostumbrado a atribuir a todo hombre de cultura un cierto grado de represión de mociones perversas, de erotismo anal, de homosexualidad, etc., así como un fragmento de complejo paterno y complejo materno, y de otros complejos todavía, de igual modo como en el análisis de los elementos de un cuerpo orgánico esperamos pesquisar con seguridad carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y algo de azufre. Lo que distingue entre sí a los cuerpos orgánicos es la proporción en que se mezclan estos elementos y la constitución de las combinaciones que forman. De igual modo, la diferencia entre normales y neuróticos no reside en la existencia de tales complejos y conflictos, sino en que estos hayan devenido o no patógenos y, en tal caso, qué mecanismos siguieron para ello.

Lo esencial de mis doctrinas sobre las neurosis actuales, esas doctrinas que formulé en su momento y hoy defiendo, estriba en la tesis, fundada en el experimento, de que sus síntomas no se pueden descomponer analíticamente como los psiconeuróticos. O sea que la constipación, el dolor de cabeza, la fatiga de los llamados «neurasténicos» no consienten su reconducción histórica o simbólica a vivencias eficientes, no se los puede comprender como unos compromisos de mociones pulsionales contrapuestas, al revés de lo que ocurre con los síntomas psiconeuróticos (que llegado el caso pueden parecer de idéntica naturaleza).

No creo que se consiga refutar esta tesis por medio del psicoanálisis. En cambio, hoy admito lo que en aquella época no podía creer: que un tratamiento analítico pueda llegar a tener un influjo curativo indirecto sobre los síntomas actuales, haciendo que estos perjuicios actuales se toleren mejor o bien poniendo al individuo enfermo en condiciones de sustraerse a ellos por un cambio de su régimen sexual. Por cierto que son unas perspectivas halagüeñas para nuestro interés terapéutico.
Pero si en este punto teórico de las neurosis actuales debiera al final convencerme de mi error, me consolaré con el progreso de nuestro conocimiento, que por fuerza desvalorizará las concepciones de los individuos. Ustedes preguntarán ahora por qué, si yo tengo unas intelecciones tan dignas de alabanza sobre los límites de mi propia infalibilidad, no cedo a las nuevas incitaciones y prefiero, en cambio, repetir la vieja comedia del hombre de edad que se aferra con rigidez a sus opiniones. (7) Respondo: porque todavía no discierno la evidencia que me haría ceder. En años anteriores mis puntos de vista han experimentado numerosos cambios que yo no mantuve en secreto al público. Y se me los reprochó entonces, como hoy se hará con mi perseverancia. Mas ni aquellos ni estos reproches habrán de asustarme. Es que yo sé que tengo aquí un destino por cumplir. No me es posible esquivarlo ni me hace falta contrariarlo. Yo lo aguardaré, y entretanto me comportaré con respecto a nuestra ciencia como he aprendido a hacerlo desde antes.

A mi pesar tomo partido frente al punto, tan debatido por ustedes, del carácter perjudicial del onanismo; en efecto, no es el acceso que conviene a los problemas que nos ocupan. Pero, en fin, es inevitable: a la gente parece interesarle sólo eso del onanismo. Como ustedes recuerdan, en aquellos primeros debates que tuvimos sobre el tema fue nuestro invitado un distinguido pediatra de esta ciudad. ¿Y qué pidió de nosotros, en repetidas inquisiciones? Unicamente, saber cuán dañoso era el onanismo y por qué a unos daña y a otros no. Hemos de constreñir entonces a nuestra investigación para que satisfaga esa necesidad práctica.

Confieso que tampoco en esto puedo compartir la tesis sostenida por Stekel, a pesar de las muchas puntualizaciones audaces y certeras que él nos ha hecho sobre este asunto. Para él, el carácter dañino del onanismo es en verdad un disparatado prejuicio del que sólo por una estrechez personal no queremos abjurar con el necesario radicalismo. Pero yo opino que si abordamos el problema «sine ira et studio (8)» -hasta donde ello nos resulte posible-, más bien nos veremos llevados a declarar que esa toma de partido contradice nuestras visiones básicas sobre la etiología de las neurosis. El onanismo corresponde en lo esencial al quehacer sexual infantil y, luego, a su mantenimiento en años más maduros. Nosotros derivamos las neurosis de un conflicto entre las aspiraciones sexuales de un individuo y sus demás tendencias (yoicas). Entonces, alguien podría decir: «Para mí, el factor patógeno de esta constelación etiológica reside sólo en la reacción del yo contra su sexualidad». Así tal vez se llegaría a aseverar que cualquier persona podría considerarse exenta de neurosis con sólo querer satisfacer sin limitación sus aspiraciones sexuales. No obstante, es evidentemente arbitrario, y bien se ve que es también inadecuado, pronunciarse de tal suerte y no conceder a las aspiraciones sexuales mismas participación alguna en la patogenidad. Pero si ustedes conceden que las impulsiones sexuales pueden tener efecto patógeno, ya no tendrán derecho a impugnarle al onanismo esa significatividad, pues él no es sino la ejecución de tales mociones pulsionales sexuales. Claro que en todos los casos en que el onanismo parezca inculpable de patógeno ustedes podrán reconducir ese efecto más allá, a las pulsiones que se exteriorizan en el onanismo y a las resistencias dirigidas contra estas últimas; es que el onanismo no es algo último desde el punto de vista somático ni del psicológico, no es un agente real y efectivo, sino sólo el nombre para ciertas actividades; pese a tales reconducciones ulteriores, el juicio sobre la causación patológica permanece anudado con derecho a esta actividad. No olviden ustedes que el onanismo no es equiparable al quehacer sexual puro y simple, sino que es tal quehacer con ciertas condiciones limitantes. Entonces es posible que justamente esas particularidades del quehacer onanista sean las portadoras de su efecto patógeno.

Lo dicho nos remite de la argumentación a la observación clínica, que nos advierte que no hemos de tachar el título «efectos dañinos del onanismo». Al menos, en las neurosis encontramos algunos casos en que el onanismo ha provocado daño.

Tales daños parecen abrirse paso por tres diversos caminos:

a. Como daño orgánico según un mecanismo desconocido, respecto del cual entran en consideración los puntos de vista, citados por ustedes a menudo, de la desmesura y la satisfacción inadecuada.
b. Por el camino de la arquetipicidad para lo psíquico, pues así, para satisfacer una gran necesidad, no se requiere aspirar a la alteración del mundo exterior. Sin embargo, toda vez que se desarrolle una vasta reacción a esa arquetipicidad, pueden insinuarse las más valiosas propiedades del carácter.
c. Por el de posibilitar la fijación de metas sexuales infantiles y la permanencia en el infantilismo psíquico. Con ello está dada la predisposición a caer en la neurosis. Como psicoanalistas estamos obligados a conceder el máximo interés a ese resultado del onanismo -aquí me refiero, desde luego, al onanismo de la pubertad y que es proseguido fuera de tiempo-. Tengamos presente el significado que el onanismo cobra como ejecutor de la fantasía, ese reino intermedio que se ha interpolado entre vivir según el principio de placer y vivir según el principio de realidad; y cómo el onanismo posibilita consumar en la fantasía unos desarrollos sexuales y unas sublimaciones que, empero, no constituyen progresos, sino dañinas formaciones de compromiso. Es verdad que este mismo compromiso, según una importante puntualización de Stekel, vuelve inocuas serias inclinaciones perversas y esquiva las peores consecuencias de la abstinencia.

Por mis experiencias médicas, no puedo excluir de la serie de efectos del onanismo un debilitamiento permanente de la potencia; concedo a Stekel, sin embargo, que en cierto número de casos se lo puede desenmascarar como aparente. Ahora bien, este efecto del onanismo no se puede computar sin más entre los daños. Cierto rebajamiento de la potencia viril y de la iniciativa brutal a ella enlazada es muy aprovechable para la cultura. Facilita al hombre de cultura observar las virtudes, a él exigidas, de la templanza y la formalidad. La virtud resultará, las más de las veces, de difícil práctica con una potencia plena.

Si esta aseveración les pareciera cínica, acepten que no la hice con esa intención. No pretende ser sino una pieza de descripción descarnada, indiferente a la complacencia o el enojo que pudiera despertar. Es que el onanismo, como tantas otras cosas, tiene les défauts de ses vertus {los defectos de sus virtudes}, como, a la inversa, les vertus de ses défauts. Siempre que un interés práctico unilateral nos lleva a desmembrar un nexo complicado en ganancias o pérdidas, hemos de admitir tal desagradable hallazgo.

Opino, por lo demás, que podemos separar con ventaja lo que cabe llamar los daños directos del onanismo de aquello que se deriva de una manera indirecta de la resistencia y de la revuelta del yo contra este quehacer sexual. No he entrado a considerar aquí estos últimos efectos.

Debo agregar aún forzosamente algunas palabras sobre la segunda de las espinosas preguntas que nos hicieron. Suponiendo que el onanismo pueda volverse dañino, ¿bajo qué condiciones y en qué individuos resulta así?

Yo, con la mayoría de ustedes, preferiría desautorizar una respuesta general. En efecto, esta pregunta se superpone en parte con otra, más abarcadora, sobre cuándo, en general, el quehacer sexual se vuelve patógeno para un individuo. Si deducimos esta parte superpuesta, nos resta una pregunta de detalle referida a los caracteres del onanismo en la medida en que este constituye una particular modalidad de la satisfacción sexual. Aquí correspondería repetir lo ya consabido y aducido en otro contexto, apreciar el influjo del factor cuantitativo y la conjugación de varios elementos de eficacia patógena. Pero, sobre todo, deberíamos atribuir un gran espacio a las predisposiciones llamadas «constitucionales» del individuo. No obstante, confesémoslo: trabajar con estas es embarazoso. En efecto, solemos inferir ex post la predisposición individual; con posterioridad, cuando la persona ya está enferma, le atribuimos esta o estotra predisposición. No poseemos ningún medio para colegirla de antemano. Nos comportamos en esto como aquel rey escocés de una novela de Víctor Hugo, que se gloriaba de poseer un medio infalible para conocer la brujería. Escaldaba a la acusada en agua hirviente, y probaba luego la sopa. Según el sabor, él juzgaba: «Sí, era una bruja», o bien: «No, no lo era».

Podría llamarles la atención todavía sobre un tema apenas tratado en nuestros debates: el del llamado «dinanismo inconciente». Me refiero al onanismo mientras se duerme, en estados anormales, en ataques. Recuerdan ustedes cuántos ataques histéricos reflejan el acto onanista de manera escondida o irreconocible, después que el individuo ha renunciado a esta modalidad de satisfacción, y cuántos síntomas de la neurosis obsesiva procuran sustituir y repetir esta variante, otrora prohibida, del quehacer sexual. (9) También puede hablarse de un retorno terapéutico del onanismo. Muchos de ustedes ya habrán hecho, como yo, la experiencia de que implica un gran progreso que el paciente ose de nuevo practicar el onanismo en el curso del tratamiento, no teniendo el propósito de demorarse duraderamente en esta estación infantil. Me permito señalarles, por otra parte, que un número considerable de los neuróticos más graves, justamente, han evitado el onanismo en las épocas históricas de su recuerdo, mientras que el psicoanálisis permite demostrar que en modo alguno permanecieron ajenos a esta actividad sexual en épocas tempranas olvidadas.

Pero creo que es mejor interrumpir aquí. Todos estamos de acuerdo en que el tema del onanismo es poco menos que inagotable. (10)


Notas:
(*) Agradecemos a http://psicopsi.com por las facilidades de digitalizacion del texto freudiano.
1) Damos una lista completa de referencias en una nota de «Sobre el psicoanálisis "silvestre"» (1910k), AE, 11, pág. 224
(**) Anotaciones en numeros romanos y subrrayados de JLGF.
2) Este primer debate parece haber tenido lugar los días 25 de mayo y 1º y 8 de junio de 1910.
3) Freud ya se explayó sobre los motivos por los cuales la masturbación va acompañada de un sentimiento de culpa en un agregado, hecho en 1915 y 1920, a Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, pág. 172, y en un pasaje de «"Pegan a un niño"» (1919e), AE. 17, pág. 191.
4) La masturbación en la mujer había sido examinada por Freud en Tres ensayos (1905d), AE, 7, pág. 201. Volvió sobre este tema en varias obras posteriores, insistiendo siempre en la naturaleza clitorídea de esa masturbación: por ejemplo, en «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos» (1925j), AE, 19, pág. 270; en «Sobre la sexualidad femenina» (1931b), AE, 21, pág. 234, y en la 33º de sus Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933a), AE, 22, págs. 117-8.
5) La correspondiente enmienda fue introducida en la edición de 1915; cf. AE, 7, págs. 170-1, n. 26.
6) Esto ya había sido insinuado por Freud en una nota de «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia» (1911c), y fue retomado en «Introducción del narcisismo» (1914c), AE, 14, pág, 80.
7) En momentos de escribir esto, Freud tenía casi exactamente 56 años.
8)«Sin ira ni parciaIidad»; Tácito, Anales, I, 1.
9) Véase la sección C de «Apreciaciones generales sobre el ataque histérico» (1909a).
10) En una carta a Fliess del 22 de diciembre de 1897 (Freud, 1950a, Carta 79), AE, 1, pág. 314, Freud define la masturbación como la «adicción primordial», de la cual son sustitutos las adicciones posteriores (al alcohol, el tabaco, la morfina, etc.). En el curso de un párrafo bastante extenso dedicado a la masturbación en «La sexualidad en la etiología de las neurosis» (1898a), trabajo escrito poco después que esa carta, la compara también con las demás adicciones (AE, 3, pág, 268). Esta idea fue retomada por él mucho más tarde, al ocuparse de la afición al juego en «Dostoievski y el parricidio» ( 1928b), AE, 21, pág. 190.

miércoles, 1 de abril de 2015

El creador literario y el fantaseo (1908 [1907]) «Der Dichter und das Phantasieren» Sigmund Freud



El creador literario y el fantaseo
(1908 [1907])
«Der Dichter und das Phantasieren»

Sigmund Freud


Nota introductoria
Originalmente, este texto fue expuesto en forma de conferencia el 6 de diciembre de 1907, ante un auditorio de noventa personas en los salones del editor y librero vienés Hugo Heller, quien era miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.  Al día siguiente, el periódico Die Zeit, de dicha ciudad, publicó un resumen muy preciso de la conferencia; pero la versión completa sólo se dio a publicidad a comienzos de 1908, en una revista literaria que acababa de fundarse en Berlín.

Ya poco tiempo atrás, en el estudio sobre Gradiva de Jensen (1907a), Freud se había ocupado de los problemas de la creación literaria; y uno o dos años antes se había aproximado a la cuestión en el ensayo, inédito en vida de él, “Personajes psicopáticos en el escenario” (1942a).  No obstante, en el presente trabajo –así como en el que le sigue, escrito más o menos por la misma época– el centro del interés recae en el examen de las fantasías.

James Strachey



A nosotros, los legos, siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el poeta, toma sus materiales -acaso en el sentido de la pregunta que aquel cardenal dirigió a Ariosto-, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces. Y no hará sino acrecentar nuestro interés la circunstancia de que el poeta mismo, si le preguntamos, no nos dará noticia alguna, o ella no será satisfactoria; aquel persistirá aun cuando sepamos que ni la mejor intelección sobre las condiciones bajo las cuales él elige sus materiales, y sobre el arte con que plasma a estos, nos ayudará en nada a convertirnos nosotros mismos en poetas.

¡Si al menos pudiéramos descubrir en nosotros o en nuestros pares una actividad de algún modo afín al poetizar! Emprenderíamos su indagación con la esperanza de obtener un primer esclarecimiento sobre el crear poético. Y en verdad, esa perspectiva existe; los propios poetas gustan de reducir el abismo entre su rara condición y la naturaleza humana universal: harto a menudo nos aseguran que en todo hombre se esconde un poeta, y que el último poeta sólo desaparecerá con el último de los hombres.

¿No deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas del quehacer poético? La ocupación preferida y más intensa del niño es el juego. Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada. Además, sería injusto suponer que no toma en serio ese mundo; al contrario, toma muy en serio su juego, emplea en él grandes montos de afecto. Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino... la realidad efectiva. El niño diferencia muy bien de la realidad su mundo del juego, a pesar de toda su investidura afectiva; y tiende a apuntalar sus objetos y situaciones imaginados en cosas palpables y visibles del mundo real. Sólo ese apuntalamiento es el que diferencia aún su «jugar» del «fantasear».

Ahora bien, el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio, vale decir, lo dota de grandes montos de afecto, al tiempo que lo separa tajantemente de la realidad efectiva. Y el lenguaje ha recogido este parentesco entre juego infantil y creación poética llamando «juegos» {«Spiel»} a las escenificaciones del poeta que necesitan apuntalarse en objetos palpables y son susceptibles de figuración, a saber: «Lustspiel» {«comedia»; literalmente, «juego de placer»}, «Trauerspiel» {«tragedia»; «juego de duelo»}, y designando «Schauspieler» {«actor dramático»; «el que juega al espectáculo»} a quien las figura. Ahora bien, de la irrealidad del mundo poético derivan muy importantes consecuencias para la técnica artística, pues muchas cosas que de ser reales no depararían goce pueden, empero, depararlo en el juego de la fantasía, y muchas excitaciones que en sí mismas son en verdad penosas pueden convertirse en fuentes de placer para el auditorio y los espectadores del poeta.

En virtud de otro nexo, nos demoraremos todavía un momento en esta oposición entre realidad efectiva y juego. Cuando el niño ha crecido y dejado de jugar, tras décadas de empeño anímico por tomar las realidades de la vida con la debida seriedad, puede caer un día en una predisposición anímica que vuelva a cancelar la oposición entre juego y realidad. El adulto puede acordarse de la gran seriedad con que otrora cultivó sus juegos infantiles y, poniéndolos en un pie de igualdad con sus ocupaciones que se suponen serias arrojar la carga demasiado pesada que le impone la vida y conquistarse la elevada ganancia de placer que le procura el humor.[1]

El adulto deja, pues, de jugar; aparentemente renuncia a la ganancia de placer que extraía del juego. Pero quien conozca la vida anímica del hombre sabe que no hay cosa más difícil para él que la renuncia a un placer que conoció. En verdad, no podemos renunciar a nada; sólo permutamos una cosa por otra; lo que parece ser una renuncia es en realidad una formación de sustituto o subrogado. Así, el adulto, cuando cesa de jugar, sólo resigna el apuntalamiento en objetos reales; en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire, crea lo que se llama sueños diurnos. Opino que la mayoría de los seres humanos crean fantasías en ciertas épocas de su vida. He ahí un hecho por largo tiempo descuidado y cuyo valor, por eso mismo, no se apreció lo suficiente.

El fantasear de los hombres es menos fácil de observar que el jugar de los niños. El niño juega solo o forma con otros niños un sistema psíquico cerrado a los fines del juego, pero así como no juega para los adultos como si fueran su público, tampoco oculta de ellos su jugar. En cambio, el adulto se avergüenza de sus fantasías y se esconde de los otros, las cría como a sus intimidades más personales, por lo común preferirían confesar sus faltas a comunicar sus fantasías. Por eso mismo puede creerse el único que forma tales fantasías, y ni sospechar la universal difusión de parecidísimas creaciones en los demás. Esta diversa conducta del que juega y el que fantasea halla su buen fundamento en los motivos de esas dos actividades, una de las cuales es empero continuación de la otra.

El jugar del niño estaba dirigido por deseos, en verdad por un solo deseo que ayuda a su educación; helo aquí: ser grande y adulto. Juega siempre a «ser grande», imita en el juego lo que le ha devenido familiar de la vida de los mayores. Ahora bien, no hay razón alguna para esconder ese deseo. Diverso es el caso del adulto; por una parte, este sabe lo que de él esperan: que ya no juegue ni fantasee, sino que actúe en el mundo real; por la otra, entre los deseos productores de sus fantasías hay muchos que se ve precisado a esconder; entonces su fantasear lo avergüenza por infantil y por no permitido.

Preguntarán ustedes de dónde se tiene una información tan exacta sobre el fantasear de los hombres, si ellos lo rodean de tanto misterio. Pues bien; hay un género de hombres a quienes no por cierto un dios, sino una severa diosa -la Necesidad-, han impartido la orden de decir sus penas y alegrías.[2]  Son los neuróticos, que se ven forzados a confesar al médico, de quien esperan su curación por tratamiento psíquico, también sus fantasías; de esta fuente proviene nuestro mejor conocimiento, y luego hemos llegado a la bien fundada conjetura de que nuestros enfermos no nos comunican sino lo que también podríamos averiguar en las personas sanas.

Procedamos a tomar conocimiento de algunos de los caracteres del fantasear. Es lícito decir que el dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad. Los deseos pulsionantes difieren según sexo, carácter y circunstancias de vida de la personalidad que fantasea; pero con facilidad se dejan agrupar siguiendo dos orientaciones rectoras. Son deseos ambiciosos, que sirven a la exaltación de la personalidad, o son deseos eróticos. En la mujer joven predominan casi exclusivamente los eróticos, pues su ambición acaba, en general, en el querer-alcanzar amoroso; en el hombre joven, junto a los deseos eróticos cobran urgencia los egoístas y de ambición. Sin embargo, no queremos destacar la oposición entre ambas orientaciones, sino más bien su frecuente reunión; así como en muchos retablos puede verse en un rincón la imagen del donador, en la mayoría de las fantasías egoístas se descubre en un rinconcito a la dama para la cual el fantaseador lleva a cabo todas esas hazañas, y a cuyos pies él pone todos sus logros. Ya ven ustedes: hay aquí hartos y poderosos motivos de ocultación; es que a la mujer bien educada sólo se le admite un mínimo de apetencia erótica, y el hombre joven debe aprender a sofocar la desmesura en su sentimiento de sí, en que lo malcriaron en su niñez, a fin de insertarse en una sociedad donde sobreabundan los individuos con parecidas pretensiones.

Guardémonos de imaginar rígidos e inmutables los productos de esta actividad fantaseadora: las fantasías singulares, castillos en el aire o sueños diurnos. Más bien se adecuan a las cambiantes impresiones vitales, se alteran a cada variación de las condiciones de vida, reciben de cada nueva impresión eficaz una «marca temporal», según se la llama. El nexo de la fantasía con el tiempo es harto sustantivo. Es lícito decir: una fantasía oscila en cierto modo entre tres tiempos, tres momentos temporales de nuestro representar. El trabajo anímico se anuda a una impresión actual, a una ocasión del presente que fue capaz de despertar los grandes deseos de la persona; desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior, infantil las más de las veces, en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro, que se figura como el cumplimiento de ese deseo, justamente el sueño diurno o la fantasía, en que van impresas las huellas de su origen en la ocasión y en el recuerdo. Vale decir, pasado, presente y futuro son como las cuentas de un collar engarzado por el deseo.

El ejemplo más trivial puede servir para ilustrarles mi tesis. Supongan el caso de un joven pobre y huérfano, a quien le han dado la dirección de un empleador que acaso lo contrate. Por el camino quizá se abandone a un sueño diurno, nacido acorde con su situación. El contenido de esa fantasía puede ser que allí es recibido, le cae en gracia a su nuevo jefe, se vuelve indispensable para el negocio, lo aceptan en la familia del dueño, se casa con su encantadora hijita y luego dirige el negocio, primero como copropietario y más tarde como heredero. Con ello el soñante se ha sustituido lo que poseía en la dichosa niñez: la casa protectora, los amantes padres y los primeros objetos de su inclinación tierna. En este ejemplo ustedes ven cómo el deseo aprovecha una ocasión del presente para proyectarse un cuadro del futuro siguiendo el modelo del pasado.

Aún habría mucho que decir sobre las fantasías; me limitaré a las más escuetas indicaciones. El hecho de que las fantasías proliferen y se vuelvan hiperpotentes crea las condiciones para la caída en una neurosis o una psicosis; además, las fantasías son los estadios previos más inmediatos de los síntomas patológicos de que nuestros enfermos se quejan. En este punto se abre una ancha rama lateral hacia la patología.

No puedo omitir el nexo de las fantasías con el sueño. Tampoco nuestros sueños nocturnos son otra cosa que unas tales fantasías, como podemos ponerlo en evidencia mediante su interpretación.[3] El lenguaje, con su insuperable sabiduría, hace tiempo que ha decidido el problema de la esencia de los sueños {Traum} llamando también «sueños diurnos» {«Tagtraum»} a los castillos en el aire de los fantaseadores. Si a pesar de esa indicación el sentido de nuestros sueños nos parece la mayoría de las veces oscuro, ello es debido a una sola circunstancia: que por la noche se ponen en movimiento en nuestro interior también unos deseos de los que tenemos que avergonzarnos y debemos ocultar, y que por eso mismo fueron reprimidos, empujados a lo inconciente. Ahora bien, a tales deseos reprimidos y sus retoños no se les puede consentir otra expresión que una gravemente desfigurada. Después que el trabajo científico logró esclarecer la desfiguración onírica, ya no fue difícil discernir que los sueños nocturnos son unos cumplimientos de deseo como los diurnos, esas fantasías familiares a todos nosotros.

Hasta aquí las fantasías. Pasemos ahora al poeta. ¿Estamos realmente autorizados a comparar al poeta con el «soñante a pleno día», y a sus creaciones con unos sueños diurnos? Es que se nos impone una primera diferencia; prescindamos de los poetas que recogen materiales ya listos, como los épicos y trágicos antiguos, y consideremos a los que parecen - crearlos libremente. Detengámonos, pues, en estos últimos, pero sin buscar, con miras a aquella comparación, a los poetas más estimados por la crítica, sino a los menos pretenciosos narradores de novelas, novelas breves y cuentos, que en cambio son quienes encuentran lectores y lectoras más numerosos y ávidos. Sobre todo, un rasgo no puede menos que resultarnos llamativo en las creaciones de estos narradores; todos ellos tienen un héroe situado en el centro del interés y para quien el poeta procura por todos los medios ganar nuestra simpatía; parece protegerlo, se diría, con una particular providencia. Si al terminar el capítulo de una novela he dejado al héroe desmayado, sangrante de graves heridas, estoy seguro de encontrarlo, al comienzo del siguiente, objeto de los mayores cuidados y en vías de restablecimiento; y sí el primer tomo terminó con el naufragio, en medio de la tormenta, del barco en que se hallaba nuestro héroe, estoy seguro de leer, al comienzo del segundo tomo, sobre su maravilloso rescate, sin el cual la novela no habría podido continuar. El sentimiento de seguridad con el que yo acompaño al héroe a través de sus azarosas peripecias es el mismo con el que un héroe real se arroja al agua para rescatar a alguien que se ahoga, o se expone al fuego enemigo para tomar por asalto una batería; es ese genuino sentimiento heroico al que uno de nuestros mejores poetas ofrendó esta preciosa expresión: «Eso nunca puede sucederte a ti» (Anzengruber).[4] Pero yo opino que en esa marca reveladora que es la invulnerabilidad se discierne sin trabajo... a Su Majestad el Yo, el héroe de todos los sueños diurnos así como de todas las novelas.[5]

Otros rasgos típicos de estas narraciones egocéntricas apuntan también a idéntico parentesco. Si todas las mujeres de la novela se enamoran siempre del héroe, difícilmente se lo pueda concebir como una pintura de la realidad; sí se lo comprende, en cambio, como un patrimonio necesario del sueño diurno. Lo mismo cuando las otras personas de la novela se dividen tajantemente en buenas y malas, renunciando a la riqueza de matices que se observa en los caracteres humanos reales; los «buenos» son justamente los auxiliadores del yo devenido en el héroe, y los «malos», sus enemigos y rivales.

En modo alguno desconocemos que muchísimas creaciones poéticas se mantienen distanciadas del arquetipo del sueño diurno ingenuo, pero tampoco sofocaré yo la conjetura de que aun las desviaciones más extremas pueden ligarse con ese modelo por medio de una serie de transiciones continuas. También en muchas de las denominadas «novelas psicológicas» atrajo mi atención que sólo describan desde adentro a una persona, otra vez el héroe; en su alma se afinca el poeta, por así decir, y mira desde afuera a las otras personas. La novela psicológica en su conjunto debe sin duda su especificidad a la inclinación del poeta moderno a escindir su yo, por observación de sí, en yoes-parciales, y a personificar luego en varios héroes las corrientes que entran en conflicto en su propia vida anímica. En particularísima oposición al tipo del sueño diurno parecen encontrarse las novelas que podrían designarse «ex-céntricas» en que la persona introducida como héroe desempeña el mínimo papel activo, y más bien ve pasar, como un espectador, las hazañas y penas de los otros. De esa índole son varias de las últimas novelas de Zola. Empero, debo señalar que el análisis psicológico de individuos no poetas, desviados en muchos aspectos de lo que se llama normal, nos ha anoticiado de unas variaciones análogas en sueños diurnos en que el yo se limita al papel de espectador.

Para que posea algún valor nuestra equiparación del poeta con el que tiene sueños diurnos, y de la creación poética con el sueño diurno mismo, es preciso ante todo que muestre su fecundidad de cualquier manera. Intentemos, por ejemplo, aplicar a las obras del poeta nuestra tesis ya enunciada sobre la referencia de la fantasía a los tres tiempos y al deseo que los engarza, y procuremos estudiar también con su ayuda los nexos entre la vida del poeta y sus creaciones. En general, no se ha sabido con qué representaciones-expectativa era menester abordar este problema; a menudo ese nexo se imaginó demasiado simple, Desde la intelección obtenida para las fantasías, nosotros deberíamos esperar el siguiente estado de cosas: una intensa vivencia actual despierta en el poeta el recuerdo de una anterior, las más de las veces una perteneciente a su niñez, desde la cual arranca entonces el deseo que se procura su cumplimiento en la creación poética; y en esta última se pueden discernir elementos tanto de la ocasión fresca como del recuerdo antiguo.[6]

Que no les arredre la complicación de esta fórmula; conjeturo que en la realidad probará ser un esquema harto mezquino, que, sin embargo, puede contener una primera aproximación al estado real de cosas. Y según ciertos ensayos que he emprendido, estoy por pensar que ese abordaje de las producciones poéticas no ha de resultar infecundo. No olviden ustedes que la insistencia, acaso sorprendente, sobre el recuerdo infantil en la vida del poeta deriva en última instancia de la premisa según la cual la creación poética, como el sueño diurno, es continuación y sustituto de los antiguos juegos del niño.

No olvidemos reconsiderar la clase de poemas en que nos vimos precisados a no ver unas creaciones libres, sino elaboraciones de un material consabido y ya listo. También aquí el poeta tiene permitido exteriorizar cierta autonomía, que se expresa en la elección del material y en las variantes, a menudo muy considerables, que le imprime. Pero en la medida en que los materiales mismos están dados, provienen del tesoro popular de mitos, sagas y cuentos tradicionales. Ahora bien, la indagación de estas formaciones de la psicología de los pueblos en modo alguno ha concluido, pero, por ejemplo respecto de los mitos, es muy probable que respondan a los desfigurados relictos de unas fantasías de deseo de naciones enteras, a los sueños seculares de la humanidad joven.

Dirán ustedes que les he referido mucho más sobre las fantasías que sobre el poeta, al que empero puse en primer término en el título de mi conferencia. Lo sé, e intentaré justificarlo por referencia al estado actual de nuestro conocimiento. Sólo pude aportarles unas incitaciones y exhortaciones que desde el estudio de las fantasías desbordan sobre el problema de la elección poética de los materiales. El otro problema, a saber, con qué recursos el poeta nos provoca los afectos que recibimos de sus creaciones, ni siquiera lo hemos rozado aún. Todavía me gustaría mostrarles, al menos, el camino que lleva desde nuestras elucidaciones sobre las fantasías a los problemas de los efectos poéticos.

Como ustedes recuerdan, dijimos que el soñante diurno pone el mayor cuidado en ocultar sus fantasías de los demás porque registra motivos para avergonzarse de ellas. Ahora agrego que, aunque nos las comunicara, no podría depararnos placer alguno mediante esa revelación. Tales fantasías, si nos enteráramos de ellas, nos escandalizarían, o al menos nos dejarían fríos. En cambio, si el poeta juega sus juegos ante nosotros como su público, o nos refiere lo que nos inclinamos a declarar sus personales sueños diurnos, sentimos un elevado placer, que probablemente tenga tributarios de varias fuentes. Cómo lo consigue, he ahí su más genuino secreto; en la técnica para superar aquel escándalo, que sin duda tiene que ver con las barreras que se levantan entre cada yo singular y los otros, reside la auténtica ars poetica. Podemos colegir en esa técnica dos clases de recursos: El poeta atempera el carácter del sueño diurno egoísta mediante variaciones y encubrimientos, y nos soborna por medio de una ganancia de placer puramente formal, es decir, estética, que él nos brinda en la figuración de sus fantasías. A esa ganancia de placer que se nos ofrece para posibilitar con ella el desprendimiento de un placer mayor, proveniente de fuentes psíquicas situadas a mayor profundidad, la llamamos prima de incentivación o placer previo.[7] Opino que todo placer estético que el poeta nos procura conlleva el carácter de ese placer previo, y que el goce genuino de la obra poética proviene de la liberación de tensiones en el interior de nuestra alma. Acaso contribuya en no menor medida a este resultado que el poeta nos habilite para gozar en lo sucesivo, sin remordimiento ni vergüenza algunos, de nuestras propias fantasías. Aquí estaríamos a las puertas de nuevas, interesantes y complejas indagaciones, pero, al menos por esta vez, hemos llegado al término de nuestra elucidación.



[1] Véase el libro de Freud sobre el chiste (1905c).
[2] Alude a unos célebres versos de la escena final de Torquato Tasso, en los que Goethe le hace decir a su poeta-héroe: “Y donde el humano suele enmudecer en su tormento, un dios me concedió el don de decir cuánto sufro”.
[3] Cf. La interpretación de los sueños (Freud, 1900a)
[4] Esta frase del dramaturgo vienés Anzengruber era una de las favoritas de Freud.  Cf. “De guerra y muerte” (1915b).
[5] Cf. “Introducción del narcisismo” (1914c), donde se emplea la expresión en inglés “His Majesty the Baby”.
[6] Un punto de vista análogo había sido ya expuesto por Freud en una carta a Fliess del 7 de julio de 1898, con referencia a uno de los cuentos de C. F. Meyer (Freud, 1950a, Carta 92).
[7] Esta teoría de la “prima de incentivación” y del “placer previo” fue aplicada por Freud al chiste en el libro que dedicó a este (1905c).  La naturaleza del “placer previo” fue examinada asimismo, en Tres ensayos de teoría sexual.

lunes, 2 de marzo de 2015

Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1908).





Sigmund Freud / Obras Completas de Sigmund Freud. Standard Edition. Ordenamiento de James Strachey / Volumen 9 (1906-08).  Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1908).

«Hysterische Phantasien und ihre Beziehung zur Bisexualität»    

Nota introductoria(1)

Las fantasías delirantes(2) de los paranoicos, que tienen por contenido la grandeza y los padecimientos del yo propio, y afloran en formas totalmente típicas, casi monótonas, son universalmente conocidas. Además, innumerables comunicaciones nos han familiarizado con las raras escenificaciones bajo las cuales ciertos perversos obtienen su satisfacción sexual -en la idea o en la realidad-. En cambio, a muchos puede sonarles a novedad enterarse de que formaciones psíquicas en un todo análogas se presentan de manera regular en todas las psiconeurosis, en especial la histeria, y de que en ellas -las llamadas fantasías {Phantasie} histéricas- se pueden discernir importantes nexos para la causación de los síntomas neuróticos.

Fuentes comunes y arquetipo normal de todas estas creaciones de la fantasía son los llamados sueños diurnos de los jóvenes, que ya han sido objeto de cierta atención, si bien insuficiente, en la bibliografía. (ver nota)(3) Siendo su frecuencia quizás igual en ambos sexos, parecen ser enteramente eróticos en muchachas y señoras, y en los varones, de naturaleza erótica o ambiciosa. Sin embargo, no sería lícito relegar a un segundo plano el valor del factor erótico aun en los varones; es que profundizando en sus sueños diurnos por lo común se averigua que han realizado todas esas hazañas y conseguido esos logros sólo para agradar a una mujer y para que ella los prefiera a otros hombres. (ver nota)(4) Estas fantasías son unos cumplimientos de deseo engendrados por la privación y la añoranza; llevan el nombre de «sueños diurnos» con derecho, pues proporcionan la clave para entender los sueños nocturnos, el núcleo de cuya formación no es otro que estas fantasías diurnas complicadas, desfiguradas y mal entendidas por la instancia psíquica conciente. (ver nota)(5)

Esos sueños diurnos son investidos con un interés grande, se los cultiva con esmero y las más de las veces se los reserva con vergüenza, como si pertenecieran al más íntimo patrimonio de la personalidad. Ahora bien, es fácil reconocer por la calle al que va inmerso en su sueño diurno: se sonríe de manera repentina, como ausente; conversa consigo mismo o apresura su andar hasta correr casi con lo cual marca el punto culminante de la situación ensoñada.

Todos los ataques histéricos que he podido indagar hasta ahora probaron ser unos tales sueños diurnos de involuntaria emergencia. En efecto, la observación no deja subsistir duda alguna: de estas fantasías, las hay tanto inconcientes como concientes, y tan pronto como han devenido inconcientes pueden volverse también patógenas, vale decir, expresarse en síntomas y ataques. En circunstancias propicias, empero, es posible capturar con la conciencia alguna de estas últimas. Una de mis pacientes, a quien yo había puesto sobre aviso en cuanto a sus fantasías, me refirió que cierta vez se encontró llorando por la calle y, meditando enseguida sobre el motivo, apresó la fantasía de que había entablado una relación tierna con un virtuoso pianista notorio en la ciudad (aunque no lo conocía personalmente), quien le había dado un hijo (ella no los tenía) y luego la abandonó a su suerte, dejándolos en la miseria a ella y al niño. En este pasaje de la novela le acudieron las lágrimas.

Las fantasías inconcientes pueden haberlo sido desde siempre, haberse formado en lo inconciente, o bien -caso más frecuente- fueron una vez fantasías concientes, sueños diurnos, y luego se las olvidó adrede, cayeron en lo inconciente en virtud de la «represión». En esta segunda alternativa su contenido pudo seguir siendo el mismo o experimentar variaciones, de suerte que la fantasía ahora inconciente sea un retoño de la antaño conciente. Por otra parte, la fantasía inconciente mantiene un vínculo muy importante con la vida sexual de la persona; en efecto, es idéntica a la fantasía que le sirvió para su satisfacción  sexual  durante  un  período  de  masturbación.  El  acto  masturbatorio  (en  el sentido más lato: onanista) se componía en esa época de dos fragmentos: la convocación de la fantasía y la operación activa de autosatisfacción en la cima de ella. Como es sabido, esta composición consiste en una soldadura. (ver nota)(6) Originariamente la acción era una  empresa  autoerótica  pura  destinada  a  ganar  placer  de  un  determinado  lugar  del cuerpo,   que   llamamos   erógeno.   Más   tarde   esa   acción   se   fusionó   con   una representación-deseo tomada del círculo del amor de objeto y sirvió para realizar de una manera parcial la situación en que aquella fantasía culminaba. Cuando luego la persona renuncia a esta clase de satisfacción masturbatoria y fantaseada, la fantasía misma, de conciente que era, deviene inconciente. Y si no se introduce otra modalidad de la satisfacción sexual, si la persona permanece en la abstinencia y no consigue sublimar su libido,  vale  decir,  desviar  la  excitación  sexual  hacia  una  meta  superior,  está  dada  la condición para que la fantasía inconciente se refresque, prolifere y se abra paso como síntoma patológico, al menos en una parte de su contenido, con todo el poder del ansia amorosa.

Para toda una serie de síntomas histéricos, entonces, las fantasías inconcientes son los estadios psíquicos previos más próximos. Los síntomas histéricos no son otra cosa que las fantasías inconcientes figuradas mediante «conversión», y en la medida en que son síntomas somáticos, con harta frecuencia están tomados del círculo de las mismas sensaciones sexuales e inervaciones motrices que originariamente acompañaron a la fantasía, todavía conciente en esa época. De esta manera en verdad es deshecha la deshabituación del onanismo; y la meta última de todo el proceso patológico, restablecer la satisfacción sexual en su momento primaria, si bien nunca se consuma así, es alcanzada siempre en una suerte de aproximación.

El interés de quien estudia la histeria abandona pronto los síntomas para dirigirse a las fantasías de las cuales proceden. La técnica psicoanalítica permite, primero, colegir desde los síntomas estas fantasías inconcientes y, luego, hacer que devengan concientes al enfermo.  Y  por  este  camino  se  ha  descubierto  que  el  contenido  de  las  fantasías inconcientes de los histéricos se corresponde en todos sus puntos con las situaciones de satisfacción que los perversos llevan a cabo con conciencia; y si uno es afecto a esa clase de ejemplos, no tiene más que recordar las escenificaciones a que en el teatro de la historia universal se entregaron a los césares romanos, cuya locura desde luego sólo fue posible por el ¡limitado poderío de quienes creaban tales fantasías. También las formaciones delirantes de los paranoicos son unas fantasías de esa índole, si bien han devenido concientes de manera inmediata; sus portadores son los componentes sado-masoquistas de la pulsión sexual. Y de igual modo pueden hallar sus cabales correspondientes en ciertas fantasías inconcientes de los histéricos. Por otra parte, es notorio el caso, que reviste importancia práctica, de histéricos que no expresan sus fantasías en síntomas, sino en una realización conciente, y así fingen y ponen en escena atentados, maltratos, agresiones sexuales.

Todo cuanto puede averiguarse acerca de la sexualidad de los psiconeuróticos se obtiene por este camino de la indagación psicoanalítica, que lleva desde los llamativos síntomas hasta las fantasías inconcientes escondidas; y entre eso averiguable, también el hecho cuya comunicación pretendo situar en el primer plano de esta pequeña publicación provisional.

El nexo de las fantasías con los síntomas no es simple, sino múltiple y complejo, probablemente a consecuencia de las dificultades con que tropieza el afán de las fantasías inconcientes por procurarse una expresión. (ver nota)(7) Por regla general, o sea, dado un desarrollo completo y un prolongado lapso de permanencia en la neurosis, un síntoma no corresponde a una única fantasía inconciente, sino a una multitud de estas; por cierto que ello no de una manera arbitraria, sino dentro de una composición sujeta a leyes. Es muy posible que al comienzo del caso clínico no se encuentren desarrolladas todas esas complicaciones.

En vista de su interés general, me extralimito del tema de esta comunicación para insertar una serie de fórmulas que se empeñan en agotar progresivamente la naturaleza de los síntomas histéricos. Ellas no se contradicen entre sí, sino que corresponden en parte a versiones más completas y deslindadas, en parte a la aplicación de puntos de vista diferentes.

1.  El  síntoma  histérico  es  el  símbolo  mnémico(8)  de  ciertas  impresiones  y  vivencias
(traumáticas) eficaces.

2. El síntoma histérico es el sustituto, producido mediante «conversión», del retorno asociativo de esas vivencias traumáticas.

3. El síntoma histérico es -como lo son también otras formaciones psíquicas- expresión de un cumplimiento de deseo.

4. El síntoma histérico es la realización de una fantasía inconciente al servicio del cumplimiento de deseo.

5. El síntoma histérico sirve a la satisfacción sexual y figura una parte de la vida sexual de la persona (en correspondencia con uno de los componentes de la pulsión sexual).

6. El síntoma histérico corresponde al retorno de una modalidad de la satisfacción sexual que fue real en la vida infantil y desde entonces fue reprimida.

7.  El  síntoma  histérico  nace  como  un  compromiso  entre  dos  mociones  pulsionales  o afectivas opuestas, una de las cuales se empeña en expresar una pulsión parcial o uno de los componentes de la constitución sexual, mientras que la otra se empeña en sofocarlos. (ver nota)(9)

8. El síntoma histérico puede asumir la subrogación de diversas mociones inconcientes no sexuales, pero no puede carecer de un significado sexual.

Entre  estas  diferentes  definiciones,  es  la  séptima  la  que  expresa  de  manera  más exhaustiva la naturaleza del síntoma histérico como realización de una fantasía inconciente; y, junto con la octava, es la que aprecia de manera correcta el significado del factor sexual. Muchas de las fórmulas precedentes están contenidas en esta como estadios previos.

A consecuencia de este nexo entre síntomas y fantasías, no resulta difícil alcanzar, desde el psicoanálisis de los síntomas, la noticia sobre los componentes de la pulsión sexual que gobiernan al individuo, tal como lo expuse en mis Tres ensayos de teoría sexual [1905d]. Ahora bien, esta indagación arroja, para muchos casos, un resultado inesperado. Muestra que la resolución mediante una fantasía sexual inconciente, o mediante una serie de fantasías de las cuales una, la más sustantiva y originaria, es de naturaleza sexual, no basta respecto de numerosos casos de síntomas; para la solución de estos hacen falta dos fantasías sexuales, de las que una posee carácter masculino y femenino la otra, de suerte que una de esas fantasías corresponde a una moción homosexual. La tesis expresada en la fórmula 7 no es afectada por esta novedad; por tanto, un síntoma histérico corresponde necesariamente a un compromiso entre una moción libidinosa y una moción represora, pero además de ello puede responder a una reunión de dos fantasías libidinosas de carácter sexual contrapuesto.

Me  abstengo  de  ejemplificar  esta  tesis.  La  experiencia  me  ha  enseñado  que  análisis breves, comprimidos en un extracto, nunca pueden causar la impresión demostrativa con miras a la cual se los aduce. Y en cuanto a la comunicación de casos clínicos analizados en plenitud, debo reservarla para otro lugar.

Me conformo, pues, con enunciar la tesis y elucidar su significado:

9. Un síntoma histérico es la expresión de una fantasía sexual inconciente masculina, por una parte, y femenina, por la otra.

Señalo de manera expresa que no pretendo para esta tesis la validez universal que he reclamado para las otras fórmulas. Por lo que yo puedo ver, no se aplica ni a todos los síntomas de un caso ni a todos los casos. Por el contrario, no, es difícil pesquisar casos en que las mociones contrapuestas han hallado una expresión sintomática separada, de suerte que  los  síntomas  de  la heterosexualidad y de la  homosexualidad  pueden  dividirse  de manera tan neta como las fantasías ocultas tras ellos. No obstante, el nexo que la novena fórmula asevera es bastante frecuente y, donde se presenta, lo bastante significativo para merecer que se lo destaque en particular. A mi entender, implica el estadio más alto de complicación a que puede llegar el determinismo de un síntoma histérico, y por tanto sólo es dable encontrarlo si la neurosis ha persistido largo tiempo y se ha producido dentro de ella un gran trabajo de organización. (ver nota)(10)

El significado bisexual de síntomas histéricos, demostrable por lo menos en numerosos casos, es por cierto una prueba interesante de la aseveración, por mí sustentada, de que la disposición  bisexual  que  suponemos  en  los  seres  humanos  se  puede  discernir  con particular  nitidez en los psiconeuróticos por  medio  del  psicoanálisis.  (ver  nota)(11) Un proceso por entero análogo en este mismo campo es el que sobreviene cuando el masturbador, en sus fantasías concientes, intenta compenetrarse empáticamente tanto con el varón como con la mujer de la situación representada; también en este caso hallamos correspondientes en ciertos ataques histéricos en que la enferma juega al mismo tiempo los dos papeles de la fantasía sexual que está en la base. Por ejemplo, como en un caso observado por mí, con una mano aprieta el vestido contra el vientre (en papel de mujer), y con la otra intenta arrancarla (en papel de varón). (ver nota)(12) Esta simultaneidad contradictoria  da  razón,  en  buena  parte,  del  carácter  incomprensible  de  la  situación, empero tan plásticamente figurada en el ataque, y es por eso adecuadísima para ocultar la fantasía inconciente eficaz.

En el tratamiento psicoanalítico es muy importante estar preparados para el significado bisexual de un síntoma. Luego no hay que asombrarse ni despistarse si un síntoma permanece  en  apariencia  incólume  por  más  que  ya  se  haya  resuelto  uno  de  sus significados sexuales. Es que todavía se apoya en el significado contrapuesto, quizá no conjeturado. También puede observarse en el tratamiento de estos casos cómo el enfermo se  sirve,  en  el  curso  del  análisis  de  uno  de  los  significados  sexuales,  del  cómodo expediente de hacer continuos esguinces con sus ocurrencias pasando al campo del significado contrario como si fuera una vía contigua.



1 (James Strachey) Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1908).
«Hysterische Phantasien und ihre Beziehung zur Bisexualität»

Ediciones en alemán
1908 Z. Sexualwiss,, 1, nº 1, enero, págs. 27-34.
1909 SKSN, 2, págs. 138-45. (1912, 2º ed.; 1921, 3º ed.)
1924 GS, 5, págs. 246-54.
1941 GW, 7, págs. 191-9.
1972 SA, 6, págs. 187-95.

Traducciones en castellano
1929 «Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad». BN (17 vols.), 13, págs. 133-41.
Traducción de Luis López-Ballesteros.
1943 Igual título. EA, 13, págs. 137-45. El mismo tra ductor.
1948 Igual título. BN (2 vols.), 1, págs. 965-8. El mismo traductor.
1953 Igual título. SR, 13, págs. 108-14. El mismo tra ductor.
1967 Igual título. BN (3 vols.), 1, págs. 954-8. El mismo traductor.
1972 Igual título. BN (9 vols.), 4, págs. 1349-53. El mismo traductor.

Destinado en un principio al Jahrbuch für sexuelle Zwischenstujen, que dirigía Hirschfeld, este artículo fue luego trasladado a otra revista cuya publicación acababa de iniciarse con el mismo director.

La importancia de las fantasías como base de los síntomas histéricos ya había sido admitida por Freud alrededor de 1897, en relación con su autoanálisis. En ese momento comunicó sus hallazgos a Fliess (véanse, por ejemplo, sus cartas del 7 de julio y el 21 de setiembre de ese año (Freud, 1950a, Cartas 66 y 69), AE, 1, págs. 300-2), pero sólo los dio cabalmente a publicidad un par de años antes de escribir el presente trabajo (cf. «Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis» (1906a), AE, 7, págs. 266-7 ).

Este artículo se ocupa en su parte principal de elucidar mejor la relación entre fantasías y síntomas, y a pesar del título el tema de la bisexualidad sólo emerge corno idea colateral. Puede destacarse, al pasar, que por esta época el problema de las fantasías parece haberlo ocupado mucho a Freud; también lo examina en «Sobre las teorías sexuales infantiles» (1908c), «El creador literario y el fantaseo» (1908e), «Apreciaciones generales sobre el ataque histérico» (1909a) y «La novela familiar de los neuróticos» (1909c) -trabajos todos ellos que integran el presente volumen-, así como en muchos tramos del estudio sobre Gradiva (1907a). Desde luego, gran parte del material del presente artículo ya había sido anticipado en otras obras; véase, verbigracia, el historial clínico de «Dora»

(1905e), AE, 7, págs. 42-4, y Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, págs. 150-1.



2 {«Wahndichtung», también invenciones» o «creaciones poéticas» delirantes.}
3 Cf. Breuer y Freud (1895), Pierre Janet (1898, l), Havelock Ellis (1899b), Freud (1900a), Pick (1896).
4 Havelock Ellis (1899b) [3º ed., 1910, págs. 185 y sigs.] es de la misma opinión.
5 Cf. La interpretación de los sueños (19001a) [AE, 5, págs. 488 y sigs. - El contenido de este párrafo fue expuesto en forma más completa en el trabajo, casi contemporáneo de este, «El creador literario y el fantaseo» (1908e)]
6 Véanse mis Tres ensayos de teoría sexual (Freud, 1905d) AE, 7, pág. 134
7 Lo mismo es válido para el nexo entre los pensamientos oníricos «latentes» y los elementos del contenido
«Manifiesto» del sueño. Véase en mi obra La interpretación de los sueños (1900a) el capítulo sobre el «trabajo del sueño».
8 Expresión extensamente empleada por Freud en Estudios sobre la histeria (1895d); la explica con cierto detalle en la primera de sus Cinco conferencias sobre psicoanálisis (1910a), AE, 11, pág. 13,
9 Freud ya había expresado esto en la primera edición de La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág.
561, y, antes aún, en una carta a Fliess del 30 de mayo de 1896 (Freud, 1950a, Carta 46), AE, 1, págs, 272-3
10 Sadger (1907), quien hace poco arribó a la tesis en cuestión a través de psicoanálisis que él mismo emprendiera, aboga sin embargo por su validez universal.
11 Cf. mis Tres ensayos (1905d) [AE, 7, p. ej., págs. 151 y 201]
12 [Este caso vuelve a mencionarse en «Apreciaciones generales sobre el ataque hisrico» (1909a)]