jueves, 21 de julio de 2016

INDICE

LA MUJER: SUS LIMITACIONES Y POTENCIALIDADES. MARIE LANGER

Tomado de www.marielanger.com @DR



 “..para el campo psíquico el territorio bioló­gico desempeña en realidad la parte de la ro­ca viva subyacente. La repudiación de la femineidad (por la mujer) puede ser otra cosa que un hecho biológico, una parte del gran enigma de la sexualidad.
Freud, Análisis terminable e intermi­nable.

La mujer no sería psicológicamente un hom­bre castrado, sino que ya habría nacido como hembra.
Ernest Jones, resumiendo los aportes de Melanie Klein.

Tomar como axiomática a la envidia del pene en la mujer es antibiológico, ya que eso pre­supone que la mitad de la raza humana esta­ría disconforme con su sexo.
Karen Horney, Sobre la génesis del com­plejo de castración femenino.
Si las mujeres creen que su situación dentro de la sociedad es una situación óptima, si las mujeres creen que la función revolucionaria dentro de la sociedad se ha cumplido estarían cometiendo un grave error. A nosotros nos pa­rece que las mujeres tienen que esforzarse mu­cho para alcanzar el lugar que realmente de­ben ocupar dentro de la sociedad.
Fidel Castro, Discurso, 1966.

La mujer es el producto más deformado de la sociedad de clases.
Isabel Larguía, “Contra el trabajo invi­sible”.



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Estas citas, tan polémicas y contrapuestas, resumen, por un lado, la historia tumultuosa del concepto psicoana­lítico de Freud de la supremacía del hombre y de la en­vidia del pene de la mujer, y sintetizan, por el otro, el criterio cubano con respecto a ella. Los cubanos son, des­de Lenin, los primeros que replantean específica y cientí­ficamente este problema, tratado con anterioridad por Marx y especialmente por Engels. Reunidas, nos colocan en otra vuelta de espiral frente a la vieja problemática de la igualdad y diferencia de los sexos, como también frente al viejo dilema de prioridades, causas, efectos e interrelaciones entre los factores biológicos y socioeconó­micos que forman la psicología del ser humano y deter­minan sus capacidades.

Intentaré una confrontación, para ver dónde estas lí­neas de pensamiento que, obviamente, se contradicen también concuerdan o se complementan, aunque esto ocurra en diferentes niveles.

Empecemos desde el lado psicoanalítico con una bre­ve reseña de los criterios de Freud, de Horney y de Me­lanie Klein. Freud estudió, primero y principalmente, el desarrollo de la sexualidad infantil en el varón. Para él, el sexo "estándar" era el masculino. Después atribuyó a la mujer el mismo desarrollo hasta el momento en que la niña se da cuenta por primera vez de la diferencia ana­tómica entre los sexos, reconocimiento que, según él, ge­neralmente ocurre a los tres o cuatro años de edad.

Dice que la niña reacciona siempre frente a este descubrimiento, con un sentimiento inmediato de envidia, deseando tener ella misma un genital masculino, sintiéndose inferior y despreciando a su propio sexo. La inter­pretación que ella encuentra a su falta de pene es la de haber sido castrada. Este proceso psicológico sería inde­pendiente del ambiente social de la niña. Pasada la pri­mera desilusión, la niña llega solo paulatinamente y a través de muchos conflictos, a reconciliarse con su propio sexo, pero generalmente subsiste durante toda su vida cierto resentimiento por su femineidad. Además, su fal­ta de pene, que considera casi un defecto orgánico, tiene como consecuencia indirecta una inferioridad en el plano psicológico, cultural y moral.

Freud explica esta inferioridad por el diferente des­tino del complejo edípico en ambos sexos. Mientras que en el varón el temor a la castración lleva a una renuncia total al amor incestuoso hacia la madre y, de esta ma­nera, a la disolución (Untergang en alemán) del comple­jo, la niña, que no teme un ataque físico, por sentirse ya castrada, primeramente espera recibir el pene del padre, para transformar luego este anhelo en el deseo de tener un hijo con él. La ecuación pene-niño queda vigente en el inconciente de ella porque no ha sido destruido, sino únicamente reprimido su amor sexual hacia el padre. Por eso su superyó y conciencia moral se constituyen de una manera menos tajante que en el varón. Suponemos que esta sería la aportación psicoanalítica para entender el espíritu menos revolucionario y más reformista de la mu­jer, como también su capacidad para la espera y la ensoñación, representada con maestría en la Odisea por Penélope.

En el camino de su maduración la niña sufre un pro­ceso arduo y penoso que a menudo no llega a un final feliz, ya que debe trocar su actividad primitiva en pasi­vidad, abandonar a su primer objeto de amor -la ma­dre- por el padre, y desplazar su zona de placer sexual de su pene diminuto, es decir de su clítoris, a la vagina. Si no logra eso, no habrá alcanzado su femineidad, en la cual el hijo simboliza un sustituto del pene.

El concepto según el cual la envidia del pene es el eje de la psicología femenina fue aceptada por todos los primeros colaboradores de Freud y sigue, para la gran ma­yoría de los psicoanalistas, aún hoy en vigencia. Sin em­bargo, no es casual que hayan sido principalmente psico­analistas mujeres, en primer lugar Karen Horney luego Melanie Klein, quienes hayan cuestionado este enfoque y descubierto el carácter eminentemente defensivo de la en­vidia del pene.

Según Karen Horney la niña envidia al varón por­que él posee un órgano genital visible, que puede mostrar y tocar, lo que implica también que él sí puede cerciorarse, cuando quiere, de que está intacto y no ha sufrido la castración, es decir, un daño genital. K. Horney cri­tica como antibiológica la posición psicoanalítica de tomar como axiomática la envidia fálica y ver en el hijo principalmente un sustituto del pene anhelado. Es bioló­gicamente absurdo suponer que la mitad de la raza hu­mana esté disconforme con su sexo. Si concordamos con Fidel Castro en que "las mujeres tienen que esforzarse mucho para llegar a alcanzar el lugar que realmente de­ben ocupar dentro de la sociedad", admitimos que efec­tivamente la mitad del género humano debería estar in­satisfecha con su sexo. Pero creemos que en la actualidad esto ya no es un hecho biológicamente determinado, sino que se debe a otras causas, aunque en una época lejana la distribución de papeles entre los sexos, tan desfavora­ble a la mujer, se haya basado en la mayor fuerza varonil y la posesión del pene.

Los conceptos de Freud sobre la psicología de la mu­jer fueron duramente criticados por marxistas y femi­nistas como desligados del proceso histórico y tendientes a considerar la familia patriarcal y capitalista como ina­movible, es decir, en último término, como reaccionarios. Basándose en este criterio rechazaron, a menudo, todo el psicoanálisis. Sin embargo, por desconocimiento, nunca entraron a la discusión las investigaciones de Melanie Klein.

Menos en Buenos Aires, tal vez. Dentro y fuera de la Asociación Psicoanalítica Argentina fueron considera­das, durante mucho tiempo, como básicas. Pero con cier­to tinte de moda, lo que hace que actualmente sean su­plantadas, a menudo, por "la vuelta a Freud" o por Lacan, quien no se preocupó mayormente por el problema feme­nino 1. Personalmente creí que la vuelta a Freud es ne­cesaria. A mí también, y especialmente a nivel técnico, me ha dado mucho. Admito también que hubo exagera­ción en el seguimiento de los kleinianos. Pero no debe­ríamos prescindir de ciertos conceptos de Melanie Klein que son fundamentales e indudablemente operativos, es­pecialmente en lo que concierne a la sexualidad femenina. Me refiero a la reparación, la fantasía inconciente y la castración femenina. Freud, maestro en descubrir lo la­tente, se quedó frente a la genitalidad femenina y la en­vidia del pene en lo manifiesto, y dejó de lado lo imagi­nario.

Para Melanie Klein la envidia del pene y la frecuen­cia de una actitud viril en la mujer, sería defensiva. La niña pequeña, simultáneamente con su amor por la ma­dre, también la odió por las frustraciones tempranas, sen­tidas durante la lactancia, y por sus celos del padre y su envidia por todo lo que imagina que la madre tiene adentro. Porque ésta, en las fantasías inconcientes de la niña, no tiene solamente los pechos llenos de leche de­seada, sino también la panza llena de niños que el pene de papá le da. Ataca y destroza en estas mismas fanta­sías a los contenidos de la barriga de mamá (no sola­mente en fantasías, ¿vieron cómo los niños pequeños pa­talean la panza de mamá, y especialmente cuando ésta está embarazada?) pero teme por eso mismo la venganza de su madre y que ésta la haya destruido internamente. Cla­ro, lo mismo podría temer el varón, ya que él también odia y patalea. Pero él puede cerciorarse (Karen Hor­ney) de que está intacto. Su genital no es invisible. Ve, toca y usa a su pene y lo admira en su funcionamiento. La niña le envidia esta misma ventaja y defensivamente, por temor de haber sufrido ya la castración retaliativa en su interior, lo que equivale a nunca poder llegar a ser mujer (temor a la castración femenina), se imagina, de­seando siempre de nuevo, que ella también tiene pene, hasta convencerse, reiteradamente también y con dolor, de que nunca lo tuvo o que ya lo ha perdido.

Así se enfrentan, en el terreno psicoanalítico, tres tesis radicalmente diferentes : la mujer se siente por cau­sas biológicas, es decir por su falta de pene, inferior y como un varón castrado (Freud) ; la mujer acepta su sexo, aunque frente a las ansiedades tempranas, debidas a su configuración anatómica, pasa por una etapa durante la cual, defensivamente y por su temor de no ser intacta internamente, anhela poseer un pene (Melanie Klein) ; y la mujer, en su primera infancia, envidia al varón por­que dispone de un órgano sexual visible y tocable, el pene (Karen Horney).

Del lado marxista, Castro afirma, lisa y llanamente, que aun en Cuba, donde tienen pleno acceso a cualquier profesión y actividad, las mujeres deberían estar discon­formes con su situación y Larguía nos habla de la mu­jer como "del producto más deformado de la sociedad de clases".

Su primer trabajo sobre el tema publicado junto con Dumoulín en 1972, por la Casa de las Américas (Cuba), ya es clásico y fundamental para nuestra discusión. Por oso citaré literalmente algunas partes y resumiré otras despreocupándome por el espacio que utilice. Aprendí mucho a través de la lectura de este artículo 2.

Empecemos : "La familia, en su forma conocida por nosotros, surge con la disolución de la comunidad primi­tiva ... La `casa' surge como primera forma de empresa privada, propiedad del jefe de la familia, para la produc­ción, el intercambio y la competencia con las demás casas y para la acumulación del plusproducto 3  (... ) No había sido siempre así. En la comunidad primitiva, el trabajo y las demás actividades sociales se realizaban en común, y tanto la propiedad como las relaciones de parentesco reforzaban estos lazos colectivos.

"Fue solo con el surgimiento de la familia patriarcal que la vida social quedó dividida en dos esferas: la esfera pública y la esfera doméstica.

"Estas dos esferas tuvieron una evolución desigual: mientras en la primera se producían grandes transfor­maciones históricas, la segunda, que evolucionaba más lentamente, operaba como freno de la primera 4.

"Con el desarrollo del intercambio mercantil y de la división de la sociedad en clases, todos los cambios eco­nómicos, políticos y culturales tuvieron su centro en la esfera pública, mientras que en el hogar solo se conso­lidó la familia individual como actualmente la conocemos.

"La mujer fue relegada a la esfera doméstica por la división del trabajo entre los sexos, al tiempo que se de­sarrollaba a través de milenios una poderosísima ideolo­gía que aún determina la imagen de la mujer y su papel en la vida social."

Hasta aquí se trata de un resumen inteligente de conceptos elaborados por Marx y Engels en común (Ideo­logía alemana) y posteriormente por Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado). Pero lo que sigue es, que yo sepa, el aporte original, suma­mente esclarecedor, de Larguía y Dumoulín. Antes de ci­tarlo, una breve aclaración: mientras que Freud nos ha­bla de lo biológico como la "roca viva", base de las tan diferentes características de ambos sexos, obviamente los autores marxistas también consideran lo biológico como básico, pero lo toman estrictamente dentro de sus límites funcionales. Engels adjudica a las diferentes funciones de hombre y mujer, en el proceso procreativo, la primera división de trabajo, y Larguía Dumoulín destacan que, de las tareas que clásicamente se adjudican a la mujer, solo la reproducción y la lactancia son determinadas biológicamente, mientras que la educación y el cuidado de los hijos, como la labor en la casa, de por sí no son traba­jos fijados al sexo. Pero tienen una característica muy especial: son "trabajo invisible". ¿Qué quiere decir? Ci­to: "A partir de la disolución de las estructuras comuni­tarias y de su reemplazo por la familia patriarcal, el tra­bajo de la mujer se individualizó progresivamente y fue limitado a la elaboración de valores de uso para el con­sumo directo y privado. Segregada del mundo del plus­producto, la mujer se constituyó en el cimiento económico invisible de la sociedad de clases. Por el contrario, el tra­bajo del hombre se cristalizó, a través de diferentes mo­dos de producción, en objetos económicamente visibles, destinados a crear riqueza al entrar en el proceso de intercambio. En el capitalismo, ya sea como propietario de los medios de producción o como operador de los mismos, por medio de la venta de su fuerza de trabajo, el hombre se define esencialmente como productor de mercancías. Su posición social se categoriza gracias a esta actividad y su pertenencia a una u otra clase se determina según la situación que ocupe dentro del mundo creado por la pro­ducción de bienes para el intercambio.

"La mujer, expulsada del universo económico crea­dor de plusproducto, cumplió, no obstante, una función económica fundamental. La división del trabajo le asignó la tarea de reponer la mayor parte de la fuerza de traba­jo que mueve la economía, transformando materias pri­mas en valores de uso para el consumo directo. Provee de este modo a la alimentación, al vestido, al manteni­miento de la vivienda, así como a la educación de los hi­jos."

O dicho de otra manera : si el obrero tuviera que pa­gar, fuera de su hogar, por su comida, la limpieza de su ropa y la crianza de sus hijos, necesitaría, para su sub­sistencia, un sueldo mucho mayor, y la plusvalía, o sea el beneficio, la ganancia de su patrón, sería mucho menor. De esta manera, nuestro mundo capitalista basa su sub­sistencia y rentabilidad en el trabajo invisible da la mu­jer, ama de casa, independientemente de que ella trabaje, además, fuera del hogar. En este caso, el trabajo invisi­ble se transforma en su segunda jornada de trabajo, que se agrega a su otra labor. La familia patriarcal es sagra­da y considerada como biológicamente predeterminada e inamovible por el sostén que la mujer en su hogar da al sistema. Es por eso también que la derecha suele unir en un solo lema "patria, familia y propiedad".

La primera división de trabajo se implantaba, pues, sobre las diferencias anatómicas de los sexos. Las fun­ciones procreativas de la mujer se ligaban al hogar y de­terminaban su mayor debilidad física y su dependencia de la protección del hombre para la crianza de los niños. Esta necesidad facilitaba, a su vez, la perpetuación de su sumisión económica. Todo esto es archisabido. Pero se suelen dejar de lado en este análisis dos hechos funda­mentales. 1) Solo en nuestro siglo el sexo se independiza de la procreación y la mujer asume en general el control de su fertilidad. Por otra parte, 2) la diferencia de fuer­za física relativa y parcialmente producto de una educa­ción diferente, se vuelve solamente absoluta en las mar­cas máximas de rendimiento de las olimpíadas, pero ya no cuenta en la vida diaria altamente mecanizada.



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Tanto para los marxistas como para los psicoanalis­tas la evolución psicosocial tan distinta de la mujer y del hombre arranca desde las diferencias sexuales. Pero ob­viamente analizan las consecuencias de esta situación de manera diferente. Precisamente por eso me parece inte­resante que puedan descubrirse analogías e interrelacio­nes. Veámoslo con respecto a las consecuencias de lo "in­visible", característica que se refiere tanto al trabajo de la mujer, como a sus genitales.

Concretamente: ¿cómo influye psicológicamente el trabajo invisible en la mentalidad de la mujer que lo rea­liza? Supongo que todos tenemos claro a que se refiere Larguía, cuando lo define así: El ama de casa, por ejem­plo, cocina durante horas. Produce algo, importante y necesario: la comida. Pero, ¿cuál es el destino de este "producto"? Su consumo inmediato transcurre general­mente sin pena ni gloria o con pena, a través de comenta­rios típicos: "No me gusta eso" (los niños). "¿Por qué, si ya sabes que quiero el bife bien cocido o bien crudo, nunca aprenderás a hacerlo así? ¿Es pedir tanto por par­te de un hombre que viene cansado del trabajo?" (el ma­rido). 0 con gloria : "Realmente excelente. ¡Dame la re­ceta!" Con estos comentarios nos movemos ya en la clase media y quien habló en último término es la visita. Después se levanta la mesa, se lavan los platos y cuando todo esté finalmente limpio y ordenado como había estado an­tes, el trabajo realizado durante horas efectivamente, se ha vuelto invisible. Lo mismo podríamos decir de la lim­pieza, de la manutención de la ropa, etcétera. Pero lo que aquí nos interesa es cómo influye esta situación concien­te o inconcientemente en la "disconformidad de la mu­jer con su sexo" y en su carácter y destino.

De hecho, el trabajo invisible aísla y deprime. Care­ce de estímulos, de prestigio y de remuneración económi­ca directa. Ataca la autoestima. Por todos estos factores "promueve y mantiene una mentalidad burguesa" 5. Y a veces llega a enfermar. Además, efectivamente, ínfantíliza. Todo eso se sabe. Pero, a menudo, sin saberlo real­mente, no es fácil medir el grado de aislamiento y regre­sión que provoca.

Freud nos asegura 6 que la mujer, preocupada por su familia y poco capacitada para la sublimación, cela con hostilidad al varón que, se brinda a la sociedad y al pro­greso cultural.

Muchos sociólogos y políticos han señalado que la mujer de clase obrera vota generalmente por la derecha, es decir, por el antícambío y en contra de su propio por­venir.

Las últimas elecciones chilenas demostraron de nue­vo que gran parte de las mujeres de clase obrera votan contra los partidos marxistas, y de este modo contra sus propios intereses. Para Wilhelm Reich 7 la inclinación de la mujer de votar por la familia, la propiedad privada y la patria, proviene de haber ínternalízado como único pa­pel femenino posible el que le impone la sociedad capita­lista, es decir, el de la madre desexualízada. Este voto es consecuencia de la represión sexual que ella sufre, y sir­ve, simultáneamente, para perpetuarla. Hoy en día diría­mos que la mujer está colonizada desde adentro.

Es cierto que en la semana siguiente a las elecciones chilenas muchas mujeres argentinas vílleras y de clase obrera votaron contra la dictadura militar y por el pero­nismo. Pero no todas ellas lo hicieron por la "patria so­cialista". Sin embargo, todas votaron a Perón, porque ha­bían quedado fíeles a Evita a pesar de todas las prome­sas y toda la represión de 18 largos años. Evita había lo­grado movilizar a las masas femeninas de bajo nivel eco­nómico y ganarlas para el cambio. Al romper el esquema psicosocial vigente para la mujer argentina en general, y para una primera dama muy especialmente, había creado un liderazgo femenino, único en la historia. Desde ya que su figura merecería un estudio aparte y a fondo. Quisie­ra destacar aquí solo algunos elementos aislados: el poder de Evita no radicaba únicamente en la ayuda concreta que daba a las masas femeninas, ni en haberles brindado la oportunidad de tener voz y voto y una dignidad que antes nunca habían conocido, sino que les hablaba en su idioma y despertaba y respondía a sus sentimientos. Cuan­do habla Evita, generalmente no es un discurso lógico, ni se dirige a una conciencia de clase abstracta, sino a la mujer tal cual es, con todas sus fuerzas frenadas y con todas las limitaciones que le impone el papel al cual la so­ciedad de clases la limitó.

Además, en sus discursos se alternan dos figuras muy diferentes: la compañera Evita a menudo es el "go­rrión humilde" que vale solamente por su amor al Gene­ral, para convertirse de golpe en otra lúcida y reivindicadora de su sexo: "Ha llegado la hora de la mujer redi­mida del tutelaje social y ha muerto la hora de la mujer relegada a la tangencia más ínfima con el verdadero mun­do dinámico y moderno." (Eva Perón: 1949, Mensaje a las mujeres.)

Sin embargo, no fueron todas estas reflexiones, sino una observación concreta en el hospital la que hizo que Sylvia Bermann, otros compañeros del servicio y yo em­pezáramos una investigación al respecto, a través de una encuesta 8. Nos llamó la atención el gran número de amas de casa de clase media baja o clase obrera que concurrían al servicio de psicopatología con cuadros depresivos. Ci­to: "En la gran mayoría de las pacientes que interroga­mos, el cuadro por el que habían consultado puede defi­nirse como una depresión reactiva en una personalidad inmadura. El resto sufre de estados depresivos poco de­finidos. En su sintomatología se observa la presencia de angustia vaga, deseos de llorar, labilidad, falta de madu­rez afectiva y frigidez. Alrededor de la mitad sufre de algias hipocondríacas." Estas mujeres no siempre habían sido así. Generalmente se acordaban con nostalgia de la época en la cual salían de su casa para trabajar. Dejaron el trabajo para atender a los niños que, ahora, ya habían crecido. Generalmente los esposos eran buenos y la situa­ción económica no demasiado abrumadora. Pero la vida sexual les interesaba poco. Sus diversiones -salidas ­se limitaban al núcleo familiar, como, regresivamente, to­das sus alegrías y penas. En la mayoría de los casos la de­presión que durante largo tiempo fue mero aburrimiento, se desencadenó abiertamente por la pérdida de uno de los padres o un disgusto con la madre o con uno de los hijos. Vivían apegadas a mamá. Estaban llenas de tabúes y miedos al "qué dirán". El mundo entraba en su casa casi exclusivamente a través de los vecinos. Cocinaban, fre­gaban, atendían al marido, a los padres, a los hijos y ne­cesitaban enfermarse, para recibir algo de mimos y estí­mulos. La catástrofe mayor podía darse en un conflicto de lealtad típico. ¿Si mamá y el esposo se llevan mal, a quién hay que hacer caso?

Incluimos en nuestra encuesta, en contraste con in­vestigaciones hechas por otros autores que ya demuestran lo neurotizante de la vida del ama de casa, dos factores que nos parecían fundamentales: la vida sexual marital que se había vuelto muy pobre y la carencia de toda ideo­logía activa. Y llegamos a plantearnos si en la psicotera­pia a seguir deberíamos aconsejar alguna actividad comu­nal o ideológica. No nos animamos a sugerir que vuelvan al trabajo, por dos causas obvias: 1) la desocupación ac­tualmente imperante en nuestro país y 2) lo agotador de la segunda jornada de trabajo que tiene que cumplir la mujer de clase obrera, cuando vuelve de la fábrica.

Una pequeña observación al margen: en nuestros paí­ses subdesarrollados la mujer de clase media puede traba­jar profesionalmente y evitar así tanto la segunda jorna­da como el tedio del confinamiento al trabajo invisible, ya que dispone de servicio doméstico barato. O, como antes la mujer de la burguesía podía mantener su "pureza" fí­sica y virginidad, virtudes dudosas, pero entonces muy apreciadas, a costa de las prostitutas, ahora la mujer de clase media mantiene su hogar y su mente a costa de la chica del interior y sin formación que se le ofrece como sirvienta.

A esta altura de nuestras reflexiones lo característi­co de la mujer podría condensarse en la palabra "invisi­ble". Tanto para marxistas, como para psicoanalistas su anatomía define su destino. Para los marxistas, ello ocu­rre casi en los albores de la humanidad ; al llegar el hom­bre al poder crear instrumentos de trabajo que le permi­tieron producir más de lo necesario para su subsistencia, limita a la mujer al hogar y a las tareas ligadas a la crianza de los hijos y al mantenimiento de la fuerza de trabajo. Esta situación la condena al trabajo "invisible" y persiste hasta ahora, determinando toda su caracterología específica. Para la gran mayoría de los psicoanalistas su genital "invisible" y su desconocimiento consecutivo de su capacidad procreativa y de goce la inferioriza y la conflictúa, para confinarla posteriormente en el hogar. La familia  su función en ella son la meta de su evolución "normal'.

Esta familia, cimiento de la sociedad de clases, pro­duce una superestructura ideológica que dificulta recono­cerla como elemento histórico pasajero y que hasta casi impide pensar con claridad sobre la mujer.

Supongo que es por eso que recién con Larguía y Du­moulín, se haya descubierto el valor económico y el freno revolucionario que implica el trabajo invisible de la mu­jer. Hay más analogías entre lo biológico y lo social. Co­mo cada comida, preparada con esmero, desaparece en po­cos minutos, cada menstruación responde a un trabajo biológico invisible que fue inútil, ya que no dio fruto. Hasta el mismo orgasmo femenino -objeto de discusiones aca­loradas entre psicoanalistas y feministas- recién gracias a la tecnología moderna y al ingenio de Masters y Johnson, pudo perder su carácter de misterio e invisibilidad y fue estudiado y verificado objetivamente.

El único producto visible y duradero que logra la mu­jer dentro de su vida hogareña, es el hijo. Y a su amor y atadura por este hijo se agrega, posesivamente, su ne­cesidad de mostrarlo a los demás y de educarlo de manera que testimonie su propio valor, frente al terror creciente de perderlo, cuando él sea adulto y se independice, robado por otra mujer.

Todos somos cómplices de la limitación de la mujer al trabajo invisible. Hasta Juan XXIII cuando dice que "Dios y la naturaleza dieron a la mujer diversas labores que perfeccionan y complementan la obra encargada a los hombres" y, desde ya, hasta los psicoanalistas. Según Ka­te Millet: "La psicología ha reemplazado a la religión co­mo fuerza conformista del comportamiento social, de mo­do que se puede catalogar a cualquier actividad que vaya contra el statu quo, considerado norma, como conducta desarreglada, lamentable o peligrosa." 9

Traeré un ejemplo al respecto: analizo, actualmente, en el hospital, a un grupo de mujeres. Tengo a dos jóve­nes psicólogas como observadoras participantes. Profe­sionalmente están bien formadas. 0 deformadas, como decía mi amiga Diana, del Centro de Docencia e Investi­gación, cuando hablamos de la dificultad de enseñar y, por eso, de aprender un psicoanálisis distinto. Mis obser­vadoras dicen exactamente lo que yo hubiera dicho tiem­po atrás. Veamos: una mujer joven de clase obrera y precaria situación económica, que espera su primer hijo, cuenta cómo intenta estudiar, para evitar en el futuro la vida mezquina que lleva su madre. "Usted quiere supe­rar a su mamá", le dice una de las psicólogas. Esta es una interpretación "correcta" y aparentemente nada más.


Ya que la joven quiere estudiar medicina, todavía podría haberse agregado algo al respecto de su rivalidad transferencial. Pero latentemente -y somos especialistas de lo latente- es una intervención ideológica y culpógena, por­que implica que eso -querer superar a mamá- está mal. Pero, ¿por qué está mal, querer superar a la madre de una? ¿Y por qué da culpa? Porque así nos lo enseñaron. Este es nuestro superyó que sirve para que uno no "supe­re" a los padres y para que la familia y el mundo queden tal cual es 10. La chica que quiere estudiar y que además ¡oh escándalo! no está feliz con su embarazo, sigue ha­blando: "Usted rivaliza con su marido", acota la otra psi­cóloga. Este trabaja y estudia. Lo mismo hace ella, pero cuando tenga el niño le será casi imposible seguir su ca­rrera. Sin duda la observadora tiene razón. ¿Pero, en sí, está mal rivalizar en un ambiente donde el hombre tiene poco y la mujer nada? Bueno, ella tiene su embarazo, co­mo le recalca una integrante del grupo. Mientras que el esposo tiene, como el padre también, pene, aclara otra, con cierta experiencia previa de psicoterapia analítica hospitalaria. Es cierto, estamos hechas así. ¿Pero impli­ca esta diferencia biológica que no se debe pretender cam­biar de destino? ¿Cambiar cómo? ¿Individualmente? Yo, sabiendo que el marido de la chica embarazada, además de trabajar y estudiar, milita en la izquierda, resumo: "Es cierto que usted pretende llegar a más que su madre y tener la misma oportunidad que su marido. ¿Y por qué no? Está en su derecho. Pero hay dos caminos para lo­grarlo: luchar únicamente para salir una misma o luchar, simultáneamente, para que todos salgan y la vina deje de ser mezquina."

Tal vez valga la pena detenernos acá para analizar en detalle tres intervenciones terapéuticas. Interpretar sig­nifica verbalizar explícita -o implícitamente- lo la­tente que la otra persona expresa a través de muchas se­ñales, pero especialmente de su discurso. Se interpreta usando un esquema referencial -el psicoanalítico-, un instrumento -el propio inconciente-, y además inter­viene en el proceso toda la personalidad del que interpre­ta, es decir, también su concepción del mundo.

Al decir: "Usted quiere superar a mamá" se inter­preta estrictamente en un nivel edípico, dirigiéndose a la niña dentro de la mujer adulta que sigue compitiendo con su madre por papá. La segunda interpretación (us­ted rivaliza con su marido) apunta a la envidia fálica, es decir, al complejo edípico negativo y tiene la finalidad im­plícita que la paciente asuma esta envidia, la descarte pos­teriormente y adopte una actitud "femenina" hacia el ma­rido-padre, aceptando al niño como sustituto del pene an­helado. Curiosamente, en nuestra paciente esto equival­dría a que renunciara primero a sus estudios para des­pués, cuando la situación económica, gracias al esfuerzo conjunto de la pareja, lo permita, renunciar también a su trabajo. Dicho más concretamente: las dos interpretacio­nes estrictamente edípicas tienden a transformar a una mujer "rebelde" en sumisa ama de casa y paciente futura de nuestra encuesta antes mencionada. Dedicada plena­mente al trabajo invisible del hogar, vivirá "como mamá" en dependencia emocional total de su marido-padre y de su hijo, único producto visible y sustituto del pene. Será más infantil que el hombre con menos capacidad de su­blimación, ya que también ahora cela, como Freud lo des­cribe, de la actividad política de su marido. Pero, ¿la mu­jer es así, o la sociedad la moldea de esta manera?

Sin embargo, las dos psicoterapeutas habían inter­pretado de buena fe y sin ninguna intención conciente de apoyar a esta sociedad, al poner de modelo a la familia patriarcal. En ellas lo latente era su ideología en favor de la sociedad de clases.

Tomemos ahora mi interpretación. La primera par­te retoma el nivel edípico, pero intenta implícitamente que la paciente discrimine entre sus deseos infantiles y sus derechos de mujer adulta. Pero la segunda parte (`'Pero hay dos caminos, para lograrlo: luchar únicamente para salir una misma o luchar simultáneamente para que todos salgan y la vida deje de ser mezquina") apunta a otra parte del drama edípico y de la historia humana y alude no al marido-padre, sino al marido hermano.

Tótem y Tabú es un elemento importante en la teo­ría de Freud. Plantearé después una duda que tengo al respecto que, sin embargo, no anula lo que quiero decir ahora. Según Freud, la horda de los hermanos se alió pa­ra matar al padre tirano que los explotaba y que, para conservar su posesión sobre las mujeres de la horda, los expulsaba cuando llegaban a la madurez sexual. Una vez que lo mataron, lo devoraron en comida totémica, lo en­diosaron y lo introyectaron como superyó. Después, obe­deciendo ya a este superyó y para que la tragedia no se repitiese, renunciaban al incesto con las madres y herma­nas de la horda. Al hablar del complejo edípico que, indi­vidualmente y como fantasma repite este acontecimiento histórico, nos referimos casi siempre a la prohibición pa­ra el varón del amor incestuoso hacia su madre y del ata­que celoso contra el padre. Pero dejamos de lado otra si­tuación igualmente prohibida y reprimida por el superyó que es previa al crimen edípico: la alianza entre los her­manos. Podemos deducir que, según esta hipótesis, lo más "criminal", y por eso lo más prohibido y reprimido por este superyó paterno, es vencer los celos mutuos en­tre hermanos para destronar al padre o, ampliado a la sociedad, anteponer la solidaridad entre compañeros al bienestar individual y familiar y al respeto por la autori­dad instituida.

Al hablarle a la paciente del "segundo camino" le se­ñalo implícitamente que no confunda a su marido con su padre, sino que lo equipare simbólicamente con su herma­no, para aliarse con él y con otros compañeros contra el sistema, como lo puede haber hecho en su infancia contra los padres, pero ahora de manera adulta y con una meta en común.



III



Es difícil tomar distancia para descubrir cómo la ideología imperante se filtra en la ciencia, y cómo, en la nuestra, mezclamos criterios biológicos, psicológicos y culturales, para mantener a la familia. Tomemos como ejemplo a la lactancia, función biológica de la mujer que está en un paulatino proceso de desaparición. Yo, como otros psicoanalistas, estaba hasta hace poco convencida de la importancia del amamantamiento y del valor fun­damental de una relación madre-hijo intensa para la sa­lud mental de ambos.

¿Pero realmente importa tanto la alternativa pecho o mamadera? O, para dar un paso más (y creo, el decisi­vo), ¿realmente está mal que en los países socialistas mu­chos niños se críen desde la segunda semana de vida en guarderías? Creo que está bien. Creo que una jardinera con vocación, que dispone además de todos los medios ne­cesarios y trabaja un solo turno al día, está mucho más preparada que una madre, generalmente nerviosa, cansa­da y a menudo exasperada, para criar a un niño. Supon­go, además, que es esta crianza colectiva la que atenta real­mente contra la propiedad privada. Y vi, además, niños llamativamente sanos, alegres, seguros, en estas guarde­rías del Este. Pero inclusive allí les cuesta pensar que eso está bien. Porque el superyó, según Freud, o la fuer­za de las costumbres, según Lenin, son difícilmente mo­dificables. Por eso las directoras de las guarderías casi se disculpaban, al informarnos que muchos de los niños estaban desde muy chiquitos con ellas. Una jardinera en Berlín Este explicó cómo se cuidaba para que los niños no la quisieran más que a mamá.

¿Pero está mal que un niño quiera más a su jardine­ra que a mamá? Todavía eso no está demostrado. Ade­más, el amor no se mide. Tiene cualidades diferentes se­gún el vínculo que se establezca. Un niño que no depen­da totalmente de la madre, como una madre que no nece­site totalmente al niño, ni le sacrifique otros intereses y necesidades, aprenderán desde el principio una relación más equilibrada e igualitaria.

¿Y el padre? Para que un niño desarrolle bien su identidad sexual en este mundo de dos sexos, necesita de un contacto temprano con ambos y el padre le falla a me­nudo, tanto en la sociedad capitalista, como en la socia­lista. Aquí, entre nosotros, los padres separados a menu­do son los que mejor cumplen con su papel, al dedicarse al niño unas cuantas horas por semana, intensa y seria­mente, como si fuera una profesión. Pero en la sociedad socialista, como lo sugiere Margaret Randall 11 para Cu­ba, debería haber jóvenes que colaborasen en los círculos infantiles. El niño necesita el contacto físico con un hom­bre. Estudiantes, maestros y psicólogos debieran dedi­carse a atender y jugar con los chicos y a enseñarles, ju­gando, a adquirir su identidad física y a las niñas su es­quema corporal complementario. No hace falta que un varón juegue con armas, ni una niña con muñecas, para que cada uno pertenezca realmente a su sexo. Pero nece­sitan de presencias y vínculos tempranos con ambos se­xos, para identificarse con uno y diferenciarse de otro, sin que eso determine una ideología.

Hay que investigar mucho con respecto a todo eso. Afortunadamente en Cuba se realizan ahora estudios muy serios que comparan la evolución psicosocial de niños cria­dos en guarderías y círculos infantiles con otros que re­cién entran a la sociedad cuando asisten a la escuela.

Corremos el riesgo de romper la familia. ¿Pero es generalmente una institución tan sana? Nosotros, los psi­coanalistas, que vivimos de los errores cometidos por la familia en la infancia de nuestros pacientes, deberíamos haber sabido cuestionarla tiempo atrás. De todos modos, desde hace unos cuantos años, Laing, Cooper y otros lo hicieron con inteligencia y lucidez. Pero, ¿por qué tarda­mos tanto? Porque cuestionar el vínculo madre-hijo no implica únicamente un ataque a la familia actual, cimien­to de la sociedad de clases, sino a nuestra propiedad pri­vada más íntima y absoluta, al vínculo tal vez más pose­sivo existente, donde los hijos pertenecen a los padres y aprenden de ellos una identidad, basada en la posesión.

Cuando la mujer pueda ser realmente creativa en un trabajo visible, ¿seguirá necesitando tanto de su hijo como único producto suyo y mejor que el de los demás? y ¿seguirá delegando sus deseos, ambiciones y ansias del futuro en él?

¿Pero las mujeres seguirán dispuestas para el emba­razo y el parto si el Estado se encarga del cuidado y la crianza de los hijos y éstos ya no serán posesión de la ma­dre, porque además tendrá otras gratificaciones? ¿Si no hubiese más sacrificios, primero de la madre y luego del hijo, si ya no se desarrollara el amor culposo y culpógeno que conocemos, sino un vínculo nuevo, las mujeres acep­tarían ser madres? Seguro, y por dos causas fundamen­tales: seguirá existiendo en la pareja que se ama el anhe­lo de concretar y perpetuar este amor a través de un hijo, y seguirá existiendo en la mujer el deseo de realizarse en toda su capacidad biológica. Pero, sin duda, habrá tam­bién parejas que renunciarán al propio hijo, porque pre­tenderán realizarse de otra manera y se negarán a querer menos a los hijos ajenos que a un hijo propio.

Pero volvamos a la mujer que conocemos. Si su ca­pacidad de procreación, que se desarrolla largamente de manera invisible, la recluyó en el hogar y favoreció, has­ta ahora, la perpetuación del papel que le asigna la socie­dad de clases, lo biológico y lo económico configuran su psique y se expresan en un mismo simbolismo. La casa que alberga a ella y a su familia se convirtió en imagen y símbolo de lo femenino. Una mujer embarazada con­tiene, alimenta y cría con su cuerpo, como lo hace en el hogar. Y, además, la mujer espera. De niña espera la transformación futura de su cuerpo, mucho más especta­cular que la del varón. Después espera a cada menstrua­ción como señal del trabajo invisible que se opera dentro de ella. Embarazada, espera durante nueve largos meses con miedo y deseo al niño que lleva adentro. Y mientras espera, cada día, al marido que vuelve a casa, fantasea con el amor o con las futuras hazañas de sus hijos.

Esta fantasía la llena y la absorbe. De esta manera logra conformarse con su papel, ya que "estar enamorada puede ser un trabajo full-time para una mujer, como lo es una profesión para el hombre" 12. Ya más que medio siglo atrás Alexandra Kollontai 13, mujer inteligente y hermosa y única integrante femenina del primer comité central del victorioso partido bolchevique en 1917, aboga por la igualdad de derecho sexual y de trabajo de la mu­jer y la insta a combatir su tendencia al enamoramiento romántico que la limita en la lucha y en el trabajo. Por toda esta modalidad Madame Bovary fue representante típica de la mujer burguesa del siglo pasado. También actualmente la mayoría de las mujeres dedican gran par­te de su tiempo y de sus afectos al adulterio romántico real o fantaseado o lo viven, por delegación, a través de lecturas como Radiolandia o el Para Tí. Su enorme ca­pacidad de fantasear y esperar, sea o no consecuencia del destino edípico femenino, frena a la mujer de muchos mo­dos y sirve y es fomentado por el sistema.

En su capacidad y vicio de esperar siempre, sigue además al modelo primario de su femineidad: el óvulo, la célula más grande del organismo humano, espera inmóvil la llegada y el embate del ejército de espermatozoides, de las células más movedizas y aventureras, para dar entra­da a uno solo. Uno solo ganará y dará al óvulo el premio de la supervivencia.

¿Pero qué estamos cuestionando si, tomada de esta manera, toda nuestra conducta sexual y social parece bio­lógicamente predeterminada? ¿Pero realmente lo está? ¿O se trata de una "analogía grosera" como lo llama La­can? El homo sapiens superó lo estrictamente biológico hace mucho. ¿Y la fragilidad del embarazo? ¿Pero real­mente es tal? ¿Cuántas de las muchachas que en estos años argentinos difíciles cayeron presas como guerrille­ras estaban embarazadas? Y Frantz Fanon relata en la Sociología de una revolución 14 que bastaron unos pocos años para que la mujer argelina, invisible durante siglos detrás de los muros del harén y de su velo, expusiera su rostro limpio y orgulloso, como su cuerpo entero, para lu­char junto con sus compañeros.



IV



En la primera parte de este trabajo contrapuse los conceptos psicoanalíticos y marxistas sobre la mujer, que convergían en una característica particular de ella, y aje­na al hombre: en lo "invisible".

Intenté demostrar en la segunda parte cómo esta "in­visibilidad" de su sexo y de su trabajo, que es causa y consecuencia de factores biológicos y socioeconómicos, le marcó los límites de su papel social y configuró nuestra ideología, para cuestionar en la tercera parte la fatalidad de su destino.

Hasta ahora me sentí segura, porque todo lo dicho es observable en nuestra realidad y pertenece a la mujer que conocemos. Pero en esta última parte de mi exposi­ción quisiera adentrarme, confrontando de nuevo lo es­crito por Freud y Engels, en un futuro que creo posible.

Espero no caer, por eso, en la ciencia ficción, ni en el pecado intelectual del idealismo. Creo que, si seguimos consecuentemente las líneas ya trazadas del pasado que observamos en el presente, la predicción de lo vislumbrable para el futuro se vuelve legítima.

Tengo, sin embargo, plena conciencia de que la lucha política diaria exige jugarse, en un trabajo de hormiga, en las circunstancias existentes, con todas sus contradic­ciones, pretendiendo en el nivel ideológico ampliar pau­latinamente dentro de uno y de los demás el campo de la conciencia posible. Es necesario tener presente esta limi­tación, ya que cualquier exigencia superpurista y superradicalizada se vuelve, en la práctica, contrarrevolucio­naria.

Freud, en "El malestar en la cultura", al referirse a la Unión Soviética, sostiene que abolir la propiedad privada quita a la agresión humana uno de sus más po­derosos instrumentos, pero no el más fundamental. Este está en el campo de las relaciones sexuales, donde los ce­los, la envidia y la necesidad de posesión del objeto ama­do, provocan los sentimientos de hostilidad más violentos del hombre. Si se eliminara también esta fuente de odio, dando completa libertad sexual, sucumbiría la familia, célula germinal de la civilización. Sería difícil prever qué evolución ulterior tomaría esta última, pero puede prede­cirse -dice Freud- que las inagotables tendencias in­trínsecas de la naturaleza humana seguirían existiendo.

Hace 43 años * que Freud escribió este trabajo. Bastó este tiempo transcurrido, para que la libertad sexual ya sea casi un hecho y la transformación radical de la fami­lia se está volviendo previsible. Tal vez no interesa tanto, en este contexto, el destino futuro de la agresividad. Se resolverá sobre la marcha. Además, recién entonces po­drán determinarse qué parte de ésta pertenece a "inago­tables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana" y cuánta agresión está provocada por la injusticia social. Pero voy a otra cosa.

En este siglo nuestro, en el cual se decidió la marcha definitiva hacia el socialismo 15 ocurre un fenómeno muy especial: en los países capitalistas y altamente industria­lizados surgen como islas los intentos de una nueva con­vivencia fraternal. Mientras en los países socialistas se tiende, sobre la base económica de la socialización de los medios de producción y a través de la educación comu­nitaria (condición previa indispensable para que la mu­jer pueda integrarse de lleno en el proceso), a crear un vínculo nuevo e igualitario entre hombre y mujer, entre padres e hijos.

Lo que Freud describe en Tótem y tabú como hipó­tesis del crimen edípico y germen de toda civilización, pa­rece pertenecer mucho más a los albores de la familia pa­triarcal (cuyas características nos llegaron a través del Viejo Testamento y de otros escritos) que a la horda pri­mitiva. En esta regía, según Engels, una forma de unión sexual que dejaba muy poco margen para los celos. "La tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausen­cia de celos constituyeron la primera condición para que pudieran formarse esos grupos extensos y duraderos en cuyo seno únicamente podía operarse la transformación del animal en hombre." 16



I. Larguía sostiene en su estudio sobre el trabajo in­visible 17 que "quien lo realizaba fue, a causa de ello, se­parado de la economía de la sociedad y de la historia". ¿O de la prehistoria, como Marx denominó a todas las épocas humanas hasta que lleguemos a abolir la explota­ción del hombre por el hombre?

Yo soy del siglo veinte. Siento orgullo de serlo. Yo me alegro de estar donde estoy: En medio de los nuestros y luchando por un mundo mejor... -"Para de aquí a cien años, amor mío..." -No: mucho antes y a pesar de todo. Mi siglo cuyos últimos días serán bellos, Mi siglo agonizante y renaciente. Esta terrible noche que desgarran alaridos de aurora, Mi siglo estallará de sol, querida, Lo mismo que tus ojos.

 Pero no basta, para eso, con la socialización de los instrumentos de trabajo. "La edificación de la sociedad socialista no comenzará más que en el momento en el cual obtengamos la igualdad de la mujer", decía Lenin en el año 1917 y además, "la igualdad ante la ley no es aún la igualdad en la vida" 18.

Si, según Engels, el hombre pudo salir de su anima­lidad recién al renunciar a sus celos y unirse fraternal­mente en su lucha contra la naturaleza y por la vida, tal vez, en otra vuelta de la espiral, para que el hombre sal­ga de la prehistoria y entre de lleno en su historia, hom­bre, mujer e hijos necesitarán renunciar a la mutua po­sesión.

Buenos Aires, abril de 1973



NOTAS



1 Pero finaliza una breve aportación al tema: "Propuestas destinadas a un Congreso sobre Sexualidad Femenina", con el si­guiente párrafo que si lo entendí bien, contribuye a nuestro plan­teo: "¿Por qué en fin la instancia social de la mujer permanece trascendente con relación al contrato que propaga el trabajo?; y especialmente ¿es por su efecto que se mantiene el estatuto del ma­trimonio en la decadencia del paternalismo?"

2 Isabel Larguía y John Dumoulin, "Hacia una ciencia de la li­beración de la mujer".

3 Es decir en el momento en el cual el hombre aprende a pro­ducir más de lo que consume.

4 Mientras que los hombres ya llegan a la huna, el hogar y lu­gar de trabajo de las mujeres sigue siendo "un miserable taller individual".

5 Cate Randall, "La conciencia es una prioridad", en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

6 Freud, Sigmund, "El malestar en la cultura", Obras  completas.

7 Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo, Buenos Ai­res, Editora Latina, 1972.

8 Sylvia Bermann, Marie Langer, Horacio Mazzini, Francisco Ortega y Sonia Zanatti, Patología femenina y condiciones de vida, trabajo presentado en el V Congreso Nacional de Psiquiatría, Cór­doba, 1972.

9 Kate Millet, "Política sexual", en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

10 Discutiendo este ejemplo con una amiga mía que aprecio también como colega, ella sostuvo que no era cierto que, años atrás, hubiera interpretado así. Ni muchos otros analistas tampoco. Que además, "usted quiere superar a su mamá" no era una interpreta­ción, sino un señalamiento. Es cierto que sobresimplifico. Ocurre porque estoy polemizando. Es cierto también que Freud, cuando afirma que superar al propio padre genera culpa, se refiere justo a una culpa irracional que el análisis debiera poder disolver. Pero es cierto también que a menudo se interpreta culpógenamente por la inconciente contaminación ideológica que sufre nuestro instru­mento.

11 Margaret Randall, "La conciencia es una prioridad", en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

12 Shulamith Firestone, "El amor", en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

13 Alexandra Kollontai, Autobiographic einer sexuell enanzi­pierten Kommnunistin (Autobiografía de una comunista emancipada sexualmente), Munich, Rogner & Bernhard, 1970.

14 Frantz Fanon, Sociología de una revolución, México, Era, 1968.

15 No quiero resistir a la tentación de citar al poeta Nazini Hikmet (Antología poética, Buenos Aires, Quetzal, 1968, para que él nos hable de nuestro siglo El siglo veinte:

-"Poder dormirse ahora Y despertarse dentro de cien años, querido..." No querida, eso no:
Yo no soy un desertor, Ni me asusta mi siglo, Mi siglo miserable, escandaloso.
Mi siglo corajudo, grande, heroico.
Yo nunca me quejé de haber nacido demasiado pronto.

16 La bastardilla es mía.

17 J. Larguía, "Contra el trabajo invisible", en La liberación de la mujer: año 0, Buenos Aires, Granica Editor, 1972.

18 Cita tomada de Mirta Henaut. "La mujer y los cambos sociales" en Las mujeres dicen basta, Buenos Aires, Ediciones Nueva Mujer, 1972.

 * N. del E.: En el momento de aparecer esta 2a edición de Cuestionamos hace casi 6 décadas que Freud escribió el trabajo de referencia.

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martes, 1 de septiembre de 2015

El psicoanálisis «Silvestre» – 1910. S. Freud




   Hace algunos días acudió a mi consulta, acompañada de una amiga, una señora que se quejaba de padecer estados de angustia. La enferma pasaba de los cuarenta y cinco años, pero aparecía bien conservada y se veía claramente que no había perdido aún su femineidad. 
    
     Los estados de angustia habían surgido como consecuencia de su separación del marido, pero se habían hecho considerablemente más intensos desde que un médico joven al que hubo de consultar le había explicado que la causa de su angustia era de necesidad sexual. No podía prescindir del comercio masculino, y para recobrar la salud había de recurrir a una de las tres soluciones siguientes: reconciliarse con su marido, tomar un amante o satisfacerse por sí misma.
   
     Esta opinión del médico había desvanecido en la paciente toda esperanza de curación, pues no quería reanudar su vida conyugal, y los otros dos medios repugnaban a su moral y a su religiosidad.
     
    El médico le había dicho que su diagnóstico se fundaba en mis descubrimientos científicos, y acudía a mí para que lo confirmase definitivamente. La amiga que venía acompañándola, una señora de más edad y aspecto poco saludable, me rogó que rebatiese la opinión de mi joven colega, seguramente errónea, pues, por su parte, había enviudado muchos años atrás y había podido conservarse irreprochablemente sin padecer su angustia.
    
    Sin detenerme a describir la difícil situación en que me colocó esta visita, pasaré directamente a examinar y aclarar la conducta del colega que me había enviado a la enferma.
    
    Pero previamente he de hacer una advertencia importante, que espero sea aplicable a nuestro caso. Una larga experiencia médica me ha enseñado a no aceptar siempre, sin formación de causa, lo que los pacientes en general, y sobre todo los neuróticos, cuentan de su médico.    

     Cualquiera que sea el tratamiento que emplee, el neurólogo se atrae fácilmente la hostilidad del enfermo, e incluso tiene que resignarse, en muchos casos, a tomar sobre sí, por una especie de proyección, la responsabilidad de los deseos secretos reprimidos del enfermo. Luego, se da el hecho lamentable, pero muy característico, de que los otros médicos son quienes toman más en serio semejantes acusaciones.

     Creo, pues, justificado suponer que también en esta ocasión hizo la enferma una transcripción tendenciosamente deformada de las afirmaciones de su médico, y que, por tanto, incurro en injusticia al enlazar precisamente a este caso mis observaciones sobre el psicoanálisis «silvestre». Pero con ellas creo evitar graves perjuicios a muchos otros enfermos.

     Supongamos, pues, que el médico habló realmente como la enferma pretendía. Todo el mundo presentará aquí una primera objeción crítica, alegando que cuando un médico considera necesario discurrir con una paciente sobre temas sexuales, lo debe hacer con el mayor tacto y máxima delicadeza.

     Pero estas exigencias coinciden con la observancia de ciertos preceptos técnicos del psicoanálisis, y, además el médico habría desconocido o interpretado mal toda una serie de doctrinas científicas del psicoanálisis, mostrando con ello haber avanzado muy poco en la comprensión de su naturaleza y sus fines. Comencemos por examinar los errores científicos.

     Los consejos del médico revelan su concepto de la «vida sexual», concepto que coincide exactamente con el más vulgar, en el cual sólo se entiende por necesidad sexual la necesidad del coito o de actos análogos que provoquen el orgasmo y la eyaculación de materias sexuales.

     Pero el médico no podría ignorar que precisamente se suele hacer al psicoanálisis el reproche de extender el concepto de lo sexual mucho más allá de sus límites corrientes.

     El hecho en sí es cierto, y no hemos de entrar aquí a discutir si está justificado convertirlo en un reproche. El concepto de lo sexual comprende en psicoanálisis mucho más. Esta extensión se justifica genéticamente.

     Adscribimos también a la «vida sexual» la actuación de todos aquellos sentimientos afectivos nacidos de la fuente de los impulsos sexuales primitivos, aunque tales impulsos hayan sufrido una inhibición de su fin primitivo sexual o lo hayan cambiado por otro ya no sexual. Por esta razón hablamos preferentemente de psicosexualidad y nos importa tanto que no se ignore ni se tenga en poco el factor anímico de la sexualidad.

     Sabemos también, hace ya mucho tiempo, que, dado un comercio sexual normal, puede existir, sin embargo, una insatisfacción anímica con todas sus consecuencias, y en nuestra labor terapéutica tenemos siempre presente que por medio del coito u otros actos sexuales no puede derivarse muchas veces más que una pequeña parte de las tendencias sexuales insatisfechas, cuyas satisfacciones sustitutivas combatimos bajo la forma de síntomas nerviosos.

     Aquellos que no comparten esta afirmación psicoanalítica no tienen derecho a referirse a las doctrinas del psicoanálisis sobre la significación etiológica de la sexualidad. Acentuando exclusivamente en lo sexual el factor somático, se facilita extraordinariamente el problema; pero habrán de aceptar íntegramente la responsabilidad de su conducta. En los consejos del joven médico se trasluce todavía otro segundo error, igualmente grave.

     Es cierto que el psicoanálisis señala la insatisfacción sexual como causa de las enfermedades nerviosas. Pero ¿acaso no dice más que eso? ¿Se quiere prescindir, quizá por demasiado complicada, de su afirmación de que los síntomas nerviosos surgen de un conflicto entre dos poderes, la libido (exageradamente intensa casi siempre) y una repulsa sexual o una represión exageradamente severa?
No olvidando este segundo factor, que no es, ciertamente, el segundo en importancia, es imposible creer que la satisfacción sexual pueda constituir en sí un remedio generalmente seguro contra las enfermedades nerviosas.

     Muchos de estos enfermos son, en general, incapaces de satisfacción o les es imposible hallarla en las circunstancias dadas. Si así no fuera, si no entrañaran violentas resistencias internas, la energía del instinto les señalaría el camino de la satisfacción, aunque el médico no lo hiciera.
¿Qué valor puede tener, por tanto, un consejo como el que en este caso dio nuestro joven colega a su paciente? Aunque tal consejo estuviera justificado científicamente, siempre sería irrealizable para ella.

     Si no sintiese una resistencia interior contra el onanismo y el amor extraconyugal, ya habría empleado tales medios mucho antes. ¿Cree acaso el médico que una mujer de más de cuarenta años ignora que puede tomar un amante?
¿O tiene, quizá, tan alta idea de su influencia que opina que sin su visto bueno no se decidiría a dar tal paso? Todo esto parece muy claro; más, sin embargo, ha de reconocerse la existencia de un factor que dificulta muchas veces pronunciar un juicio definitivo.

     Algunos de los estados nerviosos, las llamadas neurosis actuales, como la neurastenia típica y la neurosis de angustia pura, dependen evidentemente del factor somático de la vida sexual, sin que poseamos, en cambio, aún una idea precisa del papel que en ellos desempeñan el factor psíquico y la represión.

     En estos casos, el médico ha de emplear una terapia actual y tender a una modificación de la actividad sexual somática, y lo hará justificadamente si su diagnóstico es exacto.

     La señora que consultó al joven médico se quejaba, sobre todo, de estados de angustia, y el médico supuso, probablemente, que padecía una neurosis de angustia y creyó acertado recomendarle una terapia somática. ¡Otro cómodo error! El sujeto que padece de angustia no por ella ha de padecer necesariamente una neurosis de angustia.

     Semejante derivación verbal del diagnóstico es totalmente ilícita. Hay que saber cuáles son los fenómenos que constituyen la neurosis de angustia y distinguirlos de otros estados patológicos que también se manifiestan por la angustia.

     La señora de referencia padecía, a mi juicio, una histeria de angustia, y el valor de estas distinciones nosográficas está, precisamente, en indicar otra etiología y otra terapia. Un médico que hubiera tenido en cuenta la posibilidad de una tal histeria de angustia, no hubiera incurrido en el error de desatender los factores psíquicos tal y como se revela en la alternativa propuesta en nuestro caso.

     Se da, además, el hecho singular de que en esta alternativa del pseudoanalítico no queda lugar alguno para el psicoanálisis. La enferma no podía curar de su angustia más que volviendo al lado de su marido, tomando un amante o buscando la satisfacción en el onanismo. ¿Dónde interviene aquí el tratamiento psicoanalítico en el que vemos el remedio capital contra los estados de angustia?

     Llegamos ahora a los errores técnicos que nos descubre la conducta del médico en este caso. Hace ya mucho tiempo que se ha superado la idea, basada en una apariencia puramente superficial, de que el enfermo sufre a consecuencia de una especie de ignorancia, y que cuando se pone fin a la misma, comunicándole determinados datos sobre las relaciones causales de su enfermedad con su vida y sobre sus experiencias infantiles, etc., no tiene más remedio que curar.

     El factor patógeno no es la ignorancia misma, sino las resistencias internas de las cuales depende, que la han provocado y la hacen perdurar. La labor de la terapia es precisamente combatir estas resistencias. La comunicación de aquello que el enfermo ignora, por haberlo reprimido, no es más que una de las preparaciones necesarias para la terapia.

     Si el conocimiento de lo inconsciente fuera tan importante como suponen los profanos, los enfermos se curarían sólo con leer unos cuantos libros o asistir a algunas conferencias. Pero semejantes medidas ejercerán sobre los síntomas patológicos nerviosos la misma influencia que sobre el hambre, en tiempos de escasez, una distribución general de menús bellamente impresos en cartulina.

     Esta comparación puede aún llevarse más allá, pues la comunicación de lo inconsciente al enfermo tiene siempre por consecuencia una agudización de su conflicto y una agravación de sus dolencias.

     Ahora bien: como el psicoanálisis no puede prescindir de tal comunicación prescribe su aplazamiento hasta que se hayan cumplido dos condiciones.

     En primer lugar, hasta que el enfermo mismo, convenientemente preparado, haya llegado a aproximarse suficientemente a lo reprimido por él, y en segundo, hasta que se encuentre lo bastante ligado al médico (transferencia) para que su relación afectiva con él le haga imposible una nueva fuga.

     Sólo el cumplimiento de estas dos condiciones hace posible descubrir y dominar las resistencias que han conducido a la represión y a la ignorancia. Por tanto, la intervención psicoanalítica presupone un largo contacto con el enfermo, y toda tentativa de sorprender al enfermo en la primera consulta con la comunicación brusca de sus secretos, adivinados por el médico, es técnicamente condenable y atrae al médico la cordial enemistad del enfermo, desvaneciendo toda posibilidad de influencia.

     Sin contar con que muchas veces se equivoca uno al adivinar y nunca puede adivinarlo todo. Con estos precisos preceptos técnicos sustituye el psicoanálisis la demanda de aquel «tacto médico» inaprehensible, en el que se busca una facultad especial.

     Así, pues, no basta al médico conocer algunos de los resultados del psicoanálisis. Tiene que haberse familiarizado con su técnica si quiere adaptar su actuación a los principios psicoanalíticos.

     Esta técnica no se puede aprender, hoy por hoy, en los libros. Ha de aprenderse, como tantas otras técnicas médicas, bajo la guía de aquellos que ya la dominan. No es, por tanto, indiferente para el enjuiciamiento del caso al que enlazamos estas observaciones el que yo no conociese al médico que hubo de dar los consejos reseñados ni hubiese oído jamás su nombre.

     Ni para mí ni para mis amigos y colaboradores resulta grato monopolizar así el derecho a ejercer una técnica médica. Pero ante los peligros que puede traer consigo, tanto para nuestra causa como para los enfermos, el ejercicio de un psicoanálisis «silvestre», no nos queda otro camino.

     En la primavera de 1910 hemos fundado la Asociación Psicoanalítica Internacional que hace publicar los nombres de sus miembros, con objeto de poder rechazar toda responsabilidad derivada de la actuación de aquellos que no pertenecen a nuestro grupo y dan, sin embargo, a sus procedimientos médicos el nombre de psicoanálisis.

     En rigor, tales analíticos silvestres perjudican más a nuestra causa que a los enfermos mismos. He comprobado, en efecto, con frecuencia que semejante conducta inhábil, aunque en un principio agravase el estado del paciente, acababa por procurarle la curación.

     No siempre, pero sí muchas veces. Una vez que el enfermo ha maldecido suficientemente del médico y se sabe lejos ya de su influencia, comienzan a ceder sus síntomas o se decide a dar un paso que le aproxima a la curación.

     El alivio definitivo es atribuido entonces a una modificación «espontánea» o al tratamiento indiferente de un médico al que luego se ha dirigido el sujeto. Por lo que se refiere al caso de la señora cuyas acusaciones contra el médico acabamos de examinar, he de opinar que, a pesar de todo, el psicoanalítico silvestre hizo más en favor de su paciente que cualquier eminencia médica que le hubiera contado que padecía una «neurosis vasomotora».

     La obligó a enfrentarse más o menos aproximadamente con la verdadera base de su padecimiento, intervención que no dejará de producir consecuencias beneficiosas, a pesar de la oposición de la paciente. Pero se ha perjudicado a sí mismo y ha contribuido a intensificar los prejuicios que se alzan en el enfermo contra la actividad del psicoanalítico a causa de resistencias afectivas harto comprensibles. Y esto puede ser evitado.