viernes, 21 de abril de 2017

INDICE

Pierre-Sylvester Clancier. "FREUD". Cap IV



 “FREUD”

Pierre-Sylvester Clancier.

Capítulo IV

LOS ESTADIOS DE LA EVOLUCION LIBIDINAL

Mientras que la mayoría de las personas tienen por equivalentes las nociones de "consciente" y "psíquico", Freud, como hemos visto en el segundo capítulo, se vio inducido a ampliar la noción de psíquico y a admitir la existencia de un psíquico no consciente. De igual modo, mientras que son muchos los que establecen una identidad entre lo "sexual" y "lo que se relaciona con la procrea­ción", esto es, lo "genital", Freud reconoce la existencia de un "sexual" que no es "genital", que no tiene nada que ver con la procreación 1.

Uno de los puntos más decisivos de la teoría freu­diana es, en efecto, la modificación mayor que aporta a la noción de sexualidad. El estudio de las perversiones y a la vez el de la sexualidad infantil permitieron a Freud formular ideas innovadoras en este terreno, pues por una parte "todo aquello que se sustrae al fin de procrear o que únicamente sirve para procurar placer recibe la deno­minación peyorativa de perverso" 2, y por la otra es más que evidente que, "si el niño posee una vida sexual, ha de ser sinceramente de naturaleza perversa, puesto que [ ...] carece de todo aquello que hace de la sexualidad una fun­ción procreadora" 3.


LA SEXUALIDAD INFANTIL

Freud considera los deseos del niño como sexuales. Y al asombro de sus lectores, que se preguntan si puede haber una sexualidad infantil, responde: "Nada de eso: el instinto sexual no entra de repente en los niños al llegar la pubertad, como nos cuenta el Evangelio que el demonio entró en el cuerpo de los cerdos. El niño posee desde un principio sus instintos y actividades sexuales; los trae con­sigo al mundo, y de ellos se forma, a través de las diver­sas etapas de una importantísima evolución, la llamada sexualidad normal del adulto" 4.

Por consiguiente, Freud extiende la denominación de sexual a las actividades de la primera infancia en busca de goces locales que tal o cual órgano es capaz de pro­porcionar 5. Según él, el instinto sexual del niño parece ser muy complejo y contener diversos elementos, así como etapas particulares. Damos aquí brevemente sus principales características antes de encarar con mayores detalles el estudio de los diferentes estadios de la evolu­ción libidinal. Para ello nos basamos de manera esencial en los rápidos resúmenes que dio Freud en su Cuarta con­ferencia de psicoanálisis, así corno en sus lecciones de Introducción al psicoanálisis. Según Freud, a los tres años de edad el niño ya posee una vida sexual que es en muchos aspectos comparable a la del adulto. Sus órganos genita­les, por ejemplo, son susceptibles de erección, lo cual im­plica a menudo un período de masturbación. En rigor, lo que separa esencialmente a la sexualidad infantil de la sexualidad adulta es que aquella, contrariamente a esta, no se halla sólidamente organizada alrededor de una prio­ridad acordada a los órganos genitales. De todos modos, y desde un punto de vista teórico, los estadios del desarrollo de la libido infantil anteriores a la edad de tres años son los más interesantes. Recordemos, en honor a la claridad, qué entiende Freud por libido: "Con esta palabra desig­namos aquella fuerza en que se manifiesta el instinto sexual análogamente a como en el hambre se exterioriza el instinto de absorción de alimentos"6. A todo el período anterior al tercer año del niño lo califica de "pregenital". Esto no significa que las "tendencias genitales parciales" sean entonces las más importantes. Freud habla de tenden­cias sádicas y anales. La organización sádico-anal corresponde, según él, a la última fase preliminar que antecede a aquella en la que se afirma el primado de los órganos genitales7. En esta fase el ano desempeña el papel de zona erógena privilegiada. 

Quiere, pues, decir "que el niño experimenta una sensación de placer al realizar la elimi­nación de la orina y de los excrementos y que, por tanto, tratará de organizar estos actos de manera que la excitación de las zonas erógenas a ellos correspondientes le procure el mayor placer posible" 8. Y Freud explica cómo antes de esta fase la succión del pecho materno representa el origen de la posterior vida sexual. Para él, el pri­mer objeto del instinto sexual es el pecho de la madre: "...y cuando después de mamar se queda dormido sobre el pecho de su madre, presenta una expresión de euforia idéntica a la del adulto después del orgasmo sexual" 9. Freud relaciona esta sensación con la zona bucolabial; tanto es así, que califica de fase "oral" al período del desa­rrollo de la libido que consiste en procurarse placer por el acto de chupar. El niño deja muy pronto, claro está, de poder chupar el pecho materno y se ve por ello condu­cido a sustituir este por otro objeto más fácil de obtener. Se tratará de una parte de su cuerpo, muy a menudo su pul­gar o su propia lengua. Por eso Freud habla, a propósito de la satisfacción oral, de una satisfacción "autoerótica". Debido a razones tanto lógicas como cronológicas nos proponemos ahora encarar nuestro estudio de los diferentes estadios de la evolución libidinal por el examen de la fase oral de la satisfacción sexual.


LAS ORGANIZACIONES PREGENITALES LA FASE ORAL

Este estadio del desarrollo de la libido corresponde a la primera organización sexual pregenital. Freud emplea de igual modo el adjetivo "caníbal" para designarlo. En efecto, durante este período la actividad sexual está liga­da a la absorción de alimentos. En otros términos, tal cual lo explica Freud, la pulsión sexual queda aquí satisfecha por apuntalamiento con otra función vital: la de la ali­mentación, que viene a satisfacer el hambre. La noción de "apuntalamiento", según la cual las pulsiones sexuales no son repentinamente autónomas, sino que se apoyan en las funciones de autoconservación —que les dan una finalidad y un objeto orgánicos—, es una de las claves de la teoría freudiana de la sexualidad. Fue adelantada por Freud en 1905, en Tres ensayos sobre teoría sexual, tra­bajo en el que su autor presenta como fundamental el víncu­lo que une a la pulsión sexual con importantes funciones 'vitales. Este es precisamente el vínculo que se pone de ma­nifiesto en la actividad oral del lactante. Según Freud, efectivamente, "el niño de pecho se halla siempre dispues­to a comenzar de nuevo la absorción de alimentos, y no porque sienta ya el estímulo del hambre, sino por el acto mismo que la absorción trae consigo"10. Dicho de otro modo, el hecho de chupar, y no solo la absorción de ali­mento, le ha procurado al lactante una satisfacción. La succión del pecho materno no es, pues, reducible a la satisfacción de una necesidad de nutrición; proporciona al lactante un verdadero placer, y Freud califica a este de sexual. Pero no fue Freud el primero en señalar la índo­le sexual de este acto. Antes de él un pediatra de Budapest, el doctor Lindner, había reunido cierto número de obser­vaciones que le permitieron afirmar el carácter sexual de la succión (Jahrbuch für Kinderheilkunde, XIV, 1879).

En un primer momento cuando lo que constituye el obje­to de placer es el pecho, la sexualidad no es aún, por tanto, autónoma. Solo con posterioridad, cuando el lactante es obligado a renunciar al pecho materno y lo reemplaza con una parte de su propio cuerpo, la satisfacción sexual se vuelve autoerótica. No obstante, ambos momentos revelan que la actividad alimentaria y la actividad sexual tienen el mismo objeto, a saber, "la asimilación del objeto, modelo de aquello que después desempeñará un importantísimo papel psíquico como identificación" 11. Freud introduce la noción de asimilación, ya entrado el año 1915, en la sección VI de su trabajo sobre la sexualidad infantil, sec­ción posteriormente incluida, por consiguiente, en sus Tres ensayos. Constituye el primer ejemplar de la identificación y la introyección. Vale decir que por entonces Freud insis­te más en la relación con el objeto. La asimilación [o in­corporación] corresponde a varias funciones. Primeramen­te se trata para el lactante de experimentar placer hacien­do penetrar en sí un objeto; en seguida se trata de destruir el objeto y, por último, de apropiarse de sus cualidades, conservándolo dentro de sí. Esta última función de la asimilación de las cualidades del objeto hace de la incor­poración el modelo de la identificación y la introyección. Freud habrá de explicar cómo el proceso de la introyec­ción en una instancia del aparato psíquico (en el yo, en el ideal del yo, etc.) toma por modelo la incorporación oral de los objetos. De igual modo, dice Freud, "originariamente, en la fase primitiva, oral, del individuo no es posible diferenciar la carga de objeto de la identificación" 12. En rigor, lo particularmente interesante que hay en la noción de incorporación, introducida en 1915 por Freud para precisar mejor su concepción de una organización oral de la libido, es el hecho de insistir en la idea de asi­milación de las cualidades del objeto por canibalismo.

Así, cuando inmediatamente después de Freud el psi­coanalista Karl Abraham subdivide el estadio oral en dos fases —una precoz, de succión preambivalente, y una pos­terior, de mordedura ambivalente— describe la segunda de estas como fase sádico-oral o canibalesca. Según Abraham, esta fase vendría a corresponder a la aparición de los dientes, en la que las actividades de morder y devorar implican la destrucción del objeto. Para Melanie Klein el estadio oral debe considerarse en su conjunto como estadio sádico-oral: "...la agresividad forma parte de la relación más precoz del niño con el pecho, aun cuando en este estadio no se expresa habitualmente por la morde­dura" 13, En cuanto a Freud, de modo especial en su estudio antropológico Tótem y tabú concedió suma importancia a las nociones de canibalismo y devoración, pero nada dijo acerca de la sexualidad infantil en el estadio sádico-oral.


EL ESTADIO SADICO-ANAL

Freud reserva la calificación de sádico para el período de organización pregenital que continúa a la fase oral, esto es, el período anal. En sus Tres ensayos sobre teoría sexual habla de una "fase sádico-anal". Lo que en esta de­sempeña un papel primordial es la oposición entre activo y pasivo, anunciando en cierta medida la polaridad sexual con la que tiempo después habrá de coincidir. El polo activo de esta fase es la "expresión de un instinto de dominio que degenera fácilmente en crueldad" 14. El polo pasivo co­rresponde al papel desempeñado por la zona erógena del ano a raíz de la excreción de las materias fecales. "La actividad está representada por el instinto de aprehensión, y como órgano con fin sexual pasivo aparece principalmente la mucosa intestinal erógena"15. Por consiguiente, Freud hace corresponder la actividad con el sadismo y la pasivi­dad con el erotismo anal. 

Las dos pulsiones parciales tienen diferentes funciones. La primera implica ya la presencia de un objeto heteroerótico; la segunda aún está ligada a una tendencia autoerótica, como en el caso de la fase oral. Así se comprende que la fase sádico-anal ocupe en el desarrollo de la libido un lugar intermedio entre la fase oral, por una parte, y, por la otra, la fase genital, "en la que aún faltan la organización y la subordinación a la función reproductora" 16. Efectivamente, en esta fase de la sexualidad infantil, cualquiera que sea la importancia del papel desempeñado por las propias zonas erógenas del ni­ño, este ya busca otras personas como objetos sexuales. Freud explica de qué modo puede el niño ser llevado, por ejemplo, a la crueldad. Según él, el niño todavía no cono­ce la piedad; tanto es así, que la visión del dolor ajeno no paraliza en modo alguno su pulsión de dominio. Pero Freud reconoce que es difícil analizar en, profundidad esta pul­sión. Para él, lo único que puede admitirse es que "la impulsión cruel proviene del instinto de dominio y aparece en la vida sexual en una época en la que los genitales no se han atribuido todavía su posterior papel" '17.

De todos modos, no hay que perder de vista en mo­mento alguno que el prototipo de la pulsión de dominio, que aparece en la fase sádico-anal, está dado por la acti­vidad de la defecación. En esta actividad se ve actuar, en efecto, la pulsión sádica en su bipolaridad esencial, como que el niño apunta, de manera contradictoria, a destruir el objeto y a controlarlo al conservarlo de manera pose­siva. Es, pues, el control del funcionamiento del esfínter por el niño, vale decir, el dominio de la evacuación o de la retención de las heces por este, lo que sirve de modelo a la pulsión sádica por cuyo intermedio el niño encuentra poco después un objeto sexual en la persona ajena.

Hay otra componente de la fase sádico-anal que tam­bién le permite al niño, paulatinamente, orientarse hacia un objeto sexual externo a él mismo. Se enraiza en el im­perioso deseo de ver y saber que anima al niño en ese período. Esta pulsión de ver está vinculada a la del exhi­bicionismo, paralelamente a la cual se desarrolla. Freud escribe: "El niño carece en absoluto de pudor y encuentra en determinados años de su vida un inequívoco placer en desnudar su cuerpo, haciendo resaltar especialmente sus órganos genitales. La contraparte de esta tendencia, con­siderada perversa, es la curiosidad por ver los genitales de otras personas (…).  Dado que la ocasión de satisfacer tal curiosidad no se presenta generalmente más que en el acto de la satisfacción de las dos necesidades excremen­tales, conviértense estos niños en voyeurs, esto es, en inte­resados espectadores de la expulsión de la orina o de los excrementos verificada por otra persona" 18.

Tales son las principales tendencias que según Freud caracterizan este período de la sexualidad infantil. Karl Abraham, quien, como hemos visto, llegó incluso a distin­guir dos fases dentro de la fase oral, procede asimismo a un pormenorizado estudio de la fase sádico-anal. A partir de 1924 Abraham propone una subdivisión dentro de la fa­se sádico-anal. Cada nueva fase correspondería a un modo diferente de comportamiento con respecto al objeto. Para el niño trataríase tan pronto de expulsar el objeto y des­truirlo, y tan pronto de retenerlo y poseerlo. En los co­mienzos del estadio anal el erotismo estaría ligado a la evacuación anal, y la pulsión sádica lo estaría a la destruc­ción de las heces; consiguientemente, el erotismo anal estaría ligado, en cambio, a la retención de las materias fecales, y la pulsión sádica lo estaría a su control posesivo. El paso de la primera fase a la segunda señalaría, según Abraham, una verdadera evolución hacia el amor de ob­jeto. La prueba de ello la suministran ciertas psicosis, que corresponden a una regresión más allá de la segunda fase sádico-anal, en tanto que las regresiones simplemente neuróticas correspondientes a este estadio de organización pregenital no superan la segunda fase, ya ligada al amor de objeto.

Por último, para captar de manera aun más precisa, en su relación con el objeto, esta organización pregenital, conviene recordar que Freud dejó bien en evidencia los valores simbólicos de don y rechazo que se vinculan a la actividad de la defecación. A este respecto, Freud deslindó el vínculo que existe entre los excrementos, los regalos y el dinero, que definirían, según la importancia que se les concediese, una tendencia anal.


LAS INVESTIGACIONES SEXUALES DEL NIÑO Y EL ESTADIO FÁLICO

Con posterioridad al conjunto de las actividades del estadio anal, es decir, durante un período que cae entre el tercero y el quinto año de vida del niño, Freud describe "los primeros indicios de la actividad denominada instinto de saber (Wisstrieb) o instinto de investigación"; la acti­vidad de la pulsión de saber "corresponde por un lado a la sublimación de la necesidad de dominio, y por otro actúa con la energía del placer de contemplación" 19. La pulsión de saber mantiene estrechas relaciones con la vida sexual. En efecto, durante este período el niño concede suma im­portancia a los problemas sexuales. Freud llega incluso a reconocer que tales son los problemas que despiertan la inteligencia del niño. Es una verdadera necesidad práctica, que lleva al niño a efectuar averiguaciones sexuales; por ejemplo, cuando pesa sobre él la amenaza del naci­miento de un hermano o una hermana, que puede provocar una disminución de los cuidados y del amor que sus pa­dres le dedican. Así, lo que más perturba al niño de esta edad es el enigma del origen de los niños. Para Freud, "bajo un disfraz fácilmente penetrable, es también este el problema cuya solución propone la esfinge tebana" 20.

En cambio, el problema de la diferencia de sexos preo­cupa muy poco al niño de esta edad. Por lo demás los chi­quilines siguen convencidos, según Freud, de que toda persona posee el mismo aparato genital que el de ellos. Es, incluso, un rasgo característico de los muchachos de esta edad defender tercamente esa convicción frente a las observaciones, contradictorias no obstante, que no tardan en hacer. El abandono de tal convicción proviene en ellos, muy a menudo por lo demás, de importantes luchas inte­riores, de luchas que corresponden a lo que Freud denomi­na complejo de castración. Los varones se ven llevados, en efecto, a imaginar que la mujer debe de haber tenido en otro tiempo un pene, del que se la ha privado por cas­tración. "La niña no crea una teoría parecida al ver que los órganos genitales del niño son diferentes de los suyos. Lo que hace es sucumbir a la envidia del pene, que culmi­na en el deseo, muy importante por sus consecuencias, de ser también un muchacho" 21, escribe Freud.

Para volver al problema considerado tan importante por los niños de esta edad, es decir, al del origen de los hijos, Freud enumera las diversas soluciones anatómicas que imaginan los chicos, quienes suponen que el nacimien­to se lleva a cabo por el pecho de la madre, o bien por su vientre después de una incisión, o incluso por su ombligo, Otras suposiciones consisten en creer que los hijos salen del intestino de la madre después de haber absorbido esta algún alimento especial. Freud muestra con claridad có­mo todas estas suposiciones van acompañadas de una mala concepción de las relaciones sexuales, aun cuando los ni­ños hayan podido sorprender a sus padres en pleno acto sexual. Esos niños no han podido "menos que considerar el acto sexual como una especie de maltrato o de abuso de poder" 22. En otros términos, le han dado una significa­ción sádica. De ahí que tanto ellos como los demás niños continúen formulándose la pregunta de saber en qué con­siste la relación sexual, "y buscan la solución del misterio en una comunidad facilitada por la función de expulsar la orina o los excrementos" 23.

Freud destaca, pues, el fracaso de las investigaciones sexuales del niño durante todo el período anterior a la pubertad. Pero esto no quiere decir, ni con mucho, que haya que considerar todo ese período como el de las orga­nizaciones únicamente pregenitales. Freud reserva esta denominación, según acabamos de verlo, para el estadio oral y el estadio anal.

El período que sucede al estadio anal corresponde a una organización de la sexualidad bastante cercana a la del adulto. Freud califica a este período de estadio fálico, pues corresponde a una organización de la libido infantil en torno del primado del falo. Ya entrevimos esto a pro­pósito de las nociones de "complejo de castración" y "en­vidia del pene". En 1923 Freud introdujo en el desarrollo de la sexualidad infantil una tercera fase, que interviene después de las dos organizaciones pregenitales represen­tadas por el estadio oral y el estadio anal. Y escribe a este respecto: "Posteriormente (1925) he modificado esta des­cripción, interpolando en la evolución infantil, y después de los dos estadios de organización pregenital, una tercera fase, que puede ya denominarse genital y que muestra ya un objeto sexual y una cierta convergencia de las tenden­cias sexuales hacia dicho objeto, pero que aún se diferen­cia de la organización definitiva de la madurez sexual en un punto esencial. No conoce, en efecto, sino un aparato genital —el masculino—, razón por la cual hemos dado a esta fase el nombre de organización fálica" 24

Según Karl Abraham, esta fase parece tener, por lo demás, una raíz biológica, en el sentido de que en el embrión no hay, al Parecer, diferenciación sexual. Resulta importante seña­lar que la idea de una predominancia del órgano del macho Ya existe en Freud mucho antes de su texto de 1923 titu­lado "La organización genital infantil". En la primera edi­ción (1905) de sus Tres ensayos sobre teoría sexual Freud adelanta algunas ideas que prefiguran su tesis de la fase fálica. Por una parte afirma que en la edad infantil la diferencia sexual no es tan manifiesta como habrá de serlo después de la pubertad y que, "con referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbato­rias, podría decirse que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter masculino". Luego añade que "en la niña la zona erógena directiva es el clítoris, localización homóloga a la de la zona erógena directiva masculina en el glande". Y por otra parte generaliza el alcance de estos análisis, cuando escribe que, "si fuera posible atri­buir un contenido más preciso a los conceptos 'masculino' y 'femenino', se podría también sentar la afirmación de que la libido es regularmente de naturaleza masculina, aparezca en el hombre o en la mujer independientemente de su objeto, sea este el hombre o la mujer 25. Por lo de­más, en el análisis que hace Freud de Juanito, en el que deslinda la noción de complejo de castración, pone en evi­dencia la alternativa para el muchacho de haber sido castrado o de poseer un falo. Por último, en un artículo de 1908 titulado "Teorías sexuales de los niños", Freud puso en claro la noción de envidia del pene en la niña y la frustración que ella implica.

Con posterioridad al artículo de 1923, al de 1924 titu­lado "El final del complejo de Edipo" y al relativo a "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anató­mica de los sexos", de 1925, es dable definir la frase fálica, según Freud, de la siguiente manera. Dentro de la perspec­tiva genética, la oposición "pasivo - activo", que caracteriza a las dos tendencias del estadio anal, es reemplazada por la bipolaridad que existe entre castrado y fálico. Así, con motivo de esta fase, el retroceso del complejo de Edipo está ligado para el muchacho a la amenaza de castración. En el caso de la niña, Freud afirma que se puede igual­mente hablar de una organización fálica; esta se manifies­ta por la envidia del pene que anima a la niña cuando descubre la diferencia entre los sexos. La niña se siente castrada con respecto al muchacho y desea poseer, como este, un pene. Ese sentimiento de frustración va acompa­ñado por un violento resentimiento para con la madre y por un descrédito de esta. La niña desea tener un hijo, pues este puede servir de equivalente simbólico del pene.


EL PERIODO DE LATENCIA

Según Freud, a partir del quinto o sexto año la evo­lución de la sexualidad se detiene hasta el momento de la pubertad. Período de latencia, llama Freud a este pe­ríodo señalado por la disminución de las actividades se­xuales del niño. No habla de estadio, pues no se encuentra una nueva organización de la sexualidad infantil antes de la pubertad. Durante este período se asiste a una re­presión de los primeros objetos sexuales elegidos por el niño entre los dos y los cinco años: "Sus fines sexuales han experimentado una atenuación y representan enton­ces lo que podríamos denominar corriente de ternura de la vida sexual. Solo la investigación psicoanalítica puede mostrar que detrás de esa ternura, ese respeto y esa consideración se esconden las antiguas corrientes sexuales de los instintos parciales infantiles ahora inutilizables" 26

El periodo de latencia comienza con la declinación del com­plejo de Edipo; aplaza la madurez sexual y permite lanar el tiempo, necesario para "alzar, al lado de otros diques sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al inces­to". Según Freud, durante este período el niño puede imbuirse de "aquellos preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas queridas durante la niñez y a los parientes consanguíneos" 27. Así pues, en el curso del período de latencia se elaboran las fuerzas psí­quicas que consecuentemente se opondrán a las pulsiones sexuales y canalizarán su progresión. Estas fuerzas corres­ponden, según Freud, al asco y al pudor; son las aspiraciones morales y estéticas. "Ante los niños nacidos en una sociedad civilizada experimentamos la sensación de que estos diques son una obra de la educación, lo cual no deja de ser, en gran parte, cierto. Pero en realidad esta evolu­ción se halla orgánicamente condicionada y fijada por la herencia y puede producirse sin auxilio ninguno de la educación" 28, escribe Freud, para interrogarse luego so­bre la manera en que se constituyen esas fuerzas capaces de limitar las tendencias sexuales. Y entonces define el proceso que desvía a las fuerzas sexuales de su finalidad, durante el período de latencia, como un "mecanismo de sublimación". Es un proceso que le permite al niño em­plear las antiguas fuerzas sexuales en nuevos fines. 

Así, durante el período de latencia las tendencias sexuales continúan existiendo, pero son de alguna manera desvia­das y se orientan hacia otros fines. A propósito de la na­turaleza del mecanismo de sublimación, Freud formula la siguiente hipótesis: por una parte la sexualidad no tiene, durante el período de latencia, uso apropiado, a falta de las funciones de procreación, y por otra parte parece ser perversa, esto es, llevada a dar privilegio a excitaciones sexuales localizadas en tal o cual zona erógena. Según Freud, precisamente estas excitaciones sexuales provoca­das hacen entrar en juego a contrafuerzas o reacciones que, a fin de reprimir eficazmente tan desagradables sensaciones, "erigirán los diques psíquicos ya citados (re­pugnancia, pudor, moral)" 29.

Durante este período de la infancia la sublimación de las pulsiones sexuales se realiza, pues, "por formación reaccional", cosa que no siempre ocurre, precisa Freud, en un estadio posterior del desarrollo de la libido. Efectiva­mente, la formación reaccional y la sublimación deben considerarse, según él, como dos procesos distintos. Ello quiere decir que hay casos en los que, con posterioridad a la pubertad y ya en la edad adulta, se realizan sublima­ciones de acuerdo con mecanismos más sencillos. De todos modos, el campo de las actividades sublimadas sigue es­tando bastante mal circunscripto en la teoría freudiana.

Y además Freud tiende a hacer resaltar el carácter hipo­tético de sus puntos de vista relativos al período de laten­cia, con lo que termina por decir que la transformación de la sexualidad infantil, tal cual la ha descrito, "representa un ideal educativo del que casi siempre se desvía el des­arrollo del individuo en algún punto, y con frecuencia en muchos puntos", para añadir por fin: "En la mayoría de los casos logra abrirse camino un fragmento de la vida sexual que ha escapado a la sublimación, o se conserva una actividad sexual a través de todo el período de la­tencia hasta el impetuoso florecimiento del instinto sexual en la pubertad" 30. Precisamente este florecimiento de la pulsión sexual a partir de la pubertad y bajo el primado de la zona genital es lo que vamos a estudiar ahora.


EL ESTADIO GENITAL

Freud se aplica a describir, de modo muy especial en sus Tres ensayos sobre teoría sexual, las transformaciones que en la pubertad deben conducir la vida sexual del niño "a su forma definitiva y normal". Con tal motivo recuerda de qué modo la pulsión sexual había seguido siendo, antes de la pubertad, esencialmente autoerótica, ya que "hasta ese momento actuaba a partir de instintos aislados y de zonas erógenas que, independientemente unas de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer" 31. Ahora bien, con la pubertad aparece una nueva finalidad sexual hacia la que se orientan todas las pulsiones parcia­les de los estadios precedentes, en tanto que las diversas zonas erógenas se someten al primado de la zona genital. En otros términos, según Freud "reservamos el nombre de genital para la organización sexual definitiva, que se constituye después de la pubertad" 32.

 Durante las fases precedentes —oral, anal y fálica— los fines sexuales siguen siendo parciales, e inadecuados los objetos. A partir, pues, de la noción de objeto se articula la de organización de la libido en diferentes fases del desarrollo, y el niño pasa del autoerotismo al objeto heterosexual. Por otra parte a partir de las nociones de placer preliminar y placer final, de placer de órgano y placer de función, puede Freud mos­trar la correspondencia que existe entre modos especí­ficos de actividad sexual y los diferentes estadios libidinales.

Para Freud, el instinto sexual del niño durante las fases pregenitales, es decir, entre el segundo y el quinto año, emana de fuentes diversas. Ante todo es, por supuesto, un instinto independiente de la función de reproducción; le procura al niño diversos tipos de sensaciones agradables a las que Freud califica de placeres sexuales. Pero no se trata aún de un placer de función. Solo en la pubertad, cuando el placer sexual se halle ligado a la función de reproducción, se lo podrá designar de ese modo. Para el muchacho, el placer sexual se vincula a la excitación de ciertas zonas erógenas, tales como "la boca, el ano, la abertura del meato y también la piel y otras superficies sensibles" 33. Por eso habla Freud de "placer de órgano". Dentro de este tipo de placer, la excitación de una zona erógena particular lo proporciona por si sola sin hallarse ligada a la satisfacción de las demás zonas y sin corres­ponder a la realización de una función. Freud precisa que las excitaciones "surgidas de todas estas fuentes no parecen actuar todavía de manera conjunta, sino que cada una persigue su fin especial", y esto lo lleva a pensar, como hemos visto, que "en la infancia el instinto sexual no está, por tanto, centrado, y es, al principio, autoerótico, careciendo de objeto"34. La libido no es aún "objetal", como habrá de serlo en principio, plenamente, después de la pubertad, sino simplemente "narcisista" 35.

No obstante, Freud matiza resueltamente este aserto, pues para él muy pronto aparecen en el niño, junto a las actividades autoeróticas, esos "componentes instintivos del placer sexual, o, como acostumbramos decir, de la libido, que presuponen una persona exterior al sujeto" 36. El niño encuentra entonces en uno de sus padres su primer objeto de amor, en el que se concentra toda su sensualidad. Pero la represión que se efectúa durante el período de latencia lleva al niño a renunciar a la mayoría de sus fines sexua­les infantiles y acarrea en él un cambio de actitud para con sus padres. 

Desde luego, sigue apegado a ellos, pero sus tendencias primitivas han sido ya canalizadas, y enton­ces solo siente por ellos sentimientos de ternura. En rigor, durante el período de latencia las tendencias sensuales anteriores persisten, pero solo en el inconsciente del niño. De ahí que la edad de la pubertad sea de capital importancia para el florecimiento de la libido. En efecto, en tanto surgen con ellas nuevas tendencias, todas ellas muy vivas y orientadas, además, hacia fines sexuales directos, "la normalidad de la vida sexual se produce por la con­cordancia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, a saber, la corriente de ternura y la de sensualidad" 37.

Las eventuales neurosis que puedan surgir en este período del desarrollo sexual del individuo podrán, pues, comprenderse en función de la situación del individuo con respecto al objeto sexual, esto es, en función de la mayor o menor importancia que haya concedido a una u otra de esas corrientes. En los casos desfavorables, por ejemplo, las tendencias sensuales permanecerán absoluta­mente separadas de la persistente corriente de ternura. Se obtiene entonces, según Freud, un cuadro cuyos dos aspectos han sido gustosamente idealizados por algunas corrientes literarias. El hombre consagra un culto quimé­rico a mujeres que le merecen sumo respeto, pero que no le inspiran el menor sentimiento amoroso, él solo se siente excitado en presencia de otras mujeres, a las que no "ama" y apenas estima, cuando no las desprecia 38.

Por lo demás, Freud definió la pubertad tal cual lo hemos destacado, por la aparición de una nueva finalidad sexual. Según él, "dado que el nuevo fin sexual determina funciones diferentes para cada uno de los sexos, las evolu­ciones sexuales respectivas divergirán considerablemente" 39. Considera que la del varón es la más lógica y, por consiguiente, la más fácil de interpretar. Por eso, en sus Tres ensayos sobre teoría sexual estudia principalmente la evolución sexual del varón durante la fase genital. A partir de la situación de la finalidad sexual, que en el varón consiste después de la pubertad en la emisión de los productos genitales, Freud analiza nuevamente la no­ción de placer sexual y comprueba que "el nuevo fin se­xual (…) no es totalmente distinto del antiguo fin, que se proponía tan solo la consecución del placer, pues precisamente a este acto final del proceso sexual se enla­za un máximo placer" 40. 

No obstante, gracias a este pro­ceso "se subordinan los diversos instintos a la primacía de la zona genital, con lo que toda la vida sexual entra al servicio de la procreación, y la satisfacción de los ins­tintos queda reducida a la preparación y favorecimiento del acto sexual propiamente dicho" 41. Freud establece en­tonces una distinción entre el placer debido a la excita­ción de las zonas erógenas y el que corresponde a la eya­culación de los productos genitales. Al primero lo califica de "placer de órgano", y al segundo de "placer final". Para él, "el placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque en menor escala, los instintos sexuales infantiles" 42. Se trata, por tanto, de un placer de órgano que en este caso se subordina a un placer de función, vale decir, al de la reproducción. "El placer final es nuevo y por lo tanto se halla ligado probablemente a condiciones que no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula para la nueva función de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer preliminar que producen y que se iguala al que producían en la vida in­fantil" 43.

Recordemos que precisamente en este nivel se com­prende la noción de perversión. Ocurre, en efecto, que las tendencias sensuales parciales no se subordinan en su totalidad al primado de la zona genital. Una tendencia que ha seguido siendo independiente constituye lo que Freud denomina perversión y reemplaza a la finalidad sexual normal por su propia finalidad. Puede suceder, por ejemplo, que el autoerotismo no haya sido resuelto, por completo, o bien que la equivalencia primera de los dos sexos en su condición de objetos sexuales permanezca como tal, lo que entrañará en el adulto una ambivalencia sexual y hasta una total homosexualidad. Según Freud, "esta serie de perturbaciones corresponde a las inhibicio­nes directas del desarrollo de la función sexual y comprende las perversiones y el nada raro infantilismo gene­ral de la vida sexual" 44.

En conclusión, aparece, pues, con claridad, que todas estas consideraciones sobre la sexualidad infantil y el desarrollo psicosexual del individuo no apartaron a Freud de las preocupaciones mayores del psicoanálisis, o sea, el estudio de las neurosis y las perversiones y su consiguiente tratamiento. Así es; Freud pone de relieve por una parte que "las manifestaciones infantiles de la sexualidad no determinan tan solo las desviaciones, sino también la estructura normal de la vida sexual del adulto" 45, y por la otra que, "si queréis, podéis describir exclusivamente el tratamiento psicoanalítico como una segunda educación dirigida al vencimiento de los restos de la infancia"


 
NOTAS

1 Cl. Freud 'Desarrollo de la libido y organizaciones sexuales', "Teo­ría sexual", Introducción al psicoanálisis, en ob, cit., t. IX, págs. 316-326.
2 Freud, "Teoría sexual", introducción al psicoanálisis, en ob. cit„ t. II, pág. 314.
3 Idem, ibídem.
4 Freud, Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. II, pág. 142
5 Freud, Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., cf. págs. 312-325
6 Idem, ibídem.
7 Idem, ibídem.
8 Idem, pág. 313. 9 Idem, pág. 312.
10 Idem, ibídem.
11 Freud, "La sexualidad infantil", Una teoría sexual, en ob. cit., t. I, pág. 801.
12 Freud, El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 16, A este respecto nos parece interesante reproducir la nota que agrega Freud al pie de su comparación: "La creencia de los primitivos de que las cualidades del animal ingerido como alimento se transmiten al indi­viduo y las prohibiciones basadas en esta creencia constituyen un interesantísimo paralelo de la sustitución de la elección del objeto por la identificación. Esta creencia se halla también integrada, seguramente, entre los fundamentos del canibalismo, y actúa en toda la serie de Las  costumbres que va desde la comida totémica hasta la comunión. Las consecuencias que aquí se atribuyen a la apropiación oral del objeto surgen luego, realmente, en la selección sexual del objeto Ulterior.
13 M. Klein, "Sorne theoretical conclusions regarding the enmotional life of the infant", 1952, en Developments, 206, N° 2.
14 Freud, Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 320
15 Freud, "La sexualidad infantil", Una teoría sexual, en ob. t.I, pág. 801.
16 Idem,
17 Idem, pág. 799.
18  Idem, pág. 798.
19 Idem, pág. 799.
20 Idem, págs. 799-800.
21 Idem, pág. 800. Nuestro es el subrayado de la expresión "en­vidia del pene", que hace juego con la de "complejo de castración", también subrayada precedentemente.
22 Idem. Ibídem.
23 Idem,
24 Idem, nota pág. 802.
25 Respecto de todas estas citas, cf. Freud, 'Diferenciaciones de los sexos', "Metamorfosis de la pubertad", Una teoría sexual, en ob. cit., t. I, págs. 811-812.
26 una teoría..., en ob. cit., t. I, pág. 802.
27 Idem, pág. 814.
28 Idem, pág. 791,
29 Idem, pág. 792.
30 Idem, pág. 792.
31 Freud, "La metamorfosis de la pubertad", en ob. cit., t. I, Pág. 805.
32 Freud, Nuevas aportaciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, Pág. 925.
33 Freud, Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. /I, pág. 143.
34 Freud, Una teoría sexual, en ob. cit., t. 1, pág. 794.
35 Se dice que la libido es objetal cuando, sustrayéndose de la propia persona del sujeto, se carga sobre objetos exteriores, es decir sobre otras personas,
36 Freud, Esquema del psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 143.
37 Freud, Una teoría. . ., en ob. cit., t. 1, pág. 806.
38 Cf. Freud, "Aportaciones a la psicología de la vida erótica", Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis, en ob. cit.,
t. 1, págs. 969-971.
39 "La metamorfosis de la pubertad", en ob. cit„ t. I, págs. 805-806.
40 Idem, pág. 806.
41 Freud, "Psicoanálisis", Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. II, pág. 143.
42 "La metamorfosis...", en ob. cit., t. I, pág. 807.
43 Idem, ibídem.
44 "Psicoanálisis', Esquema. . ., en ob. cit., t. II, pág. 144.
45 "La metamorfosis...", en ob. cit., t. 1, pág. 808.
46 "psicoanálisis", Esquema..., en ob. cit., t. II, pág. 145.


INDEX

domingo, 26 de marzo de 2017

INDICE

Claude Levy-Strauss: “Estructuras elementales del parentesco” Capítulo I NATURALEZA Y CULTURA



 Anotaciones José Luis González Fernández

Entre los principios que formularon los precursores de la sociología, sin duda ninguno fue rechazado con tanta seguridad como el que atañe a la distinción entre estado de naturaleza y estado de sociedad. En efecto, es imposible referirse, sin incurrir en contradicción, a una fase de la evolución de la humanidad durante la cual ésta, aun en ausencia de toda organización social, no haya desarrollado formas de actividad que son parte integrante de la cultura. Pero la distinción propuesta puede admitir interpretaciones más válidas.

Los etnólogos de la escuela de Elliot Smith y de Perry la retornaron para desarrollar una teoría que puede discutirse, pero que, más allá del detalle arbitrario del esquema histórico, pone claramente de manifiesto la oposición profunda entre dos niveles de la cultura humana y el carácter revolucionario de la transformación neolítica. No puede considerarse que el hombre de Neanderthal, con su probable conocimiento del lenguaje, sus industrias líticas y sus ritos funerarios, existe en estado de naturaleza: su nivel de cultura se opone, sin embargo, al de sus sucesores neolíticos con un rigor comparable -si bien en un sentido distinto- al que les conferían los autores de los siglos XVII y XVIII. Pero sobre todo hoy comienza a comprenderse que la distinción entre estado de naturaleza y estado de sociedad 1, a falta de una significación histórica aceptable, tiene un valor lógico que justifica plenamente que la sociología moderna la use como instrumento metodológico. El hombre es un ser biológico al par que un individuo social. Entre las respuestas que da a las excitaciones externas o internas, algunas corresponden íntegramente a su naturaleza y otras a su situación: no será difícil encontrar el origen respectivo del reflejo pupilar y el de la posición que toma la mano del jinete ante el simple contacto con las riendas. Pero la distinción no siempre es tan simple: a menudo los estímulos psicobiológicos y el estímulo psicosocial provocan reacciones del mismo tipo y puede preguntarse, como ya lo hacía Locke, si el miedo del niño en la oscuridad se explica como manifestación de su naturaleza animal o como resultado de los cuentos de la nodriza.2 Aun más: en la mayoría de los casos ni siquiera se distinguen bien las causas, y la respuesta del sujeto constituye una verdadera integración de las fuentes biológicas y sociales de su comportamiento.

1 Hoy diríamos mejor: estado de naturaleza y estado de cultura
2 En efecto, parece que el temor a la oscuridad no aparece antes del vigesimoquinto mes. Cf. C. W. Valentine, The Innate Basis of Fear. Journal 01 Genetic Psychology, vol. 37, 1930. 

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Esto sucede en la actitud de la madre hacia su niño o en las emociones complejas del espectador de un desfile militar. La cultura no está ni simplemente yuxtapuesta ni simplemente superpuesta a la vida. En un sentido la sustituye; en otro, la utiliza y la transforma para realizar una síntesis de un nuevo orden.


Aunque resulta relativamente fácil establecer la distinción de principio, la dificultad comienza cuando se quiere efectuar el análisis. Esta dificultad es doble: por una parte, se puede intentar definir, para cada actitud, una causa de orden biológico o de orden social; por otra, buscar el mecanismo que permite que actitudes de origen cultural se injerten en comportamientos que son, en sí mismos, de naturaleza biológica y logra integrárselos. Al negar o subestimar la oposición se cerrará la posibilidad de comprender los fenómenos sociales, al otorgarle su pleno alcance metodológico se correrá el riesgo de erigir como misterio insoluble el problema del pasaje entre dos órdenes. ¿Dónde termina la naturaleza? ¿Dónde comienza la cultura? Pueden concebirse varias maneras de responder a esta doble pregunta. Sin embargo, hasta ahora todas estas maneras resultaron particularmente frustrantes.

El método más simple consistiría en aislar a un recién nacido y observar sus reacciones frente a distintas excitaciones durante las primeras horas o días que siguen al nacimiento. Podría suponerse, entonces, que las respuestas obtenidas en tales condiciones son de origen psicobiológico y no corresponden a síntesis culturales posteriores. Mediante este método la psicología contemporánea obtuvo resultados cuyo interés no puede hacemos olvidar su carácter fragmentario y limitado. En primer lugar, las únicas observaciones válidas son las que se hacen en los primeros días de vida, ya que es probable que aparezcan condicionamientos en el término de pocas semanas y tal vez de pocos días; de este modo, sólo algunos tipos de reacciones muy elementales, tales como ciertas expresiones emocionales, pueden estudiarse en la práctica. Por otra parte, las pruebas negativas presentan siempre un carácter equívoco, porque siempre queda planteada la pregunta de si la reacción está ausente a causa de su origen cultural o a causa de que en el período temprano en que se hace la observación los mecanismos fisiológicos que condicionan su aparición no están aún desarrollados. A partir del hecho de que un niño muy pequeño no camine no puede concluirse la necesidad del aprendizaje, puesto que, por lo contrario, se sabe que el niño camina en forma espontánea desde el momento en que su organismo está capacitado para hacerlo.3

3 M. B. McGraw, The Neuromuscular Maturation of the Human Infant, Nueva York, 1944

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Se puede presentar una situación análoga en otros dominios. El único medio para eliminar estas incertidumbres sería prolongar la observación durante algunos meses o incluso años, pero entonces nos encontramos con dificultades insolubles, ya que el ambiente que pudiera satisfacer las condiciones rigurosas de aislamiento exigidas por la experiencia no es menos artificial que el ambiente cultural al que se pretende sustituir. Por ejemplo, los cuidados de la madre durante los primeros años de la vida humana constituyen una condición natural del desarrollo del individuo. El experimentador se encuentra, pues, encerrado en un círculo vicioso.

Es cierto que a veces el azar pareció lograr lo que no podría alcanzarse por medios artificiales: el caso de los "niños salvajes"(A) perdidos en la campiña desde sus primeros años y que por una serie de casualidades excepcionales pudieron subsistir y desarrollarse sin influencia alguna del ambiente social impresionó intensamente la imaginación de los hombres del siglo XVIII. Sin embargo, de las antiguas relaciones surge claramente que la mayoría de estos niños fueron anormales congénitos y que es necesario buscar en la imbecilidad, mostrada en grado diferente por cada uno de ellos, la causa inicial de su abandono y no, como se quiere a veces, su resultado.  4

Observaciones recientes confirman este punto de vista. Los supuestos "niños lobos" encontrados en la India jamás alcanzaron plenamente un desarrollo normal. Uno de ellos -Sanichar- jamás pudo hablar, ni siquiera cuando adulto. Kellog informa que de dos niños, descubiertos juntos hace unos veinte años, el menor nunca fue capaz de hablar y el mayor vivió hasta los seis años, pero con un nivel mental de dos años y medio y un vocabulario de sólo cien palabras. 5

Además, estos ejemplos deben descartarse por una razón de principio que de entrada nos sitúa en el corazón de los problemas cuyo análisis es el objeto de esta Introducción.

(A) Nota de JLGF. El autor reconoce en el prologo a ediciones posteriores, que para la fecha de este escrito no había estudiado lo suficiente el tema de los niños salvajes.
4 J. M. G. Itard, Rapports et mémoires sur le sauvage de l'Aveyron, etc. París, 1894. A. von Feuerbach, Caspar Hauser, traducción al inglés, Londres, 1833, 2 vols.
5 G. C. Ferris, Sanichar, the Woll-boy 01 India, Nueva York, 1902. P. Squires, "Wolf Children" of India. American Journal 01 Psychology, vol. 38, 1927, pág. 313. W. N. Kellog, More about the "Wolf-children" of India, ibíd., vol. 43, 1931, págs. 508509; A Further Note on the "Wolf-children" of India, ibíd., vol. 46, 1934, pág. 149. Véase también, para esta polémica, J. A. L. Singh y R. M. Zingg, Wolf-children and Feral Men, Nueva York, 1942, y A. Gesell, Wolf-child and Human Child, Nueva York, 1941. 


 ©Musée du quai Branly, Foto: Claude Lévi-Strauss/Scala, Florence/ ©Laurence Aëgerter en Ronald van Tienhover

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Un informe de 1939 considera como idiota congénito a un "niño-babuino" de África del Sur, descubierto en 1903 a la edad probable de doce a catorce años. 6 Por otra parte, la mayoría de las veces puede sospecharse de las circunstancias del encuentro.

Blumenbach, desde 1811, en un estudio consagrado a uno de estos niños, "Peter el salvaje", decía que nada podía esperarse de fenómenos de este orden. Señalaba, con intuición profunda, que, de ser un animal doméstico, el hombre es el único que se domesticó a sí mismo 7. Es posible observar que un animal domestico –un gato, por ejemplo, o un perro o un animal de corral- si se encuentra perdido y aislado vuelve a un comportamiento natural que fue el de la especie antes de la intervención externa de la domesticación. Pero nada semejante puede ocurrir con el hombre, ya que en su caso no existe comportamiento natural de la especie al que el individuo aislado pueda volver por regresión. Como más o menos decía Voltaire: una abeja extraviada lejos de su colmena e incapaz de encontrarla es una abeja perdida; pero no por eso, y en ninguna circunstancia, se ha transformado en una abeja más salvaje. Los ―niños salvajes‖, sean producto del azar o de la experimentación, pueden. Ser monstruosidades culturales, pero nunca testigos fieles de un estado anterior.(B)

No se puede, entonces, tener la esperanza de encontrar en el hombre ejemplos de tipos de comportamiento de carácter pre cultural. ¿Es posible entonces intentar un camino inverso y tratar de obtener, en los niveles superiores de la vida animal, actitudes y manifestaciones donde se pueda reconocer el esbozo, los signos precursores de la cultura? En apariencia, la oposición entre comportamiento humano y comportamiento animal es la que proporciona la más notable ilustración de la antinomia entre la cultura y la naturaleza. El pasaje, si existe, no podría buscarse en el estadio de las pretendidas sociedades animales tal como las encontramos en ciertos insectos, ya que en ellas, más que en cualquier otro ejemplo, se hallan reunidos atributos de la naturaleza que no cabe negar: el instinto, el equipo anatómico que sólo puede permitir su ejercicio y la transmisión hereditaria de las conductas esenciales para la supervivencia del individuo y de la especie. En estas estructuras colectivas no encontramos siquiera un esbozo de lo que podría denominarse el modelo cultural universal: lenguaje, herramientas, instituciones sociales y sistema de valores estéticos, morales o religiosos. En el otro extremo de la escala animal es donde resulta posible descubrir una señal de estos comportamientos humanos: en los mamíferos superiores y en particular en los monos antropoides.

(B) Nota de JLGF. Dado que en el ser humano la naturaleza y la cultura lo constituyen como tal, pensar en una separación artificial o circunstancial no producirán otra cosa sino la desintegración del sujeto en tanto ser humano y del psiquismo en relación al yo.
6 I. P. Foley, Ir., The "Baboon-boy" of South Africa, American Journal of Psychology, vol. 53, 1940. R. M. Zingg, More about the "Baboon·boy" of South Afríca, ibíd.
7 F. Blumenbach, Beitriige zur Naturgeschichte, Gotinga, 1811, en Anthropological Treatises of J. F. Blumenbach, Londres, 1865, pág. 339. 

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Las investigaciones realizadas desde hace unos treinta años con monos superiores son particularmente decepcionantes en lo que respecta a este punto y no porque los componentes fundamentales del modelo cultural universal estén siempre ausentes. Es posible -a costa de infinitos cuidados- llevar a algunos sujetos a articular ciertos monosílabos o disílabos con los cuales, por otra parte, no asocian nunca un sentido; dentro de ciertos límites el chimpancé puede utilizar herramientas elementales y, en ocasiones, improvisarlas;8 pueden aparecer y deshacerse relaciones temporarias de solidaridad o de subordinación en el seno de un grupo determinado; por último, uno puede complacerse en reconocer, en algunas actitudes singulares, el esbozo de formas desinteresadas de actividad o de contemplación. Notable hecho: es sobre todo la expresión de los sentimientos que de buena gana asociamos con la parte más noble de nuestra naturaleza, la que al parecer puede identificarse más fácilmente en los antropoides, por ejemplo, el terror religioso y la ambigüedad de lo sagrado.9 Pero si todos estos fenómenos son notables por su presencia, son aun más elocuentes -y en un sentido totalmente distinto- por su pobreza. Llama menos la atención su esbozo elemental que la imposibilidad, al parecer radical -confirmada por todos los especialistas-, de llevar estos esbozos más allá de su expresión más primitiva. De esta manera, el abismo que se pensaba evitar con miles de observaciones ingeniosas en realidad sólo se desplazó, para aparecer aun más insuperable: desde el momento en que se demostró que ningún obstáculo anatómico impide al mono articular los sonidos del lenguaje y hasta sus conjuntos silábicos, sólo puede sorprender todavía más la ausencia irremediable del lenguaje y la total incapacidad para atribuir a los sonidos, emitidos u oídos, el carácter de signos.(C) La misma comprobación se impone en otros dominios. Ella explica la conclusión pesimista de un observador atento que se resigna, después de años de estudio y de experimentación, a considerar al chimpancé como "un ser empedernido en el círculo estrecho  de  sus  imperfecciones  innatas,  un ser  “regresivo”   si se lo compara  con  el

(C) Nota JLGF. Las discusiones sobre la capacidad anatómico-funcional en relación a determinadas funciones (ie: las aves vuelan porque tienen alas) es cuestionada aquí de manera radical en el sentido de la posibilidad de tener lenguaje en los primates. La conclusión “pesimista” seria la que debería llamarse “regresiva”  hombre, un ser que no quiere comprometerse en la vía del progreso".10

8 P. Guillaume e I. Meyerson, Quelques recherches sur l'intelligence des singes (comunicación preliminar), y: Recherches sur l'usage de l'instrument chez les singes. Journal de Psychologie, vol. 27, 1930; vol. 28, 1931; vol. 31, 1934; vol. 34, 1938
9 W. Köhler, The Mentality of Apes, apéndice a la segunda edición.

10 N. Koht, La Conduite du petit du Chimpanzé et de l'enfant de l'homme, Journal de Psychologie, vol. 34, 1937, pág. 531; y los demás artículos del mismo autor: Recherches sur l'intelligence du chimpanzé par la méthode du "choix d'apres modele", ibíd., vol. 25, 1928; Les Aptitudes motrices adaptatives du singe inférieur, ibíd., vol. 27, 1930. 

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 Los monos no se presta a la formulación de norma alguna. En presencia del macho o de la hembra, del animal vivo o muerto, del sujeto joven o adulto, del pariente o del extraño, d mono se comporta con una versatilidad sorprendente. No sólo el comportamiento del mismo individuo es inconstante, sino que tampoco en el comportamiento colectivo puede encontrarse ninguna regularidad. Tanto en el dominio de la vida sexual como en lo que respecta a las demás formas de actividad, el, estímulo externo o interno y los ajustes

Más que los fracasos frente a pruebas precisas, una comprobación de orden general nos convence y nos hace penetrar más hondo en el núcleo del problema. Se trata de la imposibilidad de extraer conclusiones generales a partir de la experiencia. La vida social de aproximativos bajo la influencia de fracasos y éxitos parecen proporcionar todos los elementos necesarios para la solución de los problemas de interpretación. Estas incertidumbres aparecen en el estudio de las relaciones jerárquicas en el seno de un mismo grupo de vertebrados, el que permite, sin embargo, establecer un orden de subordinación entre los animales. La estabilidad de este orden es sorprendente, ya que el mismo animal conserva su posición dominante durante períodos del orden de un año. Sin embargo, la sistematización se vuelve imposible por la presencia de irregularidades frecuentes. Una gallina subordinada a dos congéneres y que ocupa un lugar mediocre en el cuadro jerárquico ataca, pese a todo, al animal que posee el rango más elevado; se observan relaciones triangulares donde A domina a B, B domina a C y C domina a A, mientras que los tres dominan al resto del grupo.11 Claude Levy-Strauss:
Sucede lo mismo en lo que se refiere a las relaciones y a los gustos individuales de los monos antropoides, en quienes estas irregularidades están todavía más marcadas: "Los primates ofrecen aun más diversidad en sus preferencias alimentarias que las ratas, las palomas y las gallinas."12 En el dominio de la vida sexual también encontramos en los primates "un cuadro que cubre casi por completo la conducta sexual del hombre... tanto en sus modalidades normales como en las más notables de las manifestaciones que por 'locomún se denominan 'anormales', porque chocan con las convenciones sociales".13 Esta individuación de las conductas hace que el orangután, el gorila y el chimpancé se parezcan al hombre de modo singular.14 Malinowski se equivoca cuando escribe que todos los factores que definen la conducta sexual de los machos antropoides son comunes al comportamiento de todos los miembros de la especie, "la que funciona con tal uniformidad que para cada especie animal sólo necesitamos un grupo de datos, pues las variaciones son tan pequeñas e insignificantes que el zoólogo está plenamente autorizado para ignorarlas".15



11 W. C. Allee, Social Dominance and Subordination among Vertebrates, en Levels of Integration in Biological and Social Systems, Biological Symposia, vol. VIII, Lancaster, 1942.
12 A. H. Maslow, Comparative Behavior of Primate s, VI: Food Preferences of primates, Journal of Comparative Psychology, vol. 16, 1933, pág. 196.

13 G. S. Miller, The Primate Basis of Human Sexual Behavior, Quarterly Review of Biology, vol. 6, núm. 4, 1931, pág. 392.
14 R. M. Yerkes, A Program of Anthropoid Research, American Journal of Psycology, vol. 39, 1927, pág. 181. R. M. Yerkes y S. H. Elder, Estrus Receptivity and Maling in Chimpanzee, Comparative Psychology Monographs, vol. 13, n 5, 1936, serie 65, plÍg.39.
15 B. Malinowski, Sex and Repression in Savage Society, Nueva York, Londres, 1927, pág. 194.


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¿Cuál es, por lo contrario, la realidad? La poliandria parece reinar en los monos aulladores de la región de Panamá aunque la proporción de los machos en relación con las hembras sea de 28 a 72. Se observan, en efecto, relaciones de promiscuidad entre una hembra en celo y varios machos pero sin que puedan definirse preferencias, un orden de prioridad o vínculos duraderos.16 Los gibones de las selvas de Siam viven -al parecer- en familias monogámicas relativamente estables; sin embargo, las relaciones sexuales se presentan, sin discriminación alguna, entre miembros del mismo grupo familiar o con individuos que pertenecen a otros grupos y así se verifica -podría decirse- la creencia indígena de que los gibones son la reencarnación de los amantes desgraciados.17 Monogamia y poligamia coexisten entre los rhesus;18 las bandas de chimpancés salvajes observadas en África varían entre cuatro y catorce individuos, lo cual deja planteado el problema de su régimen matrimonial.19 Todo parece suceder como si los grandes monos, capaces ya de disociarse de un comportamiento específico, no pudieran lograr establecer una norma en un nuevo nivel. La conducta instintiva pierde la nitidez y la precisión con que se presenta en la mayoría de los mamíferos, pero la diferencia es puramente negativa y el dominio abandonado por la naturaleza permanece como tierra de nadie.


Esta ausencia de reglas parece aportar el criterio más seguro para establecer la distinción entre un proceso natural y uno cultural. En este sentido, nada más sugestivo que la oposición entre la actitud del niño, aun muy joven, para quien todos los problemas están regulados por distinciones nítidas, más nítidas y más imperativas a veces que en el adulto, y las relaciones entre los miembros de un grupo simio abandonadas por entero al azar y al encuentro, donde el comportamiento de un individuo nada nos dice acerca del de su congénere y donde la conducta actual del mismo individuo nada garantiza respecto de su conducta de mañana. En efecto, se cae en un círculo vicioso al buscar en la naturaleza el origen de las reglas institucionales que suponen –aun más, que ya son- la cultura y cura instauración en el seno de un grupo difícilmente pueda concebirse sin la intervención del lenguaje. La constancia y la regularidad existen, es cierto, tanto en la naturaleza como en la cultura. No obstante, en el seno de la naturaleza aparecen precisamente en el dominio en que dentro de la cultura se manifiestan de modo más débil y viceversa. En un caso, representan el dominio de la herencia biológica; en el otro, el de la tradición externa. No podría esperarse que una ilusoria continuidad entre los dos órdenes diera cuenta de los puntos en que ellos se oponen.

Ningún análisis real permite, pues, captar el punto en que se produce el pasaje de los hechos de la naturaleza a los de la cultura, ni el mecanismo de su articulación. Pero el análisis anterior no sólo condujo a este resultado negativo; también nos proporcionó el criterio más válido para reconocer las actitudes sociales: la presencia o la ausencia de la regla en los comportamientos sustraídos a las determinaciones instintivas. En todas partes donde se presente la regla sabemos con certeza que estamos en el estadio de la cultura.

16 C. R. Carpenter, A Field Study of the Behavior and Social Relations of Howling Monkeys, Comparative Psychology Monographs, vol. 10-11, 1934-1935, pág. 128.
17 C. R. Carpenter, A Field Study in Siam of the Behavior and Social Relations of the Gibbon (Hylobates lar), Comparative Psychology Monographs, vol. 16, n 5, 1940, pág. 195.
18 C. R. Carpenter, Sexual Behavior of Free Range Rhesus Monkeys (Macaca malatta), Comparative Psychology Monographs, vol. 32, 1942.
19 H. W. Nissen, A Field Study of the Chimpanzee, Comparative Psychology Monographs, vol. 8, n 1, 1931, serie 36, pág. 73. 

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Simétricamente, es fácil reconocer en lo universal, el criterio de la naturaleza, puesto que lo constante en todos los hombres escapa necesariamente al dominio de las costumbres, de las técnicas y de las instituciones por las que sus grupos se distinguen y oponen. A falta de un análisis real, el doble criterio de la norma y de la universalidad proporciona el principio de un análisis ideal, que puede permitir -al menos en ciertos casos y dentro de ciertos límites- aislar los elementos naturales de los elementos culturales que intervienen en las síntesis de orden más complejo. Sostenemos, pues, que todo lo que es universal en el hombre corresponde al orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad, mientras que todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y de lo particular. Nos encontramos entonces con un hecho, o más bien con un conjunto de hechos que -a la luz de las definiciones precedentes- no está lejos de presentarse como un escándalo: nos referimos a este conjunto complejo de creencias, costumbres, estipulaciones e instituciones que se designa brevemente con el nombre de prohibición del incesto. La prohibición del incesto presenta, sin 'el menor equívoco' y reunidos de modo indisoluble los dos caracteres en los que reconocimos los atributos contradictorios de dos órdenes excluyentes: constituye una regla, pero la única regla social que posee, a la vez, un carácter de universalidad.20 No necesita demostrarse que la prohibición del incesto constituye una regla; bastará recordar que la prohibición del matrimonio entre parientes cercanos puede tener un campo de aplicación variable según el modo en que cada grupo define lo que entiende por pariente próximo; sin embargo, esta prohibición sancionada por penalidades sin duda variables y que pueden incluir desde la ejecución inmediata de los culpables hasta la reprobación vaga y a veces sólo la burla, siempre está presente en cualquier grupo social.

Aquí no podrían invocarse, en efecto, las famosas excepciones de las que la sociología tradicional se contenta, a menudo, con señalar el escaso número. Puesto que toda sociedad exceptúa la prohibición del incesto si se la considera desde el punto de vista de otra sociedad cuya regla es más estricta que la suya. Uno se estremece al pensar en el número de excepciones que debería registrar en este sentido un indio paviotso. Cuando se hace referencia a las tres excepciones clásicas: Egipto, Perú, Hawái, a las que por otra parte es necesario agregar algunas otras (Azandé, Madagascar, Birmania, etc.) no debe perderse de vista que estos sistemas son excepciones sólo en relación con el nuestro en la medida en que la prohibición abarca allí un dominio más restringido que en nuestro caso.
Sin embargo, la noción de excepción es totalmente relativa y su extensión sería muy diferente para un australiano, un thonga o un esquimal.
 
20 "Si se pidiera a diez etnólogos contemporáneos que indicaran una institución humana universal, es probable que nueve de ellos eligieran la prohibición del incesto; varios ya la señalaron como la única institución universal." Cf. A. L. Kroeber, Totem and Taboo in Retrospect, American journal of Sociology, vol. 45, n 3, 1939, pág. 448.

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La cuestión no es, pues, saber si existen grupos que permiten matrimonios que otros excluyen, sino más bien si hay grupos en los que no se prohíbe tipo alguno de matrimonio. La respuesta debe ser, entonces, totalmente negativa y por dos razones: en primer lugar, nunca se autoriza el matrimonio entre todos los parientes próximos sino sólo entre ciertas categorías (semi hermana con exclusión de la hermana; hermana con exclusión de la madre, etc.) ; luego, porque estas uniones consanguíneas tienen a veces un carácter temporario y ritual y otras un carácter oficial y permanente, pero en este último caso permanecen como privilegio de una categoría social muy restringida. En Madagascar, la madre, la hermana y a veces también la prima, son cónyuges prohibidos para las gentes comunes; mientras que para los grandes jefes y los reyes, sólo la madre -pero de cualquier modo la madre- es fady, "prohibida". No obstante, existe tan poca "excepción" frente al fenómeno de la prohibición del incesto que la conciencia indígena se muestra muy susceptible ante ella: cuando un matrimonio es estéril se postula una relación incestuosa, aunque ignorada, y se celebran automáticamente las ceremonias expiatorias prescriptas21

El caso del antiguo Egipto resulta más sorprendente, ya que descubrimientos recientes22 sugieren que los matrimonios consanguíneos -sobre todo entre hermano y hermana- tal vez representaron una costumbre generalizada en los pequeños funcionarios y artesanos, y no se limitaron -como antes se creía- 23 a la casta reinante y a las dinastías más tardías. Sin embargo, en materia de incesto no habría excepción absoluta. Nuestro eminente colega Ralph Linton nos hacía notar un día que, en la genealogía de una familia noble de Samoa estudiada por él, de ocho matrimonios consecutivos entre hermano y hermana, sólo uno implicaba a una hermana menor, y que la opinión indígena lo había condenado como inmoral. El matrimonio entre un hermano y su hermana mayor aparece, pues, como una concesión al derecho de mayorazgo y no excluye la prohibición del incesto puesto que, además de la madre y de la hija, la hermana menor es un cónyuge prohibido o por lo menos desaprobado. Ahora bien, uno de los pocos textos que poseemos acerca de la organización social del antiguo Egipto sugiere una interpretación análoga; se trata del Papiro de Boulaq Nº5, que narra la historia de una hija de rey que quiere desposar a su hermano mayor. Y su madre señala: "Si no tengo otros niños además de estos dos hijos, ¿acaso no es la ley casarlos uno con otro?"24 Aquí también parece tratarse de una fórmula de prohibición que autoriza el matrimonio con la hermana mayor, pero que lo condena con la menor. Más adelante se verá que los antiguos textos japoneses describen el incesto como una unión con la hermana menor, con exclusión de la mayor, ampliando así el campo de nuestra interpretación. Incluso en estos casos, que estaríamos tentados de considerar como límites, la regla de universalidad no es menos manifiesta que el carácter normativo de la institución. Claude Levy-Strauss:


21 H. M. Dubois, S. J., Monographie des Betsiléo. Travaux et Mémoires de l'Institut d'Ethnologie, París, voL 34, 1938, págs. 876·879.
22 M. A. Murray, Marriage in Ancient Egypt, en Congres intemational des Sciences anthropologiques, Comptes rendus, Londres, 1934, pág. 282.
23 E. Amelineau, Essai sur l' évolution historique et philosophique des idées morales dans l'Egypte ancienne, Bibliotheque de l'Ecole Pratique des Hautes Etudes. Sciences religieuses, vol. 6, 1895, págs. 72-73. W. M. Flinders-Petrie, Social Life in Ancient Egypt, Londres, 1923, pág. 110 Y sigs
24 G. Maspero, Contes populaires de l'Egypte ancienne, París, 1889, pág. 171. 

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He aquí, pues, un fenómeno que presenta al mismo tiempo el carácter distintivo de los hechos de naturaleza y el carácter distintivo -teóricamente contradictorio con el precedente- de los hechos de cultura. La prohibición del incesto posee, a la vez, la universalidad de las tendencias y de los instintos y el carácter coercitivo de las leyes y de las instituciones. ¿De dónde proviene? ¿Cuál es su ubicación y su significado? Desbordando, de modo inevitable, los límites siempre históricos y geográficos de la cultura (coextensiva en el tiempo y en el espacio con la especie biológica), pero reforzando doblemente, mediante la prohibición social, la acción espontánea de las fuerzas naturales a las que, por sus características propias, se opone a la vez que se identifica en cuanto al campo de aplicación, la prohibición del incesto se presenta a la reflexión sociológica como un terrible misterio. En el seno mismo de nuestra sociedad son pocas las prescripciones sociales que preservaron de tal modo la aureola de terror respetuoso que se asocia con las Cosas sagradas. De modo significativo, que luego deberemos comentar y explicar, el incesto, en su forma propia y en la forma metafórica del abuso del menor ("del que", dice la expresión popular, "podría ser el padre"), se une en algunos países con su antítesis: las relaciones sexuales interraciales, por otra parte forma extrema de la exogamia, como los dos estimulantes más poderosos del horror y de la venganza colectivas. Pero este ambiente de temor mágico no sólo define el clima en el seno del cual, aun en la sociedad moderna, evoluciona la institución sino que también envuelve, en el nivel teórico, los debates a los que la sociología se dedicó desde sus orígenes con una tenacidad ambigua: "La famosa cuestión de la prohibición del incesto" ---escribe LévyBruhl- "esta vexata qurestio para la cual los etnógrafos y los sociólogos tanto buscaron la solución, no requiere solución alguna. No hay por qué plantear el problema. Respecto de las sociedades de las que terminamos de hablar, no hay por qué preguntarse la razón de que el incesto esté prohibido: esta prohibición no existe...; no se piensa en prohibir el incesto. Es algo que no sucede. O bien, si por imposible esto sucede, es algo asombroso, un monstrum, una transgresión que despierta horror y espanto. ¿Acaso las sociedades primitivas conocen una prohibición para la autofagia o el fratricidio? No tienen ni más ni menos razones para prohibir el incesto".25

No debe asombramos encontrar tanta timidez en un autor que, sin embargo, no vaciló frente a las hipótesis más audaces, si se considera que los sociólogos están casi todos de acuerdo en manifestar ante este problema la misma repugnancia y la misma timidez.


25 L. Lévy-BruhI, Le Surnaturel et la Nature dans la mentalité primitive, París, 1931, pág. 247.