jueves, 18 de agosto de 2016

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26 Conferenica. Freud. La teoría de la libido y el narcisimo.



26 Conferencia. La teoría de la libido y el narcisismo
Amorrortu Editores, Vol. XVI, Sigmund Freud Obras Completas, 1916

Señoras y señores: Repetidas veces ‑y la última no hace mucho [pág. 319] nos hemos ocupado de la separación entre pulsiones yoicas y pulsiones sexuales. Primero, la represión nos mostró que ambas pueden entrar en oposición recíproca, y entonces las pulsiones sexuales son formalmente sometidas y obligadas a procurarse satisfacción por rodeos regresivos, luego de lo cual su indomabilidad las resarce de su derrota. Además, aprendimos que desde el comienzo las dos mantienen diversa relación con el maestro apremio [pág. 323], de manera que no recorren el mismo camino de desarrollo ni entran en idéntico vínculo con el principio de realidad. Por último, creímos advertir que las pulsiones sexuales se enlazan con el estado afectivo de la angustia mucho más íntimamente que las pulsiones yoicas, resultado este que parece incompleto todavía en un solo punto importante. Aduzcamos, para reafirmarlo aún más, el hecho notable de que la insatisfacción del hambre y de la sed, las dos pulsiones de autoconservación más elementales, nunca tienen por consecuencia su vuelco en angustia, mientras que la trasposición de libido insatisfecha en angustia se cuenta, según vimos, entre los fenómenos mejor conocidos y observados con más frecuencia.

No se nos puede privar de nuestro justo derecho a separar pulsiones sexuales y yoicas: está implícito en la existencia de la vida sexual como práctica particular del individuo. Sólo puede cuestionársenos la importancia que atribuimos a esa separación, y la profundidad que le adjudicamos. Ahora bien, nuestra respuesta se orientará por el resultado de una comprobación. Tendremos que averiguar en qué medida las pulsiones sexuales, en sus exteriorizaciones somáticas y anímicas, se comportan diversamente de las otras que les contraponemos, así como la importancia de los efectos resultantes de esas diferencias. No tenemos motivo, desde luego, para aseverar una diferencia fundamental entre ambos grupos de pulsiones, que por lo demás no se comprendería bien.

Ambas se nos presentan como unas designaciones de fuentes energéticas del individuo. Y la discusión acerca de si son una sola o son en esencia diversas, y, en el primer caso, ¨[p.375] cuándo se divorciaron, no puede desarrollarse en el terreno de los conceptos, sino que debe atenerse a los hechos biológicos que hay tras ellos. Por ahora sabemos muy poco acerca de estos, y aun si supiéramos más, ello no contaría para nuestra tarea analítica.

Es evidente que muy poco provecho obtendríamos sí, siguiendo las huellas de Jung, destacáramos la unidad originaria de todas las pulsiones y llamáramos «libido» a la energía que se exterioriza en todas [cf. Jung (1911‑12). Puesto que ningún artificio permite eliminar de la vida del alma la función sexual, nos veríamos en tal caso precisados a hablar de libido sexual y de libido asexual. No obstante, lo correcto es reservar el nombre de libido para las fuerzas pulsionales de la vida sexual, como lo hicimos hasta aquí.

Por lo dicho, opino que no tiene mucha importancia para el psicoanálisis decidir hasta dónde ha de proseguirse la separación entre pulsiones sexuales y de autoconservación, indudablemente justificada; tampoco él es competente para hacerlo. La biología, en cambio, ofrece diversas indicaciones que nos hacen pensar que en esa cuestión se encierra algo importante. La sexualidad es, en efecto, la única función del organismo vivo que rebasa al individuo y procura su enlace con la especie. Es innegable que no siempre su ejercicio trae al individuo la misma ventaja que sus otras operaciones; más bien, al precio de un placer inusualmente elevado, le depara peligros que amenazan su vida y con bastante frecuencia se la cobran. Además, probablemente se requieren procesos metabólicos muy particulares, divergentes de todos los otros, para conservar una parte de la vida individual como disposición para la descendencia. Y por último, el individuo, que se considera a sí mismo lo principal y considera a su sexualidad un medio como cualquier otro para su satisfacción, en una perspectiva biológica no es más que un episodio dentro de una serie de generaciones, un efímero apéndice de un .plasma germinal dotado de virtual inmortalidad ‑el titular temporario de un fideicomiso que lo sobrevive‑ (1)

Como quiera que fuese, para el esclarecimiento psicoanalítico de las neurosis no hacen falta unos puntos de vista de tan vastos alcances. Pesquisando por separado las pulsiones sexuales y las yoicas obtuvimos la clave para comprender el grupo de las neurosis de trasferencia. Pudimos reconducirlas a esta situación básica: las pulsiones sexuales entran en pugna con las de autoconservación O, dicho en términos biológicos, aunque también más imprecisos: una posición del yo, en cuanto individuo autónomo, entra en conflicto con la otra, en cuanto miembro de una serie de generaciones. A una desavenencia de esta clase se llega quizás solo en el ser humano, y por eso la neurosis es tal vez, en conjunto, su privilegio frente a los animales. El hiperdesarrollo de su libido y la conformación de una vida anímica ricamente articulada, que es quizá posibilitada por aquel, parecen llamados a crear las condiciones para que se engendre un conflicto de esa índole. Se advierte de inmediato que son también las condiciones de los grandes progresos que han llevado al hombre a salir de su comunidad con los animales, de suerte que su capacidad para la neurosis no es sino el reverso de sus otras dotes. Pero también estas son meras especulaciones, que nos desvían de nuestra tarea inmediata.

Hasta aquí fue premisa de nuestro trabajo que podíamos distinguir, por sus manifestaciones, las pulsiones yoicas de las sexuales. En las neurosis de trasferencia esto se logra sin dificultad. A las investiduras energéticas que el yo dirigía a los objetos de sus aspiraciones sexuales llamamos «libido»; a todas las otras, que son enviadas por las pulsiones de autoconservación, las llamamos « interés». (2) Y entonces, persiguiendo las investiduras libidinales, sus trasmudaciones y sus destinos finales, nos procuramos una primera intelección de la fábrica de las fuerzas del alma. Las neurosis de transferencia nos ofrecieron el material más favorable para ello. Pero el yo, las diversas organizaciones que lo componen, la manera en que están edificadas y su modo de funcionamiento siguieron ocultos para nosotros. Teníamos derecho a conjeturar que sólo el análisis de otras perturbaciones neuróticas podría brindarnos esa intelección.

Desde temprano empezamos a extender las concepciones psicoanalíticas a estas otras afecciones. Ya en 1908, Karl Abraham, tras un intercambio de ideas conmigo, formuló la tesis de que el carácter principal de la dementia praecox (incluida entre las psicosis) consiste en que en ella falta la investidura libidinal de los objetos. Pero entonces se planteaba esta pregunta: ¿Qué ocurrió con la libido de los dementes extrañada de los objetos? Abraham no vaciló en responder: es revertida al yo, y esta reversión reflexiva es la fuente del delirio de grandeza de la dementia praecox. Este último es enteramente comparable a la sobrestimación sexual del objeto, bien conocida en la vida amorosa [normal]. (3). De tal modo, pudimos comprender por primera vez un rasgo de una afección psicótica refiriéndolo a la vida amorosa normal.

Les diré que estas primeras concepciones de Abraham se conservaron en el psicoanálisis y se convirtieron en la base de la posición que adoptamos hacia las psicosis. Poco a poco nos fuimos familiarizando con la idea de que la libido que hallamos adherida a los objetos, y que es expresión del afán de ganar una satisfacción por su intermedio, puede también abandonarlos y, en lugar de ocuparlos {setzen} a ellos, ocupar al yo. Fuimos elaborando esta idea de manera cada vez más consecuente. El nombre para esta colocación de la libido ‑narcisismo‑ lo tomamos de una perversión descrita por Paul Näcke [1899 ] , en la cual a individuo adulto prodiga al cuerpo propio todas las ternezas que suelen volcarse a un objeto sexual ajeno. (4)

Uno se dice enseguida: Si existe una fijación así de la libido al cuerpo propio y en la persona propia, en vez de la fijación a un objeto, este hecho no puede ser excepcional ni de poca monta. Más bien es probable que este narcisismo sea el estado universal y originario a partir del cual sólo más tarde se formó el amor de objeto, sin que por eso debiera desaparecer aquel. De la historia del desarrollo de la libido de objeto, tendríamos que recordar que muchas pulsiones sexuales se satisfacen al comienzo en el cuerpo propio (decimos que se satisfacen de manera autoerótica [pág. 287]), y que esta capacidad para el autoerotismo es la base que permite el retraso de la sexualidad en el proceso de educarse en el principio de realidad [pág. 323]. Por tanto, el autoerotismo era la práctica sexual del estadio narcisista de colocación de la libido.

Dicho brevemente: acerca de la relación entre libido yoica y libido de objeto nos formamos una representación que puedo ilustrarles mediante un símil extraído de la zoología. Consideren ustedes los seres vivos más simples, aquellos que consisten en un glóbulo poco diferenciado de sustancia protoplasmática [las amebas]. Estos seres emiten prolongaciones, llamadas seudópodos, por las que hacen correr su sustancia corporal. Pero pueden recoger esas prolongaciones y adoptar de nuevo forma de glóbulo. Y bien; comparamos la emisión de las prolongaciones con el envío de libido a los objetos mientras la masa principal de la libido puede permanecer en el interior del yo, y suponemos que en condiciones normales la libido yoica se traspone sin impedimentos en libido de objeto, y esta puede recogerse de nuevo en el interior del yo. (5)'

Con ayuda de estas imágenes podemos explicar toda una serie de estados del alma, o, dicho más modestamente, podemos describirlos en el lenguaje de la teoría de la libido; estados que cabe incluir en la vida normal, como la conducta psíquica en el enamoramiento, la que se tiene a raíz de una enfermedad orgánica o mientras se duerme. Para el estado de dormir hemos establecido el supuesto de que se basa en el extrañamiento respecto del mundo exterior y el acomodamiento al deseo de dormir.(6) Hallamos que lo que se exterioriza en el sueño en calidad de actividad anímica nocturna está al servicio de un deseo de dormir y es gobernado, además, por motivos totalmente egoístas.(7)  Ahora habremos de puntualizar, en el sentido de la teoría de la libido, que el dormir es un estado en el cual todas las investiduras de objeto, las libidinosas así como las egoístas son resignadas y retiradas al interior del yo. ¿Arroja esto una luz nueva sobre el descanso que procura el dormir y sobre la naturaleza de la fatiga en general? La imagen del aislamiento beatífico en la vida intrauterina, que noche  tras noche el durmiente convoca en nosotros, es perfeccionada así en su costado psíquico. En el durmiente se ha restablecido el estado originario de la distribución, el narcisismo pleno, en el cual libido e interés yoico moran todavía unidos e inseparables en el interior del yo que se contenta a sí mismo.

En este lugar deben hacerse dos observaciones. La primera: ¿Cómo distinguir conceptualmente narcisismo y egoísmo? Bien; yo creo que el narcisismo es el complemento libidinoso del egoísmo. Cuando se habla de egoísmo se tiene en vista la utilidad para el individuo; cuando se mienta el narcisismo, se toma en cuenta también su satisfacción libidinal. Con fines prácticos, los dos pueden estudiarse por separado un largo trecho. Se puede ser absolutamente egoísta y, no obstante, mantener fuertes investiduras libidinosas de objeto, en la medida en que la satisfacción libidinosa en el objeto se cuente entre las necesidades del yo; el egoísmo cuidará después que la aspiración al objeto no traiga perjuicios al yo. Se puede ser egoísta y al mismo tiempo extremadamente narcisista, es decir, tener una muy escasa necesidad de objeto, y ello en la satisfacción sexual directa o bien en aquella otra aspiración más alta, derivada de la necesidad sexual, que solemos llamar «amor» por oposición a la «sensualidad». En todas estas relaciones, el egoísmo es lo obvio, lo constante; y el narcisismo es el elemento variable. Como bien se comprende, lo opuesto del egoísmo, el altruismo, no coincide con la investidura libidinosa de objeto; se separa de esta porque faltan en él las aspiraciones a la satisfacción sexual. Empero, en el enamoramiento pleno el altruismo coincide con la investidura libidinosa de objeto. El objeto sexual atrae sobre sí, por regla general, una parte del narcisismo de yo, lo que se hace notable en la llamada «sobrestimación sexual» del objeto, [Cf. pág.: 378] Si en cambio se produce la trasmisión altruista del egoísmo al objeto sexual, este cobra máximo poder; por así decir, deglute al yo.

Creo que les complacerá si, tras la fantasía en el fondo árida de la ciencia, les presento una imagen poética de la oposición económica (8) entre narcisismo y enamoramiento. La tomo de West‑östlicher Diwan, de Goethe: (9)'

Suleika:
Pueblo y siervo y vencedor
confiesan en toda edad:
la dicha mayor del hombre
es la personalidad.
Si uno mismo no se falta,
cualquier vida es llevadera.
Si en ser quien es no desmaya,
no importa que todo pierda.

Hatem:
¡Bien dicho! ¡Así será!
Mas yo voy por otra senda:
no hallo dicha terrenal
que no se condense en ella.
Suleika se me prodiga, valioso se hace mi yo.
Suleika se muestra esquiva,
al punto perdido soy.
Estoy, parece, arruinado;
me salvo sin dilación:
ya me encarno en el amado
que Suleika prefirió.

La segunda observación es un complemento a la teoría del sueño. No podemos explicarnos la génesis del sueño si no incluimos este supuesto: lo inconsciente reprimido adquirió cierta independencia respecto del yo, de suerte que no se allana al deseo de dormir y retiene sus investiduras aunque todas las investiduras de objeto dependientes del yo se hayan recogido en beneficio del dormir. Sólo así se comprende que lo inconsciente pueda aprovechar la cancelación o la rebaja nocturnas de la censura y sepa apropiarse de los restos diurnos para formar, con su materia prima, un deseo onírico prohibido. Por otra parte, es .posible que ya los restos diurnos deban a un enlace preexistente con lo inconsciente reprimido una parte de la resistencia que oponen al recogimiento de la libido dispuesto por el deseo de dormir. Introduzcamos entonces con posterioridad, en nuestra concepción de la formación de los sueños, este rasgo importante en el plano dinámico. (10)

Una enfermedad orgánica, una estimulación dolorosa, la inflamación de un órgano, crean un estado que tiene a todas luces por consecuencia un desasimiento de la libido respecto de sus objetos. La libido recogida se reencuentra en el interior del yo como una investidura reforzada de la parte enferma del cuerpo. Y aun puede aventurarse el aserto de que, en esas condiciones, el quite de la libido de sus objetos es más llamativo que el extrañamiento del interés egoísta respecto del mundo exterior. Desde aquí parece abrirse un camino para la comprensión‑de la hipocondría, en la cual de manera similar un órgano atarea al yo, sin que para nuestra percepción esté enfermo.

Pero no cederé a la tentación de avanzar por este camino o de elucidar otras situaciones que podríamos comprender o exponer mediante el supuesto de una migración de la libido de objeto al yo; me urge, en efecto, salir al paso de dos objeciones a las que sé que ustedes están prestando oídos. En primer lugar, quieren pedirme cuentas de mi empeño en distinguir a ultranza libido e interés, pulsión sexual y pulsión yoica, en el dormir, la enfermedad y otras situaciones similares, toda vez que se podría dar plena razón de las observaciones con el supuesto de una energía única y unitaria, que libremente móvil, investiría ora el objeto, ora el yo, y podría entrar al servicio de una u otra pulsión. Y, en segundo lugar, me reprochan mi osadía en tratar el desasimiento de la libido respecto del objeto como fuente de un estado patológico, cuando semejante trasposición de la libido de objeto en libido yoica ‑o, en general, en energía yoica‑ se cuenta entre los procesos normales de la dinámica del alma, que se repiten cada día y cada noche.

Debo replicar a ello: La primera objeción de ustedes suena bien. Es probable que la elucidación de los estados del dormir, de la enfermedad o del enamoramiento nunca nos habría llevado, por sí misma, a distinguir entre una libido yoica y una libido de objeto, o entre la libido y el interés. Pero así descuidan ustedes las indagaciones de que partimos y bajo cuya luz consideramos las mencionadas situaciones del alma. El distingo entre libido e interés, o sea, entre pulsiones sexuales y de autoconservación, nos fue impuesto por la intelección del conflicto del cual nacen las neurosis de trasferencia. No podemos volver a abandonarlo. El supuesto de que la libido de objeto puede trasponerse en libido yoica, y que por tanto es preciso tener en cuenta una libido yoica, se nos presentó como el único que puede solucionar el enigma de las llamadas neurosis narcisistas (p. ej., la dementia praecox) y dar razón de las semejanzas y diferencias con la histeria y las obsesiones. No hacemos sino aplicar a la enfermedad, al dormir y al enamoramiento lo que en otra parte hemos hallado incontrastablemente establecido. Nos es lícito proseguir con esas aplicaciones y ver adónde nos llevan. La única tesis que no es sedimento directo de nuestra experiencia analítica es la que sostiene que la libido sigue siendo libido ya se aplique a objetos o al yo propio, y que nunca se traspone en interés egoísta, ni a la inversa. Pero esta tesis tiene el mismo valor que la separación entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, sobre la que ya dimos una apreciación crítica y que sustentaremos por razones heurísticas hasta su posible fracaso.

También la segunda objeción de ustedes contiene un justificado planteo, pero apunta en una dirección falsa. Es verdad que el recogimiento de la libido de objeto en el interior del yo no es directamente patógeno; vemos, en efecto, que se lo emprende cada vez que se va a dormir, para volver a deshacerlo al despertar. La ameba recoge sus prolongaciones para volver a emitirlas en la siguiente ocasión. Pero muy diverso es el caso cuando un determinado proceso, muy violento, es el que obliga a quitar la libido de los objetos. La libido, convertida en narcisista, no puede entonces hallar el camino de regreso hacia los objetos, y es este obstáculo a su movilidad el que pasa a ser patógeno. Parece que la acumulación de la libido narcisista no se tolera más allá de cierta medida. Y aun podemos imaginar que se ha llegado a la investidura de objeto justamente por eso, porque el yo se vio forzado a emitir su libido a fin de no enfermar con su estasis. Si estuviera en nuestros planes ocuparnos más a fondo de la dementia praecox, les mostraría que el proceso que hace desasirse a la libido de los objetos y le bloquea el  caminó de regreso se aproxima al de la represión y ha de concebirse como su correspondiente. Pero, sobre todo, sentirían ustedes estar pisando terreno conocido cuando se enterasen de que las condiciones de este proceso ‑hasta donde podemos conocerlas hoy‑ son casi idénticas a las de la represión. El conflicto parece ser el mismo y librarse entre los mismos poderes. Si el desenlace es aquí tan distinto del de la histeria, por ejemplo, la razón no puede estar sino en una diversidad de la disposición {constitucional}. En estos enfermos, el desarrollo libidinal tiene su punto débil en una fase diversa; la fijación decisiva, que, como ustedes recuerdan [cf. pág. 315], era la que permitía la irrupción hasta la formación de síntoma, se sitúa en otra parte, probablemente en el estadio del narcisismo primitivo al que la dementia praecox vuelve atrás en su desenlace final. Es un hecho muy notable que en todas las neurosis narcisistas tengamos que suponer unos lugares de fijación de la libido que se remontan a fases muy anteriores del desarrollo que en el caso de la histeria o de la neurosis obsesiva. Pero ya saben ustedes que los conceptos que obtuvimos en el estudio de las neurosis de trasferencia nos alcanzan también para orientarnos en las neurosis narcisistas, mucho más graves en la práctica. Son numerosos los rasgos comunes; en el fondo se trata del mismo campo de fenómenos. Pero ya pueden imaginar cuán pocas perspectivas de esclarecer estas afecciones, que pertenecen a la esfera de la psiquiatría, tienen aquellos que no recurren para esta tarea al aporte del conocimiento analítico de las neurosis de trasferencia.

El cuadro clínico de la dementia praecox, muy cambiante por lo demás, no se define exclusivamente por los síntomas que nacen del esfuerzo por alejar a la libido de los objetos y por acumularla en el interior del yo en calidad de libido narcisista. Más bien ocupan un vasto espacio otros fenómenos, que remiten al afán de la libido por alcanzar de nuevo los objetos, y que por consiguiente responden a un intento de restitución o de curación. Y estos síntomas son incluso los más llamativos, los más ruidosos; muestran una indudable semejanza con los de la histeria o, más raramente, con los de la neurosis obsesiva. No obstante, son diferentes en todos sus puntos. En la dementia praecox parece como si la libido, en su empeño por regresar a los objetos ‑vale decir, a las representaciones de estos‑, atrapara realmente algo de ellos, más sólo sus sombras, por así decir: creo que son las representaciones‑palabra que les corresponden. Aquí no puedo añadir nada más acerca del tema, pero creo que este comportamiento de la libido que aspira a regresar nos ha permitido ganar una intelección sobre lo que constituye realmente la diferencia entre una representación conciente y una inconsciente. (11)

Los he llevado al campo en el cual cabe esperar que el trabajo analítico haga sus próximos progresos [cf. pág. 345]. Desde que nos habituamos a manejar el concepto de libido yoica, las neurosis narcisistas se nos han hecho asequibles; nos propusimos obtener un esclarecimiento dinámico de éstas afecciones y, a la vez, perfeccionar nuestro conocimiento de la vida anímica mediante la comprensión del yo. La psicología del yo a que aspiramos no ha de basarse en los datos que nos brinde la percepción de nosotros mismos, sino, como en el caso de la libido, en el análisis de las perturbaciones y desorganizaciones del yo. Es probable que, cuando demos remate a ese trabajo de mayor envergadura, tengamos en poco el conocimiento sobre los destinos de la libido que hemos logrado hasta ahora merced al estudio de las neurosis de trasferencia. Pero todavía no hemos avanzado mucho. Las neurosis narcisistas son apenas abordables con la técnica que nos ha servido en el caso de las neurosis de trasferencia Pronto sabrán la razón. [cf. págs. 406‑7] Siempre nos ocurre que tras un breve avance tropezamos con un muro que nos detiene. Como ya saben, también en las neurosis de trasferencia tropezamos con barreras parecidas que oponía la resistencia, pero pudimos desmontarlas pieza por pieza. En las neurosis narcisistas la resistencia es insuperable; a lo sumo, podemos arrojar una mirada curiosa de ese muro para atisbar lo que ocurre del otro lado. Por tanto, nuestros presentes métodos técnicos tienen que ser sustituidos por otros; todavía no sabemos si lograremos tal sustituto. Es verdad que tampoco en estos enfermos carecemos de material. Aportan toda clase de manifestaciones, si bien no en calidad de respuestas a nuestras preguntas; y provisionalmente nos vemos constreñidos a interpretar estas manifestaciones con ayuda de la comprensión que hemos adquirido sobre la base de los síntomas de las neurosis de trasferencia. La concordancia es lo bastante grande para asegurarnos un beneficio inicial. No sabemos hasta dónde nos llevará esta técnica.

Otras dificultades se suman para detener nuestro progreso. Las afecciones narcisistas y las psicosis relacionadas con ellas solo pueden ser desentrañadas por observadores formados en el estudio analítico de las neurosis de trasferencia. Pero nuestros psiquiatras no estudian psicoanálisis, y nosotros, los psicoanalistas, vemos muy pocos casos psiquiátricos. Primero tiene .que surgir una raza de psiquiatras que haya pasado por la escuela del psicoanálisis como ciencia preparatoria. Los primeros pasos para ello se dan hoy en Estados Unidos, donde muchísimos psiquiatras de primera línea imparten a los estudiantes las doctrinas psicoanalíticas, y donde dueños de institutos y directores de asilos de insanos se empeñan en observar a sus enfermos en el sentido de estas doctrinas. No obstante, también nosotros, aquí, tenemos a veces la suerte de echar una mirada por encima del muro narcisista, y en lo que sigue les informaré de algunas cosas que creemos haber atisbado.

La forma de enfermedad conocida como paranoia, la insania crónica sistemática, ocupa en los intentos clasificatorios de la psiquiatría actual una posición fluctuante. Empero, su estrecho parentesco con la dementia praecox no ofrece ninguna duda. En una ocasión me permití hacer la propuesta de reunir paranoia y dementia praecox bajo la designación común de parafrenia. (12) Las formas de la paranoia son descritas según su contenido: delirio de grandeza, delirio de persecución, delirio de amor (erotomanía), delirio de celos, etc. Ensayos explicativos, no los esperemos de la psiquiatría. Como ejemplo de uno de estos (envejecido y no muy valioso por lo demás), les menciono el intento de derivar un síntoma de otro por medio de una racionalización intelectual: el enfermo que por una inclinación primaria se cree perseguido, supuestamente inferiría de esa persecución que él es una personalidad muy, pero muy importante, y así desarrollaría una manía de grandeza. Para nuestra concepción analítica, el delirio de grandeza es la consecuencia directa a un aumento del yo por recogimiento de las investiduras libidinosas de objeto, un narcisismo secundario como retorno del narcisismo originario de la primera infancia. Ahora bien en los casos de delirio de persecución hemos observado algo que nos movió a seguir cierta pista. Lo primero que nos llamó la atención fue que en la inmensa mayoría de los casos el perseguidor era del mismo sexo que el perseguido. Esto era todavía susceptible de una explicación inocente, pero en algunos casos bien estudiados se evidenció con claridad que la persona del mismo sexo más amada en épocas normales se trasformaba en perseguidor después de contraerse la enfermedad. Ello posibilita un ulterior desarrollo, a saber, que la persona amada es sustituida por otra, de acuerdo con afinidades notorias entre ambas; por ejemplo, el padre lo es por el maestro, el jefe. De estas experiencias, que siguen multiplicándose, extraemos la conclusión de que la paranoia persecutoria es la forma en que el individuo se defiende de una moción homosexual que se ha vuelto hiperintensa (13) La mudanza de la ternura en odio, que, como es sabido, puede convertirse en una seria amenaza para la vida del objeto amado y odiado, corresponde entonces a la trasposición de mociones libidinosas en angustia, que es un resultado regular del proceso de la represión. Escuchen ustedes, por ejemplo, el relato de mi última observación en este sentido.

Un médico joven debió ser expulsado de su ciudad natal porque había amenazado de muerte al hijo de un profesor universitario que allí vivía, hasta entonces su mejor amigo. Atribuía a este ex amigo propósitos realmente diabólicos y un poder demoníaco. Era el culpable de todos los males que en los últimos años sobrevinieron a la familia del enfermo, y de todas sus desventuras familiares y sociales. Pero la cosa no paraba ahí: el mal amigo y su padre habían provocado la guerra y llamado a los rusos al país. El malhechor merecía mil veces la muerte, y nuestro enfermo estaba convencido de que ella pondría fin a todas las desgracias. No obstante, la ternura que antiguamente había sentido por él fue lo bastante fuerte como para detenerle la mano en una ocasión en que pudo abatir a su enemigo a quemarropa. En los breves coloquios que tuve con el enfermo, se evidenció que la relación de amistad entre ambos se remontaba muy atrás, hasta la escuela secundaria. Por lo menos una vez había rebasado los límites de la amistad; una noche que habían pasado juntos fue para ellos la ocasión de un comercio sexual completo. Nuestro paciente nunca había adquirido con las mujeres el vínculo afectivo que había correspondido a su edad y a su atractiva personalidad. Había estado comprometido con una muchacha bella y distinguida, pero esta rompió el compromiso porque no encontraba ninguna ternura en su novio. Años después, su enfermedad estalló justamente en el momento en que por primera vez había conseguido satisfacer a una mujer plenamente. Cuando ella lo abrazó, agradecida y rendida, él sintió de pronto un enigmático dolor que le corría como un filo agudo en torno de la calota craneana. Más tarde interpretó esta sensación como si en una autopsia le hubieran hecho el corte para exponer el cerebro; y dado que su amigo era especialista en anatomía patológica, poco a poco descubrió que sólo él podía haberle enviado a esa mujer para tentarlo. Desde ahí abrió los ojos para las otras persecuciones cuya víctima estaba destinada a ser por las maquinaciones de su ex amigo.

Ahora bien, ¿qué pensar en los casos en que el perseguidor no pertenece al mismo sexo que el perseguido, y entonces parecen contradecir nuestra explicación por la defensa frente a una libido homosexual? Hace algún tiempo tuve oportunidad de indagar un caso así, y de la aparente contradicción pude obtener una confirmación. Una joven, que se creía perseguida por el hombre a quien había concedido dos citas amorosas, de hecho había dirigido primero una idea delirante a una mujer en quien podía verse un sustituto de la madre. Sólo tras el segundo encuentro avanzó hasta desasir esa idea delirante de la mujer y trasferirla al hombre. Por tanto, también en este caso se había cumplido la condición de que el perseguidor ha de ser del mismo sexo. En su queja al abogado y al médico, la paciente no había mencionado ese estadio previo de su delirio, y así dio lugar a una apariencia que contradecía nuestra comprensión de la paranoia."

La elección homosexual de objeto originariamente está más cerca del narcisismo que la heterosexual. Y si después es preciso rechazar una fuerte moción homosexual no deseada, el camino de regreso al narcisismo se ve particularmente allanado. No he tenido mucha oportunidad de hablarles acerca de lo que hemos llegado a saber sobre los fundamentos de la vida amorosa, y ahora es demasiado tarde para reparar esa omisión. Únicamente quiero destacar esto: la elección de objeto, el progreso en el desarrollo libidinal que se efectúa tras el estadio narcisista, puede producirse según dos diversos tipos: el tipo narcisista, en que el  yo propio es remplazado por otro que se le parece en todo lo posible o el tipo de apuntalamiento [anaclítico], (15) en que las personas que han adquirido valor por haber satisfecho las otras necesidades de la vida son escogidas como objetos también por la libido. Una fuerte fijación libidinal en el tipo narcisista de la elección de objeto ha de computarse además en la disposición a la homosexualidad manifiesta.

Recuerdan ustedes que en el primer encuentro de este semestre les conté un caso de delirio de celos en una mujer [pág. 228]. Ahora que estamos llegando al final, ustedes querrían saber, sin duda, cómo explicamos en el psicoanálisis una idea delirante. Pero sobre esto tengo para decirles menos de lo que esperan. La imposibilidad de abordar la idea delirante mediante argumentos lógicos y experimentos reales se explica, como en el caso de las obsesiones, por el vínculo con lo inconsciente, que es representado {repräsentiert} y sofrenado por la idea delirante o la idea obsesiva. La diversidad entre ambas tiene su raíz en la tópica y la dinámica de esas dos afecciones.

Como en el caso de la paranoia, también en el de la melancolía (de la cual, por lo demás, se describen muy diversas formas clínicas) hemos hallado un lugar en el que es posible echar una mirada a la estructura interna de la afección. Hemos conocido que los autorreproches con que estos melancólicos se martirizan de la manera más inmisericorde están dirigidos, en verdad, a otra persona, el objeto sexual, a quien han perdido o se les ha desvalorizado por culpa de ella. De ahí pudimos inferir que el melancólico ha retirado, es cierto, su libido del objeto, pero que, por un proceso que es preciso llamar «identificación narcisista>>, ha erigido el objeto en el interior de su propio yo; por así decir, lo ha proyectado sobre el yo. Aquí sólo puedo trazarles un cuadro ilustrativo, no darles una descripción ordenada en sentido tópico-dinámico (16)

Y bien; el yo propio es tratado entonces como lo sería el objeto resignado, y sufre todas las agresiones y manifestaciones de venganza que estaban reservadas a aquel. También la inclinación de los melancólicos al suicidio se vuelve más comprensible si se reflexiona en que la ira del enfermo recae de un golpe sobre el yo propio y sobre el objeto amado‑odiado. En el caso de la melancolía, como en el de otras afecciones narcisistas, sale a la luz de manera muy marcada un rasgo de la vida afectiva que desde Bleuler solemos designar como ambivalencia. (17)  Mentamos así el hecho de que se dirijan a una misma persona sentimientos contrapuestos, de ternura y de hostilidad. Por desgracia, en el curso de estos .coloquios ya no tendré nuevas oportunidades de contarles acerca de la ambivalencia de sentimientos. [Cf. pág. 403.]

Además de la identificación narcisista existe una identificación histérica, que nos es conocida desde hace mucho más tiempo. (18) Me gustaría que ya fuese posible aclararles las diferencias entre ambas mediante algunas definiciones. Acerca de las formas periódicas y cíclicas de la melancolía, puedo comunicarles algo que ustedes escucharán sin duda con gusto. En efecto, en circunstancias favorables es posible –hice dos veces la experiencia‑, mediante un tratamiento analítico realizado en los períodos intermedios libres, prevenir el retorno de ese estado, ya sea en el mismo talante o en el contrapuesto. Así se averigua que también en el caso de la melancolía y la manía se trata de una manera particular de tramitar un conflicto cuyas premisas coinciden enteramente con las de otras neurosis. Pueden imaginar ustedes todo lo que el psicoanálisis tiene aún por averiguar en este campo.

Les dije, asimismo [págs. 377‑8], que mediante el análisis de las afecciones narcisistas esperábamos poder llegar a conocer la composición de nuestro yo y su edificio de instancias. Hemos dado los primeros pasos en otro lugar. (19) Por el análisis del delirio de observación [Beobachtungswahn], hemos extraído la conclusión de que en el interior del yo existe realmente una instancia que de continuo observa, crítica y compara, y que de tal modo se contrapone a la otra parte del yo. Opinamos, por eso, que cuando el enfermo se queja de que cada uno de sus pasos es espiado y observado, de que cada uno de sus pensamientos es enunciado y criticado, nos revela una verdad que todavía no ha sido apreciada lo bastante. Sólo yerra en cuanto traslada afuera este poder incómodo, como algo que le sería ajeno. Siente en el interior de su yo el reinado de una instancia que mide su yo actual y cada una de sus actividades con un yo ideal, que él mismo se ha creado en el curso de su desarrollo. Opinamos, además, que esta creación se hizo con el propósito de restaurar aquel contento consigo mismo que iba ligado con el narcisismo infantil primario, pero que tuvo que experimentar desde entonces tantas perturbaciones y afrentas. A la instancia de observación de sí la conocemos como el censor yoico, (20) la conciencia moral; es la misma que por las noches ejerce la censura sobre los sueños, y de la que parten las represiones de las mociones de deseo no permitidas. Y cuando, en el caso del delirio de observación, ella se descompone, nos revela que proviene de las influencias de los padres, los educadores y el medio social, de la identificación con algunas de estas personas modelo.

Esos serían algunos de los resultados que nos ha brindado hasta ahora la aplicación del psicoanálisis a las afecciones narcisistas. Por cierto son todavía muy pocos, y a menudo les falta ese carácter bien perfilado que sólo proporciona la familiaridad segura con un nuevo campo. Los debemos todos al aprovechamiento del concepto de libido yoica o libido narcisista, con cuyo auxilio extendemos  las neurosis narcisistas las concepciones que se han acreditado en las neurosis de trasferencia. Ahora preguntarán ustedes: ¿Es posible que logremos subordinar a la teoría de la libido todas las perturbaciones propias de las afecciones narcisistas y de las psicosis? ¿Es posible que culpemos en todas partes al factor libidinoso de la vida anímica por la contracción de la enfermedad, y nunca nos haga falta responsabilizar por ella a cambios sobrevenidos en la función de la pulsión de autoconservación? Y bien, señoras v señores; no me parece acuciante decirlo y, sobre todo, no me parece que las cosas estén maduras para ello. Podemos dejarlo librado, confiados, al progreso del trabajo científico. No me asombraría que la facultad de producir el efecto patógeno resultara ser realmente un privilegio de las pulsiones Iibidinosas, de manera que la teoría de la libido pudiera festejar su triunfo en toda la línea, desde las más simples neurosis actuales hasta la más grave alienación psicótica del individuo. Es que, como bien sabemos, es un rasgo característico de la libido el de resistirse a ser subordinada a la realidad del mundo, a la 'Aváyxr [pág. 323]. Pero considero muy probable que las pulsiones yoicas sean arrastradas secundariamente por las incitaciones patógenas de la libido, y forzadas a una perturbación de su funcionamiento. Y no veo en qué sentido habría fracasado la orientación que hemos impreso a nuestras búsquedas si descubriésemos que en las psicosis graves son las pulsiones yoicas mismas las extraviadas de manera primaria; el futuro lo dirá, al menos a ustedes.

Permítanme volver todavía un momento sobre la angus­tia, a fin de esclarecer un último punto oscuro que habíamos dejado allí. Dijimos [pág. 374] que no armonizaba con el vínculo entre angustia y libido, tan bien individualizado en lo demás, el hecho de que la angustia realista frente a un peligro hubiese de ser la exteriorización de la pulsión de au­toconservación, lo cual, empero, difícilmente puede cuestionarse. Ahora bien, ¿qué tal si el afecto de angustia no fuera solventado por las pulsiones yoicas egoístas, sino por la libido yoica? El estado de angustia es por cierto inadecuado siempre, y su inadecuación se vuelve evidente cuando alcanza un grado más alto. En tal caso perturba la acción, sea esta la huida o la defensa; y la acción es la única adecuada y la que sirve a la autoconservación. Por tanto; si atribuimos la parte afectiva de la angustia realista a la libido yoica, y la acción a la pulsión de conservación del yo, habremos eliminado toda dificultad teórica. Por lo demás, ¿no seguirán ustedes creyendo en serio que uno huye porque siente angustia? No; uno siente angustia y emprende la huida por un motivo común, el que nace de la percepción del peligro. Hombres que han pasado por peligros mortales cuentan que no sin­tieron angustia alguna, meramente actuaron ‑p. ej., apuntaron el rifle a la fiera‑; y sin duda alguna, eso era lo más adecuado.

NOTAS

(1)[Freud desarrolló este argumento biológico en Más allá del principio de placer (1920g), particularmente en el capítulo VI.]
(2) [La expresión «interés del yo>, a veces en la forma de «interés egoísta» o simplemente «interés», aparece con frecuencia en esta conferencia. Freud la había empleado por primera vez en «Introducción del narcisismo» (1914c), AE, 14. pág. 79, y también varias veces en los escritos metapsicológicos de 1915. Por lo común, en todos esos pasajes (como en este) se la utiliza para distinguir las fuerzas de autoconservación respecto de la libido. La introducción del concepto de narcisismo hizo menos neto este distingo; pero a lo largo de toda esta conferencia (véase, en particular, el último párrafo) es evidente el empeño de Freud por separar la libido yoica (o narcisista) del interés yoico (o pulsión de autoconservación). Sin embargo, no mucho después abandonó este empeño y declaró que la libido narcisista debía identificarse necesariamente con las pulsiones de autoconservación (en Más allá del principio del placer (1920g), AE, 18 pág. 51), aunque continuó pensando que había otras pulsiones de objeto diferentes de las libidinales  ‑aquellas que describió como pulsiones destructivas, o de muerte‑. Con posterioridad al presente trabajo no utilizó más, empero, el término «interés». Se hallará una reseña más completa en mi «Nota introductoria» a «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c), AE, 14, págs. 109 y sigs.]
(3) [Esto es examinado en el primero de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, págs., 136 y sigs.]
4 [El término procede en parte de Havelock Ellis; véase un comentario más amplio en una de mis notas al pie de « Introducción del narcisismo» (1914c), AE, 14, pág. 71, n. 1; este último trabajo es la principal exposición del tema que hizo Freud.]
(5)[Se hallará un comentario sobre esta analogía en mí «Apéndice B» a El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs., 63 y sigs.]
(6) [Cf. 15, Pág. 80.]
(7) [Cf. 15, págs. 130‑1.]
(8) [O sea, el factor cuantitativo de las energías actuantes; cf. supra, pág. 341]
(9) [La palabra «diván», tomada por Goethe del persa, significa «colección de poemas»] {La obra Diván occidental oriental se inspiró en la colección titulada Diván del poeta persa Xems‑ed‑Din, conocido como «Hafiz» (1320‑1389).}
(10) [Esto había sido discutido por Freud más extensamente en su «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1917d), AE, 14, págs. 223 y sigs.]
(11) [La idea de que algunos de los síntomas de la psicosis representan intentos de restablecimiento del paciente fue formulada originalmente por Freud en su análisis del caso Schreber (1911c), AE, 12, pág. 65, donde en una nota al pie doy mayores referencias. En cuanto a la distinción básica entre las representaciones concientes y las inconscientes, a la que aquí apenas se alude había sido examinada en detalle en Lo inconsciente» (1915e), AE, 14, págs. 198 y sigs.]
(12) [Se encontrarán algunos comentarios sobre el uso de este término por Freud en una nota al pie del caso Schreber (1911c), AE, 12, pág.‑ 70, n. 25.]
(13) [Véase la sección III del caso Schreber, ibid., págs. 55 y sigs.]
(14) [Este caso había sido relatado por Freud detalladamente poco tiempo atrás (1915`1, AE, 14, págs. 263 y sigs.]
(15) [«Anlehnungstypus»; esto se discute ampliamente en la sección II de « Introducción del narcisismo> (1914c), AE, 14, págs. 84 y sigs. cf. supra, pág. 300.] {La expresión «tipo anaclítico», de uso corriente en castellano, fue tomada del inglés anaclitic type; Strachey emplea también attachment type)
(16) [Se ofrece una descripción completa en «Duelo y melancolía» (1917e) ].
(17) [El empleo de este término es comentado por mí en una nota del trabajo «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c), AE, 14, pág. 126, n. 26].
(18) [Una temprana descripción es la que aparece en La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 167‑8. La diferencia entre ambos tipos de identificación se explica en «Duelo y , melancolía» (1917e), AE, 14, págs. 247‑9.]
(19) [Para lo que sigue, véase la sección III de «Introducción del narcisismo» (1914c), AE, 14, págs. 90 y sigs. La evolución posterior de estas ideas se reseña en mi «Introducción» a El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 8‑10.]
(20) [Freud emplea aquí la palabra «zensor» en lugar de la forma impersonal «zensur» que aparece luego en la misma oración, y que es la adoptada casi invariablemente por él. Otros casos de este uso excepcional de «censor» se hallarán en La interpretación de los sueños (1.900ª), AE 5, pág. 501, en «Introducción del narcisismo» (1914), AE. 14, pág. 94,  en las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933a), AE, 22, pág.‑ 15]

miércoles, 17 de agosto de 2016

Esquema del Psicoanálisis Sigmund Freud




Nota introductoria (1)
Prologo (2)

El propósito de este breve trabajo es reunir los principios del psicoanálisis y exponerlos, por así decir, dogmáticamente -de la manera más concisa y en los términos más inequívocos-. Su designio no es, desde luego, el de compeler a la creencia o el de provocar convicción.
Las enseñanzas del psicoanálisis se basan en un número incalculable de observaciones y experiencias, y sólo quien haya repetido esas observaciones en sí mismo y en otros individuos está en condiciones de formarse un juicio propio sobre aquel.

Parte I. La Psique y sus operaciones.

El aparato psíquico

El psicoanálisis establece una premisa fundamental cuyo examen queda reservado al pensar filosófico y cuya justificación reside en sus resultados. De lo que llamamos nuestra psique (vida anímica), nos son consabidos dos términos: en primer lugar, el órgano corporal y escenario de ella' el encéfalo (sistema nervioso) y, por otra parte, nuestros actos de conciencia, que son dados inmediatamente y que ninguna descripción nos podría trasmitir. No nos es consabido, en cambio, lo que haya en medio; no nos es dada una referencia directa entre ambos puntos terminales de nuestro saber. Si ella existiera, a lo sumo brindaría una localización precisa de los procesos de conciencia, sin contribuir en nada a su inteligencia.

Nuestros dos supuestos se articulan con estos dos cabos o comienzos de nuestro saber. El primer supuesto atañe a la localización (3). Suponemos que la vida anímica es la función de un aparato al que atribuimos ser extenso en el espacio y estar compuesto por varias piezas; nos lo representamos, pues, semejante a un telescopio, un microscopio, o algo así. Si dejamos de lado cierta aproximación ya ensayada, el despliegue consecuente de esa representación es una novedad científica.

Hemos llegado a tomar noticia de este aparato psíquico por el estudio del desarrollo individual del ser humano. Llamamos ello a la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas: su contenido es todo lo heredado, lo que se trae con el nacimiento, lo establecido constitucionalmente; en especial, entonces, las pulsiones que provienen de la organización corporal, que aquí [en el ello] encuentran una primera expresión psíquica, cuyas formas son desconocidas {no consabidas} para nosotros (ver nota(4)).

Bajo el influjo del mundo exterior real-objetivo que nos circunda, una parte del ello ha experimentado un desarrollo particular; originaría m en te un estrato cortical dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los dispositivos para la protección frente a estos, se ha establecido una organización particular que en lo sucesivo media entre el ello y el mundo exterior. A este distrito de nuestra vida anímica le damos el nombre de yo.

Los caracteres principales del yo. A consecuencia del vínculo preformado entre percepción sensorial y acción muscular, el yo dispone respecto de los movimientos voluntarios. Tiene la tarea de la auto conservación, y la cumple tomando hacia afuera noticia de los estímulos, almacenando experiencias sobre ellos (en la memoria), evitando estímulos hiperintensos (mediante la huida), enfrentando estímulos moderados (mediante la adaptación) y, por fin, aprendiendo  a  alterar  el  mundo  exterior  de  una  manera  acorde  a fines  para  su  ventaja (actividad); y hacia adentro, hacia el ello, ganando imperio sobre las exigencias pulsionales, decidiendo si debe consentírseles la satisfacción, desplazando esta última a los tiempos y circunstancias favorables en el mundo exterior, o sofocando totalmente sus excitaciones. En su actividad es guiado por las noticias de las tensiones de estímulo presentes o registradas dentro de él: su elevación es sentida en general como un displacer, y su rebajamiento, como placer. No obstante, es probable que lo sentido como placer y displacer no sean las alturas absolutas de esta tensión de estímulo, sino algo en el ritmo de su alteración. El yo aspira al placer, quiere evitar el displacer. Un acrecentamiento esperado, previsto, de displacer es respondido con la señal de angustia; y su ocasión, amenace ella desde afuera o desde adentro, se llama peligro. 

De tiempo en tiempo, el yo desata su conexión con el mundo exterior y se retira al estado del dormir, en el cual altera considerablemente su organización. Y del estado del dormir cabe inferir que esa organización consiste en una particular distribución de la energía anímica.

Como precipitado del largo período de infancia durante el cual el ser humano en crecimiento vive en dependencia de sus padres, se forma dentro del yo una particular instancia en la que se prolonga el influjo de estos. Ha recibido el nombre de superyó. En la medida en que este superyó se separa del yo o se contrapone a él, es un tercer poder que el yo se ve precisado a tomar en cuenta.

Así  las  cosas,  una  acción  del  yo  es  correcta  cuando  cumple  al  mismo  tiempo  los requerimientos  del  ello,  del  superyó  y  de  la  realidad  objetiva,  vale  decir,  cuando  sabe reconciliar entre sí sus exigencias. Los detalles del vínculo entre yo y superyó se vuelven por completo   inteligibles   reconduciéndolos   a   la   relación   del   niño   con   sus   progenitores. 

Naturalmente, en el influjo de los progenitores no sólo es eficiente la índole personal de estos, sino también el influjo, por ellos propagado, de la tradición de la familia, la raza y el pueblo, así como los requerimientos del medio social respectivo, que ellos subrogan. De igual modo, en el curso del desarrollo individual el superyó recoge aportes de posteriores continuadores y personas sustitutivas de los progenitores, como pedagogos, arquetipos públicos, ideales venerados en la sociedad. Se ve que ello y superyó, a pesar de su diversidad fundamental, muestran una coincidencia en cuanto representan {repräsentieren} los influjos del pasado: el ello, los del pasado heredado; el superyó, en lo esencial, los del pasado asumido por otros. En tanto, el yo está comandado principalmente por lo que uno mismo ha vivenciado, vale decir, lo accidental y actual.

Este esquema general del aparato psíquico habrá de considerarse válido también para los animales superiores, semejantes al hombre en lo anímico. Cabe suponer un superyó siempre que exista un período prolongado de dependencia infantil, como en el ser humano. Y es inevitable suponer una separación de yo y ello. La psicología animal no ha abordado todavía la interesante tarea que esto le plantea.

  Doctrina de las pulsiones

El poder del ello expresa el genuino propósito vital del individuo. Consiste en satisfacer sus necesidades congénitas. Un propósito de mantenerse con vida y protegerse de peligros mediante la angustia no se puede atribuir al ello. Esa es la tarea del yo, quien también tiene que hallar la manera más favorable y menos peligrosa de satisfacción con miramiento por el mundo exterior. Aunque el superyó pueda imponer necesidades nuevas, su principal operación sigue siendo limitar las satisfacciones.

Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello.

Representan {repräsentieren} los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica. Aunque causa última de toda actividad, son de naturaleza conservadora; de todo estado alcanzado por un ser brota un afán por reproducir ese estado tan pronto se lo abandonó. Se puede, pues, distinguir un número indeterminado de pulsiones, y así se acostumbra hacer. Para nosotros es sustantiva la posibilidad de que todas esas múltiples pulsiones se puedan reconducir a unas pocas pulsiones básicas. Hemos averiguado que las pulsiones pueden alterar su meta (por desplazamiento); también, que pueden sustituirse unas a otras al traspasar la energía de una pulsión sobre otra. Tras larga vacilación y oscilación, nos hemos resuelto a aceptar sólo dos pulsiones básicas: Eros y pulsión de destrucción. (La oposición entre pulsión de conservación de sí mismo y de conservación de la especie, así como la otra entre amor yoico y amor de objeto, se sitúan en el interior del Eros.) La meta de la primera es producir unidades cada vez más grandes y, así, conservarlas, o sea, una ligazón {Bindung}; la meta de la otra es, al contrario, disolver nexos y, así, destruir las cosas del mundo. Respecto de la pulsión de destrucción, podemos pensar que aparece como su meta última trasportar lo vivo al estado inorgánico; por eso también la llamamos pulsión de muerte. Si suponemos que lo vivo advino más tarde que lo inerte y se generó desde esto, la pulsión de muerte responde a la fórmula consignada, a saber, que una pulsión aspira al regreso a un estado anterior.

En cambio, no podemos aplicar a Eros (o pulsión de amor) esa fórmula. Ello presupondría que la sustancia viva fue otrora una unidad luego desgarrada y que ahora aspira a su reunificación (ver nota (5)).

En las funciones biológicas, las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión más íntima. Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las manifestaciones de la vida. Y más allá del reino de lo vivo, la analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico (ver nota (6)).

Alteraciones en la proporción de mezcla de las pulsiones tienen las más palpables consecuencias. Un fuerte suplemento de agresión sexual hace del amante un asesino con estupro; un intenso rebajamiento del factor agresivo lo vuelve timorato o impotente.

Ni hablar de que se pueda circunscribir una u otra de las pulsiones básicas a una de las provincias anímicas. Se las tiene que topar por, doquier. Nos representamos un estado inicial de la siguiente manera: la íntegra energía disponible de Eros, que desde ahora llamaremos libido, está presente en el yo-ello todavía indiferenciado [cf. AE, 23, pág. 148n.] y sirve para neutralizar las inclinaciones de destrucción simultáneamente presentes. (Carecemos de un término  análogo  a  «libido»  para  la energía  de  la  pulsión  de  destrucción.)  En  posteriores estados nos resulta relativamente fácil perseguir los destinos de la libido; ello es más difícil respecto de la pulsión de destrucción.

Mientras esta última produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda; sólo comparece ante nosotros cuando es vuelta hacia afuera como pulsión de destrucción. Que esto acontezca parece una necesidad objetiva para la conservación del individuo. El sistema muscular sirve a esta derivación. Con la instalación del superyó, montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y allí ejercen efectos autodestructivos. Es uno de los peligros para su salud que el ser humano toma sobre sí en su camino de desarrollo cultural. Retener la agresión es en general insano, produce un efecto patógeno (mortificación) {Kränkung(7)}. El tránsito de una agresión impedida hacia una destrucción de sí mismo por vuelta de la agresión hacia la persona propia suele ilustrarlo una persona en el ataque de furia, cuando se mesa los cabellos y se golpea el rostro con los puños, en todo lo cual  es  evidente  que  ella  habría  preferido  infligir  a  otro  ese  tratamiento.  Una  parte  de destrucción de sí permanece en lo interior, sean cuales fueren las circunstancias, hasta que al fin consigue matar al individuo, quizá sólo cuando la libido de este se ha consumido o fijado de una manera desventajosa. Así, se puede conjeturar, en general, que el individuo muere a raíz de sus conflictos internos; la especie, en cambio, se extingue por su infructuosa lucha contra el mundo exterior, cuando este último ha cambiado de una manera tal que no son suficientes las adaptaciones adquiridas por aquella.

Es  difícil enunciar algo sobre el comportamiento de  la  libido dentro del ello y dentro del superyó. Todo cuanto sabemos acerca de esto se refiere al yo, en el cual se almacena inicialmente todo el monto disponible de libido. Llamamos narcisismo primario absoluto a ese estado. Dura hasta que el yo empieza a investir con libido las representaciones de objetos, a trasponer libido narcisista en libido de objeto. Durante toda la vida, el yo sigue siendo el gran reservorio desde el cual investiduras libidinales son enviadas a los objetos y al interior del cual se las vuelve a retirar, tal como un cuerpo protoplasmático procede con sus seudópodos (ver nota(8)). Sólo en el estado de un enamoramiento total se trasfiere sobre el objeto el monto principal de la libido, el objeto se pone {setzen sich} en cierta medida en el lugar del yo. Un carácter de importancia vital es la movilidad de la libido, la presteza con que ella traspasa de un objeto a otro objeto. En oposición a esto se sitúa la fijación de la libido en determinados objetos, que a menudo dura la vida entera.

Es innegable que la libido tiene fuentes somáticas, y afluye al yo desde diversos órganos y partes del cuerpo. Esto se ve de la manera más nítida en aquel sector de la libido que de acuerdo con su meta pulsional, se designa «excitación sexual». Entre los lugares del cuerpo de los que parte esa libido, los más destacados se señalan con el nombre de zonas erógenas, pero en verdad el cuerpo íntegro es una zona erógena tal. Lo mejor que sabemos sobre Eros, o sea sobre su exponente, la libido, se adquirió por el estudio de la función sexual, la cual en la concepción  corriente  -aunque  no  en  nuestra teoría- se  superpone  con  Eros.  Pudimos formarnos una imagen del modo en que la aspiración sexual, que está destinada a influir de manera decisiva sobre nuestra vida, se desarrolla poco a poco desde las alternantes contribuciones de varias pulsiones parciales, subrogantes de determinadas zonas erógenas.

El desarrollo de la funcion sexual. (9)

Según la concepción corriente, la vida sexual humana consistiría, en lo esencial, en el afán de poner en contacto los genitales propios con los de una persona del otro sexo. Besar, mirar y tocar ese cuerpo ajeno aparecen ahí como unos fenómenos concomitantes y unas acciones introductorias. Ese afán emergería con la pubertad -vale decir, a la edad de la madurez genésica- al servicio de la reproducción. No obstante, siempre fueron notorios ciertos hechos que no calzaban en el marco estrecho de esta concepción: 1) Curiosamente, hay personas para quienes sólo individuos del propio sexo y sus genitales poseen atracción. 2) Es también curioso que ciertas personas, cuyas apetencias se comportan en un todo como si fueran sexuales, prescinden por completo de las partes genésicas o de su empleo normal; a tales seres humanos se los llama «perversos». 3) Es llamativo, para concluir, que muchos niños, considerados por esta razón degenerados, muestren muy tempranamente un interés por sus genitales y por los signos de excitación de estos.

Bien  se  comprende  que  el  psicoanálisis  provocara  escándalo  y  contradicción  cuando, retomando  en  parte  estos  tres  menospreciados  hechos,  contradijo  todas  las  opiniones populares sobre la sexualidad. Sus principales resultados son los siguientes:

a. La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas exteriorizaciones.
b. Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de «sexual» y de «genital». El primero es el más extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales.
e. La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función  que  es  puesta  con  posterioridad {nachträglich}  al  servicio  de  la  reproducción.  Es frecuente que ambas funciones no lleguen a superponerse por completo.

El principal interés se dirige, desde luego, a la primera tesis, de todas las más inesperada. Se ha demostrado que, a temprana edad, el niño da señales de una actividad corporal a la que sólo un antiguo prejuicio pudo rehusar el nombre de sexual, y a la que se conectan fenómenos psíquicos que hallamos más tarde en la vida amorosa adulta; por ejemplo, la fijación a determinados objetos, los celos, etc. Pero se comprueba, además, que estos fenómenos que emergen en la primera infancia responden a un desarrollo acorde a ley, tienen un acrecentamiento regular, alcanzando un punto culminante hacia el final del quinto año de vida, a lo que sigue un período de reposo. En el curso de este se detiene el progreso, mucho es desaprendido e involuciona. Trascurrido este período, llamado «de latencia», la vida sexual prosigue con la pubertad; podríamos decir: vuelve a aflorar. Aquí tropezamos con el hecho de una acometida en dos tiempos de la vida sexual, desconocida fuera del ser humano y que, evidentemente, es muy importante para la hominización (ver nota (10)). No es indiferente que los eventos de esta época temprana de la sexualidad sean víctima, salvo unos restos, de la amnesia infantil. Nuestras intuiciones sobre la etiología de las neurosis y nuestra técnica de terapia analítica se anudan a estas concepciones. El estudio de los procesos de desarrollo de esa época temprana también ha brindado pruebas para otras tesis.

El primer órgano que aparece como zona erógena y propone al alma una exigencia libidinosa es, a partir del nacimiento, la boca. Al comienzo, toda actividad anímica se acomoda de manera de procurar satisfacción a la necesidad de esta zona. Desde luego, ella sirve en primer término a la autoconservación por vía del alimento, pero no es lícito confundir fisiología con psicología.  Muy  temprano,  en  el  chupeteo  en  que  el  niño  persevera  obstinadamente  se evidencia una necesidad de satisfacción que -si bien tiene por punto de partida la recepción de alimento y es incitada por esta- aspira a una ganancia de placer independiente de la nutrición, y que por eso puede y debe ser llamada sexual.

Ya durante esta fase «oral» entran en escena, con la aparición de los dientes, unos impulsos sádicos aislados. Ello ocurre en medida mucho más vasta en la segunda fase, que llamamos «sádico-anal» porque aquí la satisfacción es buscada en la agresión y en la función excretoria. Fundamos nuestro derecho a anotar bajo el rótulo de la libido las aspiraciones agresivas en la concepción de que el sadismo es una mezcla pulsional de aspiraciones puramente libidinosas con  otras  destructivas puras, una  mezcla  que  desde  entonces  no  se  cancela  más  (ver nota(11)).

La tercera fase es la llamada «fálica», que, por así decir como precursora, se asemeja ya en un todo a la plasmación última de la vida sexual. Es digno de señalarse que no desempeñan un papel aquí los genitales de ambos sexos, sino sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados; el niño, en su intento de comprender los procesos sexuales, rinde tributo a la venerable teoría de la cloaca, que tiene su justificación genética (ver nota(12)).

Con la fase fálica, y en el trascurso de ella, la sexualidad de la primera infancia alcanza su apogeo y se aproxima al sepultamiento. Desde entonces, varoncito y niña tendrán destinos separados. Ambos empezaron por poner su actividad intelectual al servicio de la investigación sexual, y ambos parten de la premisa de la presencia universal del pene. Pero ahora los caminos de los sexos se divorcian. El varoncito entra en la fase edípica, inicia el quehacer manual con el pene, junto a unas fantasías simultáneas sobre algún quehacer sexual de este pene en relación con la madre, hasta que el efecto conjugado de una amenaza de castración y la visión de la falta de pene en la mujer le hacen experimentar el máximo trauma de su vida, iniciador del período de latencia con todas sus consecuencias. La niña, tras el infructuoso intento de emparejarse al varón, vivencia el discernimiento de su falta de pene o, mejor, de su inferioridad  clitorídea,  con  duraderas consecuencias  para  el  desarrollo  del  carácter;  y  a menudo, a raíz de este primer desengaño en la rivalidad, reacciona lisa y llanamente con un primer extrañamiento de la vida sexual.

Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento de la aspiración general de placer dentro de la función sexual. La organización plena sólo se alcanza en la pubertad, en una cuarta fase, «genital». 

Así queda establecido un estado en que: 
1) se conservan muchas investiduras libidinales tempranas; 
2) otras son acogidas  dentro  de  la  función  sexual  como  unos  actos  preparatorios,  de  apoyo,  cuya satisfacción da por resultado el llamado «placer previo», y 
3) otras aspiraciones son excluidas de la organización y son por completo sofocadas (reprimidas) o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de meta.

Este proceso no siempre se consuma de manera impecable. Las inhibiciones en su desarrollo se  presentan  como  las  múltiples  perturbaciones  de  la  vida  sexual.  En  tales  casos  han preexistido fijaciones de la libido a estados de fases más tempranas, cuya aspiración, independiente de la meta sexual normal, es designada perversión. Una inhibición así del desarrollo es, por ejemplo, la homosexualidad cuando es manifiesta. El análisis demuestra que una ligazón de objeto homosexual preexistía en todos los casos y, en la mayoría, se conservó latente. Las constelaciones se complican por el hecho de que, en general, no es que los procesos requeridos para producir el desenlace normal se consumen o estén ausentes a secas, sino que se consuman de manera parcial, de suerte que la plasmación final depende de estas  relaciones  cuantitativas.  En  tal  caso,  se  alcanza,  sí,  la  organización  genital,  pero debilitada en los sectores de libido que no acompañaron ese desarrollo y permanecieron fijados a objetos y metas pregenitales. Ese debilitamiento se muestra en la inclinación de la libido a retroceder hasta las investiduras pregenitales anteriores (regresión) en caso de no satisfacción genital o de dificultades objetivas.

Durante el estudio de las funciones sexuales pudimos obtener una primera y provisional convicción o, mejor dicho, una vislumbre de dos íntelecciones que más tarde se revelarán importantes por todo este ámbito. La primera, que los fenómenos normales y anormales que observamos (es decir, la fenomenología) demandan ser descritos desde el punto de vista de la dinámica y la economía (en nuestro caso, la distribución cuantitativa de la libido); y la segunda, que  la etiología de las perturbaciones por nosotros  estudiadas  se  halla  en la historia de desarrollo, o sea, en la primera infancia del individuo.

Cualidades psíquicas

Hemos descrito el edificio del aparato psíquico, las energías o fuerzas activas en su interior, y con   relación  a  un  destacado  ejemplo  estudiamos  el  modo  en  que  estas  energías, principalmente la libido, se organizan en una función fisiológica al servicio de la conservación de la especie. Pero nada de ello subrogaba el carácter enteramente peculiar de lo psíquico, prescindiendo, desde luego, del hecho empírico de que ese aparato y esas energías están en la base de las funciones que llamamos nuestra vida anímica. Ahora pasamos a lo que es característico y único de eso psíquico, y aun, de acuerdo con una muy difundida opinión, coincide con lo psíquico por exclusión de lo otro.

El punto de partida para esta indagación lo da el hecho de la conciencia, hecho sin parangón, que desafía todo intento de explicarlo y describirlo. Y, sin embargo, sí uno habla de conciencia, sabe de manera inmediata y por su experiencia personal más genuina lo que se mienta con ello  (ver  nota(13)).  Muchos,  situados  tanto  dentro  de  la  ciencia  como  fuera  de  ella,  se conforman con adoptar el supuesto de que la conciencia es, sólo ella, lo psíquico, y entonces en la psicología no resta por hacer más que distinguir en el interior de la fenomenología psíquica entre percepciones, sentimientos, procesos cognitivos y actos de voluntad. Ahora bien,  hay general  acuerdo  en  que  estos  procesos  concientes  no  forman  unas  series  sin lagunas, cerradas en sí mismas, de suerte que no habría otro expediente que adoptar el supuesto de unos procesos físicos o somáticos concomitantes de lo psíquico, a los que parece preciso atribuir una perfección mayor que a las series psíquicas, pues algunos de ellos tienen procesos concientes paralelos y otros no. Esto sugiere de una manera natural poner el acento, en psicología, sobre estos procesos somáticos, reconocer en ellos lo psíquico genuino y buscar una apreciación diversa para los procesos concientes. Ahora bien, la mayoría de los filósofos, y muchos otros aún, se revuelven contra esto y declaran que algo psíquico inconciente sería un contrasentido.

Sin embargo, tal es la argumentación que el psicoanálisis se ve obligado a adoptar, y este es su segundo supuesto fundamental [cf. AE, 23, pág. 143]. Declara que esos procesos concomitantes presuntamente somáticos son lo psíquico genuino, y para hacerlo prescinde al comienzo de la cualidad de la conciencia. Y no está solo en esto. Muchos pensadores, por ejemplo  Theodor  Lipps(14),  han  formulado  lo  mismo  con  iguales  palabras,  y el  universal descontento con la concepción usual de lo psíquico ha traído por consecuencia que algún concepto de lo inconciente demandara, con urgencia cada vez mayor, ser acogido en el pensar psicológico, sí bien lo consiguió de un modo tan impreciso e inasible que no pudo cobrar influjo alguno sobre la ciencia (ver nota(15)).

No obstante que en esta diferencia entre el psicoanálisis y la filosofía pareciera tratarse sólo de un desdeñable problema de definición sobre si el nombre de «psíquico» ha de darse a esto o a estotro,  en  realidad  ese  paso  ha  cobrado  una  significatividad  enorme.  Mientras  que  la psicología de la conciencia nunca salió de aquellas series lagunosas, que evidentemente dependen de otra cosa, la concepción según la cual lo psíquico es en sí inconciente permite configurar la psicología como una ciencia natural entre las otras. Los procesos de que se ocupa son en sí tan indiscernibles como los de otras ciencias, químicas o físicas, pero es posible  establecer  las  leyes  a  que  obedecen,  perseguir sus  vínculos  recíprocos  y  sus relaciones de dependencia sin dejar lagunas por largos trechos -o sea, lo que se designa como entendimiento del ámbito de fenómenos naturales en cuestión-. Para ello, no puede prescindir de nuevos supuestos ni de la creación de conceptos nuevos, pero a estos no se los ha de menospreciar como testimonios de nuestra perplejidad, sino que ha de estimárselos como enriquecimientos de la ciencia; poseen títulos para que se les otorgue, en calidad de aproximaciones, el mismo valor que a las correspondientes construcciones intelectuales auxiliares de otras ciencias naturales, y esperan ser modificados, rectificados y recibir una definición más fina mediante una experiencia acumulada y tamizada. Por tanto, concuerda en un todo con nuestra expectativa que los conceptos fundamentales de la nueva ciencia, sus principios (pulsión, energía nerviosa, entre otros), permanezcan durante largo tiempo tan imprecisos como los de las ciencias más antiguas (fuerza, masa, atracción).

Todas las ciencias descansan en observaciones y experiencias mediadas por nuestro aparato psíquico; pero como nuestra ciencia tiene por objeto a ese aparato mismo, cesa la analogía. Hacemos nuestras observaciones por medio de ese mismo aparato de percepción, justamente con ayuda de las lagunas en el interior de lo psíquico, en la medida en que completamos lo faltante a través de unas inferencias evidentes y lo traducimos a material conciente. De tal suerte, establecemos, por así decir, una serie complementaria conciente de lo psíquico inconciente.  Sobre  el  carácter  forzoso  de  estas  inferencias  reposa  la  certeza  relativa  de nuestra ciencia psíquica. Quien profundice en este trabajo hallará que nuestra técnica resiste cualquier crítica.

En el curso de ese trabajo se nos imponen los distingos que designamos como cualidades psíquicas. En cuanto a lo que llamamos «conciente», no hace falta que lo caractericemos; es lo mismo que la conciencia de los filósofos y de la opinión popular. Todo lo otro psíquico es para nosotros lo «inconciente». Enseguida nos vemos llevados a suponer dentro de eso inconciente  una  importante  separación.  Muchos  procesos  nos  devienen  con  facilidad concientes, y si luego no lo son más, pueden devenirlo de nuevo sin dificultad; como se suele decir, pueden ser reproducidos o recordados. 
Esto nos avisa que la conciencia en general no es sino un estado en extremo pasajero. Lo que es conciente, lo es sólo por un momento. Si nuestras percepciones no corroboran esto, no es más que una contradicción aparente; se debe a que los estímulos de la percepción pueden durar un tiempo más largo, siendo así posible repetir la percepción de ellos. Todo este estado de cosas se vuelve más nítido en torno de la percepción conciente de nuestros procesos cognitivos, que por cierto también perduran, pero de igual modo pueden discurrir en un instante. Entonces, preferimos llamar «susceptible de conciencia» o preconciente a todo lo inconciente que se comporta de esa manera -o sea, que puede trocar con facilidad el estado inconciente por el estado conciente-. La experiencia nos ha enseñado que difícilmente exista un proceso psíquico, por compleja que sea su naturaleza, que no pueda permanecer en ocasiones preconciente aunque por regla general se adelante hasta la conciencia, como lo decimos en nuestra terminología. Otros procesos psíquicos, otros contenidos, no tienen un acceso tan fácil al devenir-conciente, sino que es preciso inferirlos de la manera descrita, colegirlos y traducirlos a expresión conciente. Para estos reservamos el nombre de «lo inconciente genuino».

Así pues, hemos atribuido a los procesos psíquicos tres cualidades: ellos son concientes, preconcientes o inconcientes. La separación entre las tres clases de contenidos que llevan esas cualidades no es absoluta ni permanente. Lo que es preconciente deviene conciente, según vemos, sin nuestra colaboración; lo inconciente puede ser hecho conciente en virtud de nuestro empeño, a raíz de lo cual es posible que tengamos a menudo la sensación de haber vencido unas resistencias intensísimas. Cuando emprendemos este intento en otro individuo, no debemos olvidar que el llenado conciente de sus lagunas perceptivas, la construcción que le proporcionamos, no significa todavía que hayamos hecho conciente en él mismo el contenido inconciente en cuestión.  Es que este contenido al  comienzo  está  presente en él en una fijación(16)  doble:  una  vez,  dentro  de  la  reconstrucción conciente  que  ha  escuchado,  y, además, en su estado inconciente originario. Luego, nuestro continuado empeño consigue las más de las veces que eso inconciente le devenga conciente a él mismo, por obra de lo cual las dos fijaciones pasan a coincidir. La medida de nuestro empeño, según la cual estimamos nosotros  la  resistencia  al  devenir-conciente,  es  de  magnitud  variable  en  cada  caso.  Por ejemplo, lo que en el tratamiento analítico es el resultado de nuestro empeño puede acontecer también de una manera espontánea, un contenido de ordinario inconciente puede mudarse en uno preconciente y luego devenir conciente, como en vasta escala sucede en estados psicóticos. De esto inferimos que el mantenimiento de ciertas resistencias internas es una condición de la normalidad. Un relajamiento así de las resistencias, con el consecuente avance de un contenido inconciente, se produce de manera regular en el estado del dormir, con lo cual queda establecida la condición para que se formen sueños. A la inversa, un contenido preconciente puede ser temporariamente inaccesible, estar bloqueado por resistencias, como ocurre en el olvido pasajero (escaparse algo de la memoria), o aun cierto pensamiento preconciente puede ser trasladado temporariamente al estado inconciente, lo que parece ser la condición del chiste. Veremos que una mudanza hacia atrás como esta, de contenidos (o procesos) preconcientes al estado inconciente, desempeña un gran papel en la causación de perturbaciones neuróticas.

Expuesta así, con esa generalidad y simplificación, la doctrina de las tres cualidades de lo psíquico más parece una fuente de interminables confusiones que un aporte al esclarecimiento. Pero no se olvide que en verdad no es una teoría, sino una primera rendición de cuentas sobre los hechos de nuestras observaciones; ella se atiene con la mayor cercanía posible a esos hechos, y no intenta explicarlos. Y acaso las complicaciones que pone en descubierto permitan aprehender las particulares dificultades con que tiene que luchar nuestra investigación. Pero cabe conjeturar que esta doctrina se nos hará más familiar cuando estudiemos los vínculos que se averiguan entre las cualidades psíquicas y las provincias o instancias del aparato psíquico, por nosotros supuestas. Es cierto que tampoco estos vínculos tienen nada de simples.

El  devenir-conciente  se  anuda,  sobre  todo,  a  las  percepciones  que  nuestros  órganos sensoriales obtienen del mundo exterior. Para el abordaje tópico, por tanto, es un fenómeno que sucede en el estrato cortical más exterior del yo. Es cierto que también recibirnos noticias concientes  del  interior  del  cuerpo,  los  sentimientos,  y  aun  ejercen  estos  un  influjo  más imperioso sobre nuestra vida anímica que las percepciones externas; además, bajo ciertas circunstancias, también los órganos de los sentidos brindan sentimientos, sensaciones de dolor, diversas de sus percepciones específicas. Pero dado que estas sensaciones, como se las llama para distinguirlas de las percepciones concientes, parten también de los órganos terminales, y a todos estos los concebimos como prolongación, como unos emisarios del estrato cortical, podemos mantener la afirmación anterior. La única diferencia sería que para los  órganos  terminales,  en  el  caso  de  las  sensaciones  y  sentimientos,  el  cuerpo  mismo sustituiría al mundo exterior.

Unos procesos concientes en la periferia del yo, e inconciente todo lo otro en el interior del yo: ese sería el más simple estado de cosas que deberíamos adoptar como supuesto. Acaso sea la relación que efectivamente exista entre los animales; en el hombre se agrega una complicación en virtud de la cual también procesos interiores del yo pueden adquirir la cualidad de  la  conciencia.  Esto  es  obra  de  la  función  del  lenguaje,  que  conecta  con  firmeza  los contenidos del yo con restos mnémicos de las percepciones visuales, pero, en particular, de las acústicas. A partir de ahí, la periferia percipiente del estrato cortical puede ser excitada desde adentro en un radio mucho mayor, pueden devenir concientes procesos internos, así como decursos de representación y procesos cognitivos, y es menester un dispositivo particular que diferencie entre ambas posibilidades, el llamado examen de realidad: La equiparación percepción = realidad objetiva (mundo exterior) se ha vuelto cuestionable.

 Errores que ahora se  producen  con  facilidad,  y  de  manera  regular  en  el  sueño,  reciben  el  nombre  de alucinaciones.

El interior del yo, que abarca sobre todo los procesos cognitivos, tiene la cualidad de lo preconciente. 

Esta cualidad es característica del yo, le corresponde sólo a él. Sin embargo, no sería correcto hacer de la conexión con los restos mnémicos del lenguaje la condición del estado preconciente; antes bien, este es independiente de aquella, aunque la presencia de esa conexión permite inferir con certeza la naturaleza preconciente del proceso. No obstante, el estado preconciente, singularizado por una parte en virtud de su acceso a la conciencia y, por la otra, merced a su enlace con los restos de lenguaje, es algo particular, cuya naturaleza estos dos caracteres no agotan. La prueba de ello es que grandes sectores del yo, sobre todo del superyó -al cual no se le puede cuestionar el carácter de lo preconciente-, las más de las veces permanecen inconcientes en el sentido fenomenológico. No sabemos por qué es preciso que  sea  así.  Más  adelante  intentaremos  abordar  el  problema  de  averiguar  la  efectiva naturaleza de lo preconciente.

Lo inconciente es la cualidad que gobierna de manera exclusiva en el interior del ello. Ello e inconciente se co-pertenecen de manera tan íntima como yo y preconciente, y aun la relación es  en  el  primer  caso  más  excluyente  aún.  Una  visión  retrospectiva  sobre  la  historia  de desarrollo de la persona y su aparato psíquico nos permite comprobar un sustantivo distingo en el interior del ello. Sin duda que en el origen todo era ello; el yo se ha desarrollado por el continuado influjo del mundo exterior sobre el ello. Durante ese largo desarrollo, ciertos contenidos del ello se mudaron al estado preconciente y así fueron recogidos en el yo. Otros permanecieron inmutados dentro del ello como su núcleo, de difícil acceso. Pero en el curso de ese desarrollo, el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el estado inconciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas que habría podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que estas, rechazadas, sólo podrían dejar como secuela una huella en el ello. A este último sector del ello lo llamamos, por miramiento a su génesis, lo reprimido (esforzado al desalojo}. Importa poco que no siempre podamos distinguir de manera tajante entre estas dos categorías en el interior del ello.

 Coinciden, aproximadamente, con la separación entre lo congénito originario y lo adquirido en el curso del desarrollo yoico.

Ahora bien, si nos hemos decidido a la descomposición tópica del aparato psíquico en yo y ello, con la cual corre paralelo el distingo de la cualidad de preconciente e inconciente, y hemos considerado esta cualidad sólo como un indicio del distingo, no como su esencia, ¿en qué consiste la naturaleza genuina del estado que se denuncia en el interior del ello por la cualidad de lo inconciente, y en el interior del yo por la de lo preconciente, y en qué consiste el distingo entre ambos?

Pues bien; sobre eso nada sabemos, y desde el trasfondo de esta ignorancia, envuelto en profundas tinieblas, nuestras escasas intelecciones se recortan harto mezquinas. Nos hemos aproximado aquí al secreto de lo psíquico, en verdad todavía no revelado. Suponemos, según estamos habituados a hacerlo por otras ciencias naturales, que en la vida anímica actúa una clase de energía, pero nos falta cualquier asidero para acercarnos a su conocimiento por analogía con otras formas de energía. 

Creemos discernir que la energía nerviosa o psíquica se presenta en dos formas, una livianamente móvil y una más bien ligada; hablamos de investiduras y sobreinvestiduras de los contenidos, y aun aventuramos la conjetura de que una «sobreinvestidura» establece una suerte de síntesis de diversos procesos, en virtud de la cual la energía libre es traspuesta en energía ligada. Si bien no hemos avanzado más allá de ese punto, sostenemos la opinión de que el distingo entre estado inconciente y preconciente se sitúa en constelaciones dinámicas de esa índole, lo cual permitiría entender que uno de ellos pueda ser trasportado al otro de manera espontánea o mediante nuestra colaboración.

Tras todas estas incertidumbres se asienta, empero, un hecho nuevo cuyo descubrimiento debemos  a  la  investigación  psicoanalítica.  Hemos  averiguado  que  los  procesos  de  lo inconciente o del ello obedecen a leyes diversas que los producidos en el interior del yo preconciente. A esas leyes, en su totalidad, las llamamos proceso primario, por oposición al proceso secundario que regula los decursos en lo preconciente, en el yo. De este modo, pues, el estudio de las cualidades psíquicas no se habría revelado infecundo a la postre.

Un ejemplo: la interpretacion de los sueños

La indagación de estados normales, estables, en los que las fronteras del yo respecto del ello están aseguradas mediante resistencias (contrainvestiduras), en los que esas fronteras no se han movido y el superyó no se distingue del yo pues ambos trabajan de consuno, una indagación  así,  decimos,  nos  aportaría  escaso  esclarecimiento.  Sólo  podrán  hacernos adelantar los estados de conflicto y de sublevación, cuando el contenido del ello inconciente tiene perspectivas de penetrar en la conciencia y el yo ha vuelto a ponerse en guardia contra su intrusión. Sólo bajo estas condiciones podemos hacer las observaciones que confirmen o rectifiquen nuestras noticias sobre ambos copartícipes. Ahora bien, un estado así es el dormir nocturno, y por eso mismo la actividad psíquica en el dormir, que percibimos como sueño, es nuestro objeto de estudio más propicio. Además, de ese modo evitamos el reproche, oído con tanta  frecuencia,  de  que  nosotros  construiríamos  la  vida  anímica  normal  siguiendo  los hallazgos de la patología; en efecto, el sueño es un suceso regular en la vida de los seres humanos normales, aun cuando sus caracteres se puedan distinguir de las producciones de nuestra vida de vigilia. El sueño, como es de todos consabido, puede ser confuso, ininteligible, sin sentido alguno; llegado el caso, sus indicaciones contradicen todo nuestro saber de la realidad, y nos comportamos como unos enfermos mentales pues, mientras soñamos, atribuimos a los contenidos del sueño una realidad objetiva.

Echamos a andar por el camino hacía el entendimiento («interpretación») del sueño si suponemos que aquello por nosotros recordado como sueño tras el despertar no es el proceso onírico efectivo y real, sino sólo una fachada tras la cual el sueño se oculta. Es nuestro distingo entre un contenido manifiesto del sueño y los pensamientos oníricos latentes. Y llamamos trabajo del sueño al proceso que de los segundos hace surgir el primero. El estudio del trabajo del sueño nos enseña, mediante un destacado ejemplo, cómo un material inconciente, un material originario y reprimido, se impone al yo, deviene preconciente y en virtud de la revuelta del yo experimenta las alteraciones que conocemos como desfiguración onírica. Ninguno de los caracteres del sueño deja de hallar esclarecimiento de esta manera.

Lo mejor es empezar comprobando que hay dos clases de ocasiones para la formación del sueño. O bien una moción pulsional de ordinario sofocada (un deseo inconciente) ha hallado mientras uno duerme la intensidad que le permite hacerse valer en el interior del yo, o bien una aspiración que quedó pendiente de la vida de vigilia, una ilación de pensamiento preconciente con todas las mociones conflictivas que de ella dependen, ha hallado en el dormir un refuerzo por un elemento inconciente. Vale decir, sueños desde el ello o desde el yo. El mecanismo de la formación del sueño es para ambos casos el mismo, y también la condición dinámica es idéntica. El yo prueba su tardía génesis a partir del ello suspendiendo temporariamente sus funciones y permitiendo el regreso a un estado anterior. Esto acontece de la manera correcta cuando interrumpe sus vínculos con el mundo exterior y retira sus investiduras de los órganos de los sentidos. Uno puede decir, con derecho, que al nacer se ha engendrado una pulsión a regresar a la vida intrauterina abandonada, una pulsión de dormir. El dormir es un regreso tal al seno materno. Como el yo de la vigilia gobierna la motilidad, esta función está paralizada en el estado del dormir y, por eso, se vuelven superfluas  buena  parte  de las inhibiciones que pesaban sobre el ello inconciente. De esta manera, el recogimiento o rebajamiento de esas «contrainvestiduras» permite al ello una medida de libertad que ahora es inocua.

Las pruebas de la participación del ello inconciente en la formación del sueño son abundantes y de fuerza demostrativa. a) La memoria del sueño es mucho más amplia que la del estado de vigilia. El sueño trae recuerdos que el soñante ha olvidado y le eran inasequibles en la vigilia. b) El sueño usa sin restricción alguna unos símbolos lingüísticos cuyo significado el soñante la mayoría de las veces desconoce. Empero, mediante nuestra experiencia podemos corroborar su sentido. Es probable que provengan de fases anteriores del desarrollo del lenguaje. c) La memoria del sueño reproduce muy a menudo impresiones de la primera infancia del soñante, de las cuales podemos aseverar de manera precisa que no sólo han sido olvidadas, sino que devinieron inconcientes por obra de la represión.

 Sobre esto se basa la ayuda, indispensable las más de las veces, que el sueño presta para reconstruir la primera infancia del soñante, cosa que nosotros intentamos en el tratamiento analítico de las neurosis. d) Además, el sueño saca a la luz contenidos que no pueden provenir de la vida madura ni de la infancia olvidada del soñante. Nos vemos obligados a considerarlos parte de la herencia arcaica que el niño trae congénita al mundo, antes de cualquier experiencia propia, influido por el vivenciar de los antepasados. Y luego hallamos el pendant de ese material filogenético en las sagas más antiguas de la humanidad y en las supervivencias de la costumbre. El sueño se erige así, respecto de la prehistoria humana, en una fuente no despreciable.

Ahora bien, lo que vuelve al sueño tan inestimable para nuestra intelección es la circunstancia de que el material inconciente trae consigo, cuando penetra en el yo, sus modalidades de trabajo. Esto quiere decir que los pensamientos preconcientes en los cuales halló su expresión son tratados, en el curso del trabajo del sueño, como si fueran sectores inconcientes del ello; y, en el otro caso de formación del sueño, los pensamientos preconcientes que consiguieron un refuerzo de la moción pulsional inconciente son degradados al estado inconciente. Sólo por este camino averiguamos las leyes del decurso en el interior de lo inconciente, y aquello que las distingue de las reglas, por nosotros consabidas, del pensar de vigilia. El trabajo del sueño es, pues, en lo esencial, un caso de elaboración inconciente de procesos de pensamiento preconcientes.  Para  tomar  un  símil  de  la  historia:  Los  conquistadores  que  penetran  con violencia en un país no lo tratan según el derecho que ahí encuentran, sino de acuerdo con el suyo propio. Sin embargo, el resultado del trabajo del sueño es inequívocamente un compromiso. En la desfiguración impuesta al material inconciente y en los intentos, harto a menudo insuficientes, por dar al todo una forma todavía aceptable para el yo (elaboración secundaria), se discierne el influjo de la organización yoica aún no paralizada. Es, en nuestro símil, la expresión de la resistencia que signen ofreciendo los sometidos.

Las leyes del decurso en lo inconciente que de este modo salen a la luz son asaz raras y bastan para explicar la mayor parte de lo que en el sueño nos parece ajeno. Hay, sobre todo, una llamativa tendencia a la condensación, una inclinación a formar nuevas unidades con elementos  que  en  el  pensar  de  vigilia  habríamos  mantenido  sin  duda  separados.  A consecuencia de ello, un único elemento del sueño  manifiesto  suele  subrogar  a  todo  un conjunto de pensamientos oníricos latentes como si fuera una alusión común a estos, y, en general, la extensión del sueño manifiesto está extraordinariamente abreviada por comparación al rico material del cual surgió. Otra propiedad del trabajo del sueño, no del todo independiente de  la  primera,  es  la  presteza  para  el  desplazamiento de  intensidades  psíquicas(17) (investiduras) de un elemento sobre otro, de suerte que a menudo en el sueño manifiesto un elemento aparece como el más nítido y, por ello, como el más importante, pese a que en los pensamientos oníricos era accesorio; y a la inversa, elementos esenciales de los pensamientos oníricos son subrogados en el sueño manifiesto sólo por unos indicios mínimos. Además, al trabajo del sueño le bastan, las más de las veces, unas relaciones de comunidad harto ínfimas para sustituir un elemento por otro en todas las operaciones ulteriores. Bien se advierte cuánto habrán   de   dificultar   estos   mecanismos   de   la   condensación   y   el   desplazamiento   la interpretación del sueño y el descubrimiento de los vínculos entre sueño manifiesto y pensamientos oníricos latentes. De la prueba de estas dos tendencias a la condensación y el desplazamiento, nuestra teoría deduce que en el ello inconciente la energía se encuentra en un estado de movilidad más libre, y que al ello le importa, más que nada, la posibilidad de la descarga para cantidades de excitación (vere nota (18)); así, nuestra teoría emplea ambas propiedades para caracterizar el proceso primario atribuido al ello.

Por el estudio del trabajo del sueño hemos tomado noticia de muchas otras particularidades, tan asombrosas como importantes, de los procesos que ocurren en el interior de lo inconciente. Aquí hemos de mencionar sólo algunas. Las reglas decisorias de la lógica no tienen validez alguna en lo inconciente; se puede decir que es el reino de la alógica. Aspiraciones de metas contrapuestas coexisten lado a lado en lo inconciente sin mover a necesidad alguna de compensarlas. O bien no se influyen para nada entre si, o, si ello ocurre, no se produce ninguna decisión, sino un compromiso que se vuelve disparatado por incluir juntos unos elementos inconciliables. Con esto se relaciona que los opuestos no se separen, sino que sean tratados como idénticos, de suerte que en el sueño manifiesto cada elemento puede significar también su contrario. Algunos lingüistas han discernido que en las lenguas más antiguas sucedía lo mismo, y opuestos como fuerte-débil, claro-oscuro, alto-profundo se expresaban originariamente por medio de una misma raíz, hasta que dos diversas modificaciones de la palabra primordial separaron entre sí ambos significados. Restos del doble sentido originario se conservarían en una lengua tan evolucionada como el latín, en el uso de «altus» («alto» y «profundo»), «sacer» («sagrado» e «impío»), etc. (ver nota(19)).

En vista de la complicación y la multivocidad {Vieldeutigkeit; «indicación múltiple»} de los vínculos entre el sueño manifiesto y el contenido latente, que tras aquel yace, es desde luego legítimo preguntar por el camino siguiendo el cual se consigue derivar lo uno de lo otro, y si para esto sólo dependemos de la suerte que tengamos en colegirlo, apoyándonos acaso en la traducción de los símbolos que aparecen en el sueño manifiesto. Se está autorizado a informar lo siguiente: En la gran mayoría de los casos esa tarea admite solución satisfactoria, pero ello sólo con ayuda de las asociaciones que el soñante mismo brinde para los elementos del contenido manifiesto. Cualquier otro procedimiento será arbitrario y no proporcionará seguridad alguna. Pues bien, las asociaciones del soñante traen a la luz los eslabones intermedios que insertamos en las lagunas entre ambos [el contenido manifiesto y el latente] y con cuyo auxilio restablecemos el contenido latente del sueño, podemos «interpretar» el sueño. No es asombroso que en ocasiones este trabajo de interpretación, contrapuesto al trabajo del sueño, no alcance la certeza plena.

Nos queda todavía por dar el esclarecimiento dinámico de la razón por la cual el yo durmiente asume la tarea del trabajo del sueño. Por suerte, es fácil descubrirlo. Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo inconciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como una perturbación y procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda, para cancelarla, un cumplimiento de deseo que  es  inofensivo  bajo  esas  circunstancias.  Esta  sustitución de  la  demanda  por  un cumplimiento  de  deseo  constituye  la  operación  esencial  del  trabajo  del  sueño.  Quizá  no huelgue ilustrar esto con tres ejemplos simples: un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual. En el soñante, dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre mediante el sueño. 

Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar. El otro caso: el soñante (es médico y} debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que esta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.

Desde luego que no todos los casos se presentan tan simples; en particular, en los sueños que parten de restos diurnos no tramitados y no han hecho sino procurarse en el estado del dormir un refuerzo inconciente, suele no ser fácil poner en descubierto la fuerza pulsional inconciente y su cumplimiento de deseo, pero es lícito suponer su presencia en todos los casos. La tesis de que el sueño es un cumplimiento de deseo será recibida con incredulidad si se recuerda cuántos sueños poseen un contenido directamente penoso o aun hacen que el soñante despierte presa de angustia, para no hablar de los tantísimos sueños que carecen de un tono de sentimiento definido. Pero la objeción del sueño de angustia no resiste al análisis. No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconciente es una satisfacción puede ser para el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia.

Según ande el trabajo del sueño, unas veces lo inconciente se habrá abierto paso mejor, y otras el yo se habrá defendido con más energía. Los sueños de angustia son casi siempre aquellos cuyo contenido ha experimentado la desfiguración mínima. Si la demanda de lo inconciente se vuelve demasiado grande, a punto tal que el yo durmiente ya no sea capaz de defenderse de ella con los medios de que dispone, este resignará el deseo de dormir y regresará a la vida despierta. Se dará razón de todas las experiencias diciendo que el sueño es siempre un intento de eliminar la perturbación del dormir por medio de un cumplimiento de deseo; que es, por tanto, el guardián del dormir. Ese intento puede lograrse de manera más o menos perfecta; también puede fracasar, y entonces el durmiente despierta, en apariencia por obra de ese mismo sueño. De igual modo, el valiente guardián nocturno cuya misión es velar por el reposo de la pequeña ciudad no tiene más remedio, en ciertas circunstancias, que armar alboroto y despertar a los ciudadanos que duermen.

Para  concluir estas elucidaciones, asentemos la comunicación  que  justificará  el habernos demorado tanto en el problema de la interpretación de los sueños. Ha resultado que los mecanismos inconcientes que hemos discernido merced al estudio del trabajo del sueño, y que nos explicaron la formación de este, permiten también inteligir las enigmáticas formaciones de síntoma en virtud de las cuales las neurosis y psicosis reclaman nuestro interés. Una coincidencia como esta no puede menos que despertar en nosotros grandes esperanzas.

Parte II  La Tarea Práctica

La técnica psicoanalítica

El sueño es, pues, una psicosis, con todos los despropósitos, formaciones delirantes y espejismos sensoriales que ella supone. Por cierto que una psicosis de duración breve, inofensiva, hasta encargada de una función útil; es introducida con la aquiescencia de la persona, y un acto de su voluntad le pone término. Pero es, con todo, una psicosis, y de ella aprendemos que incluso una alteración tan profunda de la vida anímica puede ser deshecha, puede dejar sitio a la función normal. Así las cosas, ¿es osado esperar que haya de ser posible someter a nuestro influjo, y aportar curación, a las enfermedades espontáneas de la vida anímica, incluso las más temidas?

Sabemos ya mucho para preparar esta empresa. Según nuestra premisa, el yo tiene la tarea de obedecer a sus tres vasallajes -de la realidad objetiva, del ello y del superyó- y mantener pese a todo su organización, afirmar su autonomía. La condición de los estados patológicos mencionados sólo puede consistir en un debilitamiento  relativo  o  absoluto  del  yo,  que le imposibilita cumplir sus tareas. El más duro reclamo para el yo es probablemente sofrenar las exigencias pulsionales del ello, para lo cual tiene que solventar grandes gastos de contrainvestiduras. Ahora bien, también la exigencia del superyó puede volverse tan intensa e implacable que el yo se quede como paralizado frente a sus otras tareas. En los conflictos económicos que de ahí resultan vislumbramos que a menudo ello y superyó hacen causa común contra el oprimido yo, quien para conservar su norma quiere aferrarse a la realidad objetiva. Si los dos primeros devienen demasiado fuertes, consiguen menguar y alterar la organización del yo hasta el punto de perturbar, o aun cancelar, su vínculo correcto con la realidad objetiva. Lo hemos visto en el caso del sueño; cuando el yo se desase de la realidad del mundo exterior, cae en la psicosis bajo el influjo del mundo interior.

Sobre estas intelecciones fundamos nuestro plan terapéutico. El yo está debilitado por el conflicto interior,  y nosotros  tenemos  que  acudir  en  su  ayuda.  Es  como  una  guerra  civil destinada a ser resuelta mediante el auxilio de un aliado de afuera. El médico analista y el yo debilitado del enfermo, apuntalados en el mundo exterior objetivo {real}, deben formar un bando contra los enemigos, las exigencias pulsionales del ello y las exigencias de conciencia moral del superyó. Celebramos un pacto {Vertrag; «contrato»}. El yo enfermo nos promete la más cabal sinceridad, o sea, la disposición sobre todo el material que su percepción de sí mismo le brinde, y nosotros le aseguramos la más estricta discreción y ponemos a su servicio nuestra experiencia en la interpretación del material influido por lo inconciente. Nuestro saber debe remediar su no saber, debe devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones perdidas de la vida anímica. En este pacto consiste la situación analítica.

Enseguida de dar este paso nos espera ya la primera desilusión, el primer llamado a la modestia. Para que el yo del enfermo sea un aliado valioso en nuestro trabajo común tiene que conservar, desafiando toda la apretura a que lo someten los poderes enemigos de él, cierto grado de coherencia, alguna intelección para las demandas de la realidad efectiva. Pero no se puede esperar eso del yo del psicótico, incapaz de cumplir un pacto así, y apenas de concertarlo. Pronto habrá arrojado a nuestra persona y el auxilio que le ofrecemos a los sectores del mundo exterior que ya no significan nada para él. Discernimos, pues, que se nos impone la renuncia a ensayar nuestro plan curativo en el caso del psicótico. Y esa renuncia puede ser definitiva o sólo temporaria, hasta que hallemos otro plan más idóneo para él.

Existe, sin embargo, otra clase de enfermos psíquicos, evidentemente muy próximos a los psicóticos: el enorme número de los neuróticos de padecimiento grave. Las condiciones de la enfermedad, así como los mecanismos patógenos, por fuerza serán en ellos los mismos o, al menos, muy semejantes. Pero su yo ha mostrado ser capaz de mayor resistencia, se ha desorganizado menos. Muchos de ellos pudieron afianzarse en la vida real a despecho de todos sus achaques y de las insuficiencias por estos causadas. Acaso estos neuróticos se muestren prestos a aceptar nuestro auxilio. A ellos limitaremos nuestro interés, y probaremos hasta dónde, y por cuáles caminos, podemos «curarlos».

Con los neuróticos, entonces, concertamos aquel pacto: sinceridad cabal a cambio de una estricta discreción. Esto impresiona como si buscáramos la posición de un confesor profano. Pero la diferencia es grande, ya que no sólo queremos oír de él lo que sabe y esconde a los demás, sino que debe referirnos también lo que no sabe. Con este propósito, le damos una definición más precisa de lo que entendemos por sinceridad. Lo comprometemos a observar la regla fundamental del psicoanálisis, que en el futuro debe {sollen} gobernar su conducta hacia nosotros. No sólo debe comunicarnos lo que él diga adrede y de buen grado, lo que le traiga alivio, como en una confesión, sino también todo lo otro que se ofrezca a su observación de sí, todo cuanto le acuda a la mente, aunque sea desagradable decirlo, aunque le parezca sin importancia y hasta sin sentido. Si tras esta consigna consigue desarraigar su autocrítica, nos ofrecerá una multitud de material, pensamientos, ocurrencias, recuerdos, que están ya bajo el influjo de lo inconciente, a menudo son sus directos retoños, y así nos permiten colegir lo inconciente reprimido en él y, por medio de nuestra comunicación, ensanchar la noticia que su yo tiene sobre su inconciente.

Pero el papel de su yo no se limita a brindarnos, en obediencia pasiva, el material pedido y a dar crédito a nuestra traducción de este. Nada de eso. Muchas otras cosas suceden; de ellas, algunas que podíamos prever y otras que por fuerza nos sorprenden. Lo más asombroso es que el paciente no se reduce a considerar al analista, a la luz de la realidad objetiva, como el auxiliador y consejero a quien además se retribuye por su tarea, y que de buena gana se conformaría con el papel, por ejemplo, de guía para una difícil excursión por la montaña; no, sino que ve en él un retorno -reencarnación- de una persona importante de su infancia de su pasado, y por eso trasfiere sobre él sentimientos y reacciones que sin duda se referían a ese arquetipo. Este hecho de la trasferencia pronto demuestra ser un factor de insospechada significatividad: por un lado, un recurso auxiliar de valor insustituible; por el otro, una fuente de serios peligros. Esta trasferencia es ambivalente, incluye actitudes positivas, tiernas, así como negativas, hostiles, hacia el analista, quien por lo general es puesto en el lugar de un miembro de la pareja parental, el padre o la madre. Mientras es positiva nos presenta los mejores servicios. Altera la situación analítica entera, relega el propósito, acorde a la ratio, de sanar y librarse del padecimiento. En su lugar, entra en escena el propósito de agradar al analista, ganar su aprobación, su amor. Se convierte en el genuino resorte que pulsiona la colaboración del paciente; el yo endeble deviene fuerte, bajo el influjo de ese propósito obtiene logros que de otro modo le habrían sido imposibles, suspende sus síntomas, se pone sano en apariencia; sólo por amor al analista. Y este habrá de confesarse, abochornado, que inició una difícil empresa sin vislumbrar siquiera los extraordinarios y potentes recursos de que dispondría.

La relación trasferencial conlleva, además, otras dos ventajas. Si el paciente pone al analista en el lugar de su padre (o de su madre), le otorga también el poder que su superyó ejerce sobre su yo, puesto que estos progenitores han sido el origen del superyó. Y entonces el nuevo  superyó  tiene oportunidad  para  una  suerte  de  poseducación  del  neurótico,  puede corregir desaciertos en que incurrieran los padres en su educación. Es verdad que cabe aquí la advertencia de no abusar del nuevo influjo. Por tentador que pueda resultarle al analista convertirse en maestro, arquetipo e ideal de otros, crear seres humanos a su imagen y semejanza, no tiene permitido olvidar que no es esta su tarea en la relación analítica, e incluso sería infiel a ella si se dejara arrastrar por su inclinación. No haría entonces sino repetir un error de los padres, que con su influjo ahogaron la independencia del niño, y sustituir aquel temprano vasallaje por uno nuevo. Es que el analista debe, no obstante sus empeños por mejorar y educar, respetar la peculiaridad del paciente. La medida de influencia que haya de considerar legítima estará determinada por el grado de inhibición del desarrollo que halle en el paciente.  Algunos  neuróticos  han  permanecido  tan  infantiles  que  aun  en  el  análisis sólo pueden ser tratados como unos niños.

Otra ventaja de la trasferencia es que en ella el paciente escenifica ante nosotros, con plástica nitidez, un fragmento importante de su biografía, sobre el cual es probable que en otro caso nos hubiera dado insuficiente noticia. Por así decir, actúa {agieren} ante nosotros, en lugar de informarnos.
Pasemos ahora al otro lado de la relación. Puesto que la trasferencia reproduce el vínculo con los padres, asume también su ambivalencia. Difícilmente se pueda evitar que la actitud positiva hacia el analista se trueque de golpe un día en la negativa, hostil. También esta es de ordinario una repetición del pasado. La obediencia al padre (si de este se trataba), el cortejamiento de su favor, arraigaba en un deseo erótico dirigido a su persona. En algún momento esa demanda esfuerza también para salir a la luz dentro de la trasferencia y reclama satisfacción. En la situación analítica sólo puede tropezar con una denegación. Vínculos sexuales reales entre paciente y analista están excluidos, y aun las modalidades más finas de la satisfacción, como la preferencia, la intimidad, etc., son consentidas por el analista sólo mezquinamente. Tal desaire es tomado como ocasión para aquella trasmudación; probablemente así ocurriera en la infancia del enfermo.

Los  resultados curativos producidos bajo el imperio de la trasferencia positiva están bajo sospecha de ser de naturaleza sugestiva. Si la trasferencia negativa llega a prevalecer, serán removidos como briznas por el viento. Uno repara, espantado, en que fueron vanos todo el empeño y el trabajo anteriores. Y aun lo que se tenía derecho a considerar una ganancia duradera para el paciente, su inteligencia del psicoanálisis, su fe en la eficacia de este, han desaparecido de pronto. Se comporta como el niño que no posee juicio propio y cree a ciegas a quien cuenta con su amor, nunca al extraño. 

Es evidente que el peligro de este estado trasferencial consiste en que el paciente desconozca su naturaleza y lo considere como unas nuevas vivencias objetivas, en vez de espejamientos del pasado. Si él (o ella) registra la fuerte necesidad erótica que se esconde tras la trasferencia positiva, creerá haberse enamorado con pasión; si la trasferencia sufre un súbito vuelco, se considerará afrentado y desdeñado, odiará al analista como a su enemigo y estará pronto a resignar el análisis. En ambos casos extremos habrá olvidado el pacto que aceptó al comienzo del tratamiento, se habrá vuelto inepto para proseguir el trabajo en común. El analista tiene la tarea de arrancar al paciente en cada caso de esa peligrosa ilusión, de mostrarle una y otra vez que es un espejismo del pasado lo que él considera una nueva vida real-objetiva. Y a fin de que no caiga en un estado que lo vuelva inaccesible a todo medio de prueba, uno procura que ni el enamoramiento ni la hostilidad alcancen una altura extrema. Se lo consigue si desde temprano se lo prepara para tales posibilidades y no se dejan pasar sus primeros indicios. Este cuidado en el manejo de la trasferencia suele ser ricamente recompensado.

Y si se logra, como las más de las veces ocurre, adoctrinar al paciente sobre la real y efectiva naturaleza de los fenómenos trasferenciales, se habrá despojado a su resistencia de un arma poderosa y mudado peligros en ganancias, pues el paciente no olvida más lo que ha vivenciado dentro de las formas de la trasferencia, y tiene para él una fuerza de convencimiento mayor que todo lo adquirido de otra manera.

Es muy indeseable para nosotros que el paciente, fuera de la trasferencia, actúe en lugar de recordar; la conducta ideal para nuestros fines sería que fuera del tratamiento él se comportara de la manera más normal posible y exteriorizara sus reacciones anormales sólo dentro de la trasferencia.

Nuestro camino para fortalecer al yo debilitado parte de la ampliación de su conocimiento de sí mismo. Sabemos que esto no es todo, pero es el primer paso. La pérdida de ese saber importa para  el yo  menoscabos  de  poder  y  de  influjo,  es  el  más  palpable  indicio  de  que  está constreñido y estorbado por los reclamos del ello y del superyó. De tal suerte, la primera pieza de nuestro auxilio terapéutico es un trabajo intelectual y una exhortación al paciente para que colabore en él. Sabemos que esta primera actividad debe facilitarnos el camino hacia otra tarea, más difícil. Ni siquiera durante la introducción debemos perder de vista la parte dinámica de esta última. En cuanto al material para nuestro trabajo, lo obtenemos de fuentes diversas: lo que sus comunicaciones y asociaciones libres nos significan, lo que nos muestra en sus trasferencias, lo que extraemos de la interpretación de sus sueños, lo que él deja traslucir por sus operaciones fallidas. Todo ello nos ayuda a establecer unas construcciones sobre lo que le ha sucedido en el pasado y olvidó, así como sobre lo que ahora sucede en su interior y él no comprende. Y en esto, nunca omitimos mantener una diferenciación estricta entre nuestro saber y su saber. Evitamos comunicarle enseguida lo que hemos colegido a menudo desde muy temprano, o comunicarle todo cuanto creemos haber colegido.

Meditamos con cuidado la elección   del   momento   en   que   hemos   de   hacerlo   consabedor   de   una   de   nuestras construcciones; aguardamos hasta que nos parezca oportuno hacerlo, lo cual no siempre es fácil decidirlo. Como regla, posponemos el comunicar una construcción, dar el esclarecimiento, hasta que él mismo se haya aproximado tanto a este que sólo le reste un paso, aunque este paso es en verdad la síntesis decisiva. Si procediéramos de otro modo, si lo asaltáramos con nuestras interpretaciones antes que él estuviera preparado, la comunicación sería infecunda o bien provocaría un violento estallido de resistencia, que estorbaría la continuación del trabajo o aun la haría peligrar. En cambio, si lo hemos preparado todo de manera correcta, a menudo conseguimos que el paciente corrobore inmediatamente nuestra construcción y él mismo recuerde el hecho íntimo o externo olvidado. Y mientras más coincida la construcción con los detalles de lo olvidado, tanto más fácil será la aquiescencia del paciente. En tal caso, nuestro saber sobre esta pieza ha devenido también su saber.

Con la mención de la resistencia hemos llegado a la segunda parte, la más importante, de nuestra labor. Tenemos ya sabido que el yo se protege mediante unas contrainvestiduras de la intrusión de elementos indeseados oriundos del ello inconciente y reprimido; que estas contrainvestiduras permanezcan intactas es una condición para la función normal del yo. Ahora bien, mientras más constreñido se sienta el yo, más convulsivamente se aferrará, por así decir intimidado, a esas contrainvestiduras a fin de proteger lo que le resta frente a ulteriores asaltos. Sucede que esa tendencia defensiva en modo alguno armoniza con los propósitos de nuestro tratamiento. Nosotros, al contrario, queremos que el yo, tras cobrar osadía por la seguridad de nuestra ayuda, arriesgue el ataque para reconquistar lo perdido. Y en este empeño registramos la intensidad de esas contrainvestiduras como unas resistencias a nuestro trabajo. El yo se amilana ante tales empresas, que parecen peligrosas y amenazan con un displacer, y es preciso alentarlo y calmarlo de continuo para que no se nos rehuse. A esta resistencia, que persiste durante todo el tratamiento y se renueva a cada nuevo tramo del trabajo, la llamamos, no del todo correctamente, resistencia de represión. Como luego averiguaremos, no es la única que nos aguarda. Es interesante que, en esta situación, la formación  de  los  bandos  en  cierta  medida  se  invierta:  el  yo  se  revuelve  contra  nuestra incitación, mientras que lo inconciente, de ordinario nuestro enemigo, nos presta auxilio, pues tiene una natural «pulsión emergente» {«Auftrieb»}, nada le es más caro que adelantarse al interior del yo y hasta la conciencia cruzando las fronteras que le son puestas. La lucha que se traba si alcanzamos nuestro propósito y podemos mover al yo para que venza sus resistencias se consuma bajo nuestra guía y con nuestro auxilio. Su desenlace es indiferente: ya sea que el yo acepte tras nuevo examen una exigencia pulsional hasta entonces rechazada, o que vuelva a desestimarla {verwerfen}, esta vez de manera definitiva, en cualquiera de ambos casos queda eliminado un peligro duradero, ampliada la extensión del yo, y en lo sucesivo se torna innecesario un costoso gasto.

Vencer las resistencias es la parte de nuestro trabajo que demanda el mayor tiempo y la máxima pena. Pero también es recompensada, pues produce una ventajosa alteración del yo, que se conserva independientemente del resultado de la trasferencia y se afirma en la vida. Y simultáneamente hemos trabajado para eliminar aquella alteración del yo que se había producido bajo el influjo de lo inconciente, pues toda vez que pudimos pesquisar dentro del yo los  retoños de aquello, señalamos su origen ¡legítimo e incitamos al yo a desestimarlos. Recordemos que una precondición para nuestra operación terapéutica contractual era que esa alteración del yo debida a la intrusión de elementos inconcientes no hubiera superado cierta medida.

Mientras más progrese nuestro trabajo y a mayor profundidad se plasme nuestra intelección de la vida anímica del neurótico, con nitidez tanto mayor se impondrán a nuestro saber otros dos factores que reclaman la máxima atención como fuentes de la resistencia. El enfermo los desconoce por completo a ambos, y no pudieron ser tomados en cuenta cuando concertamos nuestro pacto; además, tampoco tienen por punto de partida el yo del paciente. Se los puede reunir bajo el nombre común de «necesidad de estar enfermo o de padecer», pero son de origen diverso, si bien de naturaleza afín en lo demás. El primero de estos dos factores es el sentimiento de culpa o conciencia de culpa, como se lo llama, pese a que el enfermo no lo registra ni lo discierne. Es, evidentemente, la contribución que presta a la resistencia un superyó que ha devenido muy duro y cruel. El individuo no debe sanar, sino permanecer enfermo, pues no merece nada mejor. Es cierto que esta resistencia no perturba nuestro trabajo intelectual, pero sí lo vuelve ineficaz, y aun suele consentir que nosotros cancelemos una forma del padecer neurótico pero está pronta a sustituirla enseguida por otra; llegado el caso, por una enfermedad somática. Por otra parte, esta conciencia de culpa explica también la curación o mejoría de neurosis graves en virtud de infortunios reales, que en ocasiones se ha observado; en efecto, sólo importa que uno se sienta miserable, no interesa de qué modo. Es muy asombrosa, pero también delatora, la resignación sin quejas con que tales personas suelen sobrellevar su duro destino. Para defendernos de esta resistencia, estamos limitados a hacerla conciente y al intento de desmontar poco a poco ese superyó hostil.

Menos fácil es demostrar la existencia de la otra, para combatir la cual nos vemos con una particular deficiencia. Entre los neuróticos hay personas en quienes, a juzgar por todas sus reacciones,  la pulsión  de  autoconservación  ha  experimentado  ni  más  ni  menos  que  un trastorno (Verkehrung}. Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos. Quizá  pertenezcan  también  a  este  grupo  las  personas  que  al  fin  perpetran  realmente  el suicidio. Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión a consecuencia  de  las  cuales  se  han  liberado cantidades hipertróficas  de  la  pulsíón  de destrucción vuelta hacia adentro. Tales pacientes no pueden tolerar ser restablecidos por nuestro tratamiento, lo contrarían por todos los medios. Pero, lo confesamos, este es un caso que todavía no se ha conseguido esclarecer del todo.

Volvamos a echar ahora una ojeada panorámica sobre la situación en que hemos entrado con nuestro intento de aportar auxilio al yo neurótico. Este yo no puede ya cumplir las tareas que el mundo  exterior,  incluida  la  sociedad  humana,  le  impone.  No  es  dueño  de  todas  sus experiencias, buena parte de su tesoro mnémico le es escamoteado. Su actividad está inhibida por unas rigurosas prohibiciones del superyó, su energía se consume en vanos intentos por defenderse de las exigencias del ello, Además, por las continuas invasiones del ello, está dañado en su organización, escindido en el interior de sí; no produce ya ninguna síntesis en regla, está desgarrado por aspiraciones que se contrarían unas a otras, por conflictos no tramitados,  dudas  no  resueltas.  Al  comienzo  hacemos  participar  a  este  yo  debilitado  del paciente en un trabajo de interpretación puramente intelectual, que aspira a un llenado provisional de las lagunas dentro de sus dominios anímicos; hacemos que se nos trasfiera la autoridad de su superyó, lo alentamos a aceptar la lucha en torno de cada exigencia del ello y a vencer las resistencias que así se producen. Y al mismo tiempo restablecemos el orden dentro de su yo pesquisando contenidos y aspiraciones que penetran desde lo inconciente, y despejando el terreno para la crítica por reconducción a su origen. En diversas funciones servimos al paciente como autoridad y sustituto de los progenitores, como maestro y educador, y habremos hecho lo mejor para él si, como analistas, elevamos los procesos psíquicos dentro de su yo al nivel normal, mudamos en preconciente lo devenido inconciente y lo reprimido, y, de ese modo, reintegramos al yo lo que le es propio. Por el lado del paciente, actúan con eficacia en favor nuestro algunos factores ajustados a la ratio, como la necesidad de curarse motivada  en  su  padecer  y  el  interés  intelectual  que  hemos  podido  despertarle  hacía  las doctrinas  y  revelaciones  del  psicoanálisis,  pero,  con  fuerzas  mucho  más  potentes,  la trasferencia positiva con que nos solicita. Por otra parte, pugnan contra nosotros la trasferencia negativa, la resistencia de represión del yo (vale decir, su displacer de exponerse al difícil trabajo que se le propone), el sentimiento de culpa oriundo de la relación con el superyó y la necesidad de estar enfermo anclada en unas profundas alteraciones de su economía pulsional, De la participación de estos dos últimos factores depende que tildemos de leve o grave a nuestro caso. Independientes de estos, se pueden discernir algunos otros factores que intervienen  en  sentido  favorable  o  desfavorable.  Una  cierta  inercia  psíquica,  una  cierta pesantez en el movimiento de la libido, que no quiere abandonar sus fijaciones, no puede resultarnos bienvenida; la aptitud de la persona para la sublimación pulsional desempeña un gran papel, lo mismo que su capacidad para elevarse sobre la vida pulsional grosera, y el poder relativo de sus funciones intelectuales.

No nos desilusiona, sino que lo hallamos de todo punto concebible, arribar a la conclusión de que el desenlace final de la lucha que hemos emprendido depende de relaciones cuantitativas, del monto de energía que en el paciente podamos movilizar en favor nuestro, comparado con la suma de energías de los poderes que ejercen su acción eficaz en contra. También aquí Dios está de parte de los batallones más fuertes; es verdad que no siempre triunfamos, pero al menos podemos discernir, la mayoría de las veces, por qué se nos negó la victoria. Quien haya seguido nuestras puntualizaciones sólo por interés terapéutico acaso nos dé la espalda con menosprecio tras esta confesión nuestra. Pero la terapia nos ocupa aquí únicamente en la medida en que ella trabaja con medios psicológicos; por el momento no tenemos otros. Quizás el futuro nos enseñe a influir en forma directa, por medio de sustancias químicas específicas, sobre los volúmenes de energía y sus distribuciones dentro del aparato anímico. Puede que se abran para la terapia otras insospechadas posibilidades; por ahora no poseemos nada mejor que la técnica psicoanalítica, razón por la cual no se debería despreciarla a pesar de sus limitaciones.

Una muestra de trabajo psicoanalítico

Nos hemos procurado una noticia general sobre el aparato psíquico, sobre las partes, órganos, instancias de que está compuesto, sobre las fuerzas eficaces en su interior, las funciones de que sus partes están encargadas. Las neurosis y psicosis son los estados en que se procuran expresión las perturbaciones funcionales del aparato. Escogimos las neurosis como nuestro objeto de estudio porque sólo ellas parecen asequibles a los métodos psicológicos de nuestra intervención. Mientras nos empeñamos en influir sobre ellas, recogemos las observaciones que nos proporcionan una imagen de su proceso y de las modalidades de su génesis.

Encabecemos la exposición con uno de nuestros principales resultados. Las neurosis no tienen (a diferencia, por ejemplo, de las enfermedades infecciosas) causas patógenas específicas. Sería ocioso buscar en ellas unos excitadores de la enfermedad. Mediante transiciones fluidas se  conectan  con  la  llamada  «norma»,  y,  por  otra  parte,  es  difícil  que  exista  un  estado reconocido como normal en que no se pudieran rastrear indicios de rasgos neuróticos. Los neuróticos conllevan más o menos las mismas disposiciones {constitucionales} que los otros seres humanos, vivencian lo mismo, las tareas que deben tramitar no son diversas. ¿Por qué, entonces, su vida es tanto peor y más difícil, y en ella sufren más sensaciones displacenteras, angustia y dolores?

No necesitamos quedar debiendo la respuesta a estas preguntas, A unas desarmonías cuantitativas hay que imputar la insuficiencia y el padecer de los neuróticos. En efecto, la causación de todas las plasmaciones de la vida humana ha de buscarse en la acción recíproca entre predisposiciones congénitas(20) y vivencias accidentales. Y bien; cierta pulsión puede ser constitucionalmente demasiado fuerte o demasiado débil, cierta aptitud estar atrofiada o no haberse  plasmado  en  la  vida  de  manera  suficiente;  y,  por  otra  parte,  las  impresiones  y vivencias externas pueden plantear a los se res humanos individuales demandas de diversa intensidad, y lo que la constitución de uno es capaz de dominar puede ser todavía para otro una tarea demasiado pesada. Estas diferencias cuantitativas condicionarán la diversidad del desenlace.

Enseguida hemos de decirnos, sin embargo, que esta explicación no es satisfactoria. Es excesivamente general, explica demasiado. La indicada etiología vale para todos los casos de pena, miseria y parálisis anímicas, pero no todos esos estados pueden llamarse neuróticos. Las neurosis tienen caracteres específicos, son una miseria de índole particular. Así, por fuerza esperaremos hallar para ellas unas causas específicas, o bien podemos formarnos la representación de que entre las tareas que la vida anímica debe dominar hay algunas en las que es fácil fracasar, de suerte que de esto derivaría la particularidad de los a menudo muy asombrosos  fenómenos  neuróticos,  sin  que  nos  viéramos  precisados  a  retractarnos  de nuestras aseveraciones anteriores. Si es correcto que las neurosis no se distancian de la norma en nada esencial, su estudio promete brindarnos unos valiosos aportes para el conocimiento de esa norma. De tal modo, quizá descubramos los «puntos débiles» de toda organización normal.

La conjetura que acabamos de formular se confirma. Las experiencias analíticas nos enseñan que real y efectivamente existe una exigencia pulsional cuyo dominio en principio fracasa o se logra sólo de manera incompleta, y una época de la vida que cuenta de manera exclusiva o prevaleciente para la génesis de una neurosis. Estos dos factores, naturaleza pulsional y época de la vida, demandan ser abordados por separado, aunque tienen bastante que ver entre sí.

Acerca del papel de la época de la vida podemos manifestarnos con bastante certidumbre. Al parecer, únicamente en la niñez temprana (hasta el sexto año) pueden adquirirse neurosis, si bien es posible que sus síntomas sólo mucho más tarde salgan a la luz. La neurosis de la infancia puede devenir manifiesta por breve lapso o aun pasar inadvertida. La posterior contracción de neurosis se anuda en todos los casos a aquel preludio infantil. Quizá la neurosis llamada «traumática» (por terror hiperintenso, graves conmociones somáticas debidas a choques  ferroviarios,  enterramiento  por  derrumbe,  etc.)  constituya  una  excepción  en  este punto; sus nexos con la condición infantil se han sustraído a la indagación hasta hoy. La prioridad etiológica de la primera infancia es fácil de fundamentar. Las neurosis son, como sabemos, unas afecciones del yo, y no es asombroso que el yo, mientras todavía es endeble, inacabado e incapaz de resistencia, fracase en el dominio {BewäItigung} de tareas que más tarde  podría  tramitar  jugando.  (Las  exigencias  pulsionales  de  adentro,  así  como  las excitaciones del mundo exterior, ejercen en tal caso el efecto de unos «traumas», en particular si son solicitadas por ciertas predisposiciones.) El yo desvalido se defiende de ellas mediante unos  intentos  de  huida  (represiones  {esfuerzos  de  desalojo})  que  más  tarde  resultan desacordes  al  fin  y significan  unas  limitaciones  duraderas  para  el  desarrollo  ulterior.  Los deterioros del yo por sus primeras vivencias nos aparecen desproporcionadamente grandes, pero no hay más que recurrir a esta analogía: considérese, como en los experimentos de Roux(21), la diferencia del efecto si se dirige un alfilerazo sobre un conjunto de células germinales en proceso de división, en lugar de hacerlo sobre el animal acabado que se desarrolló  desde  ellas.  A  ningún individuo  humano  le  son  ahorradas  tales  vivencias traumáticas, ninguno se libra de las represiones por estas incitadas. Estas cuestionables reacciones del yo quizá sean indispensables para el logro de otra meta fijada a esa misma época de la vida. El pequeño primitivo debe devenir en pocos años una criatura civilizada, recorrer,  en  abreviación  casi  ominosa,  un  tramo  enormemente  largo  del  desarrollo  de  la cultura. Si bien esto es facilitado por una predisposición hereditaria {heriditäre Disposition}, casi nunca puede prescindir del auxilio de la educación, del influjo de los progenitores, el cual, como precursor del superyó, limita la actividad del yo mediante prohibiciones y castigos, y promueve que se emprendan represiones u obliga a esto. Por eso no es lícito olvidar la inclusión del influjo cultural entre las condiciones de la neurosis. Discernimos que al bárbaro le resulta fácil ser sano; para el hombre de cultura, es una tarea dura. Puede parecernos concebible la añoranza de un yo fuerte, desinhibido; pero (la época presente nos lo enseña) ella es enemiga de la cultura en el más profundo sentido. Y como las exigencias de la cultura están subrogadas por la educación dentro de la familia, nos vemos precisados a incluir también en la etiología de las neurosis este carácter biológico de la especie humana: el largo período de dependencia infantil.

Por lo que atañe al otro punto, el factor pulsional específico, descubrimos aquí una interesante disonancia entre teoría y experiencia. En lo teórico, no hay objeción alguna contra el supuesto de que cualquier clase de exigencia pulsional pueda dar ocasión a las mismas represiones con sus consecuencias. Sin embargo, nuestra observación nos muestra de manera regular, hasta donde podemos apreciarlo, que las excitaciones a que corresponde ese papel patógeno proceden de pulsiones parciales de la vida sexual. Los síntomas de las neurosis son de cabo a rabo, se diría, una satisfacción sustitutiva de algún querer-alcanzar sexual o bien unas medidas para estorbarlas, por lo general unos compromisos entre ambas cosas, como los que se producen entre opuestos siguiendo las leyes que rigen para lo inconciente. Esa laguna dentro de nuestra teoría no se puede llenar por el momento; la decisión se dificulta porque la mayoría de las aspiraciones de la vida sexual no son de naturaleza puramente erótica, sino que surgen de unas aleaciones de partes eróticas con partes de la pulsión de destrucción. Comoquiera que sea, no puede caber ninguna duda de que las pulsiones que se dan a conocer fisiológicamente como sexualidad desempeñan un papel sobresaliente e inesperadamente grande en la causación de las neurosis; queda sin resolver si ese papel es exclusivo. 

Es preciso ponderar también que ninguna otra función ha experimentado como la sexual, justamente, un rechazo tan enérgico y tan vasto en el curso del desarrollo cultural. La teoría tendrá que conformarse con algunas referencias que denuncian un nexo más profundo: que el período de la primera infancia, en el trascurso del cual el yo empieza a diferenciarse del ello, es también la época del temprano florecimiento sexual al que pone término el período de latencia; que difícilmente se deba al azar que esa prehistoria significativa caiga luego bajo la amnesia infantil; y, por último, que unas alteraciones biológicas dentro de la vida sexual como lo son la acometida de la función en dos tiempos, la pérdida del carácter de la periodicidad en la excitación sexual y la mudanza en la relación entre la menstruación femenina y la excitación masculina, que estas innovaciones dentro de la sexualidad, decíamos, no pueden menos que haber sido muy significativas para el desarrollo del animal al ser humano. Queda reservado a la ciencia del futuro componer en una nueva unidad los datos que hoy siguen aislados. No es la psicología, sino la biología, la que muestra aquí una laguna.

Quizá no andemos errados si decimos que el punto débil en la organización del yo se situaría en su conducta frente a la función sexual, como si la oposición biológica entre conservación de si y conservación de la especie se hubiera procurado en este punto una expresión psicológica.

Si la experiencia analítica nos ha convencido sobre el pleno acierto de la tesis, a menudo formulada, según la cual el niño es psicológicamente el padre del adulto, y las vivencias de sus primeros años poseen una significación inigualada para toda su vida posterior, presentará para nosotros un interés particular que exista algo que sea lícito designar la vivencia central de este período de la infancia.

 Nuestra atención es atraída en primer lugar por los efectos de ciertos influjos que no alcanzan a todos los niños, aunque se presentan con bastante frecuencia, como el abuso sexual contra ellos cometido por adultos, su seducción por otros niños poco mayores (hermanos y hermanas) y, cosa bastante inesperada, su conmoción al ser partícipes de testimonios auditivos y visuales de procesos sexuales entre adultos (los padres), las más de las veces en una época en que no se les atribuye interés ni inteligencia para tales impresiones, ni la capacidad de recordarlas más tarde. Es fácil comprobar en cuán grande extensión la sensibilidad   sexual   del   niño   es   despertada   por   tales   vivencias,   y   es   esforzado   su querer-alcanzar sexual por unas vías que ya no podrá abandonar. Dado que estas impresiones caen  bajo  la  represión  enseguida,  o  bien  tan  pronto  quieren  retornar  como  recuerdo, establecen  la  condición  para  la  compulsión  neurótica  que  más  tarde  imposibilitará  al  yo gobernar la función sexual y probablemente lo mueva a extrañarse de ella de manera permanente.

 Esta última reacción tendrá por consecuencia una neurosis; si falta, se desarrollarán múltiples perversiones o una rebeldía total de esta función, cuya importancia es inconmensurable no sólo para la reproducción, sino para la configuración de la vida en su totalidad.

Por instructivos que sean estos casos, merece nuestro interés en grado todavía más alto el influjo de una situación por la que todos los niños están destinados a pasar y que deriva de manera necesaria del factor de la crianza prolongada y de la convivencia con los progenitores. Me refiero al complejo de Edipo, así llamado porque su contenido esencial retorna en la saga griega del rey Edipo, cuya figuración por un gran dramaturgo afortunadamente ha llegado a nosotros. El héroe griego mata a su padre y toma por esposa a su madre. Que lo haga sin saberlo, pues no los reconoce como sus padres, es una desviación respecto del estado de cosas  en  el  análisis,  una  desviación  que  comprendemos  bien  y  aun  reconocemos  como forzosa.

Aquí tenemos que describir por separado el desarrollo de varoncito y niña -hombre y mujer-, pues ahora la diferencia entre los sexos alcanza su primera expresión psicológica. El hecho de la dualidad de los sexos se levanta ante nosotros a modo de un gran enigma, una ultimidad para nuestro conocimiento, que desafía ser reconducida a algo otro. El psicoanálisis no ha aportado nada para aclarar este problema, que, manifiestamente, pertenece por entero a la biología. En la vida anímica sólo hallamos reflejos de aquella gran oposición, interpretar la cual se vuelve difícil por el hecho, vislumbrado de antiguo, de que ningún individuo se limita a los modos  de  reacción  de  un  solo  sexo,  sino  que  de  continuo  deja  cierto  sitio  a  los  del contrapuesto, tal como su cuerpo conlleva, junto a los órganos desarrollados de uno de los sexos, también los mutilados rudimentos del otro, a menudo devenidos inútiles. Para distinguir lo  masculino  de  lo  femenino  en  la  vida  anímica  nos  sirve  una  ecuación  convencional  y empírica, a todas luces insuficiente. Llamamos «masculino» a todo cuanto es fuerte y activo, y «femenino» a lo débil y pasivo. Este hecho de la bisexualidad, también psicológica, entorpece todas nuestras averiguaciones y dificulta su descripción.

El primer objeto erótico del niño es el pecho materno nutricio; el amor se engendra apuntalado en la necesidad de nutrición satisfecha. Por cierto que al comienzo el pecho no es distinguido del cuerpo propio, y cuando tiene que ser divorciado del cuerpo, trasladado hacia «afuera» por la frecuencia con que el niño lo echa de menos, toma consigo, como «objeto», una parte de la investidura libidinal originariamente narcisista. Este primer objeto se completa luego en la persona de la madre, quien no sólo nutre, sino también cuida, y provoca en el niño tantas otras sensaciones corporales, así placenteras como displacenteras. En el cuidado del cuerpo,, ella deviene la primera seductora del niño. En estas dos relaciones arraiga la significatividad única de la madre, que es incomparable y se fija inmutable para toda la vida, como el primero y más intenso objeto de amor, como arquetipo de todos los vínculos posteriores de amor. . . en ambos sexos. Y en este punto el fundamento filogenético prevalece tanto sobre el vivenciar personal accidental que no importa diferencia alguna que el niño mame efectivamente del pecho o se lo alimente con mamadera, y así nunca haya podido gozar de la ternura del cuidado materno. Su desarrollo sigue en ambos casos el mismo camino, y quizás en el segundo la posterior añoranza crezca tanto más. Y en la medida en que en efecto haya sido amamantado en el pecho materno, tras el destete siempre abrigará la convicción de que aquello fue demasiado breve y escaso.

Esta  introducción no es superflua: puede aguzar nuestra inteligencia de la intensidad del complejo de Edipo. Cuando el varoncito (a partir de los dos o los tres años) ha entrado en la fase fálica de su desarrollo libidinal, ha recibido sensaciones placenteras de su miembro sexual y ha aprendido a procurárselas a voluntad mediante estimulación manual, deviene el amante de la madre. Desea poseerla corporalmente en las formas que ha colegido por sus observaciones y vislumbres de la vida sexual, y procura seducirla mostrándole su miembro viril, de cuya posesión está orgulloso. En suma, su masculinidad de temprano despertar busca sustituir junto a ella al padre, quien hasta entonces ha sido su envidiado arquetipo por la fuerza corporal que en él percibe y la autoridad con que lo encuentra revestido. Ahora el padre es su rival, le estorba el camino y le gustaría quitárselo de en medio. Si durante una ausencia del padre le es permitido compartir el lecho de la madre, de donde es de nuevo proscrito tras el regreso de aquel, la satisfacción al desaparecer el padre y el desengaño cuando reaparece le significan unas vivencias que calan en lo hondo. Este es el contenido del complejo de Edipo, que la saga griega ha traducido del mundo de la fantasía del niño a una presunta realidad objetiva.  En  nuestras  constelaciones  culturales,  por  regla  general  se  le  depara  un  final terrorífico.

La madre ha comprendido muy bien que la excitación sexual del varoncito se dirige a su propia persona. En algún momento medita entre sí que no es correcto consentirla. Cree hacer lo justo si le prohíbe el quehacer manual con su miembro. La prohibición logra poco, a lo sumo produce una modificación en la manera de la autosatisfacción. Por fin, la madre echa mano del recurso más tajante: amenaza quitarle la cosa con la cual él la desafía. Por lo común, cede al padre la ejecución de la amenaza, para hacerla más terrorífica y creíble: se lo dirá al padre y él le cortará el miembro. Asombrosamente, esta amenaza sólo produce efectos si antes o después se cumple otra condición. En sí, al muchacho le parece demasiado inconcebible que pueda suceder algo semejante. Pero si a raíz de esa amenaza puede recordar la visión de unos genitales femeninos o poco después le ocurre verlos, unos genitales a los que les falta esa pieza apreciada por encima de todo, entonces cree en la seriedad de lo que ha oído y vivencia, al caer bajo el influjo del complejo de castración, el trauma más intenso de su joven vida (ver nota(22)).

Los efectos de la amenaza de castración son múltiples e incalculables; atañen a todos los vínculos del muchacho con padre y madre, y luego con hombre y mujer en general. Las más de las veces, la masculinidad del niño no resiste esta primera conmoción. Para salvar su miembro sexual, renuncia de manera más o menos completa a la posesión de la madre, y a menudo  su  vida  sexual  permanece  aquejada  para  siempre  por  esa  prohibición.  Si  está presente en él un fuerte componente femenino, según lo hemos expresado, este cobra mayor intensidad por obra del amedrentamiento de la masculinidad. El muchacho cae en una actitud pasiva hacia el padre, como la que atribuye a la madre. 

Es cierto que a consecuencia de la amenaza resignó la masturbación, pero no la actividad fantaseadora que la acompaña. Al contrario, esta, siendo la única forma de satisfacción sexual que le ha quedado, es cultivada más que antes y en tales fantasías él sin duda se identificará todavía con el padre, pero también al mismo tiempo, y quizá de manera predominante, con la madre. Retoños y productos de trasmudación de estas fantasías onanistas tempranas suelen procurarse el ingreso en su yo posterior  y consiguen  tomar  parte  en  la formación  de  su  carácter.  Independientes  de  tal promoción de su feminidad, la angustia ante el padre y el odio contra él experimentarán un gran acrecentamiento. La masculinidad del muchacho se retira, por así decir, a una postura de desafío al padre, que habrá de gobernar compulsivamente su posterior conducta en la comunidad humana. 

Como resto de la fijación erótica a la madre suele establecerse una hipertrófica dependencia de ella, que se prolongará más tarde como servidumbre hacia la mujer (ver nota(23)). Ya no osa amar a la madre, pero no puede arriesgar no ser amado por ella, pues así correría el peligro de ser denunciado por ella al padre y quedar expuesto a la castración. La vivencia íntegra, con todas sus condiciones previas y sus consecuencias, de la cual nuestra exposición sólo pudo ofrecer una selección, cae bajo una represión de extremada energía y, como lo permiten las leyes del ello inconciente, todas las mociones de sentimiento y todas las reacciones en recíproco antagonismo, en aquel tiempo activadas, se conservan en lo inconciente y están prontas a perturbar el posterior desarrollo yoico tras la pubertad. Cuando el proceso  somático  de  la  maduración  sexual  reanima  las  viejas  fijaciones  libidinales  en apariencia superadas, la vida sexual se revelará  inhibida,  desunida,  y se fragmentará en aspiraciones antagónicas entre sí.

Por cierto que la injerencia de la amenaza de castración dentro de la vida sexual germinal del varoncito no siempre tiene esas temibles consecuencias. También aquí dependerá de unas relaciones cuantitativas la medida del daño que se produzca o se ahorre. Todo el episodio -en el que es lícito ver la vivencia central de la infancia, el máximo problema de la edad temprana y la fuente más poderosa de una posterior deficiencia- es olvidado de una manera tan radical que su reconstrucción dentro del trabajo analítico choca con la más decidida incredulidad del adulto. Más aún: el extrañamiento llega hasta acallar toda mención del asunto prohibido y hasta desconocer, con un raro enceguecimiento intelectual, las más evidentes recordaciones de él. Así, se ha podido oír la objeción de que la saga del rey Edipo en verdad no tiene nada que ver con la construcción del análisis: ella sería un caso por entero diverso, pues Edipo no sabía que era su padre aquel a quien daba muerte y su madre aquella a quien desposaba. Pero con ello se descuida que semejante desfiguración es indispensable si se intenta una plasmación poética del material, y que esta no introduce nada ajeno, sino que se limita a valorizar con  destreza  los  factores  dados  en  el  tema.  La  condición  de  no  sapiencia{Unwissenbeit} de Edipo es la legítima figuración de la condición de inconciente{Unbewusstheit} en que toda la vivencia se ha hundido para el adulto, y la compulsión del oráculo, que libra de culpa al héroe o está destinada a quitársela, es el reconocimiento de lo inevitable del destino que ha condenado a los hijos varones a vivir todo el complejo de Edipo. Cuando en otra ocasión se hizo notar desde el campo del psicoanálisis qué fácil solución hallaba  el enigma de otro héroe de la creación literaria,  el  irresoluto  Hamlet  pintado  por Shakespeare, refiriéndolo al complejo de Edipo -pues el príncipe fracasa en la tarea de castigar en otro lo que coincide con el contenido de sus propios deseos edípicos-, la universal incomprensión del mundo literario mostró cuán pronta estaba la masa de los hombres a retener sus represiones infantiles (ver nota(24)).

Y, no obstante, más de un siglo antes de la emergencia del psicoanálisis, el francés Diderot había dado testimonio sobre la significación del complejo de Edipo expresando el distingo entre prehistoria y cultura en estos términos: «Si le petit sauvage était abandonné á luimeme, qu'il conservát toute son imbécillité, et qu'il réunit au peu de raison de Venlant au berceau la violence des passions de l’homme de trente ans, il tordrait le col á son pere et coucherait avec sa mére» (ver nota y traducción(25)).            Me atrevo a decir que si el psicoanálisis no pudiera gloriarse de otro logro que haber descubierto el complejo de Edipo reprimido, esto solo sería mérito suficiente para que se lo clasificara entre  las  nuevas adquisiciones valiosas de la humanidad.

Los efectos del complejo de castración son más uniformes en la niña pequeña, y no menos profundos. 

Desde luego, ella no tiene que temer la pérdida del pene, pero no puede menos que  reaccionar  por  no  haberlo  recibido.  Desde  el  comienzo  envidia  al  varoncito por  su posesión; se puede decir que todo su desarrollo se consuma bajo el signo de la envidia del pene. Al principio emprende vanas tentativas por equipararse al muchacho y, más tarde, con mejor éxito, unos empeños por resarcirse de su defecto, empeños que, en definitiva, pueden conducir a la actitud femenina normal. Si en la fase fálica intenta conseguir placer como el muchacho, por estimulación manual de los genitales, suele no conseguir una satisfacción suficiente y extiende el juicio de la inferioridad de su mutilado pene a su persona total. Por regla general, abandona pronto la masturbación, porque no quiere acordarse de la superioridad de su hermano varón o su compañerito de juegos, y se extraña por completo de la sexualidad.
 
Si la niña pequeña persevera en su primer deseo de convertirse en un «varón», en el caso extremo terminará como una homosexual manifiesta; de lo contrarío, expresará en su posterior conducta de vida unos acusados rasgos masculinos, escogerá una profesión masculina, etc. El otro camino pasa por el desasimiento de la madre amada, a quien la hija, bajo el influjo de la envidia del pene, no puede perdonar que la haya echado al mundo tan defectuosamente dotada. En la inquina por ello, resigna a la madre y la sustituye por otra persona como objeto de amor: el padre. Cuando uno ha perdido un objeto de amor, la reacción inmediata es identificarse con él, sustituirlo mediante tina identificación desde adentro, por así decir. Este mecanismo acude aquí en socorro de la niña pequeña. 

La identificación-madre puede relevar ahora a la ligazón-madre. La hijita se pone en el lugar de la madre, tal como siempre lo ha hecho en sus juegos; quiere sustituirla al lado del padre, y ahora odia a la madre antes amada, con una motivación doble: por celos y por mortificación a causa del pene denegado. Su nueva relación con el padre puede tener al principio por contenido el deseo de disponer de su pene, pero culmina en otro deseo: recibir el regalo de un hijo de él. Así, el deseo del hijo ha remplazado al deseo del pene o, al menos, se ha escindido de este.

Es interesante que en la mujer la relación entre complejo de Edipo y complejo de castración se plasme de manera tan diversa, y aun contrapuesta, que en el varón. En este, según hemos averiguado, la amenaza de castración pone fin al complejo de Edipo; y en el caso de la mujer nos enteramos de que ella, al contrario, es esforzada hacia su complejo de Edipo por el efecto de la falta de pene. Para la mujer conlleva mínimos daños permanecer en su postura edípica femenina  (se  ha  propuesto,  para  designarla,  el  nombre  de  «complejo  de  Electra(26)»). Escogerá a su marido por cualidades paternas y estará dispuesta a reconocer su autoridad. Su añoranza de poseer un pene, añoranza en verdad insaciable, puede llegar a satisfacerse si ella consigue totalizar {vervollständigen} el amor por el órgano como amor por el portador de este, como en su tiempo aconteció con el progreso del pecho materno a la persona de la madre.
 
Si se demanda al analista que diga, guiándose por su experiencia, qué formaciones psíquicas de sus pacientes se han demostrado menos asequibles al influjo, la respuesta será: En la mujer, el deseo del pene; en el varón, la actitud femenina hacia el sexo propio, que tiene por premisa la pérdida del pene (ver nota(27)).

Parte III  La Ganancia Teórica

El aparato psíquico y el mundo exterior
 
Todas las intelecciones y premisas generales que hemos expuesto en nuestro primer capítulo se obtuvieron, desde luego, por medio de un laborioso y paciente trabajo de detalle, del cual hemos dado una muestra en el capítulo precedente. Acaso nos tiente ahora examinar qué enriquecimiento para nuestro saber hemos adquirido mediante ese trabajo y qué caminos para un ulterior progreso se nos han abierto. Es lógico que nos sorprenda el hecho de que tan a menudo nos  viéramos precisados a aventurarnos  más  allá  de  las fronteras de la ciencia psicológica. Los fenómenos que nosotros elaborábamos no pertenecen sólo a la psicología: tienen también un lado orgánico-biológico, y, en consonancia con ello, en nuestros empeños en torno de la edificación del psicoanálisis hemos hecho también sustantivos hallazgos biológicos y no pudimos evitar nuevos supuestos en esa materia.

Pero permanezcamos, en principio, en la psicología: Hemos discernido que el deslinde de la norma psíquica respecto de la anormalidad no se puede trazar científicamente, de suerte que a ese distingo debe adjudicársele sólo un valor convencional, a despecho de su importancia práctica. Con ello hemos fundado el derecho a comprender la vida anímica normal desde sus perturbaciones, lo cual no sería lícito si esos estados patológicos, neurosis y psicosis, tuvieran causas específicas que obraran al modo de unos cuerpos extraños.
 
El estudio de una perturbación del alma que sobreviene mientras se duerme, pasajera, inofensiva, y que aun responde a una función útil, nos proporcionó la clave para entender las enfermedades anímicas permanentes y dañinas para la vida. Y ahora, osemos aseverarlo: la psicología de la conciencia no era más idónea para entender la función anímica normal que para comprender el sueño. 

Los datos de la percepción conciente de sí, los únicos de que ella disponía, se han revelado dondequiera insuficientes para penetrar la plenitud y la maraña de los procesos anímicos, poner de manifiesto sus nexos y, así, discernir las condiciones bajo las cuales son perturbados.
 
Nuestro supuesto de un aparato psíquico extendido en el espacio, compuesto con arreglo a fines, desarrollado en virtud de las necesidades de la vida, aparato que sólo en un lugar preciso y bajo ciertas condiciones da origen al fenómeno de la conciencia, nos ha habilitado para erigir la psicología sobre parecidas bases que cualquier otra ciencia natural, por ejemplo la física. Aquí como allí, la tarea consiste en descubrir, tras las propiedades del objeto investigado que le son dadas directamente a nuestra percepción (las cualidades), otras que son independientes de la receptividad particular de nuestros órganos sensoriales y están más próximas al estado de cosas objetivo conjeturado. Pero a este mismo no esperamos poder alcanzarlo, pues vemos que a todo lo nuevo por nosotros deducido estamos precisados a traducirlo,  a  su  turno,  al  lenguaje  de  nuestras  percepciones,  del  que  nunca  podemos liberarnos. Ahora bien: esos son, justamente, la naturaleza y el carácter limitado de nuestra ciencia. Como diríamos en física: si tuviéramos una vista aguzadísima hallaríamos que los cuerpos en apariencia sólidos consisten en partículas de tal y cual figura, magnitud y situación recíproca. Entretanto, ensayamos acrecentar al máximo la capacidad de operación de nuestros órganos sensoriales mediante unos recursos auxiliares artificiales, pero es lícita la expectativa de que al fin tales empeños no harán variar la situación. Lo real-objetivo permanecerá siempre «no discernible». La ganancia que el trabajo científico produce respecto de nuestras percepciones sensoriales primarias consiste en la intelección de nexos y relaciones de dependencia que están presentes en el mundo exterior, que en el mundo interior de nuestro pensar pueden ser reproducidos o espejados de alguna manera confiable, y cuya noticia nos habilita para «comprender» algo en el mundo exterior, preverlo y, si es posible, modificarlo. De manera en un todo semejante procedemos en el psicoanálisis. Hemos hallado el recurso técnico para llenar las lagunas de nuestros fenómenos de conciencia, y de él nos valemos como los físicos de la experimentación. Por este camino inferimos cierto número de procesos que en sí y por sí son «no discernibles», los interpolamos dentro de los que nos son concientes y cuando decimos, por ejemplo: «Aquí ha intervenido un recuerdo inconciente», esto quiere decir: «Aquí ha ocurrido algo por completo inaprehensible para nosotros, pero que si nos hubiera llegado a la conciencia sólo habríamos podido describirlo así y así».
 
Desde luego que en cada caso singular queda sujeto a la crítica averiguar con qué derecho y con qué grado de certeza emprendemos tales inferencias e interpolaciones, y no se puede desconocer que la decisión ofrece a menudo grandes dificultades, que se expresan en la falta de acuerdo entre los analistas. Ha de hacerse responsable de ello a la novedad de la tarea, también a la falta de capacitación, pero además a un factor particular inherente al asunto mismo, a saber: que en la psicología no siempre se trata, como en la física, de cosas del mundo  que  podrían  despertar  sólo un frío  interés  científico.  Así,  uno  no  se  asombrará demasiado si una analista que no está suficientemente convencida sobre su propio deseo del pene no aprecia como es debido este factor en sus pacientes, Sin embargo, tales fuentes de error, que provienen de la ecuación personal, no habrán de significar mucho en definitiva. Si uno lee viejos manuales de microscopismo, se enterará con sorpresa de los requerimientos extraordinarios que en aquel tiempo se hacían a la personalidad de quien observara por ese instrumento, cuando esa técnica era todavía joven, mientras que hoy ni se habla de nada de eso.

No podemos proponernos la tarea de esbozar aquí un cuadro completo del aparato psíquico y sus operaciones; nos lo estorbaría también la circunstancia de que el psicoanálisis no ha tenido tiempo aún de estudiar en igual medida todas las funciones. Por eso nos conformaremos con repetir en detalle ciertos señalamientos de nuestro capítulo introductorio.

El  núcleo  de  nuestro  ser  está  constituido,  pues,  por  el  oscuro  ello,  que  no  comercia directamente con el mundo exterior y, además, sólo es asequible a nuestra noticia por la mediación de otra instancia. Dentro del ello ejercen su acción eficiente las pulsiones orgánicas, ellas mismas compuestas de mezclas de dos fuerzas primordiales (Eros y destrucción) en variables proporciones, y diferenciadas entre sí por su referencia a órganos y sistemas de órgano. Lo único que estas pulsiones quieren alcanzar es la satisfacción, que se espera de precisas alteraciones en los órganos con auxilio de objetos del mundo exterior. Pero una satisfacción pulsional instantánea y sin miramiento alguno, tal como el ello la exige, con harta frecuencia llevaría a conflictos peligrosos con el mundo exterior y al aniquilamiento. El ello no conoce prevención alguna por la seguridad de la pervivencia, ninguna angustia; o quizá sería más acertado decir que puede desarrollar, sí, los elementos de sensación de la angustia, pero no valorizarlos. Los procesos que son posibles en los elementos psíquicos supuestos en el interior del ello y entre estos (proceso primario) se distinguen en vasta medida de aquellos que nos son consabidos por una percepción concíente dentro de nuestra vida intelectual y de sentimientos; por otra parte, no valen para ellos las limitaciones críticas de la lógica, que desestima y quiere anular {des-hacer} por inadmisible una parte de estos procesos.

El ello, cortado del mundo exterior, tiene su propio mundo de percepción. Registra con extraordinaria agudeza ciertas alteraciones sobrevenidas en su interior -en particular, las oscilaciones en la tensión de necesidad de sus pulsiones-, las que devienen concientes como sensaciones de la serie placer-displacer. Desde luego que es difícil indicar los caminos por los cuales se producen estas percepciones y los órganos terminales sensibles con cuyo auxilio ocurren. Pero queda en pie que las percepciones de sí mismo -sentimientos generales y sensaciones de placer-displacer- gobiernan, con despótico imperio, los decursos en el interior del ello. El ello obedece al intransigente principio de placer. Pero no el ello solamente. Parece que tampoco la actividad de las otras instancias psíquicas es capaz de cancelar el principio de placer, sino sólo de modificarlo, y sigue siendo una cuestión de la más alta importancia teórica, que en el presente no se puede responder, averiguar cuándo y cómo se logra en general vencer al principio de placer. La reflexión de que el principio de placer demanda un rebajamiento, quizás en el fondo una extinción, de las tensiones de necesidad (Nirvana), lleva a unas vinculaciones no apreciadas todavía del principio de placer con las dos fuerzas primordiales: Eros y pulsión de muerte.

La otra instancia psíquica que creemos conocer mejor  y en  la  cual  nos  discernimos  por excelencia a nosotros mismos, el llamado yo, se ha desarrollado a partir del estrato cortical del ello, que por su dispositivo para recibir estímulos y apartarlos permanece en contacto directo con el mundo exterior (la realidad objetiva). Partiendo de la percepción conciente, ha sometido a su influjo distritos cada vez más amplios, y estratos más profundos, del ello; y el vasallaje en que se mantiene respecto del mundo exterior muestra el sello imborrable de su origen (como si fuera su «made in Germany»). Su operación psicológica consiste en elevar los decursos del ello a un nivel dinámico más alto (p. ej., en mudar energía libremente móvil en energía ligada, como corresponde al estado preconciente); y su operación constructiva, en interpolar entre exigencia pulsional y acción satisfaciente la actividad del pensar, que trata de colegir el éxito de las empresas intentadas mediante unas acciones tentaleantes, tras orientarse en el presente y valorizar experiencias anteriores, De esta manera, el yo decide si el intento desembocará en la satisfacción o debe ser desplazado, o si la exigencia de la pulsión no tiene que ser sofocada por completo como peligrosa (principio de realidad). Así como el ello se agota con exclusividad en la ganancia de placer, el yo está gobernado por el miramiento de la seguridad. El yo se ha propuesto la tarea de la autoconservación, que el ello parece desdeñar. 

Se vale de las sensaciones de angustia como de una señal que indica los peligros amenazadores para su integridad. Puesto que unas huellas mnémicas pueden devenir concientes lo mismo que unas percepciones, en particular por su asociación con restos de lenguaje, surge aquí la posibilidad de una confusión que llevaría a equivocar la realidad objetiva. El yo se protege contra esa confusión mediante el dispositivo del examen de realidad, que puede estar ausente en el sueño en virtud de las condiciones del estado del dormir. Al yo, que quiere afirmarse en un medio  circundante  de  poderes  mecánicos hiperpotentes,  le  amenazan  peligros,  ante  todo desde la realidad objetiva, pero no sólo desde ahí. El ello propio es una fuente de parecidos peligros,  y  con  dos  diversos  fundamentos.  En  primer  lugar,  intensidades  pulsionales hipertróficas pueden dañar al yo de manera semejante que los «estímulos» hipertróficos del mundo  exterior.  Es  verdad  que  no  son  capaces  de  aniquilarlo, pero    de  destruir  la organización dinámica que le es propia, de mudar de nuevo al yo en una parte del ello. En segundo lugar, la experiencia puede haber enseñado al yo que satisfacer una exigencia pulsional no intolerable en sí misma conllevaría peligros en el mundo exterior, de suerte que esa modalidad de exigencia pulsional deviene ella misma un peligro. Así, el yo combate en dos frentes: tiene que defender su existencia contra un mundo exterior que amenaza aniquilarlo, así como contra un mundo interior demasiado exigente. Y contra ambos aplica los mismos métodos defensivos, pero la defensa contra el enemigo interior es deficiente de una manera particular. A consecuencia de la originaria identidad y de la posterior íntima convivencia, es difícil escapar de los peligros interiores. Ellos perduran como unas amenazas, aunque temporariamente puedan ser sofrenados.

Tenemos sabido que el yo endeble e inacabado de la primera infancia recibe unos daños permanentes por los esfuerzos que se le imponen para defenderse de los peligros propios de este período de la vida, De los peligros con que amenaza el mundo exterior, el niño es protegido por la providencia de los progenitores: expía esta seguridad con la angustia ante la pérdida de amor, que lo dejaría expuesto inerme a tales peligros. Este factor exterioriza su influjo decisivo sobre el desenlace del conflicto cuando el varoncito cae en la situación del complejo de Edipo, dentro de la cual se apodera de él la amenaza a su narcisismo por la castración, una amenaza reforzada desde el tiempo primordial. 

Debido a la acción conjugada de ambos influjos, el peligro objetivo actual y el peligro recordado de fundamento filogenético, el niño se ve constreñido a emprender sus intentos defensivos -represiones {esfuerzos de desalojo y suplantación}-, que, si bien son acordes  al fin para ese momento, se revelan psicológicamente insuficientes cuando la posterior reanimación de la vida sexual refuerza las exigencias  pulsionales  en  aquel  tiempo  rechazadas.  El  abordaje  biológico  no  puede  sinodeclarar, entonces, que el yo fracasa en la tarea de dominar las excitaciones de la etapa sexual temprana, en una época en que su inacabamiento lo inhabilita para lograrlo. En este retraso del desarrollo yoico respecto del desarrollo libidinal discernimos la condición esencial de la neurosis, y no podemos eludir la conclusión de que esta última se evitaría sí al yo infantil se lo dispensase de esa tarea, vale decir, se consintiese libremente la vida sexual infantil, como acontece entre muchos primitivos. Muy posiblemente, la etiología de la contracción de neurosis sea más compleja de lo que hemos consignado aquí, pero al menos extrajimos una pieza esencial del anudamiento etiológico. No podemos olvidar tampoco los influjos filogenéticos, que de algún modo están subrogados en el interior del ello en unas formas todavía no asibles para nosotros, y que sin duda serán más eficaces sobre el yo en aquella época temprana que luego. Y, por otro lado, vislumbramos la intelección de que un intento tan temprano de endicar la pulsión sexual, una toma de partido tan decidida del yo joven en favor del mundo exterior por oposición al mundo interior, como la que se produce por la prohibición de la  sexualidad infantil, no puede dejar de ejercer efecto sobre el posterior apronte del individuo para la cultura(28). Las exigencias pulsionales, esforzadas a apartarse de una satisfacción directa, son constreñidas a internarse por nuevas vías que llevan a la satisfacción sustitutiva, y en el curso de estos rodeos pueden ser desexualizadas y aflojada su conexión con sus metas pulsionales originarias. Con ello anticipamos la tesis de que buena parte de nuestro tan estimado patrimonio cultural fue adquirido a expensas de la sexualidad, por limitación de unas fuerzas pulsionales sexuales.

Si hasta aquí tuvimos que insistir una y otra vez en que el yo debe su génesis, así como los más importantes de sus caracteres adquiridos, al vínculo con el mundo exterior real, estamos ya preparados para el supuesto de que los estados patológicos del yo, en los que él vuelve a acercarse en grado máximo al ello, se fundan en una cancelación o en un aflojamiento de este vínculo con el mundo exterior. Con esto armoniza muy bien lo que la experiencia clínica nos enseña: la ocasión para el estallido de una psicosis es que la realidad objetiva se haya vuelto insoportablemente dolorosa, o bien que las pulsiones hayan cobrado un refuerzo extraordinario, lo cual, a raíz de las demandas rivales del ello y el mundo exterior, no puede menos que producir el mismo efecto en el yo. El problema de la psicosis sería sencillo y trasparente si el desasimiento del yo respecto de la realidad objetiva pudiera consumarse sin dejar rastros. Pero, al parecer, esto sólo ocurre rara vez, quizá nunca. 

Aun en el caso de estados que se han distanciado tanto de la realidad efectiva del mundo exterior como ocurre en una confusión alucinatoria (amentia), uno se entera, por la comunicación de los enfermos tras su restablecimiento, de que en un rincón de su alma, según su propia expresión, se escondía en aquel tiempo una persona normal, la cual, como un observador no participante, dejaba pasearse frente a sí al espectro de la enfermedad. No sé sí sería lícito suponer que es así en general, pero puedo informar algo semejante sobre otras psicosis de trayectoria menos tormentosa. Me viene a la memoria un caso de paranoia crónica en el que, tras cada ataque de celos, un sueño anoticiaba al analista sobre su ocasión, figurándola de una manera correcta y por entero exenta de delirio (ver nota(29)). Así resultaba una interesante oposición: si de ordinario colegimos a partir de los sueños del neurótico los celos ajenos a su vida de vigilia, aquí, en el psicótico, el delirio que lo gobernaba durante el día era rectificado mediante el sueño.  Probablemente  tengamos  derecho  a  conjeturar, con  universal  validez,  que  lo sobrevenido en tales casos es una escisión psíquica. Se forman dos posturas psíquicas en vez de una postura única: la que toma en cuenta la realidad objetiva, la normal, y otra que bajo el influjo de lo pulsional separa al yo de la realidad. Las dos coexisten una junto a la otra. El desenlace  depende  de  la  fuerza  relativa  de  ambas.  Si  la  segunda  es  o  deviene  la  más poderosa, está dada la condición de la psicosis. Si la proporción se invierte, el resultado es una curación aparente de la enfermedad delirante. Pero en la realidad efectiva ella sólo se ha retirado a lo inconciente, así como de numerosas observaciones no se puede menos que inferir que el delirio estaba formado y listo desde largo tiempo atrás, antes de advenir a la irrupción manifiesta.
 
 El punto de vista que postula en todas las psicosis una escisión del yo no tendría títulos para reclamar tanta consideración si no demostrara su acierto en otros estados más semejantes a las neurosis y, en definitiva, en estas mismas. Me he convencido de ello sobre todo en casos de  fetichismo.  Esta  anormalidad,  que  es  lícito  incluir  entre  las  perversiones,  tiene  su fundamento, como es notorio, en que el paciente (masculino casi siempre) no reconoce la falta de pene de la mujer, que, como prueba de la posibilidad de su propia castración, le resulta en extremo indeseada. Por eso desmiente la percepción sensorial genuina que le ha mostrado la falta de pene en los genitales femeninos, y se atiene a la convicción contraria. Pero la percepción desmentida no ha dejado de ejercer influjo, pues él no tiene la osadía de aseverar que vio efectivamente un pene. Antes bien, recurre a algo otro, una parte del cuerpo o una cosa, y le confiere el papel del pene que no quiere echar de menos. Las más de las veces es algo que en efecto ha visto en aquel momento, cuando vio los genitales femeninos, o algo que se presta como sustituto simbólico del pene. Ahora bien, sería desacertado llamar «escisión del yo» a lo que sobreviene a raíz de la formación del fetiche; es una formación de compromiso con ayuda de un desplazamiento {descentramiento}, según se nos ha vuelto notorio por el sueño. Y nuestras observaciones nos muestran algo más todavía. La creación del fetiche ha obedecido al propósito de destruir la prueba de la posibilidad de la castración, de suerte que uno pudiera escapar a la angustia de castración. Si la mujer posee un pene como otros seres vivos, no hace falta que uno tiemble por la posesión permanente del pene propio. Sin embargo, encontramos fetichistas que han desarrollado la misma angustia de castración que los no fetichistas, y reaccionaron frente a ella de igual manera. Por tanto, en su comportamiento se expresan al mismo tiempo dos premisas contrapuestas. Por un lado, desmienten el hecho de su percepción, a saber, que en los genitales femeninos no han visto pene alguno; por el otro, reconocen la falta de pene de la mujer y de ahí extraen las conclusiones correctas. Las dos actitudes subsisten una junto a la otra durante toda la vida sin influirse recíprocamente. Es lo que se tiene derecho a llamar una escisión del yo. Este estado de cosas nos permite comprender  también  que con tanta frecuencia el  fetichismo  alcance  sólo  una  plasmación parcial. No gobierna la elección de objeto de una manera excluyente, sino que deja espacio para una extensión mayor o menor de conducta sexual normal, y aun muchas veces se retira a un papel modesto o a la condición de mero indicio. Por tanto, los fetichistas nunca han logrado el completo desasimiento del yo respecto de la realidad objetiva del mundo exterior.

No se crea que el fetichismo constituiría una excepción con respecto a la escisión del yo; no es más que un objeto particularmente favorable para el estudio de esta. Recurramos a nuestro anterior señalamiento: que el yo infantil, bajo el imperio del mundo real-objetivo, tramita unas exigencias pulsionales desagradables mediante las llamadas represiones. Y completémoslo ahora mediante esta otra comprobación: que el yo, en ese mismo período de la vida, con harta frecuencia da en la situación de defenderse de una admonición del mundo exterior sentida como penosa, lo cual acontece mediante la desmentida de las percepciones que anotician de ese reclamo de la realidad objetiva. 

Tales desmentidas sobrevienen asaz a menudo, no sólo en fetichistas; y toda vez que tenemos oportunidad de estudiarlas se revelan como unas medidas que se tomaron a medias, unos intentos incompletos de desasirse de la realidad objetiva. La desautorización es complementada en todos los casos por un reconocimiento; se establecen siempre dos posturas opuestas, independientes entre si, que arrojan por resultado la situación de una escisión del yo. También aquí, el desenlace dependerá de cuál de las dos pueda arrastrar hacia sí la intensidad más grande. [Cf. AE, 23, pág. 166, n. 1.]

Los hechos de la escisión del yo que hemos descrito no son tan nuevos ni tan extraños como a primera vista pudiera parecer, Que con respecto a una determinada conducta subsistan en la vida   anímica  de  la  persona  dos  posturas  diversas,  contrapuestas  una  a  la  otra  e independientes entre sí, he ahí un rasgo universal de las neurosis; sólo que en este caso una pertenece al yo, y la contrapuesta, como reprimida, al ello. El distingo entre ambos casos es, en lo esencial, tópico o estructural, y no siempre resulta fácil decidir frente a cuál de esas dos posibilidades se está. Ahora bien, lo importante que ambas tienen en común reside en lo siguiente: No interesa qué emprenda el yo en su afán defensivo, sea que quiera desmentir un fragmento del mundo exterior real y efectivo o rechazar una exigencia pulsional del mundo interior, el resultado nunca es perfecto, sin residuo, sino que siempre se siguen de allí dos posturas opuestas, de las cuales también la subyacente, la más débil, conduce a ulterioridades psíquicas. Para concluir, sólo se requiere señalar cuán poco de todos estos procesos nos deviene consabido por percepción conciente (ver nota(30)).

El mundo interior

Para dar noticia de una coexistencia compleja no tenemos otro camino que describirla en sucesión, y por eso todas nuestras exposiciones pecan al comienzo de simplificación unilateral y esperan ser completadas, que se corone su edificio y, así, se las rectifique.

La representación de un yo que media entre ello y mundo exterior, que asume las exigencias pulsionales de aquel para conducirlas a su satisfacción y lleva a cabo percepciones en este, valorizándolas como recuerdos; que, preocupado por su autoconservación, se pone en guardia frente a exhortaciones hipertróficas de ambos lados, al tiempo que es guiado, en todas sus decisiones, por las indicaciones de un principio de placer modificado: esta representación, digo, en verdad sólo es válida para el yo hasta el final del primer período de la infancia (cerca de  los  cinco  años).  Hacia  esa época  se  ha  consumado  una  importante  alteración.  Un fragmento del mundo exterior ha sido resignado como objeto, al menos parcialmente, y a cambio (por identificación) fue acogido en el interior del yo, o sea, ha devenido un ingrediente del mundo interior. Esta nueva instancia psíquica prosigue las funciones que habían ejercido aquellas personas [los objetos abandonados] del mundo exterior; observa al yo, le da órdenes, lo juzga y lo amenaza con castigos, en un todo como los progenitores, cuyo lugar ha ocupado. Llamamos superyó a esa instancia, y la sentimos, en sus funciones de juez, como nuestra conciencia moral. Algo notable: el superyó a menudo despliega una severidad para la que los progenitores reales no han dado el modelo. Y es notable, también, que no pida cuentas al yo sólo  a  causa  de  sus  acciones,  sino  de  sus  pensamientos  y  propósitos incumplidos,  que parecen serle consabidos. Esto nos trae a la memoria que también el héroe de la saga de Edipo se siente culpable a causa de sus acciones, y se somete a un autocastigo, cuando la compulsión del oráculo debiera proclamarlo libre de culpa tanto a juicio nuestro como a juicio de él. 

De hecho, el superyó es el heredero del complejo de Edipo y sólo se impone {einsetzen} tras la tramitación de este. Por eso su hiperseveridad no responde a un arquetipo objetivo, sino que corresponde a la intensidad de la defensa gastada contra la tentación del complejo de Edipo. Una vislumbre de esta relación de cosas yace sin duda en el fondo {zu Grunde} de lo que aseveran filósofos y creyentes, a saber, que el sentido moral no es instilado al hombre por la educación, ni lo adquirieron por la vida comunitaria, sino que les ha sido implantado desde un lugar más elevado.
 
Mientras  el  yo  trabaja  en  pleno  acuerdo  con  el  superyó,  no  es  fácil  distinguir  las exteriorizaciones de ambos, pero las tensiones y enajenaciones entre ellos se hacen notar con mucha nitidez. El martirio de los reproches de la conciencia moral responde exactamente a la angustia del niño por la pérdida de amor, angustia que fue sustituida en él por la instancia moral. Por otro lado, cuando el yo ha sustituido con éxito una tentación de hacer algo que sería chocante para el superyó, se siente elevado en su sentimiento de sí y reafirmado en su orgullo, como si hubiera logrado una valiosa conquista. De tal manera, el superyó sigue cumpliendo para el yo el papel de un mundo exterior, aunque haya devenido una pieza del mundo interior. Para todas las posteriores épocas de la vida subroga el influjo de la infancia del individuo, el cuidado del niño, la educación y la dependencia -de los progenitores de esa infancia que en el ser humano se prolonga tanto por la convivencia dentro de familias-. Y, con ello, no sólo adquieren vigencia las cualidades personales de esos progenitores, sino también todo cuanto haya ejercido efectos de comando sobre ellos mismos, las inclinaciones y requerimientos del estado social en que viven, las disposiciones y tradiciones de la raza de la cual descienden. Sí uno es afecto a las comprobaciones generales y las separaciones tajantes, puede decir que el mundo exterior, donde el individuo se hallará expuesto {aussetzen} tras su desasimiento de los padres, representa {reprüsentieren} el poder del presente; su ello, con sus tendencias heredadas, el pasado orgánico, y el superyó, que viene a sumarse más tarde, el pasado cultural ante todo, que el niño debe por así decir revivenciar en los pocos años de su edad temprana. 

No es fácil que tales generalidades sean universalmente correctas. Una parte de las conquistas culturales sin duda ha dejado como secuela su precipitado dentro del ello, mucho de lo que el superyó trae despertará un eco en el ello, y no poco de lo que el niño vivencia como nuevo experimentará un refuerzo porque repite un ancestral vivenciar filogenético. («Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo(31)»). De este modo, el superyó ocupa una suerte de posición media entre ello y mundo exterior, reúne en sí los influjos del presente y el pasado. En la institución del superyó uno vivencia, digamos así, un ejemplo del modo en que el presente es traspuesto en pasado. ( ... )

Notas finales

Cuando se publicó esta obra por primera vez, tanto la edición alemana como la versión inglesa incluyeron dos largos pasajes tomados de un trabajo fragmentario de Freud de la misma época, «Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis» (1940b [ 1938]). En la edición alemana, estos pasajes aparecieron como nota al pie en el capítulo IV (cf. AE, 23, pág. 156, n. 3), y en la inglesa, como un apéndice. Poco después se publicó completo el fragmento del cual habían sido extraídos (cf. AE, 23, págs. 279 y sigs.), y consecuentemente la nota y el apéndice ya no se incluyeron en reimpresiones posteriores.
 
Por un infortunado descuido, el «Prólogo» del autor (AE, 23, pág. 139) fue omitido en la edición de las Gesammelte Werke, y por ende sólo se lo encontrará, en alemán, en Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse. Debe destacarse que el volumen XVII de aquella colección, el primero que vio la luz (en 1941), fue impreso simultáneamente con distinta portada y encuadernación llevando como título Schriften aus dem Nachlass {Escritos póstumos}.
 
El manuscrito de este trabajo está redactado en forma inusualmente abreviada, en particular el capítulo III («El desarrollo de la función sexual» AE, 23, págs. 150 y sigs.), donde se omiten, por ejemplo, los artículos definidos e indefinidos y gran cantidad de verbos -podría decirse que su estilo es «telegráfico»-. Los directores de la edición alemana informan que completaron estas abreviaturas; el sentido general no ofrece dudas, y aunque en algunos puntos ese completamiento fue realizado con excesiva libertad, nos pareció que lo más simple era aceptarlo y traducir de la versión suministrada en las Gesammette Werke.

El autor no puso título a la parte 1; los editores alemanes adoptaron para ella «Die Natur des
Psychischen» {«La naturaleza de lo psíquico»}, que es a su vez un subtítulo del ya citado trabajo
«Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis» (cf. AE, 23, pág. 284). Para la presente edición se ha propuesto un título algo más general.
 
Respecto de la fecha en que Freud comenzó a escribir el Esquema existen algunas opiniones antagónicas. Según Ernest Jones (1957, pág. 255), lo hizo «durante el tiempo de espera en Viena», o sea, en abril o mayo de 1938. No obstante, en su página inicial el manuscrito está fechado el «22 de julio», lo cual da la razón a los editores alemanes cuando sostienen que la obra fue comenzada en julio de 1938 -vale decir, poco después del arribo de Freud a Londres, en los primeros días de junio-. 

A principios de setiembre había escrito ya 63 páginas, cuando debió interrumpir su trabajo para someterse a una gravísima operación; y no volvió a retomarlo, aunque al poco tiempo dio comienzo a otra obra de divulgación («Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis») que también muy pronto debió dejar.
 
Así pues, cabe considerar que el Esquema quedó inconcluso, si bien no puede afirmarse sin más que sea incompleto. Cierto es que el último capítulo es más breve que los restantes, y bien podría habérselo continuado con el examen de temas tales como el sentimiento de culpa -ya tocado, empero, en el capítulo VI-; no obstante, constituye un enigma saber hasta dónde y en qué dirección habría proseguido Freud, ya que el programa trazado por él en el «Prólogo» parece haberse cumplido en grado razonable.
 
Dentro de la larga serie de obras de divulgación que escribió Freud, el Esquema presenta características singulares. Las demás están destinadas, sin excepción, a exponer el psicoanálisis ante un público ajeno a este, un público con muy variados grados y tipos de aproximación general a la materia de la que trata Freud, pero siempre relativamente ignorante en ella. No es este el caso del Esquema. Resulta claro que no es una obra para Í novatos, sino más bien un «curso de repaso» para estudiantes avanzados. En todas sus partes supone que el lector está familiarizado no sólo con la concepción psicológica general de Freud sino con sus descubrimientos y teorías acerca de aspectos muy precisos. Por ejemplo, un par de brevísimas alusiones al papel que cumplen las huellas mnémicas de las impresiones sensoriales de las palabras (AE, 23, págs. 160 y 201) serán apenas inteligibles para quien ignore ciertos difíciles razonamientos del capítulo final de La interpretación de los sueños (1900a) y de la última sección de «Lo inconciente» (1915e); y las exiguas consideraciones que se hacen en dos o tres lugares sobre la identificación y su nexo con los objetos de amor abandonados (AE, 23, págs. 193 y 207) implican conocer siquiera el capítulo III de El yo y el ello (1923b). Pero para quienes ya se mueven a sus anchas entre los escritos de Freud, este trabajo constituirá un epílogo sumamente fascinante. Arroja nueva luz sobre todo aquello de que se ocupa -las teorías fundamentales o las más detalladas observaciones clínicas-, y todo lo examina empleando la terminología más reciente. Hay incluso indicios ocasionales de desarrollos completamente nuevos, en particular al final del capítulo VIII (AE, 23, págs. 203-6), donde recibe amplio tratamiento el problema de la escisión del yo y la desmentida de partes del mundo exterior, tal como lo ejemplifica el fetichismo.

Esto nos muestra que a los 82 años Freud poseía todavía un don sorprendente para enfocar de manerarenovada lo que podrían parecer temas trillados. Tal vez en ningún otro sitio alcanza su estilo un nivel más alto de compendiosidad y claridad. Por su tono expositivo, la obra nos trasmite una .sensación de libertad, que es quizá lo que cabía esperar de un maestro como él al presentar por última vez las ideas de las que fue creador.

James Strachey

notas

1 Esquema del psicoanálisis. (1940-1938]) Abriss der Psychoanalyse
2{La presente versión de este prólogo ha sido tornada de la traducción inglesa de la Standard Edition.}
3[El segundo se enuncia en AE, 23, pág. 156.]
4Esta parte más antigua del aparato psíquico sigue siendo la más importante durante toda la vida. En ella se inició también el trabajo de investigación del psicoanálisis.
5Los poetas han fantaseado algo semejante; nada correspondiente nos es consabido desde la historia de la sustancia viva. [Indudablemente, al decir esto Freud tenía presente, entre otros escritos, el Banquete de Platón, que ya había citado con un propósito análogo en Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, págs. 56-7, y al que había aludido antes aún, en el primero de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, pág. 124.]
6La figuración de las fuerzas fundamentales o pulsionales, contra la cual los analistas suelen revolverse todavía, era ya familiar al filósofo Empédocles de Acragas. [Freud examinó las teorías de Empé-docles con algu na extensión en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, págs. 246 y sigs. Una referencia a las dos fuerzas que operan en la física aparece en su carta abierta a Einstein, ¿Por qué la guerra? (1933b), AE, 22, pág. 193, así como también en la, 32º de sus Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933a), AE, 22, pág. 96,]
7[Literalmente podría traducirse «lo enferma». Esto mismo, incluido el juego de palabras con «Kränkung», fue dicho por Freud cuarenta y cinco años antes en su conferencia sobre la histeria (1893h), AE, 3, pág. 38.]
8[Se hallarán ciertas consideraciones mías sobre este pasaje y una parte de uno anterior ( AE, 23, pág. 147) en el «Apéndice B» a El yo y el ello (19 23b), AE, 19, págs. 64-5.]
9[En esta versión se han completado las abreviaciones del original. Cf. mi «Nota introductoria AE, 23, pág. 136.]
10Véase la conjetura de que el hombre desciende de un mamífero que alcanzaba madurez sexual a los cinco años. Algún gran influjo exterior ejercido sobre la especie perturbó luego el des arrollo rectilíneo de la sexualidad, Acaso con ello se entramaron otras trasmudaciones de la vida sexual del hombre, comparada c on la del animal; por ejemplo, la cancelación de la periodicidad de la libido y el recurso al papel de la menstruación en el vín culo entre los sexos. [Cf. Moisés y la religión monoteísta (1939a), AE, 23, pág. 72. Ferenczi (1913c) había sido el primero en sugerir años atrás un nexo entre el período de latencia y la época glacial. Freud se refirió a esto con gran cautela en El yo y el ello (1923b), AE, 19, pág. 37, y volvió a hacerlo, esta vez con mayor acuerdo, en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, pág. 146. El problema del cese de la periodicidad de la función sexual fue analizado con detenimiento por Freud en dos notas a pie de página de El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, págs, 97-8, y 102-4.]
11Se plantea la cuestión de si la satisfacción de mociones pulsionales puramente destructivas puede ser sentida como placer, si ocurre una destrucción pura sin suplemento libidinoso. Una satisfacción de la pulsión de muerte que ha permanecido en el interior del yo no p arece arrojar sensaciones de placer, aunque el masoquismo constituye una mezcla enteramente análoga al sadismo.
12Se suele afirmar la existencia de excitaciones vaginales tempranas, pero muy probablemente se trate de excitacion es en el clítoris, o sea, en un órgano análogo al pene, lo cual no suprime el derecho a llamar fálica a esta fase.
13¡Una orientación extrema, como el conductismo nacido en Estados Unidos, cree poder edificar una psicología prescindiendo de este hecho básico!
14[Algunos comentarios sobre Lipps (1851-1914) y la relación que F reud mantuvo con él se brindan en mi «Introducción» al libro de este último sobre el chiste (1905c), AE, 8, págs. 4-5.]
15[En la primera publicación alemana de esta obra (1940), se incorporó en este sitio una larga nota al pie. Cf. mi «Nota introductoria», AE, 23, pág. 135.]
16[«Fixierung»; la palabra es utilizada con el mismo sentido en La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág.532. Otras veces, Freud emplea «Niederschrilt» {«trascripción »}; por ejemplo, en «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 170, y en una carta a Fliess del 6 de diciembre de 1896 (Freud, 1950a , Carta 52), AE, 1, pág. 274. Cabe destacar que en Moisés y la religión monoteísta (1939a), obra que acababa de terminar, usó va rias veces «Fixierung» para denotar el registro de una tradición. Véase, verbigracia, supra, pág. 59.]
17[Expresión utilizada a menudo por Freud desde las más tempranas épocas como equivalente de «energía psíquica». Véase mi «Apéndice» al primer trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1894a), AE, 3, págs. 66-7, y una nota mía a pie de página en «Sobre la sexualidad femenina» (1931b), AE, 21, págs. 243-4.]
18La analogía sería: Un suboficial ha recibido mudo una reprimenda de su jefe, tras lo cual se procura una salida a su ira en el primer soldado inocente que le sale al p aso. [En esta persistencia del ello en descargar cantidades de excitación vemos una réplica exacta de lo que Freud, en su «Proyecto de psicología» de 1895 (1950a), AE, 1, pág.340, había enunciado en términos cuasi-neuro-lógicos como el principio primordial de la actividad de las neuronas: «las neuronas procuran aliviarse de la cantidad».]
19[Cf.. Moisés y la religión monoteísta (1939a), AE, 23, pág. 117.]
20{«mitgebracbten Dispositionen»; véase nuestra nota en AE, 23, al pie de la página 94.}
21[Wilhelm Roux (1850-1924), uno de los fundadores de la embriología experimental]
22La castración tampoco falta en la saga de Edipo, pues la ceguera que Edipo se inflige como castigo tras descubrir su crimen es, según el testimonio de los sueños, un sustituto simbólico de aquella. No se puede desechar la conjetura de que la responsabilidad por el efecto extraordinariamente terrorífico de la amenaza sea co mpartida por una huella mnémica filogenética de la prehistoria de la familia humana, pues el padre celoso realmente despojaba al hijo varón de sus genitales si lo importunaba como rival con la mujer. La antiquísima costumbre de la circuncisión, otro sustituto simbólico de la castración, sólo se puede comprender como expresión del sometimiento a la voluntad del padre. (Cf. los ritos de pubertad entre los primitivos.) No se ha estudiado aún cómo se plasma este decurso, por nosotros descrito, en los pueblos y culturas que no sofocan la masturbación infantil.
23[Cf. «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, pág. 254n.]
24El nombre «William Shakespeare» probablemente sea un seudónimo tras el cu al se oculta un gran desconocido. Un hombre en quien se cree discernir al autor de las poesías shakespeareanas, Edward de Vere, conde de Oxford, había perdido, niño aún, a un padre amado y admirado, y renegó de su madre, que contrajo nuevo matrimonio apena s muerto su esposo. [La primera mención de este punto de vista de Freud se halla en una oración agregada por él en 1930 a La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág. 274, n. 27. Se explayó acerca del asunto en su alocución en la casa de Goethe (1930e), AE, 21, pág. 211, así como en una nota agregada en 1935 a su Presentación autobiográfica (1925d), AE, 20, págs. 59-60. Por último, volvió a hacer referencia a esto en Moisés y la religión monoteísta (1939a), supra, pág. 63n. En una carta que escribió a J. S. H. Branson el 25 de marzo de 1934 expuso una larga argumentación en favor de sus opiniones; dicha carta fue publicada en el «Apéndice A» (n? 27) del tercer volumen de la biografía de Ernest Jones (1957, págs. 487-8).]
25{«Si el pequeño salvaje fuera abandonado a sí mismo, conservara toda su imbecilidad y sumara a la escasa razón del niño en la cuna la violencia de las pasiones del hombre de treinta años, retorcería el cuello a su padre y se acostaría con su madre».}
[De Le neveu de Rameau. Freud ya había citado este mismo pasaje en otras dos oportunidades: en la 21ª de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 308, y en «El dictamen de la facultad en el proceso Halsmann» (1931d), AE, 211 pág. 249.]
26[Parece haber sido Jung (1913, pág. 370) quien primero utilizó esta expresión. Freud, en «Sobre la sexualidad femenina» (1931b), AE, 21, págs. 230-1, sostuvo la inconveniencia de introducirla.]
27[Esto fue examinado con mucho más detalle en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, págs. 251 y sigs.]
28[El concepto, muy semejante, de «aptitud para la cultura» había sido analizado con cierta extens ión en «De guerra y muerte» (1915b), AE, 14, pág, 284, y fue mencionado también en El porvenir de una, ilusión (1927c), AE, 21, pág.38. Freud no establecía un distingo en su uso de las palabras «cultura» y «civilización».]
29[Se informa con bastante amplitud acerca de este caso en «Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad» (1922b), AE, 18, págs. 220-1.]
30[Las elucidaciones sobre el fetichismo en este capítulo derivan principalmente del trabajo que Freud dedicara al tema (1927e), en donde se hallará también una temprana referencia a la escisión del yo. (Cf. mi «Nota introductoria» a ese trabajo, AE, 21, pág. 145.) Ambas cuestiones habían sido abordadas en «La escisión del yo en el proceso defensivo» (1940e), AE, 23, págs. 271 y sigs., principiado por Freud pocos meses antes de redacta r el presente trabajo, y que quedó inconcluso. Consúltese también mi «Nota introductoria» a dicho artículo, AE, 23, págs. 273-4.]
31[Goethe, Fausto, parte I, escena 1. Estos versos habían sido citados en Tótem y tabú (1912-13), AE, 13, pág. 159.]