viernes, 21 de abril de 2017

INDICE

Pierre-Sylvester Clancier. "FREUD". Cap IV



 “FREUD”

Pierre-Sylvester Clancier.

Capítulo IV

LOS ESTADIOS DE LA EVOLUCION LIBIDINAL

Mientras que la mayoría de las personas tienen por equivalentes las nociones de "consciente" y "psíquico", Freud, como hemos visto en el segundo capítulo, se vio inducido a ampliar la noción de psíquico y a admitir la existencia de un psíquico no consciente. De igual modo, mientras que son muchos los que establecen una identidad entre lo "sexual" y "lo que se relaciona con la procrea­ción", esto es, lo "genital", Freud reconoce la existencia de un "sexual" que no es "genital", que no tiene nada que ver con la procreación 1.

Uno de los puntos más decisivos de la teoría freu­diana es, en efecto, la modificación mayor que aporta a la noción de sexualidad. El estudio de las perversiones y a la vez el de la sexualidad infantil permitieron a Freud formular ideas innovadoras en este terreno, pues por una parte "todo aquello que se sustrae al fin de procrear o que únicamente sirve para procurar placer recibe la deno­minación peyorativa de perverso" 2, y por la otra es más que evidente que, "si el niño posee una vida sexual, ha de ser sinceramente de naturaleza perversa, puesto que [ ...] carece de todo aquello que hace de la sexualidad una fun­ción procreadora" 3.


LA SEXUALIDAD INFANTIL

Freud considera los deseos del niño como sexuales. Y al asombro de sus lectores, que se preguntan si puede haber una sexualidad infantil, responde: "Nada de eso: el instinto sexual no entra de repente en los niños al llegar la pubertad, como nos cuenta el Evangelio que el demonio entró en el cuerpo de los cerdos. El niño posee desde un principio sus instintos y actividades sexuales; los trae con­sigo al mundo, y de ellos se forma, a través de las diver­sas etapas de una importantísima evolución, la llamada sexualidad normal del adulto" 4.

Por consiguiente, Freud extiende la denominación de sexual a las actividades de la primera infancia en busca de goces locales que tal o cual órgano es capaz de pro­porcionar 5. Según él, el instinto sexual del niño parece ser muy complejo y contener diversos elementos, así como etapas particulares. Damos aquí brevemente sus principales características antes de encarar con mayores detalles el estudio de los diferentes estadios de la evolu­ción libidinal. Para ello nos basamos de manera esencial en los rápidos resúmenes que dio Freud en su Cuarta con­ferencia de psicoanálisis, así corno en sus lecciones de Introducción al psicoanálisis. Según Freud, a los tres años de edad el niño ya posee una vida sexual que es en muchos aspectos comparable a la del adulto. Sus órganos genita­les, por ejemplo, son susceptibles de erección, lo cual im­plica a menudo un período de masturbación. En rigor, lo que separa esencialmente a la sexualidad infantil de la sexualidad adulta es que aquella, contrariamente a esta, no se halla sólidamente organizada alrededor de una prio­ridad acordada a los órganos genitales. De todos modos, y desde un punto de vista teórico, los estadios del desarrollo de la libido infantil anteriores a la edad de tres años son los más interesantes. Recordemos, en honor a la claridad, qué entiende Freud por libido: "Con esta palabra desig­namos aquella fuerza en que se manifiesta el instinto sexual análogamente a como en el hambre se exterioriza el instinto de absorción de alimentos"6. A todo el período anterior al tercer año del niño lo califica de "pregenital". Esto no significa que las "tendencias genitales parciales" sean entonces las más importantes. Freud habla de tenden­cias sádicas y anales. La organización sádico-anal corresponde, según él, a la última fase preliminar que antecede a aquella en la que se afirma el primado de los órganos genitales7. En esta fase el ano desempeña el papel de zona erógena privilegiada. 

Quiere, pues, decir "que el niño experimenta una sensación de placer al realizar la elimi­nación de la orina y de los excrementos y que, por tanto, tratará de organizar estos actos de manera que la excitación de las zonas erógenas a ellos correspondientes le procure el mayor placer posible" 8. Y Freud explica cómo antes de esta fase la succión del pecho materno representa el origen de la posterior vida sexual. Para él, el pri­mer objeto del instinto sexual es el pecho de la madre: "...y cuando después de mamar se queda dormido sobre el pecho de su madre, presenta una expresión de euforia idéntica a la del adulto después del orgasmo sexual" 9. Freud relaciona esta sensación con la zona bucolabial; tanto es así, que califica de fase "oral" al período del desa­rrollo de la libido que consiste en procurarse placer por el acto de chupar. El niño deja muy pronto, claro está, de poder chupar el pecho materno y se ve por ello condu­cido a sustituir este por otro objeto más fácil de obtener. Se tratará de una parte de su cuerpo, muy a menudo su pul­gar o su propia lengua. Por eso Freud habla, a propósito de la satisfacción oral, de una satisfacción "autoerótica". Debido a razones tanto lógicas como cronológicas nos proponemos ahora encarar nuestro estudio de los diferentes estadios de la evolución libidinal por el examen de la fase oral de la satisfacción sexual.


LAS ORGANIZACIONES PREGENITALES LA FASE ORAL

Este estadio del desarrollo de la libido corresponde a la primera organización sexual pregenital. Freud emplea de igual modo el adjetivo "caníbal" para designarlo. En efecto, durante este período la actividad sexual está liga­da a la absorción de alimentos. En otros términos, tal cual lo explica Freud, la pulsión sexual queda aquí satisfecha por apuntalamiento con otra función vital: la de la ali­mentación, que viene a satisfacer el hambre. La noción de "apuntalamiento", según la cual las pulsiones sexuales no son repentinamente autónomas, sino que se apoyan en las funciones de autoconservación —que les dan una finalidad y un objeto orgánicos—, es una de las claves de la teoría freudiana de la sexualidad. Fue adelantada por Freud en 1905, en Tres ensayos sobre teoría sexual, tra­bajo en el que su autor presenta como fundamental el víncu­lo que une a la pulsión sexual con importantes funciones 'vitales. Este es precisamente el vínculo que se pone de ma­nifiesto en la actividad oral del lactante. Según Freud, efectivamente, "el niño de pecho se halla siempre dispues­to a comenzar de nuevo la absorción de alimentos, y no porque sienta ya el estímulo del hambre, sino por el acto mismo que la absorción trae consigo"10. Dicho de otro modo, el hecho de chupar, y no solo la absorción de ali­mento, le ha procurado al lactante una satisfacción. La succión del pecho materno no es, pues, reducible a la satisfacción de una necesidad de nutrición; proporciona al lactante un verdadero placer, y Freud califica a este de sexual. Pero no fue Freud el primero en señalar la índo­le sexual de este acto. Antes de él un pediatra de Budapest, el doctor Lindner, había reunido cierto número de obser­vaciones que le permitieron afirmar el carácter sexual de la succión (Jahrbuch für Kinderheilkunde, XIV, 1879).

En un primer momento cuando lo que constituye el obje­to de placer es el pecho, la sexualidad no es aún, por tanto, autónoma. Solo con posterioridad, cuando el lactante es obligado a renunciar al pecho materno y lo reemplaza con una parte de su propio cuerpo, la satisfacción sexual se vuelve autoerótica. No obstante, ambos momentos revelan que la actividad alimentaria y la actividad sexual tienen el mismo objeto, a saber, "la asimilación del objeto, modelo de aquello que después desempeñará un importantísimo papel psíquico como identificación" 11. Freud introduce la noción de asimilación, ya entrado el año 1915, en la sección VI de su trabajo sobre la sexualidad infantil, sec­ción posteriormente incluida, por consiguiente, en sus Tres ensayos. Constituye el primer ejemplar de la identificación y la introyección. Vale decir que por entonces Freud insis­te más en la relación con el objeto. La asimilación [o in­corporación] corresponde a varias funciones. Primeramen­te se trata para el lactante de experimentar placer hacien­do penetrar en sí un objeto; en seguida se trata de destruir el objeto y, por último, de apropiarse de sus cualidades, conservándolo dentro de sí. Esta última función de la asimilación de las cualidades del objeto hace de la incor­poración el modelo de la identificación y la introyección. Freud habrá de explicar cómo el proceso de la introyec­ción en una instancia del aparato psíquico (en el yo, en el ideal del yo, etc.) toma por modelo la incorporación oral de los objetos. De igual modo, dice Freud, "originariamente, en la fase primitiva, oral, del individuo no es posible diferenciar la carga de objeto de la identificación" 12. En rigor, lo particularmente interesante que hay en la noción de incorporación, introducida en 1915 por Freud para precisar mejor su concepción de una organización oral de la libido, es el hecho de insistir en la idea de asi­milación de las cualidades del objeto por canibalismo.

Así, cuando inmediatamente después de Freud el psi­coanalista Karl Abraham subdivide el estadio oral en dos fases —una precoz, de succión preambivalente, y una pos­terior, de mordedura ambivalente— describe la segunda de estas como fase sádico-oral o canibalesca. Según Abraham, esta fase vendría a corresponder a la aparición de los dientes, en la que las actividades de morder y devorar implican la destrucción del objeto. Para Melanie Klein el estadio oral debe considerarse en su conjunto como estadio sádico-oral: "...la agresividad forma parte de la relación más precoz del niño con el pecho, aun cuando en este estadio no se expresa habitualmente por la morde­dura" 13, En cuanto a Freud, de modo especial en su estudio antropológico Tótem y tabú concedió suma importancia a las nociones de canibalismo y devoración, pero nada dijo acerca de la sexualidad infantil en el estadio sádico-oral.


EL ESTADIO SADICO-ANAL

Freud reserva la calificación de sádico para el período de organización pregenital que continúa a la fase oral, esto es, el período anal. En sus Tres ensayos sobre teoría sexual habla de una "fase sádico-anal". Lo que en esta de­sempeña un papel primordial es la oposición entre activo y pasivo, anunciando en cierta medida la polaridad sexual con la que tiempo después habrá de coincidir. El polo activo de esta fase es la "expresión de un instinto de dominio que degenera fácilmente en crueldad" 14. El polo pasivo co­rresponde al papel desempeñado por la zona erógena del ano a raíz de la excreción de las materias fecales. "La actividad está representada por el instinto de aprehensión, y como órgano con fin sexual pasivo aparece principalmente la mucosa intestinal erógena"15. Por consiguiente, Freud hace corresponder la actividad con el sadismo y la pasivi­dad con el erotismo anal. 

Las dos pulsiones parciales tienen diferentes funciones. La primera implica ya la presencia de un objeto heteroerótico; la segunda aún está ligada a una tendencia autoerótica, como en el caso de la fase oral. Así se comprende que la fase sádico-anal ocupe en el desarrollo de la libido un lugar intermedio entre la fase oral, por una parte, y, por la otra, la fase genital, "en la que aún faltan la organización y la subordinación a la función reproductora" 16. Efectivamente, en esta fase de la sexualidad infantil, cualquiera que sea la importancia del papel desempeñado por las propias zonas erógenas del ni­ño, este ya busca otras personas como objetos sexuales. Freud explica de qué modo puede el niño ser llevado, por ejemplo, a la crueldad. Según él, el niño todavía no cono­ce la piedad; tanto es así, que la visión del dolor ajeno no paraliza en modo alguno su pulsión de dominio. Pero Freud reconoce que es difícil analizar en, profundidad esta pul­sión. Para él, lo único que puede admitirse es que "la impulsión cruel proviene del instinto de dominio y aparece en la vida sexual en una época en la que los genitales no se han atribuido todavía su posterior papel" '17.

De todos modos, no hay que perder de vista en mo­mento alguno que el prototipo de la pulsión de dominio, que aparece en la fase sádico-anal, está dado por la acti­vidad de la defecación. En esta actividad se ve actuar, en efecto, la pulsión sádica en su bipolaridad esencial, como que el niño apunta, de manera contradictoria, a destruir el objeto y a controlarlo al conservarlo de manera pose­siva. Es, pues, el control del funcionamiento del esfínter por el niño, vale decir, el dominio de la evacuación o de la retención de las heces por este, lo que sirve de modelo a la pulsión sádica por cuyo intermedio el niño encuentra poco después un objeto sexual en la persona ajena.

Hay otra componente de la fase sádico-anal que tam­bién le permite al niño, paulatinamente, orientarse hacia un objeto sexual externo a él mismo. Se enraiza en el im­perioso deseo de ver y saber que anima al niño en ese período. Esta pulsión de ver está vinculada a la del exhi­bicionismo, paralelamente a la cual se desarrolla. Freud escribe: "El niño carece en absoluto de pudor y encuentra en determinados años de su vida un inequívoco placer en desnudar su cuerpo, haciendo resaltar especialmente sus órganos genitales. La contraparte de esta tendencia, con­siderada perversa, es la curiosidad por ver los genitales de otras personas (…).  Dado que la ocasión de satisfacer tal curiosidad no se presenta generalmente más que en el acto de la satisfacción de las dos necesidades excremen­tales, conviértense estos niños en voyeurs, esto es, en inte­resados espectadores de la expulsión de la orina o de los excrementos verificada por otra persona" 18.

Tales son las principales tendencias que según Freud caracterizan este período de la sexualidad infantil. Karl Abraham, quien, como hemos visto, llegó incluso a distin­guir dos fases dentro de la fase oral, procede asimismo a un pormenorizado estudio de la fase sádico-anal. A partir de 1924 Abraham propone una subdivisión dentro de la fa­se sádico-anal. Cada nueva fase correspondería a un modo diferente de comportamiento con respecto al objeto. Para el niño trataríase tan pronto de expulsar el objeto y des­truirlo, y tan pronto de retenerlo y poseerlo. En los co­mienzos del estadio anal el erotismo estaría ligado a la evacuación anal, y la pulsión sádica lo estaría a la destruc­ción de las heces; consiguientemente, el erotismo anal estaría ligado, en cambio, a la retención de las materias fecales, y la pulsión sádica lo estaría a su control posesivo. El paso de la primera fase a la segunda señalaría, según Abraham, una verdadera evolución hacia el amor de ob­jeto. La prueba de ello la suministran ciertas psicosis, que corresponden a una regresión más allá de la segunda fase sádico-anal, en tanto que las regresiones simplemente neuróticas correspondientes a este estadio de organización pregenital no superan la segunda fase, ya ligada al amor de objeto.

Por último, para captar de manera aun más precisa, en su relación con el objeto, esta organización pregenital, conviene recordar que Freud dejó bien en evidencia los valores simbólicos de don y rechazo que se vinculan a la actividad de la defecación. A este respecto, Freud deslindó el vínculo que existe entre los excrementos, los regalos y el dinero, que definirían, según la importancia que se les concediese, una tendencia anal.


LAS INVESTIGACIONES SEXUALES DEL NIÑO Y EL ESTADIO FÁLICO

Con posterioridad al conjunto de las actividades del estadio anal, es decir, durante un período que cae entre el tercero y el quinto año de vida del niño, Freud describe "los primeros indicios de la actividad denominada instinto de saber (Wisstrieb) o instinto de investigación"; la acti­vidad de la pulsión de saber "corresponde por un lado a la sublimación de la necesidad de dominio, y por otro actúa con la energía del placer de contemplación" 19. La pulsión de saber mantiene estrechas relaciones con la vida sexual. En efecto, durante este período el niño concede suma im­portancia a los problemas sexuales. Freud llega incluso a reconocer que tales son los problemas que despiertan la inteligencia del niño. Es una verdadera necesidad práctica, que lleva al niño a efectuar averiguaciones sexuales; por ejemplo, cuando pesa sobre él la amenaza del naci­miento de un hermano o una hermana, que puede provocar una disminución de los cuidados y del amor que sus pa­dres le dedican. Así, lo que más perturba al niño de esta edad es el enigma del origen de los niños. Para Freud, "bajo un disfraz fácilmente penetrable, es también este el problema cuya solución propone la esfinge tebana" 20.

En cambio, el problema de la diferencia de sexos preo­cupa muy poco al niño de esta edad. Por lo demás los chi­quilines siguen convencidos, según Freud, de que toda persona posee el mismo aparato genital que el de ellos. Es, incluso, un rasgo característico de los muchachos de esta edad defender tercamente esa convicción frente a las observaciones, contradictorias no obstante, que no tardan en hacer. El abandono de tal convicción proviene en ellos, muy a menudo por lo demás, de importantes luchas inte­riores, de luchas que corresponden a lo que Freud denomi­na complejo de castración. Los varones se ven llevados, en efecto, a imaginar que la mujer debe de haber tenido en otro tiempo un pene, del que se la ha privado por cas­tración. "La niña no crea una teoría parecida al ver que los órganos genitales del niño son diferentes de los suyos. Lo que hace es sucumbir a la envidia del pene, que culmi­na en el deseo, muy importante por sus consecuencias, de ser también un muchacho" 21, escribe Freud.

Para volver al problema considerado tan importante por los niños de esta edad, es decir, al del origen de los hijos, Freud enumera las diversas soluciones anatómicas que imaginan los chicos, quienes suponen que el nacimien­to se lleva a cabo por el pecho de la madre, o bien por su vientre después de una incisión, o incluso por su ombligo, Otras suposiciones consisten en creer que los hijos salen del intestino de la madre después de haber absorbido esta algún alimento especial. Freud muestra con claridad có­mo todas estas suposiciones van acompañadas de una mala concepción de las relaciones sexuales, aun cuando los ni­ños hayan podido sorprender a sus padres en pleno acto sexual. Esos niños no han podido "menos que considerar el acto sexual como una especie de maltrato o de abuso de poder" 22. En otros términos, le han dado una significa­ción sádica. De ahí que tanto ellos como los demás niños continúen formulándose la pregunta de saber en qué con­siste la relación sexual, "y buscan la solución del misterio en una comunidad facilitada por la función de expulsar la orina o los excrementos" 23.

Freud destaca, pues, el fracaso de las investigaciones sexuales del niño durante todo el período anterior a la pubertad. Pero esto no quiere decir, ni con mucho, que haya que considerar todo ese período como el de las orga­nizaciones únicamente pregenitales. Freud reserva esta denominación, según acabamos de verlo, para el estadio oral y el estadio anal.

El período que sucede al estadio anal corresponde a una organización de la sexualidad bastante cercana a la del adulto. Freud califica a este período de estadio fálico, pues corresponde a una organización de la libido infantil en torno del primado del falo. Ya entrevimos esto a pro­pósito de las nociones de "complejo de castración" y "en­vidia del pene". En 1923 Freud introdujo en el desarrollo de la sexualidad infantil una tercera fase, que interviene después de las dos organizaciones pregenitales represen­tadas por el estadio oral y el estadio anal. Y escribe a este respecto: "Posteriormente (1925) he modificado esta des­cripción, interpolando en la evolución infantil, y después de los dos estadios de organización pregenital, una tercera fase, que puede ya denominarse genital y que muestra ya un objeto sexual y una cierta convergencia de las tenden­cias sexuales hacia dicho objeto, pero que aún se diferen­cia de la organización definitiva de la madurez sexual en un punto esencial. No conoce, en efecto, sino un aparato genital —el masculino—, razón por la cual hemos dado a esta fase el nombre de organización fálica" 24

Según Karl Abraham, esta fase parece tener, por lo demás, una raíz biológica, en el sentido de que en el embrión no hay, al Parecer, diferenciación sexual. Resulta importante seña­lar que la idea de una predominancia del órgano del macho Ya existe en Freud mucho antes de su texto de 1923 titu­lado "La organización genital infantil". En la primera edi­ción (1905) de sus Tres ensayos sobre teoría sexual Freud adelanta algunas ideas que prefiguran su tesis de la fase fálica. Por una parte afirma que en la edad infantil la diferencia sexual no es tan manifiesta como habrá de serlo después de la pubertad y que, "con referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbato­rias, podría decirse que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter masculino". Luego añade que "en la niña la zona erógena directiva es el clítoris, localización homóloga a la de la zona erógena directiva masculina en el glande". Y por otra parte generaliza el alcance de estos análisis, cuando escribe que, "si fuera posible atri­buir un contenido más preciso a los conceptos 'masculino' y 'femenino', se podría también sentar la afirmación de que la libido es regularmente de naturaleza masculina, aparezca en el hombre o en la mujer independientemente de su objeto, sea este el hombre o la mujer 25. Por lo de­más, en el análisis que hace Freud de Juanito, en el que deslinda la noción de complejo de castración, pone en evi­dencia la alternativa para el muchacho de haber sido castrado o de poseer un falo. Por último, en un artículo de 1908 titulado "Teorías sexuales de los niños", Freud puso en claro la noción de envidia del pene en la niña y la frustración que ella implica.

Con posterioridad al artículo de 1923, al de 1924 titu­lado "El final del complejo de Edipo" y al relativo a "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anató­mica de los sexos", de 1925, es dable definir la frase fálica, según Freud, de la siguiente manera. Dentro de la perspec­tiva genética, la oposición "pasivo - activo", que caracteriza a las dos tendencias del estadio anal, es reemplazada por la bipolaridad que existe entre castrado y fálico. Así, con motivo de esta fase, el retroceso del complejo de Edipo está ligado para el muchacho a la amenaza de castración. En el caso de la niña, Freud afirma que se puede igual­mente hablar de una organización fálica; esta se manifies­ta por la envidia del pene que anima a la niña cuando descubre la diferencia entre los sexos. La niña se siente castrada con respecto al muchacho y desea poseer, como este, un pene. Ese sentimiento de frustración va acompa­ñado por un violento resentimiento para con la madre y por un descrédito de esta. La niña desea tener un hijo, pues este puede servir de equivalente simbólico del pene.


EL PERIODO DE LATENCIA

Según Freud, a partir del quinto o sexto año la evo­lución de la sexualidad se detiene hasta el momento de la pubertad. Período de latencia, llama Freud a este pe­ríodo señalado por la disminución de las actividades se­xuales del niño. No habla de estadio, pues no se encuentra una nueva organización de la sexualidad infantil antes de la pubertad. Durante este período se asiste a una re­presión de los primeros objetos sexuales elegidos por el niño entre los dos y los cinco años: "Sus fines sexuales han experimentado una atenuación y representan enton­ces lo que podríamos denominar corriente de ternura de la vida sexual. Solo la investigación psicoanalítica puede mostrar que detrás de esa ternura, ese respeto y esa consideración se esconden las antiguas corrientes sexuales de los instintos parciales infantiles ahora inutilizables" 26

El periodo de latencia comienza con la declinación del com­plejo de Edipo; aplaza la madurez sexual y permite lanar el tiempo, necesario para "alzar, al lado de otros diques sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al inces­to". Según Freud, durante este período el niño puede imbuirse de "aquellos preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas queridas durante la niñez y a los parientes consanguíneos" 27. Así pues, en el curso del período de latencia se elaboran las fuerzas psí­quicas que consecuentemente se opondrán a las pulsiones sexuales y canalizarán su progresión. Estas fuerzas corres­ponden, según Freud, al asco y al pudor; son las aspiraciones morales y estéticas. "Ante los niños nacidos en una sociedad civilizada experimentamos la sensación de que estos diques son una obra de la educación, lo cual no deja de ser, en gran parte, cierto. Pero en realidad esta evolu­ción se halla orgánicamente condicionada y fijada por la herencia y puede producirse sin auxilio ninguno de la educación" 28, escribe Freud, para interrogarse luego so­bre la manera en que se constituyen esas fuerzas capaces de limitar las tendencias sexuales. Y entonces define el proceso que desvía a las fuerzas sexuales de su finalidad, durante el período de latencia, como un "mecanismo de sublimación". Es un proceso que le permite al niño em­plear las antiguas fuerzas sexuales en nuevos fines. 

Así, durante el período de latencia las tendencias sexuales continúan existiendo, pero son de alguna manera desvia­das y se orientan hacia otros fines. A propósito de la na­turaleza del mecanismo de sublimación, Freud formula la siguiente hipótesis: por una parte la sexualidad no tiene, durante el período de latencia, uso apropiado, a falta de las funciones de procreación, y por otra parte parece ser perversa, esto es, llevada a dar privilegio a excitaciones sexuales localizadas en tal o cual zona erógena. Según Freud, precisamente estas excitaciones sexuales provoca­das hacen entrar en juego a contrafuerzas o reacciones que, a fin de reprimir eficazmente tan desagradables sensaciones, "erigirán los diques psíquicos ya citados (re­pugnancia, pudor, moral)" 29.

Durante este período de la infancia la sublimación de las pulsiones sexuales se realiza, pues, "por formación reaccional", cosa que no siempre ocurre, precisa Freud, en un estadio posterior del desarrollo de la libido. Efectiva­mente, la formación reaccional y la sublimación deben considerarse, según él, como dos procesos distintos. Ello quiere decir que hay casos en los que, con posterioridad a la pubertad y ya en la edad adulta, se realizan sublima­ciones de acuerdo con mecanismos más sencillos. De todos modos, el campo de las actividades sublimadas sigue es­tando bastante mal circunscripto en la teoría freudiana.


Y además Freud tiende a hacer resaltar el carácter hipo­tético de sus puntos de vista relativos al período de laten­cia, con lo que termina por decir que la transformación de la sexualidad infantil, tal cual la ha descrito, "representa un ideal educativo del que casi siempre se desvía el des­arrollo del individuo en algún punto, y con frecuencia en muchos puntos", para añadir por fin: "En la mayoría de los casos logra abrirse camino un fragmento de la vida sexual que ha escapado a la sublimación, o se conserva una actividad sexual a través de todo el período de la­tencia hasta el impetuoso florecimiento del instinto sexual en la pubertad" 30. Precisamente este florecimiento de la pulsión sexual a partir de la pubertad y bajo el primado de la zona genital es lo que vamos a estudiar ahora.


EL ESTADIO GENITAL

Freud se aplica a describir, de modo muy especial en sus Tres ensayos sobre teoría sexual, las transformaciones que en la pubertad deben conducir la vida sexual del niño "a su forma definitiva y normal". Con tal motivo recuerda de qué modo la pulsión sexual había seguido siendo, antes de la pubertad, esencialmente autoerótica, ya que "hasta ese momento actuaba a partir de instintos aislados y de zonas erógenas que, independientemente unas de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer" 31. Ahora bien, con la pubertad aparece una nueva finalidad sexual hacia la que se orientan todas las pulsiones parcia­les de los estadios precedentes, en tanto que las diversas zonas erógenas se someten al primado de la zona genital. En otros términos, según Freud "reservamos el nombre de genital para la organización sexual definitiva, que se constituye después de la pubertad" 32.

 Durante las fases precedentes —oral, anal y fálica— los fines sexuales siguen siendo parciales, e inadecuados los objetos. A partir, pues, de la noción de objeto se articula la de organización de la libido en diferentes fases del desarrollo, y el niño pasa del autoerotismo al objeto heterosexual. Por otra parte a partir de las nociones de placer preliminar y placer final, de placer de órgano y placer de función, puede Freud mos­trar la correspondencia que existe entre modos especí­ficos de actividad sexual y los diferentes estadios libidinales.

Para Freud, el instinto sexual del niño durante las fases pregenitales, es decir, entre el segundo y el quinto año, emana de fuentes diversas. Ante todo es, por supuesto, un instinto independiente de la función de reproducción; le procura al niño diversos tipos de sensaciones agradables a las que Freud califica de placeres sexuales. Pero no se trata aún de un placer de función. Solo en la pubertad, cuando el placer sexual se halle ligado a la función de reproducción, se lo podrá designar de ese modo. Para el muchacho, el placer sexual se vincula a la excitación de ciertas zonas erógenas, tales como "la boca, el ano, la abertura del meato y también la piel y otras superficies sensibles" 33. Por eso habla Freud de "placer de órgano". Dentro de este tipo de placer, la excitación de una zona erógena particular lo proporciona por si sola sin hallarse ligada a la satisfacción de las demás zonas y sin corres­ponder a la realización de una función. Freud precisa que las excitaciones "surgidas de todas estas fuentes no parecen actuar todavía de manera conjunta, sino que cada una persigue su fin especial", y esto lo lleva a pensar, como hemos visto, que "en la infancia el instinto sexual no está, por tanto, centrado, y es, al principio, autoerótico, careciendo de objeto"34. La libido no es aún "objetal", como habrá de serlo en principio, plenamente, después de la pubertad, sino simplemente "narcisista" 35.

No obstante, Freud matiza resueltamente este aserto, pues para él muy pronto aparecen en el niño, junto a las actividades autoeróticas, esos "componentes instintivos del placer sexual, o, como acostumbramos decir, de la libido, que presuponen una persona exterior al sujeto" 36. El niño encuentra entonces en uno de sus padres su primer objeto de amor, en el que se concentra toda su sensualidad. Pero la represión que se efectúa durante el período de latencia lleva al niño a renunciar a la mayoría de sus fines sexua­les infantiles y acarrea en él un cambio de actitud para con sus padres. 

Desde luego, sigue apegado a ellos, pero sus tendencias primitivas han sido ya canalizadas, y enton­ces solo siente por ellos sentimientos de ternura. En rigor, durante el período de latencia las tendencias sensuales anteriores persisten, pero solo en el inconsciente del niño. De ahí que la edad de la pubertad sea de capital importancia para el florecimiento de la libido. En efecto, en tanto surgen con ellas nuevas tendencias, todas ellas muy vivas y orientadas, además, hacia fines sexuales directos, "la normalidad de la vida sexual se produce por la con­cordancia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, a saber, la corriente de ternura y la de sensualidad" 37.

Las eventuales neurosis que puedan surgir en este período del desarrollo sexual del individuo podrán, pues, comprenderse en función de la situación del individuo con respecto al objeto sexual, esto es, en función de la mayor o menor importancia que haya concedido a una u otra de esas corrientes. En los casos desfavorables, por ejemplo, las tendencias sensuales permanecerán absoluta­mente separadas de la persistente corriente de ternura. Se obtiene entonces, según Freud, un cuadro cuyos dos aspectos han sido gustosamente idealizados por algunas corrientes literarias. El hombre consagra un culto quimé­rico a mujeres que le merecen sumo respeto, pero que no le inspiran el menor sentimiento amoroso, él solo se siente excitado en presencia de otras mujeres, a las que no "ama" y apenas estima, cuando no las desprecia 38.

Por lo demás, Freud definió la pubertad tal cual lo hemos destacado, por la aparición de una nueva finalidad sexual. Según él, "dado que el nuevo fin sexual determina funciones diferentes para cada uno de los sexos, las evolu­ciones sexuales respectivas divergirán considerablemente" 39. Considera que la del varón es la más lógica y, por consiguiente, la más fácil de interpretar. Por eso, en sus Tres ensayos sobre teoría sexual estudia principalmente la evolución sexual del varón durante la fase genital. A partir de la situación de la finalidad sexual, que en el varón consiste después de la pubertad en la emisión de los productos genitales, Freud analiza nuevamente la no­ción de placer sexual y comprueba que "el nuevo fin se­xual (…) no es totalmente distinto del antiguo fin, que se proponía tan solo la consecución del placer, pues precisamente a este acto final del proceso sexual se enla­za un máximo placer" 40. 

No obstante, gracias a este pro­ceso "se subordinan los diversos instintos a la primacía de la zona genital, con lo que toda la vida sexual entra al servicio de la procreación, y la satisfacción de los ins­tintos queda reducida a la preparación y favorecimiento del acto sexual propiamente dicho" 41. Freud establece en­tonces una distinción entre el placer debido a la excita­ción de las zonas erógenas y el que corresponde a la eya­culación de los productos genitales. Al primero lo califica de "placer de órgano", y al segundo de "placer final". Para él, "el placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque en menor escala, los instintos sexuales infantiles" 42. Se trata, por tanto, de un placer de órgano que en este caso se subordina a un placer de función, vale decir, al de la reproducción. "El placer final es nuevo y por lo tanto se halla ligado probablemente a condiciones que no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula para la nueva función de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer preliminar que producen y que se iguala al que producían en la vida in­fantil" 43.

Recordemos que precisamente en este nivel se com­prende la noción de perversión. Ocurre, en efecto, que las tendencias sensuales parciales no se subordinan en su totalidad al primado de la zona genital. Una tendencia que ha seguido siendo independiente constituye lo que Freud denomina perversión y reemplaza a la finalidad sexual normal por su propia finalidad. Puede suceder, por ejemplo, que el autoerotismo no haya sido resuelto, por completo, o bien que la equivalencia primera de los dos sexos en su condición de objetos sexuales permanezca como tal, lo que entrañará en el adulto una ambivalencia sexual y hasta una total homosexualidad. Según Freud, "esta serie de perturbaciones corresponde a las inhibicio­nes directas del desarrollo de la función sexual y comprende las perversiones y el nada raro infantilismo gene­ral de la vida sexual" 44.

En conclusión, aparece, pues, con claridad, que todas estas consideraciones sobre la sexualidad infantil y el desarrollo psicosexual del individuo no apartaron a Freud de las preocupaciones mayores del psicoanálisis, o sea, el estudio de las neurosis y las perversiones y su consiguiente tratamiento. Así es; Freud pone de relieve por una parte que "las manifestaciones infantiles de la sexualidad no determinan tan solo las desviaciones, sino también la estructura normal de la vida sexual del adulto" 45, y por la otra que, "si queréis, podéis describir exclusivamente el tratamiento psicoanalítico como una segunda educación dirigida al vencimiento de los restos de la infancia"


 
NOTAS

1 Cl. Freud 'Desarrollo de la libido y organizaciones sexuales', "Teo­ría sexual", Introducción al psicoanálisis, en ob, cit., t. IX, págs. 316-326.
2 Freud, "Teoría sexual", introducción al psicoanálisis, en ob. cit„ t. II, pág. 314.
3 Idem, ibídem.
4 Freud, Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. II, pág. 142
5 Freud, Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., cf. págs. 312-325
6 Idem, ibídem.
7 Idem, ibídem.
8 Idem, pág. 313. 9 Idem, pág. 312.
10 Idem, ibídem.
11 Freud, "La sexualidad infantil", Una teoría sexual, en ob. cit., t. I, pág. 801.
12 Freud, El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 16, A este respecto nos parece interesante reproducir la nota que agrega Freud al pie de su comparación: "La creencia de los primitivos de que las cualidades del animal ingerido como alimento se transmiten al indi­viduo y las prohibiciones basadas en esta creencia constituyen un interesantísimo paralelo de la sustitución de la elección del objeto por la identificación. Esta creencia se halla también integrada, seguramente, entre los fundamentos del canibalismo, y actúa en toda la serie de Las  costumbres que va desde la comida totémica hasta la comunión. Las consecuencias que aquí se atribuyen a la apropiación oral del objeto surgen luego, realmente, en la selección sexual del objeto Ulterior.
13 M. Klein, "Sorne theoretical conclusions regarding the enmotional life of the infant", 1952, en Developments, 206, N° 2.
14 Freud, Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 320
15 Freud, "La sexualidad infantil", Una teoría sexual, en ob. t.I, pág. 801.
16 Idem,
17 Idem, pág. 799.
18  Idem, pág. 798.
19 Idem, pág. 799.
20 Idem, págs. 799-800.
21 Idem, pág. 800. Nuestro es el subrayado de la expresión "en­vidia del pene", que hace juego con la de "complejo de castración", también subrayada precedentemente.
22 Idem. Ibídem.
23 Idem,
24 Idem, nota pág. 802.
25 Respecto de todas estas citas, cf. Freud, 'Diferenciaciones de los sexos', "Metamorfosis de la pubertad", Una teoría sexual, en ob. cit., t. I, págs. 811-812.
26 una teoría..., en ob. cit., t. I, pág. 802.
27 Idem, pág. 814.
28 Idem, pág. 791,
29 Idem, pág. 792.
30 Idem, pág. 792.
31 Freud, "La metamorfosis de la pubertad", en ob. cit., t. I, Pág. 805.
32 Freud, Nuevas aportaciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, Pág. 925.
33 Freud, Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. /I, pág. 143.
34 Freud, Una teoría sexual, en ob. cit., t. 1, pág. 794.
35 Se dice que la libido es objetal cuando, sustrayéndose de la propia persona del sujeto, se carga sobre objetos exteriores, es decir sobre otras personas,
36 Freud, Esquema del psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 143.
37 Freud, Una teoría. . ., en ob. cit., t. 1, pág. 806.
38 Cf. Freud, "Aportaciones a la psicología de la vida erótica", Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis, en ob. cit.,
t. 1, págs. 969-971.
39 "La metamorfosis de la pubertad", en ob. cit„ t. I, págs. 805-806.
40 Idem, pág. 806.
41 Freud, "Psicoanálisis", Esquema del psicoanálisis, 1910, en ob. cit., t. II, pág. 143.
42 "La metamorfosis...", en ob. cit., t. I, pág. 807.
43 Idem, ibídem.
44 "Psicoanálisis', Esquema. . ., en ob. cit., t. II, pág. 144.
45 "La metamorfosis...", en ob. cit., t. 1, pág. 808.
46 "psicoanálisis", Esquema..., en ob. cit., t. II, pág. 145.


INDEX

Pierre-Sylvestre Clancier. "Freud". Cap. II y III. -



"Freud"
Pierre-Sylvestre Clancier. 


Capítulo 2. Hipótesis del Inconsciente   

y Capítulo 3. Una nueva tópica.



Freud por Salvador Dalí
Capitulo 2 


HPOTESIS DEL INCONSCIENTE

La división de lo psíquico en un psíquico consciente y un psíquico inconsciente constituye la premisa fun­damental del psicoanálisis, sin la cual este sería incapaz de comprender los procesos patológicos tan frecuentes como graves de la vida psíquica y de hacerlos entro en el marco de la ciencia.(1)
Sigmund Freud


UNA HIPÓTESIS "NECESARIA" Y "LEGITIMA"

Freud comprueba a través de sus experiencias de aná­lisis terapéuticos que la predominancia de ideas incons­cientes eficientes es un hecho esencial en la psicología de las neurosis. ¿Qué entiende por ello? Entiende el hecho de que efectivamente existe un alto número de representa­ciones que pueden actuar de manera sensible sobre nuestro espíritu sin dejar de estar latentes en nuestra conciencia, lo que no quiere decir que sean representaciones débiles. Freud posee desde muy temprano la convicción, que logró a partir de estudios de casos de histeria, de que existen pensamientos latentes que no penetran en la conciencia, no importa lo fuerte que haya llegado a ser.

De modo, pues, que es conveniente reservar el término de inconsciente para ese tipo de pensamientos que obran en las neurosis. Freud insiste en el hecho de que la hipótesis del inconsciente es "necesaria" y "legítima" y que contamos con muchas pruebas de la existencia del incons­ciente.

Para Freud, en efecto, la asimilación, formulada de entrada, entre lo psíquico y el inconsciente es un verdadero abuso filosófico, una pura y simple petición de prin­cipio, pues se trata de una asimilación que no toma en cuenta el hecho de que los datos de la conciencia son en ex­tremo deficitarios. ¿De qué modo se podrían explicar en el enfermo los actos fallidos, los sueños y todo cuanto se llama síntomas psíquicos y fenómenos compulsivos sin ha­cer intervenir la noción de inconsciente? "También pode­mos aducir, en apoyo de la existencia de un estado psíquico inconsciente —dice Freud—, el hecho de que la conciencia solo integra en un momento dado un limitado contenido, de manera que la mayor parte de aquello que denomina­mos conocimiento consciente tiene que hallarse de todos modos, durante largos períodos de tiempo, en estado de latencia, esto es, en un estado de inconsciencia psíquica" 2. Y en apoyo de su hipótesis añade: "La negación del incons­ciente resulta incomprensible en cuanto reparamos en la existencia de todos nuestros recuerdos latentes" 3.

Por eso Freud se aplica a mostrar la naturaleza de los estados psíquicos inconscientes que pueden plantearse co­mo problemas. Y demuestra que estos mantienen un estrecho contacto con los procesos psíquicos conscientes a los que pueden ser traspuestos mediante la ejecución de determinado trabajo.
Así, según Freud, los estados psíquicos inconscientes pueden describirse por medio de las categorías que se apli­can a los actos psíquicos conscientes, esto es, la representación, la tendencia y la decisión. No se podría, pues, vaci­lar un solo instante en encararlos como verdaderos objetos de la investigación psicológica y en confrontarlos con los actos psíquicos conscientes.

Por lo demás, la hipótesis del inconsciente es cabal­mente "legítima", pues sin ella tendríamos que decir que todos los actos y todas las manifestaciones que observamos en nosotros sin saber vincularlos con el resto de nuestra vida psíquica deben juzgarse como si pertenecieran a otra persona. Esto sería absurdo, ya que equivaldría a suponer la existencia en nosotros de una segunda conciencia hermé­tica a la primera, que perdería por eso mismo su título de conciencia. De modo, pues, que para Freud es más justo admitir, sencillamente, la existencia de actos psíquicos pri­vados de conciencia.


LOS PUNTOS DE VISTA TÓPICO Y DINÁMICO

La hipótesis freudiana del inconsciente no se limita a admitir la coexistencia de diversos actos psíquicos, sino que además determina para cada uno de ellos una natura­leza y un tipo diferentes de funcionamiento. Ya en 1895, fecha en que colabora con Breuer en los Estudios sobre la histeria, su hipótesis implica una diferenciación tópica, es decir, de alguna manera espacial y geográfica, pero figu­rada, del aparato psíquico. Es como si Freud levantara una especie de carta imaginaria del aparato psíquico para escla­recer sus diversas componentes y la relación que estas man­tienen entre sí.

Según esta figuración tópica, también el inconsciente estaría compuesto por diferentes estratos, pues la investiga­ción analítica solo podría llevarse a cabo por determinadas vías, las cuales vendrían a suponer cierta distribución de los diversos grupos de representaciones que caracterizan leyes de asociaciones distintas. La disposición de los re­cuerdos agrupados y clasificados alrededor de un núcleo patógeno es más lógica que cronológica. Además, Freud describe la captación por el yo al nivel de la conciencia de recuerdos inconscientes, según un esquema espacial, y define a la conciencia como un "desfiladero" que solo per­mite que se infiltre un recuerdo por vez en el "espacio del yo".


INCONSCIENTE, PRECONSCIENTE, CONSCIENTE 4

Si se pasa a una representación positiva de lo que im­plica el punto de vista tópico, puede decirse "que, según nos demuestra el psicoanálisis, un acto psíquico pasa generalmente por dos estados o fases, entre los cuales se halla intercalado una especie de examen (censura)" 5. En el pri­mer estado el acto es inconsciente y forma parte del siste­ma Ics; puede ser rechazado por la prueba de la censura y no llegar al segundo estado, en cuyo caso se dice que ha sido reprimido: permanece inconsciente. Sin embargo, si logra sobrepasar la censura, entra en el segundo estado y entonces pasa a formar parte del segundo sistema, al que Freud llama sistema Cs. No obstante, su vinculación con la conciencia no se halla todavía íntegramente determi­nada por el hecho de pertenecer al segundo sistema; el acto psíquico no es aún, hablando con propiedad, cons­ciente, sino más bien susceptible de volverse consciente. Esta noción de "posibilidad de hacerse consciente" induce a Freud a incluir en el sistema Cs la existencia de un sistema Pcs.

De todos modos, nos dice: "con la aceptación de estos (dos o tres) sistemas psíquicos el psicoanálisis se ha sepa­rado un paso más de la psicología descriptiva de la conciencia" 6


LA REPRESIÓN 7

Hemos dicho precedentemente, para introducir la dis­tinción entre Ics, Pcs y Cs, que un acto psíquico puede ser "reprimido", esto es, puede no llegar a la conciencia y seguir siendo inconsciente. Hemos así establecido que la represión es un proceso que actúa sobre algunas represen­taciones al amparo de los sistemas Ics y Pcs (Cs). Freud describe luego este proceso con mayor precisión; según él, a la representación se le sustrae la carga (catexis) preconsciente, como consecuencia de lo cual conserva una catexis inconsciente, o bien hay sustitución de la catexis preconsciente por una inconsciente En otros términos, la idea o imagen del acto psíquico queda privada de toda energía psíquica consciente. 

Pero a fin de esclarecer este proceso, hasta allí bastante misterioso, Freud se ve obli­gado a recurrir a otro proceso, destinado, ora a mantener la represión, ora a constituirla y hacerla durar. Esto solo puede explicarse, según él, si se admite la existencia de "una contracatexis, por medio de la cual se protege el sistema Pcs contra la presión de la representación incons­ciente" 8. Freud se ve por lo demás llevado a precisar que "es muy posible que precisamente la catexis sustraída a la representación sea la empleada para la contracatexis" 9.

Destaquemos el aspecto innovador y original de los términos utilizados por Freud. En efecto, los términos "catexis" y "contracatexis" corresponden a lo que Freud mismo llama "punto de vista económico". Quiere, pues, decir que, desde este punto de vista y con los términos que implica, Freud intenta "perseguir los destinos de las magnitudes de excitación y establecer una estimación, por lo menos relativa, de ellos" 10. De ahí que para caracterizar apropiadamente la investigación psicoanalítica proponga emplear el giro "exposición metapsicológica" cada vez que se logre informar acerca de un proceso psíquico en sus relaciones dinámica, tópica y económica. El punto de vista tópico corresponde, como hemos visto, a la descripción figurada según un orden espacial del aparato psíquico. El punto de vista dinámico permite explicitar la génesis de las neurosis en torno de la noción de conflicto psíquico.

Es dable, pues, encarar el proceso de la represión con arreglo a estos tres puntos de vista metapsicológicos.

Desde el punto de vista tópico, la represión queda definida como una operación de conservación fuera del campo de la conciencia, pero la instancia represiva no es asimilada a la conciencia. Lo que permite rendir cuenta de ello es, en efecto, la censura, a la que intentaremos luego explicitar.

Desde el punto de vista económico, la represión se explica por una sutil combinación de sus tracciones de carga, sobrecargas y contracargas que atañen a las representaciones (imagen, idea...) de la pulsión. Si se consi­dera por fin la represión desde el punto de vista dinámico, entonces se tratará de saber cuáles son sus motivos, o, para decirlo de otro modo, se tratará de explicar por qué una pulsión que, ya satisfecha, normalmente engendraría cierto placer llega en este caso a proporcionar tal displacer, que arrastra consigo al proceso de la represión.


LA CENSURA

Según Freud, el riguroso examen de censura que sufre un acto psíquico entre dos estados o fases del aparato psíquico llena esencialmente su papel en el paso del Ics al Pcs. Esta es la operación que importa explicar, pues se halla en el origen de la represión. Efectivamente, Freud dice que todo acto psíquico es originariamente inconscien­te y puede, o bien seguir siéndolo, o bien alcanzar la con­ciencia, según sea la censura que se opere sobre él. La distinción entre actividad preconsciente y actividad incons­ciente está lejos de ser primaria y solo puede establecerse después de la intervención de la censura. A partir de allí la distinción entre pensamientos preconscientes, suscepti­bles de convertirse en objetos de conciencia en cualquier momento, y pensamientos inconscientes, a los que esta condición les está negada, reviste sumo interés, tanto teó­rico como práctico. A este propósito Freud emplea una analogía didáctica, cual es la de la fotografía; en efecto, "el primer estadio de la fotografía es el negativo. Toda imagen fotográfica tiene que pasar por el proceso negativo, y algunos de estos negativos, que han resistido bien la prueba, son admitidos al proceso positivo, que acaba en la imagen perfecta" 11.

La censura que obra entre el Ics y el Pcs es a menudo más fácilmente analizable en el sueño, donde opera de manera constante, pero más atenuadamente que en el estado de vigilia. Freud considera que en la deformación de los sueños se debe atribuir un papel al fenómeno de la censura. Esta impone allí "atenuaciones, aproximaciones y alusiones al pensamiento verdadero" 12, Esto les permite a un número mayor de vástagos del inconsciente presen­tarse a la conciencia. Freud insiste a este respecto en el hecho de que el término de censura no debe comprender­se en un sentido demasiado antropomórfico. No se trata, por ejemplo, de representarse "al censor onírico bajo la forma de un hombrecillo severo o de un duende alojado en un departamento del cerebro, desde el cual ejerce sus funciones censoras" 13.

En la palabra "censura" solo hay que ver un término útil para caracterizar una relación dinámica. A la pregunta de saber por qué tendencias se opera la censura, Freud responde que las tendencias que influyen sobre la censura del sueño son las mismas que, una vez en estado de vigilia, son reconocidas por el durmiente como si fueran propias. Y a la pregunta de saber contra qué tendencias va dirigida la censura, Freud responde que se trata de las tendencias consideradas reprensibles e indecentes desde un punto de vista moral, social y estético. Se trata de tendencias co­rrespondientes a la manifestación de un egoísmo exagerado, a la realización de un "yo desembarazado de toda traba moral" y que no obedece más que a las exigencias del ins­tinto sexual.

Señalemos por último que Freud sitúa asimismo una censura entre Preconsciente y Consciente, aun cuando pre­cisa que "no debemos ver en esta complicación una dificultad, sino aceptar que a todo paso de un sistema al inmediatamente superior, esto es, a todo progreso hacia una fase más elevada de la organización psíquica, corresponde una nueva censura" 14.


PROPIEDADES PARTICULARES DEL SISTEMA INCONSCIENTE

Freud instituye la cohesión del sistema Ics y distingue radicalmente a este del sistema Pcs por medio de la noción económica de una energía de carga particular de cada uno de los sistemas. Así, la característica esencial del incons­ciente sería la de que no hay en él "sino contenidos más o menos enérgicamente separados" 15.  Según Freud, en este sistema "no hay negación ni duda alguna, ni tampoco gra­do ninguno de seguridad" 16. El paso de un acto psíquico de un sistema al otro se efectúa mediante una descarga por parte del primero y una sobrecarga por parte del segundo. La marca particular del Ics es lo que Freud denomina "proceso psíquico primario", a saber, una extrema movilidad de las intensidades de carga. En otras palabras, la "energía libre" es la característica esencial del Ics. Tal li­bertad y tal movilidad de la energía de carga aparecen sobre todo en lo que Freud denomina "el desplazamiento" y "la condensación".

 Estos dos procesos (desplazamiento y condensación) son por lo demás especialmente puestos de relieve por Freud en el análisis del sueño. La noción de desplazamiento resulta de la comprobación clínica de una independencia posible de la re­presentación y el afecto. Desde su Proyecto de psicología científica (1895), Freud había comprobado que una representación podía transmitir su magnitud de carga a otra representación. El proceso de desplazamiento se definirá, pues, por el hecho de que la energía cargada sobre una re­presentación es susceptible de sustraerse de ella para apli­carse a otras representaciones, de intensidad previamente débil, pero vinculadas a la primera por una serie de asocia­ciones. El desplazamiento es particularmente descubrible en el trabajo de elaboración del sueño. Allí, nos dice Freud, "el desplazamiento se manifiesta de dos maneras: haciendo que un elemento latente quede reemplazado, no por uno de sus propios elementos constitutivos, sino por algo más lejano a él, esto es, por una alusión, o motivando que el acento psíquico quede transferido de un elemento importante a otro que lo es menos, de manera que el sueño recibe un diferente centro y adquiere un aspecto que nos desorienta" 17.

El proceso de desplazamiento favorece el de conden­sación en la medida en que el desplazamiento origina, a lo largo de dos series de asociaciones, representaciones nodales.

En efecto la condensación hace de una sola represen­tación el representante de un gran número de series de asociaciones, en el cruce de las cuales se sitúa. Vale decir que esa representación recibe la carga de las energías que se hallaban previamente vinculadas a las diversas series de asociaciones. Y también en el sueño es más fácilmente descubrible este proceso. En él la condensación se manifiesta por el hecho de que el relato del sueño, comparado con su contenido latente, aparece truncado y singularmente pla­gado de lagunas. 

En el sueño, efectivamente, la condensación puede operarse por diversos medios. Por ejemplo, un elemento, ya se trate de un personaje o de un tema domi­nante, es lo único conservado porque se encuentra en varios pensamientos del sueño, o porque diferentes elementos se reúnen en una entidad compuesta; una persona, por ejemplo, puede ser creada de manera cabal por adición y superposición de rasgos tomados de otras personas.

Otro rasgo característico de los procesos del sistema Ics es el hecho de ser "intemporales". "Los procesos del sis­tema Ics se hallan fuera del tiempo, esto es, no aparecen ordenados cronológicamente, no sufren modificación nin­guna por el transcurso del tiempo y carecen de toda rela­ción con él", escribe Freud, para añadir: "También la relación temporal se halla ligada al trabajo del sistema consciente" 18.

Por último, los procesos inconscientes son indiferentes a la realidad y lo único que los ordena es el principio de placer-desplacer. Quiere decir que hay en ellos sustitución de la realidad exterior por la realidad psíquica, según la cual la realización de un deseo (inconsciente) se lle­va a cabo en función de reglas completamente distintas de la satisfacción de las necesidades vitales.

Procesos tales, que se definen por la satisfacción de las pulsiones según el principio de placer, corresponden, por tanto, a la reducción de las tensiones al más bajo nivel 19.


PROPIEDADES PARTICULARES DEL SISTEMA PRECONSCIENTE

Recordemos que los contenidos del sistema Pcs están ausentes del campo de la conciencia en acto, pero que se distinguen de los del sistema Ics por el hecho de ser poten­cialmente accesibles a la conciencia. No obstante, Freud describe, como hemos visto, una segunda conciencia entre el preconsciente y el consciente en acto. Esta censura difie­re, sin embargo, de la primera entre el Ics y el Pcs por el hecho de que entresaca y escoge mucho más que lo que ocul­ta y deforma. Freud precisa que dentro del sistema Pcs "desplazamientos y condensaciones como los que se produ­cen en el caso del proceso primario quedan excluidos o son muy limitados" 20. Y habla, a propósito del sistema Pcs. de "proceso secundario" que permite la carga del yo y que restringe las tendencias del proceso primario.

Así, la energía psíquica ya no circula libremente en él, sino que se encuentra "ligada". Vale decir que hay en ello una mayor estabilidad de las cargas, en la medida en que lo considerado es la identidad de pensamiento. Freud habla respecto del Pcs, de "una inhibición de la tenden­cia a la descarga de las representaciones catectizadas" 21.

La noción de energía ligada implica igualmente que las representaciones preconscientes tienden a ser religadas en­tre ellas; en otros términos, "al sistema Pcs le correspon­de, además, la constitución de una capacidad de relación entre los contenidos de las representaciones", de manera que estos pueden influirse recíprocamente 22. Los procesos psíquicos preconscientes obedecen al principio de realidad y no al principio de placer. Dicho de otro modo, ya no son el reflejo de una búsqueda de satisfacción por las vías más directas. Sus rodeos son la marca de las condiciones que impone el mundo exterior. 

Por último, el Pcs y el yo mantienen relaciones estrechas. Freud llega incluso en es­ta primera teoría tópica a hacerlos coincidir de manera to­tal. Pese a ello, y según vamos ahora a verlo, en la segun­da tópica freudiana la nueva definición del yo y la puesta en evidencia de la instancia del superyó hacen que el preconsciente no pueda ser confundido con el yo. Esta instancia participa, en efecto, también en el inconsciente, mientras que por otro lado la instancia del superyó reviste aspectos preconscientes.


 

  Capítulo 3

UNA NUEVA TÓPICA

 
Como hemos visto, el punto de vista tópico adoptado por Freud implica una diferenciación del aparato psíquico en diversos sistemas que poseen propiedades particulares y que están ordenados de determinada manera. Esta pers­pectiva le permite a Freud hablar metafóricamente de ta­les sistemas como de lugares psíquicos a los que es dable, de un modo figurado, representar espacialmente. A este respecto, la comparación utilizada por Freud entre un aparato óptico y el aparato psíquico explicita de manera particular la noción de lugar psíquico. Si nos refiriésemos, por ejemplo, a un microscopio, los sistemas psíquicos co­rresponderían más bien a los puntos virtuales de este apa­rato situados entre dos lentes que a sus piezas materiales 1.

Hemos visto cómo a partir de esta teoría Freud llegó a establecer una distinción fundamental entre los sistemas Ics, Pcs y Cs. A partir de 1920, Freud estableció, elaborando una concepción nueva de la personalidad, una segunda y mayor distinción entre tres instancias: el ello, el yo y el superyó. Estos nuevos lugares psíquicos ya no correspon­den en verdad a los primeros. En efecto, si la instancia del ello reviste la mayoría de los caracteres del sistema Ics, las otras instancias, vale decir, el yo y el superyó, también poseen un origen y una parte inconscientes.

Esencialmente, la importancia de las defensas inconscientes en la constitución de las neurosis es lo que lleva a Freud a esta reelaboración teórica. Era ya difícil, en efecto hacer corresponder íntegramente el yo con el sistema Pcs-Cs, y lo reprimido con el Ics.

El esquema general de esta segunda tópica pone en escena tres instancias. El ello es de algún modo el depósito de las pulsiones; el yo representa los intereses de la per­sona íntegra y se encuentra, por tanto, fuertemente carga­do de libido narcisista, mientras que el superyó, cuya fun­ción es a la vez la de un juez y la de un censor, corres­ponde a la interiorización de las exigencias parentales y de los tabúes sociales. A este respecto, y antes de pasar a un análisis pormenorizado de las tres instancias, importa explicitar el papel desempeñado por las diversas identifi­caciones en la formación de la personalidad. Esta segunda tópica se comprende, en efecto, a partir de las nociones de identificación y de complejo de Edipo.


IDENTIFICACIÓN Y COMPLEJO DE EDIPO

La identificación debe considerarse como un proceso mayor que permite verdaderamente la constitución de la personalidad humana. Es esta una operación que adquiere toda su importancia en el pensamiento freudiano a partir del creciente interés asignado al complejo de Edipo y de la elaboración de la segunda tópica, en la que las instancias que se especifican a partir del ello son caracterizadas por las identificaciones de las que proceden. 

Ya en 1914, Freud pone en relación, en Introducción al narcisismo, la elec­ción de objeto narcisista que corresponde a una elección de objeto siguiendo el ejemplo de la propia persona, por una parte, y por la otra la identificación según la cual determinada instancia del sujeto sigue el modelo de sus objetos anteriores, como por ejemplo los padres. Esto equivale a mencionar toda la importancia concedida por Freud al concepto de identificación en la formación de la personalidad. Es este un concento que permite com­prender la formación de las instancias de acuerdo con la segunda tópica. Por la misma época Freud describe los vínculos del complejo de Edipo con la constitución del sujeto en términos de identificación: hay identificaciones que reemplazan a las cargas libidinales dirigidas hacia los padres. Freud retorna esta descripción en sus Nuevas apor­taciones al psicoanálisis:

 "Tampoco a mí me satisfacen por completo estas observaciones sobre la identificación, pero me daré por contento si me concedéis que la instau­ración del superyó puede ser descripta como un caso ple­namente logrado de identificación con la instancia parental. El hecho decisivo para esta concepción es el de que la nueva creación de una instancia superior en el yo se halla íntimamente ligada a los destinos del complejo de Edipo, de manera que el superyó se nos muestra como el heredero de esta vinculación afectiva, tan importante para la infancia. Comprendemos que, al cesar el complejo de Edipo, el niño tuvo que renunciar a las intensas cargas de objeto que había concentrado en sus padres, y, como compensación de esa pérdida de objeto, las identificaciones con los padres —identificaciones existentes probablemente desde mucho antes en su yo— quedan muy intensificadas" 2.
 
Es importante subrayar a este propósito el verdadero tras­trueque que existe entre las identificaciones, el complejo de Edipo y las instancias. En efecto, como lo destaca Freud en sus mencionadas aportaciones, la identificación ha de­sempeñado un papel primordial en el complejo de Edipo en el comienzo de la formación de este. El niño, por ejem­plo, ha dado muestras de un vivo interés por su padre: ha hecho de él su ideal. Esta actitud se concilia muy bien con el complejo de Edipo, al que concurre a elaborar. Pa­ralelamente a la identificación con su padre, o poco des­pués, el niño ha dirigido sus deseos libidinales hacia su ma­dre. Ambos tipos de apego, uno por su padre —con quien se identifica— y el otro por su madre —concebida como un objeto sexual—, coexisten en él sin incomodarse. Pero como su vida psíquica tiende a unificarse, esas tendencias terminan por aproximarse: de su encuentro nace el complejo de Edipo. Este complejo corresponde pues al hecho de que el niño, viéndose impedido por su padre de llegar a su propia madre, desvía su identificación con el padre en un sentido hostil; tanto, que termina por significar el deseo de reemplazar al padre hasta junto a la madre 3.

Queda ahora por preguntarnos qué nos enseñan estos procesos en la formación de las instancias.


EL SUPERYO

Freud descubre, a partir del análisis que efectúa de casos patológicos tales como la aflicción prolongada y la melancolía, que "una parte del yo se sitúa enfrente de la otra y la valora críticamente, como si la tomara por ob­jeto" 4. Supone entonces que la instancia crítica, que en el caso del melancólico se halla disociada del yo, "puede demostrar igualmente en otras circunstancias su indepen­dencia" 5. Sus posteriores observaciones confirmarán esta hipótesis. Años después, en 1923, en su ensayo El "yo" y el "ello" especifica esta instancia, a la que hasta entonces había descripto paralelamente a la noción de "conciencia moral" y de censura: la califica de "superyó" (über-Ich).

En sus Nuevas aportaciones al psicoanálisis resume su descubrimiento en estos términos: "...pero es más pru­dente dejar independiente esta instancia y suponer que la conciencia moral es una de sus funciones, y otra la auto-observación, indispensable como premisa de la actividad juzgadora de la conciencia moral. Y como el reconocimiento de una existencia independiente exige para lo que así existe un nombre propio, daremos en adelante a esta instancia, entrañada en el yo, el nombre de superyó" 6. 

Lo que diferencia la visión freudiana acerca de esta ins­tancia de la concepción clásica de la conciencia moral es que aquella la considera enraizada en el inconsciente y que por lo tanto puede operar como censor de manera incons­ciente. Además, considerada en su más amplio sentido, como en el ensayo El "yo" y el "ello", esta instancia corresponde a la vez a las funciones de prohibición y a las de idealización (ideal del yo).

 Freud reconoce que la repre­sión es la obra de esta particular instancia, que restringe y prohíbe. Por lo demás, "la represión es obra del superyó, el cual la lleva a cabo por sí mismo o por medio del yo, obediente a sus mandatos", y sin que el individuo tenga conciencia de ello, ya que, como precisa Freud, "deter­minadas partes del superyó y el yo mismo permanecen in­conscientes", de lo cual se desprende el interés de la se­gunda tópica 7. Freud explica por qué la formación del superyó corresponde a una situación secundaria. En efec­to, el individuo no está dotado de una conciencia interior innata, y el chiquilín debe ser considerado como amoral, pues en él ninguna inhibición viene a contrariar su ten­dencia al placer. 

El primer obstáculo a la satisfacción de esta es la autoridad de los padres. En un segundo período, después de la interiorización de este obstáculo exterior, pa­sa el superyó a desempeñar el papel de la instancia parental. "El superyó —precisa Freud—, que de este modo se arro­ga el poder, la función y hasta los métodos de la instan­cia parental, no es tan solo el sucesor legal, sino también el heredero legítimo de ella" 8. Tal cual lo habíamos prece­dentemente entrevisto, el fundamento de un proceso como ese es una identificación: el niño asimila su yo a un yo extraño. Inicialmente se trata de una identificación con los padres; sin embargo, en el curso de su desarrollo el su­peryó también se apropia de la influencia de otras personas. Se tratará, por ejemplo, de educadores, de precepto­res y de toda persona que pueda servir de modelo ideal. "Normalmente, el superyó se aleja cada vez más de los primitivos individuos parentales, haciéndose, por decirlo así, más impersonal", escribe Freud 9.

Y en el momento en que el complejo de Edipo deja su lugar al superyó, el niño considera a sus padres como personajes extraordinarios, aun cuando como consecuencia de ello el superyó permanecerá fundamentalmente de­terminado por las primerísimas imágenes parentales. Lo que preside la elaboración del superyó es, así, la renun­cia a los deseos edípicos, a la vez libidinales y hostiles. De modo, pues, que el superyó no es simplemente una ins­tancia compulsiva; también representa, para el yo, un ideal. "Hemos de citar aun una importantísima función que adscribimos al superyó.

Es también el sustrato del ideal del yo, con el cual se compara el yo, al cual aspira y cuya demanda de perfección siempre creciente se esfuer­za en satisfacer. No cabe duda de que este ideal del yo es el residuo de la antigua representación de los padres, la expresión de la admiración ante aquellas perfecciones que el niño le atribuía por entonces", afirma Freud 10, de manera que el superyó aparece como una instancia rica en sutileza, pues no se contenta en sus relaciones con el yo con dirigir consejos a este último: "Actúa así, sé de este modo", es decir, como el padre; tiene además una función correctiva y selectiva que le permite decir: "No actúes así, no actúes del todo como tu padre". 

Esta polaridad del ideal del yo resulta del hecho de que el niño ha efectuado inmensos esfuerzos para reprimir su Edipo y del hecho también, de que de esta represión ha surgido su yo ideal. Freud demuestra por lo demás que los padres, para educar a sus hijos, se conforman con conminaciones de su propio superyó: "A imagen del superyó de ellos" se forma el su­peryó del niño, un superyó que se llena, pues, del mismo contenido que el de sus padres, "pasando a ser el sustrato de la tradición de todas las valoraciones permanentes que por tal camino se han transmitido a través de las genera­ciones" 11. Esta función del superyó es lo que le permite a Freud responder "a aquellos que, sintiéndose heridos en su conciencia moral", le objetaban "la existencia de algo más elevado en el hombre". "Ciertamente —dice—, y este elevado ser es el ideal del yo o superyó". "No es difí­cil mostrar que el ideal del yo satisface todas aquellas exi­gencias que se plantean en la parte más elevada del hombre. Contiene, en calidad de sustitución de la aspiración hacía el padre, el nódulo del que han partido todas las religiones. La convicción de la comparación del yo con su ideal da origen a la religiosa humildad de los creyentes" 13.

Pese a todo, el yo no se deja captar fácilmente en to­das sus dimensiones. Freud muestra, por ejemplo, o que exis­ten sensaciones inconscientes que pueden intentar manifes­tarse sin que el yo perciba la compulsión que sufre. Y por este camino debe Freud especificar otra instancia de la personalidad: el ello.


EL ELLO

Después de haber analizado la relación que existe entre la percepción externa, la percepción interna y el sistema superficial "percepción-conciencia", Freud intenta dar una forma más precisa a su representación del yo. Según él, este se forma a partir del sistema P (percepción), que es de al­gún modo su núcleo, y comprende en primer lugar el pre­consciente, que descansa en las huellas mnémicas. Sin em­bargo, Freud destaca que el yo también es inconsciente. Precisamente el hecho de que el yo se comporte a menudo de manera pasiva lleva a Freud a retomar una noción in­troducida por G. Groddeck, la del "ello", según la cual vendríamos a estar "vividos por fuerzas desconocidas, por fuerzas que escapan a nuestro gobierno" 14. Y Freud señala:

"no vacilarnos en asignar a la opinión de Groddeck un lugar eh los dominios de la ciencia. Por mi parte, propongo tenerla en cuenta, dando el nombre de yo al ente que ema­na del sistema P y que es primero preconsciente, y el de ello, según lo hace Groddeck, a lo psíquico restante —in­consciente—, en lo que el yo se continúa" 15.

De manera que para Freud el ello es, sin ninguna duda, la instancia más oscura e impenetrable de la perso­nalidad. Por eso resulta frecuentemente más cómodo describirla por contraste con el yo. Freud se vale a este res­pecto de las comparaciones por imágenes: "...como un caos o como una caldera plena de hirvientes estímulos". Lo reprimido corresponde, por tanto, al ello, pero no cons­tituye más que una parte de él.

El ello se llena de energía a partir de las pulsiones, pero no tiene en sí organización ninguna, ningún principio voluntario; simplemente apunta a satisfacer las pulsiones, de acuerdo con el principio de placer. Todos los procesos que se llevan a cabo en él son ilógicos y no obedecen al principio de contradicción. En efecto, las más contradictorias emociones se encuentran en él entremezcladas, sin negarse entre sí "No hay en el ello —escribe Freud— nada equivalente a la negación, y comprobamos también con gran sorpresa la excepción de aquel principio filosófico según el cual el espacio y el tiempo son formas necesarias de nuestros actos anímicos.16 Nada hay en el ello que corresponda a la representación del tiempo; no hay reconocimiento de un decurso tempo­ral, y —hecho harto singular, que espera ser acogido en el pensamiento filosófico— ni modificación del proceso aní­mico por el decurso del tiempo" 17. Los deseos y las impre­siones ocultos en el ello como consecuencia de la represión son de alguna manera inmutables e intemporales; única­mente el análisis terapéutico, al hacerlos llegar a la con­ciencia, puede lograr que el individuo los perciba en el pasado.

Freud insiste de modo muy especial en "la inmutabilidad de lo reprimido en el curso del tiempo" 18. Además, el ello es evidentemente extraño a todo juicio de valor; es absolutamente amoral y no hace, luego, distin­ción alguna entre el bien y el mal. El ello está íntegra­mente sometido al principio de placer. Su energía pulsional difiere de la de las demás instancias por el hecho de ser "más fácilmente móvil y capaz de descargar", de lo cual se deducen "aquellos desplazamientos y aquellas conden­saciones que son características del ello y que tan absolu­tamente prescinden de la calidad de aquello a lo que afec­tan y a lo que en el yo llamaríamos una representación"19

Es importante, pues, destacar que Freud atribuye al ello una gran parte de las propiedades que en su primera tópica había atribuido al sistema Ics. No obstante, antes de seguir precisando las relaciones que mantienen entre sí las dos tópicas, es conveniente ante todo definir la instancia del yo, así como las vinculaciones que unen a las tres instancias en el seno de la segunda tópica.


EL YO

Según Freud, al observar las relaciones del yo con el sistema P (percepción), esto es, la parte superficial del aparato psíquico, es dable deslindar las propiedades esen­ciales de esta instancia. El sistema P se halla, en efecto, orientado hacia el exterior y permite la transmisión de to­da impresión recibida. Freud reconoce que el yo superfi­cial emana del sistema P como de un nódulo 20. Así, "el yo es aquella parte del ello que fue modificada por la proxi­midad y la influencia del mundo exterior y dispuesta para recibir los estímulos y servir de protección contra ellos, siendo así comparable a la capa cortical de la que se rodea un nódulo de sustancia viva"21.

El yo tiene por función, consiguientemente, representarle al ello el mundo exterior. Observa este mundo y deposita su imagen entre sus re­cuerdos de percepción. Y Freud escribe que "la percep­ción es para el yo lo que para el ello es el instinto" 22. Tan­to es así, que el yo puede utilizar los recuerdos que ha sacado de la experiencia y de ese modo reemplazar el princi­pio de placer, al que gobierna, por el principio de realidad. Y Freud asevera que, "valiéndonos del léxico corriente, podemos decir que el yo representa en la vida anímica la razón y la reflexión, mientras que el ello representa las pasiones indómitas" 23. Por lo demás, del modo de funcio­namiento propio de esta instancia parece derivar la no­ción de tiempo. Efectivamente, el yo se caracteriza por el hecho de resumir y sintetizar el conjunto de sus conte­nidos. Su maduración se apoya en una percepción del ins­tinto, pero solo se consuma con el dominio de este. Ahora bien, este dominio no se lleva a cabo sino mediante el abarcamiento del representante del instinto en un mayor conjunto asociativo.

A decir verdad, no obstante, el yo ha tomado en préstamo todas sus energías del ello, "y no dejamos de tener un atisbo de la grieta por la cual sustrae al ello nuevos montantes de energía. Tal camino es, por ejemplo, también la identificación con objetos conservados o abandonados" 24. Quiere decir, pues, que se apropia de un alto número de residuos de cargas objetales, los cuales emanan directamente de las exigencias pulsionales del ello. Esto es explicable si se considera que el yo debe sa­tisfacer, en la medida de lo posible, las intenciones del ello mediante la elaboración de compromisos socorridos por circunstancias propicias. Freud utiliza a este respecto una metáfora particularmente esclarecedora:

 "Podemos, pues, comparar el yo, en su relación con el ello, con el jinete que rige y refrena la fuerza de su cabalgadura, superior a la suya, con la diferencia de que el jinete lleva esto a cabo con sus propias energías, y el yo lo hace con ener­gías prestadas. Pero así como el jinete se ve obligado alguna vez a dejarse conducir a donde su cabalgadura quie­re, así también el yo se nos muestra en ocasiones forza­do a transformar en acción la voluntad del ello, como si fuera la suya propia" 25.

Este análisis del yo no puede dejar de convencernos respecto de las estrechas relaciones que mantienen entre sí las tres instancias de la personalidad psíquica, tales co­mo las ha definido Freud. Lo que importa poner ahora en evidencia son, precisamente, esas relaciones.


INTERRELACIONES ENTRE LAS INSTANCIAS Y RELACIONES ENTRE LAS DOS TÓPICAS

Según Freud, el yo debe armonizar las exigencias siempre contradictorias de esos tres tiranos que son la reali­dad exterior, el ello y el superyó. Cuando no puede lo­grarlo, reacciona entonces mediante una masiva producción de angustia. El equilibrio del yo es, en efecto, precario, amenazado como se halla por esos tres exigentes amos. Al desarrollarse a partir de la personalidad, el yo debe satisfacer a la realidad exterior y a la vez debe, no obs­tante, responder a las exigencias del ello. Estableciendo el nexo entre el mundo real y el ello, frecuentemente se ve obligado a disfrazar los imperativos inconscientes sur­gidos del ello en racionalizaciones preconscientes. Por otra parte el superyó lo restringe severamente, sin preocuparse por los conflictos —de los que ya está al tanto— nacidos de la oposición entre el ello y el mundo exterior, entre el principio de placer y el principio de realidad. El superyó le asigna, en efecto, los rígidos principios de su comportamien­to. Si el yo desobedece al superyó, entonces se halla abru­mado por un opresor sentimiento de culpabilidad. De modo, pues, que el yo, impulsado por el ello, vejado por el superyó y repelido por la dura realidad, debe luchar constantemente a fin de lograr la realización de un equilibrio entre esas diversas compulsiones.

La segunda compulsión que hemos enunciado, es decir, la del superyó, se explica con facilidad si se piensa que "el superyó se sumerge en el ello; como heredero del complejo de Edipo, mantiene íntimas relaciones con él, y está más alejado que el yo del sistema de las percepciones" 26 De modo, pues, que los conflictos desarrollados entre el yo y las antiguas cargas libidinales del ello se perpetúan al oponer al yo el heredero del ello, esto es, el superyó Efectivamente, escribe Freud, "cuando el yo no ha conse­guido por completo el sojuzgamiento del complejo de Edi­po, entra de nuevo en actividad su energía de carga, pro­cedente del ello, actividad que se manifestará en la formación reactiva del ideal del yo"27. De modo que el conflicto que se había desarrollado antes en las capas más profundas de la personalidad y que no pudo resolverse mediante una sublimación o una identificación satisfactoria se halla desplazado a una región superior.

Freud mismo propuso en sus Nuevas aportaciones al psicoanálisis, un cuadro capaz de esclarecer las relaciones existentes entre las tres tendencias de la personalidad. Nos ha parecido útil reproducirlo 28.
 

Además de lo que decíamos precedentemente, esto es que el superyó hunde sus raíces en el ello, se comprueba que el superyó se halla más alejado del sistema de percep­ción que el yo. E igualmente se observa que el ello está vinculado al mundo exterior no más que por intermedio del yo.

Ahora, por lo que respecta a las relaciones entre las dos tópicas, nos parece que si esta segunda teoría hace del yo una instancia es porque tiende a informar mejor acerca de las modalidades del conflicto psíquico. La pri­mera tópica se limitaba, en efecto, a remitir a tipos dife­rentes de funcionamiento mental: los del proceso psíquico primero opuestos a los del proceso psíquico secundario. En cambio, en la segunda tópica son los elementos claves del conflicto —el yo como polo defensivo, el superyó co­mo conjunto de prohibiciones, y el ello como polo de las pulsiones— los que se erigen como instancias del apara­to psíquico. 

El paso a esta segunda tópica no implica que las nuevas delimitaciones invaliden las que ya existían entre el Ics el Pcs y el Cs Pero en las instancias del yo y el superyó, por ejemplo, se encuentran reagrupados pro­cesos y funciones que, según la primera tópica, se distri­buían entre diferentes sistemas. Vale decir que el ello abar­ca los mismos contenidos que antes abarcaba el Ics, pero no cubre el conjunto de los procesos psíquicos inconcientes. A este respecto la gran innovación de la segunda tópica incumbe al hecho de que Freud define en ella la instancia contra la cual se efectúa la defensa como polo pulsional de la personalidad, y no ya sencillamente como polo inconsciente. La división entre las partes vulnerables del conflicto va no es tan radical. Freud concibe en ella, por el contrario, el desarrollo de las instancias de una manera progresiva y reciproca,


NOTAS

Capítulo 2

(1) Cf. "Lo inconsciente", Metapsicología, en ob. cit., t. I, págs.1051-1068.
(2) Idem, pág. 1051.
(3) Idem, págs. 1051-1052.
(4) Es de uso corriente en la literatura psicoanalítica de lengua francesa abreviar estos términos, como también nosotros lo haremos en este ensayo, de la siguiente manera: Ics, Pcs y Cs.
5 Freud, ob. cit., pág. 1054.
6 Idem, Ibidem.
7 Idem, pág. 1058.
8 Idem, Ibidem.
9 Idem, Ibidem.
10 Idem, Ibidem.
11 Freud, "Algunas observaciones sobre el concepto de lo incons­ciente en el psicoanálisis", Metapsicología, en ob. cit., t. I, pág. 1033.
12 Freud, "La censura del sueño", Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 219.
13 Idem, pág. 220.
14 Metapsicología, en ob. cit., t. I, pág. 1083.
15 Ibidem, pág. 1080.
16 ibídem.
17 Freud, "La elaboración del sueño", Introducción al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 238.
18 Freud, Meta psicología, en ob. cit., t. I, págs. 1060-1061.
19 Ello en una de las perspectivas freudianas que tienden a rela­cionar principio de placer y pulsión de muerte. Sin embargo, en una perspectiva del todo diferente, Freud relacionó con frecuencia principio de placer y principio de constancia, correspondiendo el primero más bien a una conservación de la constancia del nivel energético.
20 Freud, Metapsicología, en ab. cit., t. I, pág. 1061.
21 Idem, Ibidem.
22 Idem, Ibidem.

Capítulo 3

1 Cf. Freud, La interpretación de los sueños, en ob, cit., t. 1, págs. 231-584.
2 Freud, "La división de la personalidad psíquica", Nuevas apor­taciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 908.
3 Cf. Freud, "Teoría sexual", Introducción al psicoanálisis, 1916­1918, en ob. cit., t. II, págs. 321-325.
4 Freud, "La aflicción y la melancolía", Metapsicología, en ob. cit., t. I, pág. 1077.
5 Idem, ibídem.
6 Freud, "La división de la personalidad psíquica", Nuevas apor­taciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 906.
7 Idem, pág. 911. Idem, pág. 907. 9 Idem, pág. 908.
10 Idem, pág. 909.
11 Idem, pág. 910.
12 Freud, El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, págs. 19-20.
13 Idem, pág. 20.
14 G. Groddeck, Das Buch vom Es, Internat, psychanalyt. Verlag., 1923, trad. al francés con el título de Au fond de l'homme, céla, Ga­llimard, París, 1963. Por lo demás, Freud precisa que también Grod­deck se inspiró en Nietzsche, quien empleaba la expresión gramatical Es para designar lo impersonal que hay en nuestro ser, lo sujeto a las necesidades naturales.
15 Freud, El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 14.
16 Freud, "La división de la personalidad psíquica", Nuevas apor­taciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 913.
17 Idem, ibídem.
18 Observemos que Freud arremete a menudo con vehemencia contra los conceptos fundamentales de la filosofía kantiana.
19 Freud, ob. cit., t. II, pág. 913.
20 Freud, El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 14.
21 Freud, "La división de la personalidad psíquica", Nuevas aportaciones al psicoanálisis, en ob. cit., t. II, pág. 914.
22 El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 14.
23 "La división...", en ob. cit., t. II, pág. 914.
24 Idem, Ibidem.
25 El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 15.
26 "La división...". En ob. cit., t. II, pág. 915.
27 El "yo" y el "ello", en ob. cit., t. II, pág. 21.
28 Freud, Nuevas aportaciones..., en ob. cit., t. II, pág. 915. Re­sulta divertido comprobar que Freud parece superponer en este cua­dro (¿consciente o inconscientemente?) dos esquemas: el del ojo y el del huevo. Es por lo demás, una superposición cabalmente significativa de las relaciones entre las instancias