sábado, 5 de julio de 2025

Narcisismo y Socialización. Introducción. Igor Caruso

Caruso, Igor.
Narcisismo y socialización: "Introducción" Siglo XXI, México, 1998
pp. 7-15

INTRODUCCIÓN

UNA MANERA DE AMOR

Para hacer comprensible vívidamente el objeto de nuestra investigación reproduciremos el sueño de una mujer joven que estaba siendo psicoanalizada:
La puerta del jardín del sueño era -y esto se me ocurrió sú­bitamente en la sesión del análisis- la puerta del jardín de la abuela de Heinz, y esa puerta en realidad siempre estuvo cerrada para nosotros los niños... al contrarió de la del sue­ño, donde estaba abierta de par en par. Aparte de esta puer­ta que cerraba el acceso, el jardín era además inaccesible porque lo guardaban dos lebreles que, según recuerdo, mor­dían. Pero cuando la anciana salía con sus perros aprove­chábamos la ocasión y jugábamos con particular alegría en el jardín prohibido. Nos parecía éste, creo, tan "embruja­do" además porque la abuela de Heinz se nos aparecía como una bruja. De todos modos, ella era en realidad esquizofré­nica y muy enemiga de todos los niños, menos de Heinz, a quien quería tanto que decía -con horrorizado placer por parte nuestra- que le gustaría "comérselo asadito".
No profundizaremos en la significación de este sue­ño para la señorita, pero podemos decir que no fue casual el que comunicara este recuerdo no antes de la sesión 227 de su análisis. El análisis se ocupaba en­tonces del amor egoísta y exigente y por otra parte del amor que aceptaba plenamente al ser amado. Por­que aceptar plenamente significa tomar a la persona amada como es, dejar su libertad intacta, no quererla poseer para incorporársela como alimento. Pero ese amor extremadamente posesivo que trata a la otra persona como alimento ansiado, en cierto modo destruye a esa misma persona amada, a la manera como la acción de alimentarse acaba por destruir el alimento y lo hace desaparecer del mundo.

Queremos examinar la historieta por sí misma; pa­rece inocente y casi divertida, pero dentro del marco de nuestro tema ha de tomarse muy en serio: una an­ciana solitaria y extravagante no puede tolerar que jueguen en su jardín los niños vecinos, que la moles­ten en su misantropía. Por razones que ignoramos y que probablemente radican en la historia de la ancia­na (porque ¿qué ocurre en una vida que no tenga al­gún fundamento en el pasado?), hacía ésta una sola excepción; parece querer a un muchacho gordo (sabe­mos que era gordo después, por otros recuerdos de la joven ) -o al menos así lo sienten los demás niños, y los niños tienen un sentido muy fino de lo que es aceptación y rechazo. Pero ¿qué decía para mostrar su amor a Heinz? Algo que puede parecer divertido, y que nos recuerda muchos cuentos: "Te quiero tanto que te comería asadito." Ahora bien, en muchas len­guas se usa la misma palabra con la idea de querer y la de gustar, para señalar la inclinación a una per­sona así como para una comida que con gusto se co­mería. Probablemente porque el amor satisfecho y el apetito satisfecho provocan claras sensaciones de placer. Pero es probable que también se deba a que los inicios de las dos poderosas pulsiones broten de la misma profunda fuente, que ya quedó muy atrás de nosotros. El que el motivo del comer se repita mu­cho en los cuentos habla en favor de la última suposi­ción, porque los cuentos tienen por objeto principal motivos simplicísimos que dormitan en nosotros, efectivos ciertamente pero ya no conscientes.

Por eso la anciana del relato citado nos parece una figura de cuento. Seguramente, aunque fuera extraña y es probable que no del todo normal, estaba lejos de pensar realmente en asar al chiquillo y comérselo. Pero el lenguaje era en cierto modo más fuerte que su conciencia y se servía de imágenes de esas que sólo en los cuentos de brujas no nos extrañan. La anciana dama era una original. Podemos imaginar que recha­zaba la sociedad humana y en particular la de los ni­ños, y ni siquiera tenía ninguna relación auténtica con adultos ni niños. En cambio hubiera podido ser una buena anciana y hada que invitara a los niños a su jardín y les mostrára su amor aceptando el escán­dalo que hicieran al jugar y aun tal vez les diera algu­na golosina. Vemos que el dicho de la anciana, por inocente que parezca, nos da mucho qué pensar y so­bre todo que preguntar: Parece, pués, haber diferentes formas de amor con manifestaciones muy distintas y que nos pueden decir algo de la vida de una persona así como de la madurez de sus selitimientos.

EL AMOR PROPIO, FUENTE DE AMOR

Desde Sígmund Freud sabemos que el estadio más profundo, por ser el primero de todos; del amor, es el llamado amor "narcisista". Todo lo que experimenta­mos en el curso de nuestro desarrollo deja huellas en nosotros, en cierto modo se conserva en nuestra evo­lución, o sea que todavía opera de una manera remo­ta. Y cuando nuestro desarrollo experimentó trastor­nos y nuestra vida afectiva no pudo desenvolverse de un modo óptimo, estas huellas operan precisamente ­con más eficacia que en el desarrollo normal sobre los puntos más perturbados. De este modo todos arrastramos algún vestigio de amor narcisista, y aun vere­mos que esto es necesario, porque el amor para po­der evolucionar y volverse altruismo ternura y solidaridad, necesita tener primero una base firme, que es el llamado "narcisismo". Freud; entendía el narcisismo como amor a sí mismo. Y no estaba erra­do, porque, para poner esa base, el amor tiene que te­ner primero por objeto el sí mismo [Self][1] del ser humano. Por eso puso Freud a este estadio primario el nombre del mítico jovenzuelo que se enamoró de sí mismo al mirarse en las aguas de un estanque. Como en todo cuento, este mito aísla una propiedad arcai­ca, o sea normalmente superada, del hombre. El jo­ven Narciso sintió demasiado tarde el amor narcisis­ta, y se amaba tanto que desdeñó el amor de la ninfa Eco. Fue castigado por los dioses en forma muy pecu­liar. Pero, ¿fue realmente castigo? Lo transformaron en la amable flor narciso y por lo tanto vive eterna­mente mientras existan estas flores. Lleva una exis­tencia vegetativa que alegra nuestra vista.

El descubrimiento de Freud no es tan escandaloso ni tampoco tan fantástico como podría desprevenida­mente suponerse. Como todo gran descubridor, Freud muchas veces era unilateral con sus propios descubrimientos. Pero sabía bien que al hurgar en las capas más profundas de nuestro devenir no tenía más remedio que provocar grandes resistencias afec­tivas. La divisa de su labor la tomó de Virgilio: acheronta movebo[2] (conmoveré los infiernos).

Puede parecer casi inverosímil, pero también el li­bro sagrado de judíos y cristianos toma el fundamen­to del amor a sí mismo como cosa natural y aun ejem­plar. La condición que ponen las Sagradas Escrituras es que el hombre no haga como Narciso, sino que va­ya más. allá y amplíe al amor a sí mismo a todos sus congéneres. En el tercer libro de Moisés está escrito: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", y Jesús hizo de este precepto su cita favorita, que es verdaderamente lo único importante de su doctrina de la salvación. Luego las Sagradas Escrituras no ponen en duda que el hombre se ama a sí mismo, que debe amarse a sí mismo. Porque la medida del amor a sí mismo es para las Sagradas Escrituras la medida de aquel amor que está en condiciones de darse a los demás.

Es tan notable el que la doctrina humana de Freud se asemeje tan cabalmente a la prescripción bíblica como el que en la Biblia haya muchas verdades psico­lógicas. Freud define el narcisismo como amor a sí mismo, pero hacía también de este amor la medida de todo amor que el hombre pueda dar a los demás en el curso del desarrollo -de la evolución óptima y bien lograda. El amor a sí mismo que no es capaz de evolucionar es ya un estado patológico,-con el tiem­po, los psicoanalistas han aprendido a separar el "narcisismo" del "autismo". El narcisismo es un es­tado transitorio normal, y el autismo es más bien una perturbación que hace a las personas incapaces de amar.

Por lo tanto, el narcisismo sólo condicionalmente puede considerarse amor a sí mismo. Es más bien la fuente de todo amor.
Cuando el destino del narcisis­mo conduce exclusivamente al amor a sí mismo es se­ñal de que la vida de la persona sufrió una perturba­ción y presenta rasgos autísticos. En esta terminología es el autismo un narcisismo malogrado, un amor desdichado, que presenta rasgos patológi­cos. Si tomáramos en serio el dicho de la anciana cuya historia reprodujimos al principio -y en cierto modo tenemos que tomarlo en serio- podríamos de­cir que aquí no tenemos un narcisismo felizmente su­perado,[3] o sea que apreciamos rasgos propiamente autísticos.

LA SIMBIOSIS COMO "ESCUELA DEL AMOR"

Pero ¿cuándo es en la vida normal, y aun necesario, el estadio primario del narcisismo (que después, cla­ro está, habrá de superarse)? Mediante el estudio de las alteraciones psíquicas, o sea de los vestigios nar­cisistas o, mejor dicho, ya autísticos, en el adulto y la detenida observación de los recién nacidos y los ni­ños pequeños (aquí realizó labor de iniciador René A. Spitz), el psicoanálisis ha podido demostrar que el narcisismo caracteriza aquella parte de la vida que sigue inmediatamente al nacimiento; cosa que era de suponer, por cierto.

Pero esto hay que fundamentarlo: ya el neonato de los animales superiores necesita un tiempo de cuida­dos y luego de la educación de su madre. Los instin­tos, o sea los esquemas de comportamiento innatos, cuyo funcionamiento es desencadenado por el medio exterior, tienen en todos los animales, incluso en los primates, que en la historia de la evolución de los se­res vivos son nuestros próximos parientes, una fun­ción mucho más importante que en el hombre. No porque éste, como solía creerse, sea pobre en instin­tos, sino porque las posibilidades del hombre son po­tencialmente ilimitadas. El hombre no está encerra­do en la naturaleza, sino que crea la cultura humana. Es un ser histórico. Y también, en medida mucho ma­yor que sus parientes los animales, tiene que educar su razón y sus sentimientos. Pero es también, corre­lativamente, más desvalido al nacer. El niño recién nacido, y aun el tierno infante, no puede vivir si no le procuran, quienes lo rodean, mucho amor y muchas atenciones. Entre los que lo rodean desempeña la ma­dre un papel decisivo en la primera época de su vida. Utilizando una palabra del sociólogo Georg Simmel, el psicoanalista Spitz ha dado a esta íntima unión en­tre madre e hijo el nombre de ""díada" (también se ha dicho unión dual o unidad dual). Este concepto signi­fica que para sobrevivir, el niño recién nacido necesi­ta tanto amor y cuidado que el periodo que sigue al nacimiento es todavía una unidad madre/hijo. Seme­jante unidad, casi total, de dos seres vivos se llama "simbiosis". En la simbiosis que se produce con la díada madre/hijo, el niño todavía no puede sentir ni ex­presar ningún amor activo[4]. El niño es como quien dice objeto de amor, y todos los sentimientos placen­teros que necesita se los procura su madre. El recién nacido, y durante largo tiempo el infante, todavía no tiene aquella instancia psíquica que nos parece tan natural y que llamamos el "yo", que sólo se va formando precisamente al separarse cuidadosa y ópti­mamente el niño de lo que le rodea[5]. En el tiempo de la simbiosis, el yo de la madre está presente en cali­dad de representante del ulterior yo del niño[6]. En cuanto a éste, lleva una suerte de existencia vegetati­va -un tanto parecida a la. flor en que fue transfor­mado Narciso- y requiere ampliamente de protec­ción contra las influencias y las perturbaciones procedentes del medio externo.

Reflexionando más detenidamente llegamos a la idea de que si bien el niño no puede, en el estado de simbiosis, dar amor activo, ese estado de todos mo­dos no es un verdadero —amor a sí mismo". Conserva­do primeramente en el cuerpo de la madre y conti­nuado después del nacimiento sin yo, el niño no puede reconocer los límites de su propio ser. O sea que cuando la díada madre/niño se desenvuelve feliz­mente, la felicidad del niño no es idéntica en absoluto al amor en sentido adulto. En la simbiosis aprende el niño, sin saberlo, a relacionarse con una persona. Los adultos podemos representarnos este estado muy di­fícilmente. La madre todavía no es para el niño un "objeto ajeno", sino una parte de sí mismo o, lo que es igual, el niño es parte de la madre. Sólo poco a po­co, por la experiencia cotidiana, irá observando el niño que la madre está en cierto modo fuera de él y se pondrá en relación con ese "objeto". Esto sólo pue­de efectuarse realmente si primero entró de lleno en la díada madre/hijo. Pero la simbiosis venturosa tam­bién representa, y de modo especial, una evolución hacia el mundo. Y la evolución hacia el mundo es la evolución hacia la persona;, normalmente hacia la madre y después, gradualmente, hacia las otras per­sonas conocidas del entorno.

Ya en este estadio temprano del desarrollo, como hemos indicado supra, el narcisismo no debe confundirse con el autismo. El narcisismo es un tránsito ciertamente activo[7], una evolución, o sea un estado no cerrado en sí mismo, como trata de ser el autismo.

La no distinción inicial de las fronteras entre el propio self y el de la madre es ciertamente una escue­la sobremanera activa para el futuro. El que un self se supere[8] en otro significa empero que los deseos y sensaciones primarios del uno se transfieren al otro. Esta participación y este ser parte es una de las raí­ces de las ulteriores "relaciones de objeto", que sólo son posibles mediante proyecciones e introyecciones. Éstos son conceptos psicoanalíticos y significan más o menos: que los propios deseos y sensaciones se atri­buyen al otro y gradualmente van siendo entendidos en él, y a la inversa, los deseos y sensaciones del otro van siendo sentidos y entendidos como propios.

Todo esto es posible gracias a la capacidad de sen­tir y expresar del organismo y se llama comunica­ción. En el nivel humano, una parte sustancial de la comunicación se efectúa por medio del lenguaje. Pero el lenguaje se forma precisamente a partir de la simbiosis óptima, y sólo ésta lo hace posible[9]. La co­municación en la simbiosis prepara ciertamente la apropiación del lenguaje (por el habla de la madre), pero se realiza en su mayor parte en un nivel prelingüístico, que se llama comunicación averbal o no ver­bal.

Ya en sus primeras obras exponía Freud cómo la total dependencia del niño respecto de los que lo ro­dean -normalmente de la madre- era el origen de todo el desarrollo posterior. Para que se llegue a una separación de los dos polos de la simbiosis y una orientación hacia los "objetos" y sobre todo, claro está, a sus congéneres, el estadio activo del narcisis­mo tiene que ser feliz y satisfactorio. Sólo así puede llegarse a una separación normal entre el ser propio y los demás seres. Podemos, pues, en verdad, decir que el narcisismo es la "escuela de la vida", ya que así como es el amor a sí mismo del narcisismo, así será el amor al prójimo. El self de la fase narcisista es en realidad una unidad dual, un ser dual. Es un self a dúo carente de yo. El estadio narcisista normal no es la soledad de uno, sino la comunidad de dos, modelo de la ulterior capacidad de amor y solidari­dad[10].

Pero este estadio, el más temprano al parecer, del desarrollo humano y de la futura socialización (inte­gración del hombre en la sociedad) no empieza con el día del nacimiento. La nueva persona nace dentro de una sociedad por obra de dos personas y su existen­cia es condicionada directa e indirectamente en gran parte antes del nacimiento.







[1] Selbst en alemán. En la literatura psicoanalítica de lengua española se ha hecho ya un hábito utilizar la expresión inglesa Self homóloga para designar este objeto de amor narcisista diri­gido a la persona como totalidad y no al "yo" como instancia particular dentro de la personalidad. Seguiremos aquí este uso cómodo y menos ambiguo, para conservar, donde sea preciso, el sentido técnico del término. (Car.]
[2] Flectere si nequeo superos, acheronta movebo. Virgilio en la Odisea, describe el mundo de los dioses del infierno. El río Aqueronte es el río que las almas deben cruzar en la barca de Caronte para ir a los infiernos. Orfeo es el único que cruza dos veces el río Aqueronte al ir a buscar a Eurpidice, su amada muerta, quien vuelve a desvancerse luego de que Orfeo no cumple con la condición de no voltear a verla mientras salen del infierno. Según Robert Graves Hades era el concepto helénico de la inevitabilidad, lo inevitable de la muerte. Vale la pena mencionar también que este frase es la que Freud utiliza como epígrafe para su obra "La interpretación de los sueños". (JLG)
[3] Aufgehoben: término que verteremos en adelante por "superado", si bien, en su riqueza semántica, es intraducible median­te una sola palabra. El autor lo utiliza con sus connotaciones dtaléctico-hegelianas. La Aufhebung de un objeto o determina­ción en su negociación, su transposición a otro nivel y por lo mismo su conservación en otra figura (Car)
[4] Diríamos, amor de objeto. (JLG)
[5] Tanto Caruso como Spitz, hablan, como Lacan popularizará después, del infante o “infans”.(JLG)
[6] Mejor: Albacea.(JLG)
[7] Tránsito hacia el amor de ojeto y a la alteridad.(JLG)
[8] Ver notas supra
[9] Nuevamente conceptos que Lacan usará en su teorización.(JLG)
[10] Una visión estructuralista del sujeto.(JLG)

J. Lacan. El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica

Publicado por primera vez en Español en Escritos I, Siglo XXI editores, México.(*)

Jacques Lacan. Comunicación presentada en el XVI Congreso Internacional de Psicoanálisis, en Zurich, el 17 de julio de 1949.

Anotaciones de JLG
La concepción del estadio del espejo que introduje en nuestro último congreso, hace trece años,(1) por haber más o menos pasado desde entonces al uso del grupo francés, no me pareció indigna de ser recordada a la atención de ustedes: hoy especialmente en razón de las luces que aporta sobre la función del yo [je] en la experiencia que de él nos da el psicoanálisis. Experiencia de la que hay que decir que nos opone a toda filosofía derivada directamente del cogito (2).

Acaso haya entre ustedes quienes recuerden el aspecto del comportamiento de que partimos, iluminado por un hecho de psicología comparada: la cría de hombre, a una edad en que se encuentra por poco tiempo, pero todavía un tiempo, superado en inteligencia instrumental por el chimpancé, reconoce ya sin embargo su imagen en el espejo como tal. Reconocimiento señalado por la mímica iluminante del Aha-Erlebnis, en la que para Kohler se expresa la apercepción situacional, tiempo esencial del acto de inteligencia (3).

Este acto, en efecto, lejos de agotarse, como en el mono, en el control, una vez adquirido, de la inanidad de la imagen, rebota en seguida en el niño en una serie de gestos en los que experimenta lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo virtual a la realidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, incluso con los objetos, que se encuentran junto a él.

Este acontecimiento puede producirse, como es sabido desde los trabajos de Baldwin (4), desde la edad de seis meses, y su repetición ha atraído con frecuencia nuestra meditación ante el espectáculo impresionante de un lactante ante el espejo, que no tiene todavía dominio de la marcha, ni siquiera de la postura en pie, pero que, a pesar del estorbo de algún sostén humano o artificial (lo que solemos llamar unas andaderas), supera en un jubiloso ajetreo las trabas de ese apoyo para suspender su actitud en una postura mas o menos inclinada, y conseguir, para fijarlo, un aspecto instantáneo de la imagen.

Esta actividad conserva para nosotros hasta la edad de dieciocho meses el sentido que le damos, y que no es menos revelador de un dinamismo libidinal, hasta entonces problemático, que de una estructura ontológica del mundo humano que se inserta en nuestras reflexiones sobre el conocimiento paranoico.

Basta para ello comprender el estadio del espejo como una identificación en el sentido pleno que el análisis da a éste término: a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago (5).

El hecho de que su imagen especular sea asumida jubilosamente por el ser sumido todavía en la impotencia motriz y la dependencia de la lactancia que es el hombrecito en ese estadio infans, nos parecerá por lo tanto que manifiesta, en una situación ejemplar, la matriz simbólica (6) en la que el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto.
Esta forma por lo demás debería más bien designarse como yo-ideal (7), si quisiéramos hacerla entrar en un registro conocido, en el sentido de que será también el tronco de las identificaciones secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reconocemos bajo ese término. Pero el punto importante es que esta forma sitúa la instancia del yo, aún desde antes de su determinación social, en una línea de ficción, irreductible para siempre por el individuo solo; o más bien, que sólo asintóticamente (8) tocará el devenir del sujeto, cualquiera que sea el éxito de las síntesis dialécticas por medio de las cuales tiene que resolver en cuanto yo [je] su discordancia con respecto a su propia realidad.

Es que la forma total del cuerpo, gracias a la cual el sujeto se adelanta en un espejismo a la maduración de su poder, no le es dada sino como Gestalt, es decir en una exterioridad donde sin duda esa forma es mas constituyente que constituida, pero donde sobre todo le aparece en un relieve de estatura que la coagula y bajo una simetría que la invierte, en oposición a la turbulencia de movimientos con que se experimenta a sí mismo animándola. Así esta Gestalt, cuya pregnancia debe considerarse como ligada a la especie, aunque su estilo motor sea todavía confundible, por esos dos aspectos de su aparición simboliza la permanencia mental del yo [je] al mismo tiempo que prefigura su destinación enajenadora; está preñada todavía de las correspondencias que unen el yo [je] a la estatua en que el hombre se proyecta como a los fantasmas que le dominan, al autómata, en fin, en el cual, en una relación ambigua, tiende a redondearse el mundo de su fabricación.

Para las imagos, en efecto, respecto de las cuales es nuestro privilegio el ver perfilarse, en nuestra experiencia cotidiana y en la penumbra de la eficacia simbólica, sus rostros velados, la imagen especular parece ser el umbral del mundo visible, si hemos de dar crédito a la disposición en espejo que presenta en la alucinación y en el sueño la imago del cuerpo propio, ya se trate de sus rasgos individuales, incluso de sus mutilaciones, o de sus proyecciones objetales, o si nos fijamos en el papel del aparato del espejo en las apariciones del doble en que se manifiestan realidades psíquicas, por lo demás heterogéneas. (9)

Que una Gestalt sea capaz de efectos formativos sobre el organismo es cosa que puede atestiguarse por una experimentación biológica, a su vez tan ajena a la idea de causalidad psíquica que no puede resolverse a formularla como tal. No por eso deja de reconocer que la maduración de la gónada en la paloma tiene por condición necesaria la vista de un congénere, sin que importe su sexo, y tan suficiente, que su efecto se obtiene poniendo solamente al alcance del individuo el campo de reflexión de un espejo. De igual manera, el paso, en la estirpe, del grillo peregrino de la forma solitaria a la forma gregaria se obtiene exponiendo al individuo, en cierto estadio, a la acción exclusivamente visual de una imagen similar, con tal de que esté animada de movimientos de un estilo suficientemente cercano al de los que son propios de su especie. Hechos que se inscriben en un orden de identificación homeomórfica que quedaría envuelto en la cuestión del sentido de la belleza como formativa y como erógena.

Pero los hechos del mimetismo, concebidos como de identificación heteromórfica, no nos interesan menos aquí, por cuanto plantean el problema de la significación del espacio para el organismo vivo, y los conceptos psicológicos no parecen más impropios para aportar alguna luz sobre esta cuestión que los ridículos esfuerzos intentados con vistas a reducirlos a la ley pretendidamente suprema de la adaptación. Recordemos únicamente los rayos que hizo fulgurar sobre el asunto el pensamiento (joven entonces y en reciente ruptura de las prescripciones sociológicas en que se había formado) de un Roger Caillois, cuando bajo el termino de psicastenia legendaria, subsumía el mimetismo morfológico en una obsesión del espacio en su efecto desrealizante (10).

También nosotros hemos mostrado en la dialéctica social que estructura como paranoico el conocimiento humano (11) la razón que lo hace más autónomo que el del animal con respecto al campo de fuerzas del deseo, pero también que la determina en esa "poca realidad" que denuncia en ella la insatisfacción surrealista (12). Y estas reflexiones nos incitan a reconocer en la captación espacial que manifiesta el estadio del espejo el efecto en el hombre, premanente incluso a esa dialéctica, de una insuficiencia orgánica de su realidad natural, si es que atribuimos algún sentido al término "naturaleza".
La función del estadio del espejo se nos revela entonces como un caso particular de la función de la imago, que es establecer, una relación del organismo con su realidad o, como se ha dicho, Innenwelt con el Umwelt.(13)

Pero esta relación con la naturaleza está alterada en el hombre por cierta dehiscencia(14) del organismo en su seno, por una Discordia primordial que traicionan los signos de malestar y la incoordinación motriz de los meses neonatales. La noción objetiva del inacabamiento anatómico del sistema piramidal como de ciertas remanencias humorales del organismo materno, confirma este punto de vista que formulamos como el dato de una verdadera prematuración específica del nacimiento en el hombre.

Señalemos de pasada que este dato es reconocido como tal por los embriólogos, bajo el termino de fetatización, para determinar la prevalencia de los aparatos llamados superiores del neuroeje y especialmente de ese córtex(15) que las intervenciones psicoquirúrgicas nos llevaran a concebir como el espejo intra-orgánico.

Este desarrollo es vivido como una dialéctica temporal que proyecta decisivamente en historia la formación del individuo: el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totaIidad, y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental. Así la ruptura del círculo del Innenwelt al Umwelt engendra la cuadratura inagotable de las reaseveraciones del yo.

Este cuerpo fragmentado, término que he hecho también aceptar en nuestro sistema de referencias teóricas, se muestra regularmente en los sueños, cuando la moción del análisis toca cierto nivel de desintegración agresiva del individuo. Aparece entonces bajo la forma de miembros desunidos y de esos órganos figurados en exoscopia (16), que adquieren alas y armas para las persecuciones intestinas, los cuales fijó para siempre por la pintura el visionario Jerónimo Bosco, en su ascensión durante el siglo decimoquinto al cenit imaginario del hombre moderno. Pero esa forma se muestra tangible en el plano orgánico mismo, en las líneas de fragilización que definen la anatomía fantasiosa, manifiesta en los síntomas de escisión esquizoide o de espasmo, de la histeria.

Correlativamente, la formación del yo [je] se simboliza oníricamente por un campo fortificado, o hasta un estadio, distribuyendo desde el ruedo interior hasta su recinto, hasta su contorno de cascajos y pantanos, dos campos de lucha opuestos donde el sujeto se empecina en la búsqueda del altivo y lejano castillo interior, cuya forma (a veces yuxtapuesta en el mismo libreto) simboliza el ello de manera sobrecogedora. Y parejamente, aquí en el plano mental, encontramos realizadas estas estructuras de fábrica fortificada cuya metáfora surge espontáneamente, y como brotada de los síntomas mismos del sujeto, para designar los mecanismos de inversión, de aislamiento, de reduplicación, de anulación, de desplazamiento, de la neurosis obsesiva.

Pero, de edificar sobre estos únicos datos subjetivos, y por poco que los emancipemos de la condición de experiencia que hace. que los recibamos de una técnica de lenguaje, nuestras tentativas. teóricas quedarían expuestas al reproche de proyectado en lo impensable de un sujeto absoluto: para eso hemos buscado en la hipótesis aquí fundada sobre una concurrencia de datos objetivos la rejilla directriz de un método de reducción simbólica.

Este instaura en las defensas del yo un orden genético que responde a los votos formulados por la señorita Anna Freud en la primera parte de su gran obra, y sitúa (contra un prejuicio frecuentemente expresado) la represión histórica y sus retornos en un estadio mas arcaico que la inversión obsesiva y sus procesos aislantes, y estos a su vez como previos a la enajenación paranoica que data del viraje del yo [je] especular al yo [je] social.

Este momento en que termina el estadio del espejo inaugura, por la identificación con la imago del semejante y el drama de los celos primordiales (tan acertadamente valorizado por la escuela de Charlotte Bühler en los hechos de transitivismo infantil)(17), la dialéctica que desde entonces liga al yo [je] con situaciones socialmente elaboradas.

Es este momento el que hace volcarse decisivamente todo el saber humano en la mediatización por el deseo del otro, constituye sus objetos en una equivalencia abstracta por la rivalidad del otro, y hace del yo [je] ese aparato para el cual todo impulso de los instintos será un peligro, aún cuando respondiese a una maduración natural; pues la normalización misma de esa maduración depende desde ese momento en el hombre de un expediente cultural: como se ve en lo que respecta al objeto sexual en el complejo de Edipo.

El término "narcisismo primario" con el que la doctrina designa la carga libidinal propia de ese momento, revela en sus inventores, a la luz de nuestra concepción, el mas profundo sentimiento de las latencias, de la semántica. Pero ella ilumina también la oposición dinámica que trataron de definir de esa libido a la libido sexual, cuando invocaron instintos de destrucción, y hasta de muerte, para explicar la relación evidente de la libido narcisista con la función enajenadora del yo [je], con la agresividad que se desprende de ella en toda relación con el otro, aunque fuese la de la ayuda más samaritana.

Es que tocaron esa negatividad existencial, cuya realidad es tan vivamente promovida por la filosofía contemporánea del ser y de la nada.

Pero esa filosofía no la aprehende desgraciadamente sino en los límites de una self-sufficiency de la conciencia, que, por estar inscrita en sus premisas, encadena a los desconocimientos constitutivos del yo la ilusión de autonomía en que se confía. Juego del espíritu que, por alimentarse singularmente de préstamos a la experiencia analítica, culmina en la pretensión de asegurar un psicoanálisis existencial.

Al término de la empresa histórica de una sociedad por no reconocerse ya otra función sino utilitaria, y en la angustia del individuo ante la forma concentracionaria del lazo social cuyo surgimiento parece recompensar ese esfuerzo, el existencialismo se juzga por las justificaciones que da de los callejones sin salida subjetivos que efectivamente resultan de ello: una libertad que no se afirma nunca tan auténticamente como entre los muros de una cárcel, una exigencia de compromiso en la que se expresa la impotencia de la pura conciencia para superar ninguna situación, una idealización voyeurista-sádica de la relación sexual, una personalidad que no se realiza sino en el suicidio, una conciencia del otro que no se satisface sino por el asesinato hegeliano.(18)

A estos enunciados se opone toda nuestra experiencia en la medida en que nos aparta de concebir el yo como centrado sobre el sistema percepción-conciencia, como organizado por el "principio de realidad" en que se formula el prejuicio cientificista más opuesto a la dialéctica del conocimiento, para indicarnos que partamos de la función de desconocimiento que lo caracteriza en todas las estructuras tan fuertemente articuladas por la señorita Anna Freud: pues si la Verneinung(19) representa su forma patente, latentes en su mayor parte quedarán sus efectos mientras no sean iluminados por alguna luz reflejada en el plano de fatalidad, donde se manifiesta el ello.

Así se comprende esa inercia propia de las formaciones del yo [je] en las que puede verse la definición mas extensiva de la neurosis: del mismo modo que la captación del sujeto por la situación da la fórmula más general de la locura, de la que yace entre los muros de los manicomios como de la que ensordece la tierra con su sonido y su furia.

Los sufrimientos de la neurosis y de la psicosis son para nosotros la escuela de las pasiones del alma, del mismo modo que el fiel de la balanza psicoanalítica, cuando calculamos la inclinación de la amenaza sobre comunidades enteras, nos da el índice de amortización de las pasiones de la civitas.

En ese punto de juntura(20) de la naturaleza con la cultura que la antropología de nuestros días escruta obstinadamente, solo el psicoanálisis reconoce ese nudo de servidumbre imaginaria que el amor debe siempre volver a deshacer o cortar de tajo.

Para tal obra, el sentimiento altruista es sin promesas para nosotros, que sacamos a luz la agresividad que subtiende la acción del filántropo, del idealista, del pedagogo, incluso del reformador.

En el recurso, que nosotros preservamos, del sujeto al sujeto, el psicoanálisis puede acompañar al paciente hasta el límite extático del "tú eres eso", donde se le revela la cifra de su destino mortal, pero no está en nuestro solo poder de practicante, el conducirlo hasta ese momento en que empieza el verdadero viaje.

NOTAS

(*) El trabajo es aquí tomado de: Jaques Lacan. Escritos I. Siglo XXI editores, 12 edición 1984.

(1) En la publicación de los Escritos se indica que corresponde a una comunicación realizada en el XVI Congreso Internacional de Psicoanálisis, en Zurich el 17 de julio de 1949. Sobre el congreso referido "hace trece años" se aclara en las "Referencias bibliográficas en orden cronológico" al final de los Escritos, que este texto fue "producido por primera vez en el XIV Congreso Psicoanalítico International que se llevó a cabo en Marienbad del 2 al 8 de agosto de 1936...". También se indica ahí que dicha intervención habría quedado inscripta en The International Journal of Psychoanalysis, vol. 18, parte I, enero de 1937, página 78, bajo la rúbrica "The looking-glass phase". Pero Joel Dor, en su "Nouvelle bibliographie des travaux de Jacques Lacan" (EPEL, Paris 1994, página 50) ubica esa inscripción (con ese mismo título) en la página 115 en lugar de la 78, y como correspondiendo, no al Congreso de Marienbad, sino a las jornadas de la Societé Française de Psychanalyse de junio 1936, donde también intervino Lacan (según consta en las notas que tomó Françoise Doltó y que menciona Roudinesco).

(2) Cogito ergo sum, que en español se traduce como: "pienso, por lo tanto, existo", es un planteamiento filosófico de René Descartes, que se convirtió en elemento fundamental del racionalismo occidental. Cogito ergo sum es una traducción del planteamiento original de Descartes en francés: "Je pense, donc je suis", encontrado en su Discurso del método (1637). Veremos como en el texto de Lacan, cuya tesis principal, narra la matriz del yo [je] a través de la contemplación en el espejo, será una experiencia opuesta al cogito cartesiano. Es decir, yo no pienso y luego existo; sino, me veo y luego me invento.

(3) Lacan se refiere aquí a la contribución de Köhler sobre el concepto de aprendizaje por Insight en monos de estudio en "La casa amarilla" de Tenerife. Concretamente sobre el discernimiento o "revelación" (Aha-Erlebnis) repentina y automática de entre una serie de estímulos. Consideraba que los simios aprenden a partir de las totalidades y no de las partes, que muestran saltos abruptos en su desempeño, y que en general exhiben lo que llama una capacidad de razonamiento. Köhler afirmaba que lo que es válido para los simios lo es mucho más para los seres humanos, e increpó a los conductistas su manera harto mecánica de concebir el aprendizaje humano. Recordemos que Kölher es uno de los fundadores de la Psicología de la Gestalt.

(4) Para Baldwin, dentro de la Psicología genética (evolutiva), todo cambio da paso a un avance real, a un progreso de una parte de la naturaleza hacia un modo de realidad superior. Las cosas nuevas se alcanzan diariamente en la vida, en la mente y en la sociedad; resultados que no pueden interpretarse en términos de la mera composición de elementos asociados, y concluye en que toda serie realmente genética es irreversible; y cada nuevo estadio o término de una serie realmente genética constituye un nuevo modo de presencia en lo que se llama realidad. Esta concepción dinámica del desarrollo fue aplicada por Baldwin a tres áreas centrales: el desarrollo motor y cognitivo de los niños; el interaccionismo social y el desarrollo de la personalidad; la ontogenia (formación y desarrollo individual de un organismo) y la filogenia (desarrollo y evolución general de una especie) de las funciones y de la conducta.

(5) Para Jung la imago designa la persistencia imaginaria de algunos de los participantes de las relaciones intersubjetivas reales y fantasmáticas de un sujeto en su ámbito familiar. Para M. Klein las imagos son objetos fantaseados que tienen como prototipo los objetos originarios (padres reales) deformados por la proyección de los primeros impulsos. Laplanche y Pontalis en su diccionario de psicoanálisis aclaran que la imago no debe entenderse como un reflejo de lo real, ni siquiera más o menos deformado, ya que la imago de un padre terrible puede muy bien corresponder a un padre real débil. pp192.

(6) Vale la pena señalar aquí algo que será tratado más adelante en el texto: no es precisamente verse en el espejo lo que trasciende, sino que al hecho de que ver esa imágen esté sostenida por la mirada del Otro, del primer Otro que es la madre. La matriz simbólica contiene el deseo de la madre, la castración que le dio al hijo un lugar de falo imaginario. Es decir, que el falo imaginario es la imagen con la que el infans se identifica. De no darse esa matriz, el niño no tendrá valor de falo y no podrá constituirse como un yo, y es el caso de las llamadas psicosis infantiles, del autismo infantil.

(7) En nota de Armando Suárez en Escritos I (op.cit.), señala que Lacan se atendrá de aquí en adelante a la traducción de idealich por moi-ideal, conceptualizadolo de acuerdo con si bipartición: moi - yo como construcción imaginaria, y je - yo como posición simbólica del sujeto. pp.87.

(8) Una asíntota es una línea recta a la que se aproxima una curva como gráfica de determinada función sin llegar jamás a tocarla por más que se acerque. Utilizando un lenguaje matemático y propiamente topológico, se dice que la curva A es una asíntota de la curva C si se establece una distancia mínima y que existe un trecho no limitado por la curva C que dista de la asíntota A menos de la distancia mínima establecida. La curva C puede parecer intersectar varias veces a su asíntota A, sin embargo, aquello que hace a A una asíntota de C, es el hecho que C se aproxima a A por un trecho ilimitado sin jamás coincidir con ella.

(9) La problemática del doble es manejada por Freud desde el inicio de sus trabajos. En "Lo Ominoso" (en alemán unheimlich, palabra que no posee un sentido único sino que se refiere a dos tipos de representaciones que sin ser opuestas, están alejadas entre sí: Lo familiar, lo confortable por un lado, y lo oculto, escondido, reprimido por el otro), o también traducido como "Lo siniestro", sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que que ha salido a la luz particularmente a raiz de una percepción exterior o una repetición. Lo ominoso en el vivenciar se produce cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión, o cuando parecen reafirmarse convicciones primitivas superadas, particularmente referidas a la angustia de castración). La presencia de los dobles puede darse bajo muchas formas. Por presentar un idéntico aspecto, por sensación de telepatía, por identificación total a otra persona llegando a confundir el propio yo, o como Freud lo señala cuando se mira a un espejo. Se trata de una duplicación, división, permutación del yo, que remite a otro sentimiento causante de lo siniestro que sería el permanente retorno de lo igual, o dicho de otro modo, a la repetición. En este punto dentro de su texto, cita los estudios de O.Rank, quien afirma que el doble fue primitivamente medida de seguridad contra la destrucción del Yo, un enérgico mentir a la omnipotencia de la muerte. Pero pasa luego de ser un asegurador de la supervivencia (cuando es remitido al narcisimo primario) a un siniestro mensajero de la muerte (al ingreso al secundario).
En otros momentos del desarrollo del yo, el doble puede ser parte escindida del mismo y contraponerse como conciencia moral, como una instancia crítica del propio yo, que trata como objeto al resto del yo. Así se introduce un nuevo contenido al doble, a saber, todo aquello que aparece ante la autocrítica como perteneciente al viejo narcisismo superado de la época primordial (ideal del yo). Incluye también todo lo incumplido, aspiraciones, decisiones voluntarias sofocadas que dan ilusión de libre albedrío, etc.
En cuanto al ya citado movimiento de repetición de lo igual. Freud se pone como ejemplo en un episodio en que perdido por una pequeña ciudad italiana pasa tres veces por la misma calle, por cierto parece ser que sede de muchas prostitutas. Estas repeticiones no deliberadas, vuelven ominosas experiencias de algo que en sí no lo es, convirtiéndolo en fatal cuando de ordinario hubiéramos creído que se trataba de una simple casualidad. Freud remite a la compulsión de repetición inconsciente para explicar este fenómeno. Dicha compulsión remite a su vez al funcionamiento de las pulsiones y tiene suficiente fuerza para doblegar al Principio del placer. Así, se siente como ominoso aquello que recuerda a esa compulsión de repetición.
En su Proyecto de Psicología para Nerurólogos (1895) (Obras completas, Tomo 1, Amorrortu editores. 1984. P. 377. Publicado en 1950, Freud escribe que “...un objeto como este (la percepción de un prójimo), es simultáneamente el primer objeto-satisfacción y el primer objeto hostil, así como el único poder auxiliador. Sobre el prójimo, entonces, aprende el ser humano a discernir. Es que los complejos de percepción que parten de este prójimo serán en parte nuevos e incomparables -p.ej., sus rasgos en el ámbito visual-; en cambio, otras percepciones visuales- p.ej., los movimientos de sus manos- (...) coincidirán con sus propios recuerdos de impresiones visuales muy similares, emanadas del propio cuerpo, recuerdos con los cuales se hallaran asociados otros recuerdos de movimientos expe­rimentados por el mismo”. Así pues, el “complejo del prójimo” se divide en dos componen­tes, uno de las cuales da la impresión de ser una estruc­tura constante que persiste coherente como una “cosa del mundo”, mientras que la otra puede ser comprendida por medio de la acti­vidad de la memoria, es decir, reducida a una información sobre el propio cuerpo del sujeto.
“A esta descomposición de un comple­jo perceptivo se llama su discernimiento: ella contiene un juicio y halla su término cuando por último alcanza la meta.”

(10) Lacan se refiere a Roger Callois, Mimetismo y psicastenia legendaria, compilado en el libro El mito y el hombre, editado por el Fondo de Cultura Económica, Breviarios, México, 1993. Este ensayo lo analiza más tarde en su seminario 11. Callois, ensayista, sociologo y antropólogo francés, estuvo ligado al grupo surealista que abandona al poco tiempo (1933) por no darle este grupo un caracter "científico" al movimiento. En El mimetismo y la psicastenia legendaria (1935) da una interpretación novedosa del mimetismo de los insectos, negando que se trate de una estrategia defensiva, e interpretándolo como la manifestación de un instinto de abandono, una tendencia a la despersonalización y la confusión con el medio que va unida a una pérdida de vitalidad, lo cual estará asociado a la psicastenia (estado de depresión profunda).

(11)EL Conocimiento Paranoico lo aborda en Escritos I, pp. 104 y 170. Donde lo refiere según el método fenomenológico a un momento de la génesis del yo, relacionandolo después con el transitivismo: reacción que nunca se elimina y que se manifiesta ante todo como la matriz del Urbild (modelo) del Yo. Así mismo, lo explica a través del niño que pega y dice haber sido golpeado, el que ve caer a un semejante y llora. "Del mismo modo es en una identificación con el otro como vive toda la gama de las reacciones de prestancia y de ostentación, de las que sus conductas revelan con evidencia la ambivalencia estructural, esclavo identificado con el déspota, actor con el espectador, seducido con el seductor. p106.

(12) Armando Suárez, en Escritos I, menciona que esta es una alusión al texto de André Breton.
Discours sur le peu de réalité.
(13) Mundo interno y mundo externo (o medio ambiente)
(14) Que algo expontáneamente se abre, como algunos frutos o flores que al abrirse esparcen el polen o las semillas, o cuando una herida cerrada vuelve a abrirse.
(15) Cortex es la parte mas superficial de un órgano.
(16) Se refiere a vistos afuera y por el afuera, en un evento referencial, como una suerte de opoición a una mirada endoscópica de su cuerpo.
(17) ver nota 11 supra.
(18) Lacan, seguidor y revolucionador hegeliano, hace uso de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, en la que se establece que en el origen de la historia de la humanidad, se es amo o esclavo como resultado del primer enfrentamiento, enfrentamiento que como en todo el reino animal, define los lugares de la manada y a raíz del cual, si uno devino esclavo es porque ha renunciado a arriesgar la vida ya que de otra manera debería concluir con la muerte de uno o de ambos adversarios. Pero si la muerte sucede, no habría quien los reconozca. Para que la historia continúe – o se inicie, según se mire -, es preciso que ambos sobrevivan. El esclavo es quien renuncia a su deseo y se somete al deseo del otro. Pero subyace en el esclavo el deseo de muerte hacia el amo, muerte que estaría en sus manos y que diríamos, le otorga identidad al amo como un otro, finalmente, y en los términos de este texto, en una relación especular. El amo satisface su deseo – que sigue siendo animal, natural – consumiendo lo que el esclavo ha producido con su trabajo. Sin embargo vive como gozando y deja de ser animal al convertirse en mero consumidor, pero su evolución será solamente al modo animal, porque, fiel al principio de identidad, permanecerá igual. El esclavo es el que podrá evolucionar voluntaria y activamente, es decir, humanamente y querrá dejar de ser lo que es, sólo él podrá querer negar y superar su esclavitud. Por lo tanto el destino del esclavo – según Hegel – es promisorio, podrá ir trabajando y perfeccionando su liberación, hasta crear el Ciudadano Libre del Estado Universal Homogéneo.
(19) Negación.
(20) Mucho se critica el lenguaje y el aparente "neologismo lacaniano", pero la mayoría de las veces tiene una razón de ser. En este caso, Armando Suarez traduce a la palabra Juntura y no unión o fusión. Juntura, en el castellano español, se refiere a lo que está entre dos piezas unidas, por ejemplo, los espacios entre las placas del asfalto que permiten la dilatación de las mismas según el clima. En México le diríamos junta, asiento, sello. Es decir, con ello, Lacan, considera a los antropologos estructuralistas señalando una relación estrecha, dinámica, entre dos partes unidas por elementos comunes (el ser humano): la naturaleza y la cultura.

J. Clavreul. La Pareja Perversa

La Pareja Perversa. J. Clavreul.
El deseo y la Perversión. Editorial Sudamericana. P.117-155. Buenos Aires. 1967.


LA PAREJA PERVERSA[1]
J. Clavreul

Anotaciones Jose Luis Gonzalez Fernandez


Hablar de pareja perversa supone una paradoja: esto es lo que no puedo dejar de destacar desde el comienzo de esta comunicación. A esa paradoja se referirán necesariamente los principales temas de la discusión, ofreciendo este trabajo a una crítica que podrá preguntar con qué derecho nos permi­timos vincular aquí la noción de pareja con la de per­versión.

En efecto, los recientes trabajos sobre la perversión -aquí me refiero esencialmente a los de la Escuela Freudiana de París- nos disuaden, evidentemente, de tratar la cuestión de la pareja perversa como el estudio de las incidencias de una perversión en la vida de una pareja constituida. Seme­jante enfoque implicaría necesariamente que consideráse­mos el acto perverso como un fantasma actuado cuyo actor sería un sujeto normal o neurótico. Ahora bien, todos los trabajos recientes tienden a demostrar que, por el contrario, el acto perverso es consumado por Sujetos cuyas catequizaciones libidinales, cuyas relaciones con el Deseo y con la Ley, son profundamente diferentes de las del neurótico. De allí que, mejor que hablar de perversión (en singular o en plural), hablamos de estructura perversa, en tanto ésta per­mite un acercamiento al problema de la perversión relativa­mente independiente de la modalidad particular que puede adoptar tal o cual acto perverso.

Es aquí donde encontramos la paradoja: al aislar una es­tructura perversa, distinta de la del sujeto normal o neurótico, ¿no le negamos al perverso el beneficio de conocer, de participar de ese desenlace último de la evolución libidinal, de ese triunfo extremo de la vida sexual, de ese “amor” del que cada uno dirá de buena gana que sólo él es capaz de mantener la solidez de una pareja? ¿La estructura perversa es compatible con el amor? Esta sería una primera pregunta que nos inclinamos a contestar negativamente. Pero si no hay amor, ¿cuál es, pues, ese lazo que asegura la extraordi­naria solidez de ciertas parejas de perversos? Esta podría ser una segunda pregunta. Por fin, y éste no es el problema menos importante de los que me importa rescatar hoy, ¿qué ocurre en la relación psicoanalítica cuando es un perverso el que se introduce en ella? ¿Nuestro aparato conceptual nos permite hablar convenientemente de la pareja constituida por el perverso y su analista? ¿Nos es posible, en particular, retomar la noción de "transferencia" tal como la utilizamos en el análisis de un neurótico?

No pretendemos, por supuesto, contestar aquí estas pre­guntas, dado que nuestra ambición es sólo hacerlas avanzar un poco: así justificaremos el haber elegido el tema de la pareja perversa, no para intentar un estudio clínico, estu­dio que sólo podría reunir elementos muy dispares, sino para abrir algunas brechas, tanto finalmente en nuestro enfoque de la estructura perversa como en la idea que tenemos más o menos explícitamente de la relación amorosa, de las catectizaciones libidinales que supone una vida en pareja.

Esta brecha, por la que podemos legítimamente introdu­cir al perverso en la vida de la pareja, podemos localizarla a partir de ahora en esto: de ese amor del que se habla con facilidad e incluso con ligereza a propósito de las parejas constituidas, de ese sentimiento complejo que -cualquiera sea el sentido que se le dé- finalmente da cuenta bastante bien de la dificultad que existe para explicar la fijeza de una catectización libidinal sobre un ser privilegiado, con­viene observar que son los perversos quienes en general hablan mejor. Discursos, poemas, descripciones novelescas, cualquiera que sea la expresión, el lector no informado no puede estar seguro de que su juicio le permita reconocer si el autor mismo es o no perverso.

Y al mismo tiempo, ¿no es evidente que, en lo esencial, la literatura erótica esté hecha de lo que los perversos han escrito al respecto? Además hay que agregar que, desde este punto de vista, desde el punto de vista del erotismo, el "normal" hace habitualmente el papel, al lado del perverso, de un palurdo bastante incapaz de elevar su amor por enci­ma de una rutina, y la buena salud sexual de la que se jacta se confunde un poco con falta de imaginación. No se puede dejar de pensar que el heterosexual común parece muy a me­nudo prisionero de ese "amor vulgar" denunciado por los participantes del Banquete,[2] quienes no vacilan en expulsar del campo de sus intereses al acoplamiento bestial apenas capaz de asegurar la misión necesaria pero sin brillo de la perpetuación de la especie.

Digamos, pues, que no podríamos eludir un contrasen­tido al rechazar a los perversos fuera de la dimensión amo­rosa, cuando en gran parte son ellos los que mejor supieron sostener el discurso acerca de ella. Por otra parte, todos son más o menos conscientes de ello, y se dejan fascinar fácil­mente por esa relación del perverso con el amor y con el ero­tismo. Pero si están ávidos de buscar lecciones a su lado, no por ello están dispuestos a tomarlo como modelo y re­chazan, a menudo con intolerancia, las prácticas de la per­versión, cosa que caracteriza bastante bien la ambigüedad de nuestra posición, que se aviene a recoger un discurso de­nunciando al mismo tiempo una práctica.

Sin duda nos sería posible justificar semejante posición diciendo que saber hablar de amor no significa que se sepa amar. Pero esto sólo sería eludir la dificultad y, en todo caso, no dar cuenta del problema que le plantea al analista ese paciente perverso que habla del amor que siente por su com­pañero. Pues si semejante "material", cuando nos es sumi­nistrado, se ofrece de todos modos con bastante dificultad a nuestras interpretaciones, no por ello dejamos de vernos constreñidos a hacernos una idea de ese vínculo a menudo tan sólido, y del que se nos hablará a lo largo de todo un análisis. En esos casos tal vez convendría denunciar la inadecuación de la noción de amor, decir que ese término sólo se emplea por una analogía grosera, y hablar más bien de "víncu­lo pasional", que evoca más lo absoluto de la psicosis que el cariño matizado del amor. Sin embargo no retomaré -el tercero de nuestro grupo- la cuestión de la pasión, consi­derada como entidad distinta del amor. No porque ella no se plantee. Sino porque la introducción de una categoría distinta sólo podría oscurecer uno de los puntos que quiero destacar hoy y que acabo de señalar, es decir que el per­verso, ya haga una obra literaria o esté en análisis, sostiene o pretende sostener ante nosotros un discurso sobre el amor, y sobre ninguna otra cosa.

Para ser más preciso, y para interpretar al mismo tiempo la intención de su discurso, digamos pues que, cuando un perverso nos habla de su amor, no podemos contentarnos con comprender lo que nos dice como una simple descrip­ción del estado pasional que experimenta: si habla de amor, lo que nos dice al respecto se sitúa evidentemente en rela­ción con lo que puede saber de la complacencia de cada uno para absolver los estados amorosos y para justificar to­dos los abusos en nombre del culto de Eros. Seguramente esto no es propio del perverso, y todo analizado que invoca el amor introduce alguna oscuridad: bien sabemos que en determinado momento se nos oculta una falla; pero en el perverso hay que agregar esa nota de desafío que parece provocarnos para decirle que, si quiere curarse, tendrá que derrotar tanto a su amor como a su perversión, su homose­xualidad, por ejemplo[3]. Antes que de pasión, hablaré pues de "alegato amoroso" para designar ese sentimiento que le sirve al perverso para plantarse ante nosotros, invocando, para justificar su práctica perversa, un sentimiento del que nos inclinamos a decir que constituye uno de los criterios más sólidos de un desarrollo afectivo armonioso, ya en nom­bre de los prejuicios más corrientemente aceptados, ya en nombre de una teoría psicoanalítica que se ve obligada a hablar de catectización, de relación de objeto, pero que ciertamente no ha dicho su última palabra sobre el papel desempeñado aquí por la presencia o la ausencia del pene real. Podemos introducir así una pregunta: al alegar el amor, ¿el perverso no es ante todo aquel que nos atrapa en nues­tras trampas, les da vuelta y las utiliza para su propio bene­ficio, asegurándose así de antemano la inanidad[4] de nuestras eventuales intervenciones? Aquí, el amor del que se nos habla es entonces, sobre todo, uno de los elementos del desafío que se nos lanza. Desde este momento vemos los límites de semejante posición, puesto que el perverso la sostiene en nombre de los valores que se supone nosotros respetamos, revelando así su preocupación por referirse a un discurso universal.

Todavía más que para denunciar ese desafío, es impor­tante hablar de alegato amoroso para designar el sentimien­to por el cual ciertos sujetos consiguen desconocerse comple­tamente a sí mismos en su perversión. Así sucede con todos aquellos que pretenden no hacer más que sufrir las prácti­cas perversas de sus compañeros, y esto en virtud de un sentimiento que llaman deber, o piedad, pero mucho más generalmente "amor", y que pretende justificar todas las debi­lidades, incluso todos los liberalismos[5]. De este .modo no tene­mos, bajo el pretexto del amor invocado, que eximirnos- de interrogarnos sobre la esposa del fetichista, sobre el marido de una cleptómana o de una ninfómana[6], o aun sobre la mu­jer de mediana edad que asegura su protección a pederastas demasiado lindos.

Podemos librarnos demasiado fácilmente de esta dificultad por medio de la noción de complacencia mórbida en aquel que pretende sufrir la perversión del otro sólo en razón del amor profesado. Diremos, muy por el con­trario, que la compañera del fetichista, finalmente, está aun más en juego que el fetichista, pues resulta claro que la relación del fetichista con su fetiche sólo se sostiene en el poder que el susodicho fetiche tiene de fascinar al otro. Este es uno de los elementos más importantes de la estructura perversa, y ya que es a través de él como entendemos el papel del otro en esa estructura, sobre él volveremos.[7]

Así, uno de los miembros de la pareja puede invocar el amor para sostener la legitimidad de su perversión, para jus­tificarla como compatible con los valores más respetados; también puede permitir que el otro viva su perversión des­conociéndose a sí mismo como perverso. El alegato amoroso constituye así el vínculo ambiguo, el tema común en el que los dos compañeros se encuentran. La ambigüedad de este vínculo es tal que desistiríamos de interesarnos por él, a tal punto se confunde con un simple malentendido, si su persis­tencia en el tiempo, su resistencia a los contratiempos no estuviese allí para mostrar, una vez más, que un buen malen­tendido tiene todas las posibilidades de durar mucho tiem­po[8], ¡y no sólo en análisis! Ahora bien, esta observación e incluso esta comparación con el análisis- nos permite se­ñalar ahora que ese supuesto vínculo amoroso hace las veces de "contrato", en el sentido de que es un contrato el que unía a Sacher Masoch[9] con sus personajes (contrato muy preciso, parecido a una escritura, pero que define los límites como el abuso autorizado de la perversión), también en el sentido de que es un contrato el que vinculaba, por ejemplo, a Gide con su mujer, condenada ella, por el artificio de un vínculo conyugal irrisorio, a ser testigo y cómplice de las prácticas que sólo podía padecer y condenar. Ninguna nece­sidad hay aquí de recordar innumerables hechos entre los cuales es fácil reconocer un evidente parentesco.

La eventual ruptura de tales contratos tiene un sentido y un alcance muy distintos del fracaso del amor entre sujetos normales o neuróticos. El hecho de que sean secretos, que sólo los interesados conozcan tanto sus términos como su práctica, no significa en absoluto que el tercero esté ausente de ellos. Por el contrario: es esa ausencia misma del tercero, es su distancia la que constituirá la pieza mayor de ese ex­traño contrato. Ese tercero que está necesariamente presente para firmar o más bien para refrendar la autenticidad de un lazo amoroso normal, deberá estar aquí excluido, más exac­tamente presente pero en una posición tal que esté necesa­riamente ciego, que sea impotente o cómplice. De allí que la ruptura eventual de un lazo perverso es muy distinta de la ruptura del lazo amoroso. Ya que aquí se habla de sufri­miento, de infidelidad de un compañero, del desgaste del tiempo, y el tercero no tiene otro papel que el de registrar el fracaso. Pero allí, para el perverso, en la medida en que sólo el "secreto" frente a los terceros constituye el funda­mento mismo del contrato, no serán ni la infidelidad, ni el sufrimiento o la indiferencia de uno de los miembros de la pareja, ni el desgaste del tiempo los que desencadenarán la ruptura. Será la denuncia del secreto, será poner al tanto a los terceros, será el escándalo el que constituirá la ruptura.
Así, la pareja perversa soportará fácilmente sufrimientos, mezquindades, infidelidades. Bastará que se conserve una cierta clase de secreto. Pero, por el contrario, veremos que tal pareja se deshace porque uno de los dos hace una alu­sión pública a sus prácticas; o incluso: tal profesor o sacer­dote se trastornará, se indignará sinceramente porque su protegido habrá revelado las caricias a las que se entrega. Finalmente, también, el tercero se escandalizará ante semejantes revelaciones: como Krafft Ebing, indignado porque la mujer de Sacher Masoch ha revelado el contrato secreto. Frente a toda denuncia de "ballets rosas", es casi imposible evitar sentir cierto desprecio hacia el denunciante. Nunca se sobrevalorará lo suficiente la importancia de semejante contrato de secreto, sin el cual sería imposible entender cómo llegan a perpetuarse tanto tiempo las prácticas perversas más extremas, que dejan al ocasional espectador fascinado, y fi­nalmente cómplice, por no ser el que las denuncia..

Lazo perverso, alegato amoroso, contrato secreto, estas nociones nos permiten, pues, enfocar lo que funde a los dos miembros de la pareja. Es necesario notar, además, algo que se observa habitualmente pero que disimula el hecho de que la perversión se presta particularmente a inversiones que constituyen parejas en sí mismas. Pues se advierte natural­mente que la homosexualidad une lo mismo con lo mismo, que las partidas triangulares se juegan indiferentemente, por lo general, con terceros de uno y otro sexo, que el sadismo se vuelve masoquismo, el exhibicionismo voyerismo, etcéte­ra. Esto es seguro, pero una posible inversión no significa simetría.[10] Y conviene más bien notar hasta qué punto son distintos, uno del otro, los miembros de las parejas perversas, precisamente de las parejas más sólidas. La disparidad de la pareja, así dicho, siempre es notable. Y no puedo dejar de recordar aquí que Lacan, en su seminario sobre la "dispa­ridad subjetiva", se había referido continuamente a las pare­jas homosexuales del Banquete.

Vemos así al atleta unido al alfeñique, al intelectual refi­nado con el bruto inculto, a la mujer tosca vinculada con el ángel de la feminidad, al alcohólico inmoral en pareja con una santa, al viejo vicioso y seductor con el púber inocente, al personaje social respetable con el crápula. No terminaría­mos de enumerar la infinita variedad de esas extrañas pare­jas que parecen desafiar al tercero, al menos virtual, que las observaría, a tal punto son perturbadoras su cojera, e incluso su ridiculez. Sin embargo, la significación de semejantes unio­nes va mucho más allá de esta exhibición, escandalosa para el burgués, y la coartada amorosa no impide que veamos que algo esencial de la estructura perversa se sostiene en esas disimetrías donde sólo la ambigüedad más radical le permite al perverso continuar un juego de cuerda floja, que siempre deja adivinar la proximidad del desmoronamiento dramático.

Semejantes disparidades no se dejan reducir a los balanceos de nuestras categorías. Al masoquista no le interesaría tanto ver a su verdugo en acción, si éste no encarnara algún modelo de fuerza o de virilidad. Y, del mismo modo, los personajes del divino Marqués no se interesan tanto por Thérése en tanto masoquista. Ya que Thérése es, ante todo, "Justin", es decir "los infortunios de la virtud". ¿Qué sería esa víctima señalada si no encarnara un valor, uno de esos "valores que todo un siglo veneraba? Vemos que es a tra­vés de ella, a través de esa víctima, como el acto perverso cobra no sólo su sentido, sino su inserción en el discurso contemporáneo, del mismo modo que acabamos de ver que el amor constituía mucho más que una coartada, una refe­rencia moral. El reciente proceso de una pareja escocesa de asesinos sádicos despertó los fantasmas de machos de nuestros perversos en análisis[11]. Por diversos que sean los hechos que naturalmente los atraen, sus comentarios son preciosos. Pues todos nos dicen, en todo caso, que la excitación erótica por medio de la contemplación del sufrimiento del otro sólo se sostiene en una certidumbre: la de que el otro es inocente. Además, mucho más que los gritos de sufrimiento de la víc­tima, lo que le importa al sádico son las protestas de ino­cencia y las imploraciones de perdón. Todos los relatos de Sade insisten en hechos de este orden, y no podemos menos que destacar aquí su importancia, puesto que ellos nos prue­ban que la elección del otro, para el perverso, no es con seguridad indiferente.

El otro, o más exactamente, aquello en lo que el otro está comprometido, las insignias de las que es portador, las virtu­des de las que es el paladín. El cruce de dos rutas, digamos mejor de dos planos profundamente diferentes, la fascinación por un mismo punto común de encuentro -cuando el obje­tivo de uno no coincide en modo alguno con el del otro- el malentendido, el equívoco inseparable del acto mismo, es lo que el perverso siempre parece no sufrir, sino buscar. Que uno de los miembros de la pareja, preservándose en nombre de ciertos valores, precipite tanto mejor su entrada en el juego del otro, luego su participación, y finalmente su complicidad, éste es el sostén más seguro del erotismo per­verso. El erotismo, es decir el deseo, es decir también la an­gustia; ya que cada uno de los miembros de la pareja se preocupa por desconocer lo suficiente el campo del deseo del otro para que el juego erótico se lleve a cabo en la ignoran­cia, al menos simulada, del objetivo del compañero, para que la angustia y el goce surjan como el desenlace común de un deseo desconocido.

Reconocemos, pues, una de las singularidades de la pareja perversa en un cierto modo deliberado de ignorar el objetivo del otro. Ya que, en definitiva, para que la pareja funcione, bastará saber de qué significantes el otro es prisionero, bas­tará conocer lo suficiente aquello de lo que no puede des­prenderse, lo que se presta a la manipulación para llevarlo a las cimas de la angustia y del goce. Con estos datos de base, hay elementos suficientes para que pueda ponerse en marcha la mecánica delicada y fascinante que constituye a los dos miembros como juguetes consentidores, pero inca­paces de ser otra cosa que consentidores. Así, el goce pro­vendrá sobre todo del hecho de que todo se desarrolla según la única ley de una mecánica implacable a la que se ve reducida la disparidad de los miembros de la pareja[12]. Esto permite entender por qué, por lo demás, es no sólo posible, es indispensable que el otro conserve su autonomía, incluso su faceta desconocida. Las parejas perversas no dejan de jac­tarse de ser, después de años, tan emotivas, tan atentas al otro como si se encontraran por primera vez. Hay que decir que hacen lo necesario para renovar, día tras día, la ilusión. Y, como la prueba del amor que se profesan, ofrecen de bue­na gana el respeto que tienen de la intimidad, del secreto, de la libertad del otro. Observar cómo pueden conciliarse así una delicadeza extrema y la falta de respeto total hacia el otro que implica la práctica perversa, nunca será, para el observador estupefacto, uno de los motivos menores de sor­presa.

Estos son algunos hechos clínicos que me parece necesa­rio apuntar antes de ir más lejos en el problema de la "pare­ja perversa" que hoy se plantea. Es más que evidente que no podríamos pretender hacer un estudio completo de este problema, tanto por la extrema diversidad de los hechos a reunir como, en consecuencia, por la complejidad de su in­terpretación. Estas anotaciones, pues, sólo tienen el propósi­to de llamar la atención sobre ciertas particularidades que, sin desdeñar la importancia privilegiada que conviene darle al hecho del acto perverso, permiten discernir un cierto es­tilo, un cierto moda de relación con el otro que desborda ciertamente el marco tradicional, relativamente estrecho, de la perversión. A decir verdad, es en la relación con el otro, o mejor gracias a esa palanca que es la relación con el otro, como debemos tratar de darle a la estructura perversa los elementos que nos permitirán desembarazarnos de lo que, en el nivel de la clínica, sigue siempre marcado por el sello de la contingencia. Ya que la práctica perversa, el acto per­verso, al soldar los elementos de la pareja, al constituir la pieza mayor de su contrato, es siempre algo que hace las veces de "hallazgo", en el sentido en que diremos: hallazgo ingenioso, o hallazgo poético. Si los gestos, el ceremonial perverso dependen estrechamente de la coyuntura cultural, incluso de la simple moda, los actores no dejan de ser cons­cientes de su participación en una suerte de "misa negra" que sin duda no podría tener valor si no fuera también una misa, pero cuya sal responde sobre todo al hecho de que el desafío del que es portadora sólo tiene nombre y rostro para los pocos iniciados que hayan sabido encontrar el lugar y el modo de su ceremonia. Así, el ceremonial perverso está siem­pre profundamente marcado por ese sello del secreto, de un secreto cuya misma fragilidad (volveremos sobre esto) es la garantía por completo ilusoria de que es de ese lado donde se encuentra lo "no sabido".

Puesto que nos proponemos, más allá de los hechos clíni­cos, ir más lejos en la interpretación psicoanalítica de la pa­reja perversa y de la estructura perversa, no eludiremos la referencia al problema de la renegación, exactamente en ese momento en que Freud lo sitúa en su artículo sobre el feti­chismo. No recordaré las cuestiones planteadas a este res­pecto, especialmente en tanto conducen a Freud a utilizar las nociones de "clivaje del yo" y de "coexistencia de creencias contradictorias", nociones finalmente bastante oscuras, pero cuyo sentido aparece mejor gracias al desarrollo que da de ellas la teoría lacaniana, gracias a las nociones de "di­visión subjetiva", y de no-coincidencia entre "Saber" y "Ver­dad". Tampoco retomaré los elementos que Rosolato trajo aquí mismo, y que fueron sometidos a nuestra discusión.

Lo que me gustaría despejar hoy, el acento que quisiera poner, no atañe al objeto del descubrimiento del varón, es decir la ausencia de pene en la madre, sino a la posición subjetiva del niño. Ya que si es cierto que el descubrimiento de esta ausencia de pene (en la madre) se hace sobre un fondo de presencia del pene (en él) , si es cierto que seme­jante descubrimiento es portador del tema de la castración, en tanto muestra que lo que está puede no estar, tenemos que recordar también que Freud siempre designó como el verdadero nudo del complejo de castración a la adquisición del saber sobre esa ausencia, adquisición de la que nos dice que sólo se hace al precio de grandes luchas interiores. Por lo tanto, además de la amenaza (amenaza de ser castrado) de la que este descubrimiento es virtualmente portador (es posible quedar desposeído de pene), hay otra cosa que obe­dece a un descubrimiento sobre el Saber mismo: es decir que el Saber es engañoso; es decir que el niño descubre que su posición subjetiva anterior descansaba particularmente, en un Saber erróneo (todos los seres -entre ellos su ma­dre- están provistos de pene). Para decirlo mejor, el niño debe reconocer en ese momento que evolucionaba en un universo de certidumbres en el que no había lugar para el carácter problemático de la existencia del pene. Así, ade­más de su descubrimiento, el niño tiene que aprender que conviene dejar un lugar para un "No-Saber" cuya importan­cia es, sin embargo, primordial, puesto que recubre el campo de sus caracterizaciones libidinales.

Ahora bien: en ese momento del descubrimiento, esta pre­gunta también puede plantearse en estos términos, ¿qué ocu­rre con el niño, es espectador? ¿O bien voyeur? ¿Explorador o gozador? Esta es una pregunta que aflora por todas partes en la perversión, es la misma que plantea el exhibicionista res­pecto de aquel o aquella que lo ve exhibiéndose. Interroga­ción, pues, sobre la mirada (aquí, la mirada del Otro). Po­demos plantear esta pregunta con la mayor precisión, en relación con la teoría psicoanalítica, en los mismos términos que utiliza Freud en su artículo sobre “Las pulsiones y sus destinos”, cuando nos habla de la separación que conviene operar entre, por un lado, las excitaciones exteriores, exóge­nas, de las que podemos librarnos por medio de un acto apropiado como la huida, y, por otro lado, las pulsiones que, a su vez, son endógenas. Distinción que conviene matizar, por supuesto, puesto que la pulsión, o mejor, el circuito pulsional, incluye necesariamente a su objeto que, por su parte, es generalmente exterior. Por lo tanto, interpretaremos de un modo distinto el descubrimiento hecho por el varón si consideramos que es en cierta forma fortuito, un dato del mundo exterior, de la "realidad", como se dice, realidad que se le impone al niño a pesar de él, o si, por el contrario, consideramos que esa realidad sólo es descubierta porque el niño estaba movido por un deseo de ver, por una pulsión escoptofílica. Es evidente que nuestra interpretación de ese momento del descubrimiento depende de lo que digamos sobre esa pulsión. Lo que nos recuerda que no podríamos obtener de la realidad un concepto psicoanalítico conve­niente si no se refiere a la realidad pulsional, es decir, fi­nalmente, a la economía libidinal, en tanto está bajo la de­pendencia del principio del placer.

Freud casi no toma una posición sobre la cuestión de la pulsión en el artículo sobre el fetichismo. Podemos incluso decir que, aislando un momento del descubrimiento, el texto de Freud puede dar a entender que se trata de algún modo de un descubrimiento fortuito, accidental[13]. Sin embargo, ningún texto de Freud parece tender a acreditar la noción de que la evolución libidinal habría sido pervertida porque el niño habría sido sorprendido en un descubrimiento traumático[14].

Los intérpretes de Freud nunca siguieron esa dirección, y cuesta ver, por otro lado, dónde podría desembocar seme­jante explicación, aunque no parece realmente posible en­tender el acontecimiento si no es en función de la pulsión escoptofílica que animaba en ese momento al varón.

Por lo tanto, aislando un momento que podemos consi­derar como mítico del descubrimiento, Freud separa un antes y un después. Y si es absolutamente inútil decidir arbitraria­mente si el niño deseaba efectivamente ver y saber, o bien si el descubrimiento sólo es retrospectivamente interpretado como el desenlace de dicho deseo de ver, es importante, en cambio, advertir ese otro hecho cuyo alcance señalé ya más arriba: el niño también debe descubrir que antes era igno­rante en lo que respecta a la diferencia de los sexos, y este descubrimiento es rico en enseñanzas acerca de lo que es la fragilidad de una posición subjetiva, puesto que no se trata sólo de tener que conocer una particularidad anatómica sin­gular pero contingente, sino también de tener que integrar el hecho de que sólo la falta puede ser causa del deseo[15]. Ahora bien, es éste el punto al que se refiere la renegación del perverso: la causa del deseo no es una falta, sino una pre­sencia (el fetiche).

El descubrimiento de la diferencia de los sexos es, pues, ante todo, para el varón, la ocasión de una reinterpretación que atañe a la causa del deseo, y es en definitiva esta reinterpretación que atañe a la causa del deseo, y es en defini­tiva esta reinterpretación lo que el perverso deja escapar. Hay que agregar todavía esto, que esta reinterpretación tie­ne un efecto retroactivo: porque ¿cómo habría podido des­cubrir, el niño qué pulsión escoptofílica habría podido animarlo, si no la hubiera provocado una falta de saber? Por lo tanto, el descubrimiento del niño, en lo que respecta a la ausencia de pene, lo lleva normalmente, a través del com­plejo de castración, a reconocer la "falta" como causa de su deseo sexual, pero también a reconocer su "falta de Saber" como causa de la pulsión escoptofílica que lo llevó a des­cubrir. De este modo, el deseo de ver y de saber no es estructuralmente distinto del deseo sexual.

La renegación del perverso recae sobre la falta como cau­sa del deseo, y, por consiguiente, recae igualmente sobre la falta de saber como causa de la pulsión escoptofílica. Aquí se sitúa la incidencia de la interpretación retroactiva consecutiva descubrimiento de la ausencia de pene en la madre, en tanto el niño debe descubrir que ignoraba algo sobre el objeto de su amor, sobre su madre, algo esencial, algo que lo concernía en tanto ser sexuado, en tanto ser de deseo. Mejor aun: el niño debe aprender además que, en lo que hace al objeto de su deseo, en lo que hace a su madre, otro -para compartir el mismo deseo- sabía más que él, sabía pues acerca de ese deseo lo que él ignoraba. El papel desempeñado aquí por el padre, el papel de su precedencia, de su anterioridad en el saber, es lo que ya había señalado tras la exposición de Rosolato para dar el sentido de la confesión: confesión, pues, de la anterioridad del padre (confesión porque éste conoce su deseo en el momento en que él mismo no lo sabe). Es aquí, alrededor de este saber sobre el sexo y el deseo, donde el Sujeto descubre su lugar en la cadena significante, lugar en el que se encuentra clavado, marcado por un deseo del que el Otro, el Padre, posee la clave, mientras que él ya tiene su lugar identificado, puesto que su deseo está para él alie­nado, puesto que su objeto le es inconsciente.

¿Sobre qué recae, pues, la renegación del perverso? En términos de relación con el Saber, esto significa que el niño no se reconoce como aquel que no sabía y deseaba saber. En términos de relación con el padre, significa que el niño no se somete a esa soberanía conferida al padre por su precedencia en el saber, en la cadena significante. Esto lo lleva a ponerse en la posición de quien a partir de allí nunca estará desprovisto en lo que hace al Saber, y muy particu­larmente al Saber sobre el amor y el erotismo. Encontramos aquí uno de los temas que evocaba al principio de esta expo­sición, y que se refiere a esa apuesta sostenida por el perverso, donde nos es fácil reconocer el desafío que sostiene ante nuestra posición de analista, la posición del "Sujeto que se supone que sabe", para retomar los términos de Lacan. Ese Sabor del perverso es también un saber constituido que se niega a reconocer su inserción subjetiva en un "no-sabido" que lo precede: es un saber que se presenta como verdad, es la "gnosis" sobre la que Rosolato atrajo nuestra atención. Es, por fin, una suerte de saber rígido, implacable, incapaz de ser revisado frente al desmentido de los hechos, ese sa­ber sobre las cosas del erotismo que se siente seguro de obtener, de todos modos, el goce del otro.

Pero no volveré sobre estos hechos que no son esenciales para la continuación de mi actual propósito. Salvo sobre un punto que es esencial: ¿qué puede ocurrir con un Saber que no deja lugar para el campo de la ilusión? Se sabe que ese campo de la ilusión es necesario para la constitución de ese registro simbólico en el que Lacan nos señaló el lugar inaugural que ocupa el objeto a, el primer término de la única álgebra en la que el Sujeto pueda reconocerse, puesto que en ella descubre la única posición subjetiva donde pue­de localizarse e identificarse: la del Sujeto deseante. ¿Dónde está ese objeto a que, revelándose como engañoso, evanes­cente, ilusorio, sustitutivo, confirma al Sujeto como Ser de deseo? Se sabe que es del lado de la madre donde el niño buscó el objeto; y la falta que encontró, que descubrió, sólo pudo conducirlo a ese deseo del que la falta es portadora, haciendo surgir al mismo tiempo la facticidad del objeto faltante y su valor fundamental para el acceso a la verdad. El objeto del deseo quedará marcado para siempre por ese signo de lo ilusorio, y cuando hablemos del amor en el nor­mal y en el neurótico, nunca dejaremos de observar que la relación amorosa se funda en una primera experiencia de la ilusión, es decir que. todo objeto elegido será siempre susti­tutivo, es decir que sólo gracias a una opción (especialmente de una catectización) tal objeto elegido ocupará el lugar dejado por la falta, lugar que sólo cobra su alcance signifi­cara el deseo por haber sido dejado vacío, por haberse demostrado ilusorio.

Se ve que la teoría sobre la renegación no permite considerar que el perverso pueda elegir, catectizar un objeto pri­vilegiado cuya función sería ocupar ese lugar eminente y frágil del que el objeto a da su contorno. Si el perverso sostiene en su renegación que no descubrió nada acerca de la sexualidad y acerca de su madre, esto significa ante todo que no hubo para él ninguna diferencia entre un antes y un después, que no hubo ninguna ilusión y ninguna desilu­sión, que nada puede permitirle pensar que amó lo que no conocía, y que pudo desear conocer lo que amaba, es decir: conocer y perder en un mismo movimiento aquello que le era más preciado.

El peligro que bordea el perverso, no puedo dejar de repetirlo aquí, es la psicosis[16], y se ve pues que es en el nivel de la ausencia de arraigo subjetivo del "no-saber", del deseo de saber, donde surge la dificultad, puesto que es un saber absoluto, fuera del tiempo, fuera de la dimensión de la ilu­sión, que amenaza ocupar todo el lugar. El perverso no deja que se implante semejante saber, el de la psicosis, y lo que especifica la originalidad de su posición es que logra reme­diar ese peligro reconstituyendo en otro lugar el campo de la ilusión. Ese otro lugar es el fetiche. También son, por supuesto, las mascaradas a las que los perversos son tan afi­cionados, son los travestis, incluso los travestismos, tan cercanos a la psicosis[17]; son, finalmente,- todos los juegos, todas las artes donde se tratara a la vez de crear la ilusión y, si me atrevo a decir, de fetichizarla, para señalar con ello que el perverso busca no sólo crear ese campo de la ilusión, sino también limitar su alcance de modo que no llegue a cumplir la función que adquiere en el normal, la de ser la vía de acceso a esa verdad que el Otro descubre necesariamente en su camino. Y esta fetichización está esencialmente marca­da por el hecho de que la actividad, el saber, los intereses del perverso deberán, ante todo, no servir rigurosamente para nada, no llevar a ningún lado, en tanto todo se valo­riza por estar marcado con el sello de lo inútil.

Para que el campo de la ilusión surja, no basta evidente­mente con decidir establecerlo. De acuerdo con semejante objetivo, la ilusión debe sostenerse, lo que no está exento de dificultades. Enfrentándose con estas dificultades, el per­verso demuestra su talento propio, y la necesidad que lo constriñe a moverse en lo inútil lo obliga a brillar con un resplandor particularmente vivo a los ojos de aquellos que lo observan y a los que debe deslumbrar. Porque hay otra dificultad que tenemos que retomar ahora. Hay que volver, en efecto, a la interpretación de la escena en que el niño descubre la ausencia de pene en su madre, puesto que que­da por esclarecer un elemento muy importante en el que P. Aulagnier justamente insistió: ¿con qué ojos ve la madre a su hijo que la mira? Es aquí donde volvemos a encontrar la cuestión, momentáneamente soslayada, de la pulsión es­coptofílica, la cuestión siempre planteada de la mirada. ¿La madre puede creer que su hijo la miró con ojos inocentes?... Cuestión que podríamos prolongar, por otra parte, con otra cuestión, referida, a su vez, a la mirada de la madre, puesto que todos a menudo nos hemos enterado, por las confiden­cias de nuestros pacientes, de esa evidente complacencia con que las madres están atentas a detectar el efecto producido sobre sus hijos por algunas exhibiciones discretas[18].

Pero aquí no hay respuesta, hay sólo una pregunta, en tanto la mirada, el ojo, conservan su misterio. Y es así como el ojo ocupará para el perverso ese lugar problemático que el neurótico y el normal reservan para, el falo y para el objeto amado. Ese ojo que no consintió en reconocerse como engañado se descubre y se deja descubrir como engañoso. ¿Está allí para ver, para mirar, para gozar, o también para seducir? El perverso jugará con sus sortilegios siempre en ese lugar. Es del lado de este "ver" que se presenta aquí fácilmente como verdad, donde tendrá que reconstituir lo ilusorio.

Volviendo más directamente a nuestro tema, vamos a pre­guntarnos qué ocurre con el Otro en este asunto, es decir con el compañero del juego perverso. Resulta claro que el Otro [sic] será el compañero, es decir, ante todo, el cómplice del acto perverso, en la medida en que sea portador de una mirada. Aquí nos enfrentamos con lo que distingue radical­mente la práctica perversa en la que la mirada del Otro es indispensable porque es necesaria para esa complicidad sin la cual no existiría el campo de la ilusión, y el fantasma perverso que no sólo se aviene muy bien a la ausencia de la mirada del otro, sino que reclama, para acabar, satisfa­cerse en la soledad del acto masturbatorio. Si el acto per­verso se distingue inequívocamente del fantasma actuado, es, pues, en esta línea en la que se inscribe la mirada del Otro donde detectamos la frontera, mirada cuya complicidad es necesaria para el perverso, mientras que es denunciadora para el normal y el neurótico[19].

Así se entiende la importancia que puede tener la mirada de la madre. Seguramente porque ella es el espectador del joven perverso en el momento histórico, decisivo del des­cubrimiento[20]. En esta condición esa mirada participa de la creación del campo de la ilusión. Pero será necesario que luego siga dejándose seducir por el encanto de los fetiches, por los dones del niño. No es necesario evocar a esas ma­dres fascinadas por los talentos de sus niños, que los dejan instalarse en una homosexualidad de la que son literalmente cómplices. A su vez, ellas fingen no mirar lo que sucede del lado de la sexualidad de sus hijos, quedándose en esa curiosa posición en la que pueden adivinarlo todo sin sa­berlo realmente, en una reproducción invertida de la escena de la que habla Freud. Se sabe que si la madre está ausente de ese papel, el perverso no dejará de encontrar alguna otra dama de cierta edad que le prestará la misma complicidad, y el mismo sostén. A cuántas mujeres les gusta la compañía de esos hombres que se ocupan tan bien de su feminidad, sin por ello hacerles sentir que son poseedores de un pene del que ellas están desprovistas. Aquí la complicidad es evi­dente, y se designa como lo que es, rechazo de una mirada de deseo, negativa a tener en cuenta una disparidad que se arraigaría en una realidad anatómica.

Pero si la mirada de la madre tiene tanta importancia pa­ra el perverso, es porque esa mirada es también la que supo ver otra cosa que la ilusión que su hijo le propone, es porque es también la que tiene una referencia del lado del padre, la que por lo tanto no está totalmente perdida, aqué­lla a través de la cual se encuentra una relación con la ley, aquélla a la que es interesante seducir porque está lo sufi­cientemente amarrada al cimiento familiar y social como pa­ra que el desafío de apartarla de él, de pervertirla... conserve todo su valor. Y esto se prolonga en el interés que los perversos siempre les asignan a los personajes fuerte­mente instalados en el orden social, e incluso que lo sos­tienen, lo que se manifiesta por ejemplo en ese proyecto del que los homosexuales hablan tan naturalmente entre ellos, bromeando: Llegar a seducir... al policía o al cura[21].

Sin llegar a estos extremos, digamos sin embargo que lo más importante para el perverso es que el Otro esté lo sufi­cientemente comprometido, inscripto en puntos de referencia conocidos, especialmente de respetabilidad, para que cada nueva experiencia haga el papel de desenfreno, es decir para que el Otro se vea extraído de su sistema, y para que acceda a un goce del que el perverso se jacta, de todos modos, de poseer el control. Siempre hay, en todo acto perverso, algo que se emparenta con la violación, en la medida en que im­plica que el otro se vea arrastrado como a pesar de sí mismo a una experiencia que se inscribe en falso respecto de todo un contexto.[22]

Aquí hay que precisar, pues, para evitar toda confusión, que la des-subjetivación cuyo papel esencial en la práctica perversa ya señalamos, no significa ausencia de subjetividad, anonimato de un compañero que sería indistintamente re­emplazable por otro compañero, sino pérdida, abandono de la subjetividad, lo que implica que al principio existía y que­daba por borrar, lo que quiere decir ante todo que debe constituir el telón de fondo sobre el cual tendrá que afir­marse el dominio del fetiche, del látigo o de la técnica erótica[23].

Por cierto conviene agregar que poco importa, en última instancia, que el compañero del perverso sea o no efectiva­mente un "personaje" al que se corrompe en su dignidad, en su pureza o en su poder. En definitiva, si es posible que el personaje respetable se deje arrastrar a prácticas perver­sas, es igualmente posible que el compañero perverso inter­prete los personajes respetables. Lo esencial de la ilusión consiste en mantener la suficiente verosimilitud para que re­sulte cautivante y angustiante, y la suficiente inverosimilitud y fantasía para que todo pueda ser interpretado, en el mo­mento oportuno, como un simple juego ante el cual no es posible ofenderse sin caer en el ridículo.

De este modo vemos que la pareja perversa será llevada a reconstituir en alguna parte el lugar en el que la Ley está representada. Y si la presencia de ésta es necesaria para asegurar la incidencia del desafío, también hay que observar que este proceder tiene aquí la función de restituir ese re­gistro de la ilusión que, en la problemática propia de la renegación, había sido eliminado, para que no aparezca el carácter engañoso (y fundante porque engañoso) del deseo hacia la madre.

Este juego de cuerda floja que el perverso debe sostener no carece de dificultades, y puede llevarlo hasta el consul­torio del analista. ¿Qué viene a hacer aquí, y qué pareja intenta formar con nosotros? En 1964 traté de dar una pri­mera aproximación al problema, y en ese entonces puse el acento sobre el hecho de que los datos mismos de la consti­tución de la transferencia se veían falseados, incluso eludi­dos, porque la demanda del perverso no puede por cierto superponerse a la del neurótico: no es una demanda de saber, demanda de ese saber susceptible de curar al que aspira el neurótico[24].Creo que es inútil volver sobre este punto des­pués de lo que acabamos de decir sobre la imposibilidad en la que se encuentra el. perverso de ocupar la posición de "aquel que no sabe", frente a "un sujeto que se supone que sabe", posición, que es la misma de la "confesión", es decir posición en la que uno se reconoce como el "confesado" de aquel que sabe sobre todo el objeto de su propio deseo lo que uno mismo no puede saber.

A falta de esta posición de la que podemos decir que es fundamental para la transferencia, ¿cuál puede ser nuestro rol? ¿Qué se nos demanda cuando un perverso nos formula una demanda de análisis? Creo que la mejor aproximación a ese rol que podría dar es la relación de ese fragmento de observación que me fue referido y que presenta la ventaja de mantener estrechas afinidades con la teoría.

Se trata de un joven de prácticas homosexuales y fetichis­tas. Este chico tiene, además, una particular inclinación a los espectáculos de strip-tease. Ahora bien, después de uno de esos espectáculos (nunca después de las otras prácticas perversas), siente con una intensidad insoportable que una mirada se posa sobre él, y que probablemente estén persiguiéndolo, acechándolo. Esta impresión muy penosa persiste y sólo desaparece en el momento en que se confiesa. Orga­nización bastante curiosa que prosiguió hasta el día en que un sacerdote se conmovió ligeramente por el papel que se le hacía jugar.

Es inútil destacar el interés que puede tener para nosotros la historia de esa mirada que pesa sobre este perverso desde el momento en que se pone en posición de voyeur. Vemos cómo, suspendida de esa mirada desconocida, hay una an­gustia que en todo momento amenaza ceder su lugar a un delirio de vigilancia o a cualquier otra evolución psicótica. Es sorprendente encontrar aquí, reproducida del natural, la función correspondiente a aquel cuyo oficio es absolver. Porque poco importa quién va a dar la bendición, pero es preciso que el uniforme, la sotana, esté en juego, y que esa misma acción lo vuelva cómplice del acto que debe ser tabú, dándole, por medio de un gesto ritual, pero seguramente desprovisto de sentido para el interesado, la seguri­dad de que alguien cuya relación con la Ley está afirmada, supo mirar su voyerismo con una mirada ciega, porque, fascinada y secretamente cómplice.

Mercader de ilusiones: he aquí el papel al que se me con­fina, decía melancólicamente ese sacerdote, por fortuna lo suficientemente reservado como para percibir que no había ninguna urgencia y sin duda algún peligro en denunciar el papel que le había sido demandado.

Mercader de ilusiones o más bien mercader de orvietano, decía de mí una paciente, encontrando así la linda palabra orvietano[25] que fue sustituida por nuestro [término] moderno placebo. Pero sólo me decía esto, como vieja experiencia del análisis que era, porque me sabía un mal mercader, demasiado poco generoso. Poder reconocer su verdadera demanda constituía, sin embargo, un progreso para esa masoquista que, después de no haber logrado hacerse ahorcar en muchas ocasiones, era víctima de angustias oníricas en las que afloraba la alu­cinación de tema persecutorio. Reconocerse como compra­dora de orvietano era un hecho nuevo para esta alcohólica, y sin embargo habría podido sospechar que buscaba algún orvietano en el alcohol. Hubiera sido una torpeza de mi parte ofenderme por sus palabras, viendo en ellas la expre­sión de su cansancio ante la duración de su análisis, porque -ella no tardaría en explicarme que ese orvietano era portador de toda clase de "ahora-bienes" (ors) pero también deluciones (orvets)[26], de todo el viejo oro (or), de todo el viejo tiempo. En suma, que era portador de una mina de significantes[27], lo que sin ninguna duda era lo único verdadera­mente importante para esa mujer que hace del arte de escribir una actividad privilegiada y en la que sobresale.

No soy el primer analista que observa que la demanda que nos hace un perverso es particularmente extraña, ambigua. El desafío que supone no puede dejar de aparecer, y las apariencias corteses que fingen los perversos no enga­ñan mucho tiempo. El analista se interroga sobre la forma que adopta el desafío así lanzado. ¿El perverso viene a bus­car en nosotros una protección contra las eventuales difi­cultades médico-legales, tratando de reducirnos al papel cóm­plice del protector? ¿O bien busca dar pruebas de buena voluntad ante los ojos de los terceros? ¿Viene a buscar en su análisis imágenes escabrosas aptas para mejorar lo común de sus prácticas perversas? ¿O, además, quiere librarse de la molestia de una pequeña perturbación, mientras que, por otra parte, está firmemente decidido a no modificar nada de lo esencial?

Todas estas preguntas que podemos plantearnos, que por lo general nos planteamos antes o en el comienzo de un análisis de perversos, constituyen el principal motivo de la reserva extremada con que los recibimos. Lo que explica -a mi juicio sin, justificarlas- las precauciones previas que a menudo se toman. Por ejemplo, interrogación rigurosa so­bre la sinceridad del deseo de curarse de un homosexual, como para verificar si el análisis será sostenido por una "firme decisión"[28]. O también: dejar sentada la regla de abs­tinencia[29], que a veces puede representar la coartada técnica detrás de la cual se esconde el rechazo de análisis, pero que también puede ser una manera de ignorar la perversión del paciente, localizando al mismo tiempo en un elemento particular (el actuar) .una relación analista-analizado que sólo pide instaurarse bajo una forma sado-masoquista.

En realidad, ya se trate de reglas técnicas del análisis o de cualquier otra consideración, podemos preguntarnos si al de­safío del perverso el analista no responde refugiándose en referencias familiares como la alianza con la parte sana del Yo, el rechazo del acting out, etcétera. Y esto lleva a "mo­ralizar" el análisis, en el sentido en que siempre es po­sible decir que, .según .las buenas costumbres psicoanalíticas, las cosas deben suceder de una manera determinada, final­mente bien codificada.

Sin duda es allí donde se nos provoca, en el lugar mismo en que aparece un interrogante sobre una ética del psico­análisis, o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el deseo del analista. ¿Quién sostendrá un deseo de curar que aquí puede adoptar fácilmente la forma tajante de una supresión de las prácticas perversas?[30] O bien, si convenimos -al menos tá­citamente- en asignar apenas una importancia secundaria a los síntomas y en hacer del análisis un fin en sí, ¿qué de­manda, en el analizado, vendrá a sostener su desarrollo? Podemos imaginar el atolladero en el que caeríamos igual­mente si intentáramos reducir el acto analítico a la pura gra­tuidad de una búsqueda que no se propone ningún objetivo previo. El perverso fácilmente aceptaría, de un modo tácito, semejante proceder. Pues éste reduciría al analista al papel de puro voyeur.[31]

Así resulta que el analista se ve reducido ya a una posi­ción moralizante, ya a una posición perversa, con una gran facilidad para pasar de una a la otra, lo que no debe sor­prender cuando se conocen las analogías estructurales entre ambas posiciones. Es comprensible que los analistas se nie­guen a asumir ese papel imposible, puesto que los toca en el punto en el que, sin duda, el interrogante sobre su praxis y su teoría es el más imposible de eludir. A decir verdad, lo único que podemos esperar del desafío del perverso es que apunte y rodee el lugar mismo de aquello que constituye nuestra Ley y se sostiene en nuestro Deseo.[32] Reencontramos aquí, a propósito de la práctica de la cura psicoanalítica y de la pareja analista-analizado, exactamente la misma pre­gunta que se planteaba a propósito del amor y de la pareja perversa. ¿Vamos a decir que el perverso está incapacitado para el amor y para la vida en pareja, y que también está incapacitado para la transferencia y para la relación analí­tica? ¿Por qué no? Pero debemos contar con la posibilidad de que el guante se dé vuelta: los perversos serán expulsados del paraíso psicoanalítico, pero ellos serán (si no lo son ya) quienes sostendrán sobre el amor, la transferencia, la ley y el deseo, los discursos más escuchados. No creo que podamos dejar de observar aquí, al pasar, el punto de im­pacto en el que el perverso siempre sostiene hábilmente un discurso, en la medida en que éste no aparece como el suyo propio, sino como el que se sostiene en favor del desafío en el que sólo importa la demostración de un virtuosismo sin objeto.

Reducido al papel de puro espectador, de puro oyente de un perverso cuyo discurso no tiene otro propósito que el de afirmar la total gratuidad de su contenido, el analista -no importa qué diga del hecho de que el analizado es quien debe tener un objetivo a perseguir-, el analista se ve reducido a la impotencia[33]. Ya se trate de ser testigo de la delirante fantasmagoría de una orgía o de seguir un relato tortuoso en el que el paciente lo hace caminar tras él, en­tre la metáfora esclarecedora y la imagen engañosa, entre la confesión honesta y la exhibición corruptora, el analista se encuentra atrapado en la trampa de su propia disciplina, puesto que el perverso, por su parte, habrá logrado crear una situación cuyo contrato tácito está fundado en la impo­tencia de uno y en la esterilidad del discurso del otro. Con­viene escapar de esa trampa, observando ante todo que ella no puede haber sido tendida sino por nuestras propias ma­nos, que el desafío no puede existir sino en la medida en que nosotros nos sentimos desafiados.

Otro abordaje es posible si empezamos por notar que la ilusión que se nos pide aquí que aceptemos y compartamos no nos es del todo desconocida, y que su lugar no puede ser desdeñado en la teoría. Esto nos permite evitar la fas­cinación y la ignorancia frente a ese orvietano del que final­mente podemos aceptar que sirva como moneda de cambio, -como médium en una relación donde el comerciante y el comprador reconocen una disparidad sin la cual no habría posición subjetiva. Después de todo, ¿por qué no se podría regatear también con el orvietano? A pesar de todo, noso­tros, analistas, estamos particularmente bien ubicados para conocer su precio. Sabemos que si nuestra función es la de hacer emerger una verdad oculta, ésta, en definitiva, sólo podría aparecer después de haberse revelado como inapresable, después de haber adoptado todas las máscaras de los falsos pretextos, de los espejismos, de las ilusiones.

La relación analítica depende, pues, de que el analista sea capaz de sostener en ella el discurso de un paciente para el cual el campo de la ilusión sigue siendo el registro privi­legiado en el que la estructura perversa le permite siempre brillar con un resplandor tal que aquel que lo escucha siem­pre se siente más o menos amenazado. Y es allí, en efecto, donde el saber del analista en definitiva se ve puesto a prue­ba. El desafío que el perverso le lanza, ese desafío del que busca preservarse demasiado, el analista sólo lo siente como tal en la medida en que él mismo, en su relación con su saber, se siente amenazado por la ambigüedad de la posición per­versa. Esta amenaza, podemos verla emerger especialmente a propósito del lugar que conviene asignarle a esa Verleugnung[34] cuyo sentido siempre nos inclinamos a poner del lado de la Verneinung[35] o del lado de la Verwerfung[36], lo que lleva, tanto en un caso como en el otro, a negar la originalidad de la estructura perversa. El término "renegación", que la cos­tumbre retiene para designar la posición del perverso ante el descubrimiento de la ausencia del pene en la madre, ese término sólo puede cobrar su verdadero sentido si se le con­cede un lugar entre los demás puntos de referencia de la estructura perversa. Detrás de la cuestión de la presencia real del pene se perfila la del alcance significante de un des­cubrimiento que introduce así el lugar de un falo cuya exis­tencia sólo se especifica por el hecho de no estar faltante.

Más allá del problema de la realidad, de lo que se trata, en definitiva, es del Otro que es su garante. El Otro es renegado en ese papel, y desde el principio toda relación analítica se ve, pues, transformada porque el perverso le niega al analista ese pedestal del "Sujeto que se supone que sabe" que el neurótico le da de tan buena gana. El analista se ve desa­fiado por querer refugiarse en ese pedestal: lo que puede interpretarse como una negativa a hacerse tratar como un neurótico significa, pues, aquí, la tentativa que hace el per­verso para emplazar los puntos de referencia fundamentales de la estructura.

Debo terminar dejando en suspenso la cuestión de la pa­reja perversa. Primero, para dar lugar a la discusión. Pero también porque no parecía posible hacer aquí mucho más que apartarnos de esa vaga noción, más o menos implícita, según la cual el perverso busca en su compañero una completariedad en la que sus inclinaciones puedan encontrar satisfacción. A menudo clínicamente inexacta, esta complementariedad es en todo caso absolutamente insuficiente para dar cuenta de la complejidad de la relación. Ya que, cual­quiera sea la modalidad de la pareja constituida (las hay muy diversas), lo que tendrá una influencia decisiva en la duda y la solidez de semejante pareja será la presencia del ojo susceptible de juzgar lo que sucede con el juego perverso, ese ojo del que habrá que renovar día tras día la ceguera, la impotencia o la complicidad, a riesgo de conver­tirlo, si es necesario, en un compañero, ocasional o perma­nente. El verdadero compañero del perverso será pues siem­pre ese ojo que, porque se deja seducir y fascinar, prueba en todo momento que el registro de la ilusión existe, aun­que no haya podido tener para el perverso su función his­tórica, fundante para el acceso a una relación de objeto comparable con la del neurótico y la del normal.

El perverso se ha convertido en un experto en sostener semejante apuesta, en espiar el lugar donde conseguirá im­ponerse a la mirada del Otro. Su habilidad sorprende sin llegar a convencer. Pero no se la puede ignorar, y tal vez el interés actual por las perversiones se deba precisamente al hecho de que su desafío nos interroga en el punto más deli­cado, más incierto de la teoría psicoanalítica. De allí que esta exposición deje muchos temas apenas tratados, aunque sean esenciales porque nos conciernen en lo más vivo. No nos conciernen, por cierto, de la misma manera en que nos alcanza y nos aprisiona el odio o el amor que nos profesa el neurótico; sino más bien en el punto en que estamos enviscados[37] lo más profundamente posible en una teoría que, como todo saber, incluye puntos ciegos y un mutismo acerca de lo esencial, pero en la que la falta de saber se ve col­mada, no por un discurso delirante, sino por el deslumbrante savoir-faire del perverso.


DISCUSIÓN

GUY ROSOLATO:

-1. La disparidad de la pareja perversa que Clavreul ha puesto en evidencia nos obliga a retomar el problema de la diferencia de los sexos.
Se ha señalado (Rubinstein) que los padres de los per­versos ya formaban una pareja en la que aparecía esta dis­paridad, sin que haya que indicar en ella una modalidad privilegiada, ni la asociación de perversión.
A mi juicio, esta disparidad podría ser considerada como el desplazamiento, la representación, de una diferencia se­xual que no tiene que figurar como tal.
Se la traspondría, pues, en un campo en el que, incluso culturalmente, la incidencia sexual no existiría. Ejemplo: si en un contexto social dado el largo de los cabellos puede ofrecer un valor sexual, el color de los ojos podría no te­nerlo, es justamente en este punto donde va a jugar la dis­paridad que, además, tendrá una orientación generalmente exogámica. La diferencia de cultura, de edad, de religión, de situación social puede funcionar en este sentido. Esta diferencia reemplazaría a la diferencia sexual.
Pero ¿qué hay detrás de ésta? No podríamos atenernos a la diferencia anatómica sin sus implicancias fisiológicas y sin llevar la curiosidad infantil hasta su término, a saber la diferencia de goce.
En la medida en que la diferencia de los sexos supone aquella que distingue al Padre de la Madre en la pareja de los padres, hénos aquí nuevamente enfrentados con el problema del Padre:
--Padre Idealizado en lo que hace al más acá de la dife­rencia sexual (portador en subimpresión de la madre-con-­pene);
--o Padre Muerto, con la diferencia adquirida por la tra­vesía edípica. Pero además el Padre Muerto conduce en de­finitiva al emplazamiento de los tres niveles, de las tres generaciones del hombre, indispensables para la transmisión del Apellido según la descendencia masculina.
En consecuencia, la precedencia del padre en el saber (igualmente compartida, entre paréntesis, por la madre) debería más bien dejar paso a la cuestión, nodal para las perversiones, del asesinato del Padre: asesinato del Padre y no, irrisoriamente, de la Madre, ya que ese asesinato sólo tiene sentido en función de la Ley que es la del Padre; en el perverso, la fórmula común es la del Padre Idealizado. Es el fantasma de asesinato del Padre, su superación, el que conduce, en el Edipo, al desprendimiento, del niño respecto de la madre.

-2. Aunque se lo desee "depurado", dotado de una forma perfecta, el amor no podría hacer olvidar que se arraiga en los anhelos infantiles más arcaicos y que no podría abandonar todo erotismo, con sus "diferencias desplazadas", aquéllas a las que acabamos de aludir (convirtiéndose, para el amor divino, en una relación de perfección y de magni­tud a pequeñez), ni toda pasión que se mantiene justamente gracias a distancias que no deben ser franqueadas, propo­niendo, pues, una transgresión.

-3. Finalmente, el perverso extrae, o quisiera extraer aun más, todo su saber de la mirada, que se opone al decir (me refiero a la visión traumática original). Tiende a compro­meterse en una interminable explicación de su visión. A menudo se dice, a veces no sin cierta incomodidad, que posee un singular poder de teorización, un don de sistema. Esto no debería llamar a engaño respecto de la ignorancia que sirve de punto de partida para su búsqueda: el impacto supuesto de la mirada, en todo lo. que sostiene sus transposiciones, su recurso a una intuición, a una imagen, tiende a un punto límite; en el fetichista, este lugar es manifiesto; pero también, cuando es impulsado por un secreto, se acerca al Padre Muerto, imposible de alcanzar, corazón del secreto, Sombra de la que, sin saberlo, debe asumir la Voz. Por el impulso que provoca, esta ignorancia debería poder llevarlo al umbral de los descubrimientos culturales y, mejor que otro, en ciertas condiciones, al motor mismo de las subli­maciones.

JEAN-PAUL VALABREGA:

La noción de pareja perversa elegida por Clavreul nos plantea, una vez más este año, el problema -que decidida­mente habrá sido central en nuestras exposiciones y deba­tes- de las relaciones de la perversión con el amor y la pasión. Por otra parte está el saber, noción central también en nuestros colegas Aulagnier y Rosolato (este último fue el iniciador de un comentario muy interesante y original sobre la Gnosis). "Saber que debe ser adquirido sobre la diferencia de los sexos, el amor y el erotismo", "falla del sa­ber en cuanto a la causa del deseo", he aquí unas fórmulas de Clavreul.
Al respecto creo que hay que recordar que estas nociones ya fueron nítidamente despejadas por Freud en 1905, en el ensayo sobre La sexualidad infantil; hay que recordarlo pa­ra medir los progresos, o a veces la falta de progresos, reali­zados desde esa fecha.
Sobre la perversión, el amor y la pasión, la primera no­ción que aportó Freud es la de disposición perversa poli­morfa. Freud compara esta tendencia en el niño con la disposición a la prostitución en la mujer, mucho más general ­dice Freud, de lo que haría creer la estadística profesion­al, y el análisis muestra bien, en efecto, que el fantasma de prostitución es universal. Esto es sólo un ejemplo. La disposición perversa, universal, explica por qué existe un núcleo perverso en todo amor, toda pasión y toda rela­ción de pareja.
La segunda noción, la de saber, es así llamada por Freud el mismo ensayo, y él hace de ella una pulsión: la pulsión de saber. No es una pulsión elemental, dice Freud, pero­ no por ello deja de ser muy importante. La pulsión element­al sería más bien la de ver, pulsión voyerista. Aquí a la francesa nos hace un favor por la relación fonética fortuita entre ver (voir) y saber (savoir). De estas nociones proviene, evidentemente, el interés que le asignamos en actualidad a la mirada
Mi segunda observación es una ilustración de lo que dice Clavreul cuando habla de la ambigüedad del "normal" frente perverso. Hay dos fórmulas que engarzan, por así decir,
Ésta conferencia, como la primera y la última palabra... y son las mismas:
La primera es la fórmula: "Recoger un discurso denunciando al mismo tiempo una práctica". La última es la fórmula de la demanda del perverso, más acá de su demanda de análisis: nos demanda ilusión, dice Clavreul, desea que seamos "charlatanes".
Entre estas dos fórmulas se sitúan efectiva y exactamente los atolladeros del análisis.
Aquí habrá que plantear el problema del análisis del perverso en relación con las reglas técnicas, y se notará que en nuestro mundo analítico de hoy, la regla de abstinencia relativa al pasaje al acto, por oposición a la palabra­, a menudo no tiene siquiera necesidad de ser enunciada. Es tácita y, por otro lado, cualquier postulante al análisis la conoce implícitamente y de antemano, ella constituye uno de los atolladeros en los que el perverso compromete al aná­lisis y al analista la primera vez que, acude a consultarlo.
He aquí un paciente que lo ilustra perfectamente: es un homosexual que no pasa al acto. Eso es lo que les dice a todos los que consultó antes de entrar en análisis. En su historia hubo, entre los diez y los doce años, juegos homo­sexuales, y desde entonces ha quedado intensamente fijado a esas experiencias que revive permanentemente en sus sue­ños, sus ensoñaciones y fantasmas.
¿Qué le demanda al análisis? Que se lo vuelva normal, es decir que desee a las mujeres y no ya a los varones.
A partir de ese momento, el analista es colocado en la posición de representante y de garante de la normalidad. En la regla de abstinencia -que no tiene necesidad de ser enunciada- el paciente encuentra una disposición presta a recibirlo y perfectamente adecuada a su propia regla. De antemano está, por así decir, "en regla" con la regla del analista. La complicidad se preconstituye en los bastidores; allí, los personajes pueden entrar a escena con la máxima seguridad de que no sucederá nada...
Ahora bien, en el desarrollo del análisis, el paciente no tarda en ver que el objeto de su demanda explícita no le es dado. En vez de ponerse a desear a las mujeres, su deseo de los varones se exalta al punto de torturarlo noche y día.
Su demanda explícita, por otro lado, encubre otra, no formulada: demanda permiso para amar a los varones, lo que él justifica para sí mismo asegurando que sería una eta­pa a franquear (se vale aquí de la referencia analítica a la homosexualidad de la pubertad), etapa que lo llevaría luego a "tirarse al agua" y a acceder al deseo de la mujer. Pone esto efectivamente en el nivel del aprendizaje, como apren­der a nadar, es decir, indiscutiblemente, del lado del saber. En ese momento se encuentra en el atolladero, que él define por la oposición -¡también ella analítica!- entre la palabra y el acto: es preciso que hable, pero no puede hacerlo; es preciso que pase al acto, pero no debe hacerlo.
Interpela entonces al analista en ese lugar de represen­tante de la normalidad y le dice: "Usted no puede decirme que me acueste con un varón. Por lo tanto se da cuenta de que no tengo otro remedio que mandarlo al diablo, a usted y a su análisis, que me adormece en un seudo-confort y que, por otra parte, me persigue, puesto que me prohíbe toda vida sexual; porque para mí, la sexualidad es el varón".
No es seguro que semejante atolladero -digo atolladero mejor que desafío, como lo hace Clavreul- pueda resolverse de otro modo que por una ruptura del análisis por parte del paciente, o por un pasaje al acto, efectivamente, si el blo­queo intenso al que se llega en este atolladero no permite captar la interpretación que pondría el análisis en movi­miento.
En todo caso, este ejemplo muestra que el sujeto perverso hace caer al analista en la trampa de su misma función: la oposición de la palabra y del acto. Esta caída en la trampa, por su parte, se produce efectivamente "en acto".
De este modo, el análisis del perverso se instituye sobre una fórmula del tipo de la de Clavreul: "Recoger un dis­curso denunciando al mismo tiempo una práctica".
Por supuesto que este enunciado está implícito. Pero, co­mo dije, también la regla de abstinencia puede, por su parte, estar tácita. Aun si no es necesario que sea enunciada, ad­vertimos que el analista, sin que profiera una sola palabra, entra ya en el atolladero que lo pondrá en el juego del per­verso. Esta parece ser una característica de la pareja perver­sa que el paciente se apresura naturalmente a constituir con su analista, y esta transferencia plantea problemas particu­larmente difíciles.


PIERA AULAGNIER-SPAIRANI:

-A. A propósito del "contrato". Kraft-Ebing y Ey nos pro­ponen en sus textos una determinada cantidad de contratos, lo que nos prueba su relativa frecuencia, y plantea la cues­tión tanto de su causa como de su función. Lo que sorpren­de en la lectura es su estereotipia, tanto en la forma como en el contenido. Esta estereotipia no puede explicarse sólo por la cantidad reducida (ya se trate del perverso o del no perverso) de los fantasmas que tienen en el campo erótico una pregnancia privilegiada. La lectura de los contratos reenvía de un modo sorprendente a la idea de un libreto (scénario): no se trata más que de la disposición de una "puesta en escena" en la acepción más ortodoxa del térmi­no. El mínimo detalle vestimentario, el mínimo movimiento de la postura, el más ínfimo detalle del actuar erótico: no solamente todo está allí, sino que todo allí está definido de la manera más precisa. En el actuar erótico, en la escena que va a desarrollarse, nada debe quedar librado al azar: ésta es, me parece, la función princeps, la causa del con­trato.
Si, para retomar una frase de Lacan, "lo real es lo que responde al azar", el perverso se presenta como aquel para el cual el proceder erótico exige el emplazamiento de una escena de la que el azar será desterrado. Es preciso que el perverso esté seguro de la posibilidad de la coincidencia entre un fragmento de "real" y lo que se hará en la "escena" donde se jugará su fantasma. Pero esta coincidencia -y éste es el punto donde llegamos a lo específico, de la estructura perversa- debe ser garantizada por una Ley, la Ley que rige esta suerte de acto notariado que es el contrato, y que podríamos llamar la Ley del goce. Lo que se demanda (y me refiero al registro propio de la demanda) como lo que debe ser aceptado por el compañero nunca reenvía a la mediación del amor, ni al "alegato amoroso", sino al placer tomado como objeto, "placer" que se convierte en el uni-garante no sólo de la existencia del objeto del deseo (ésta es su manera de negar la falta), sino también de la anulación de la distancia entre el objeto mediador de la demanda y el objeto metafórico y perdido del deseo.
Así asegurado de que el Azar está excluido del campo de lo Real, ese mismo Real que el perverso intentará regir por otra Ley, la que puede asegurarlo de la existencia de un orden de cosas donde toda diferencia (ya sea la de los se­xos, la de la vida y de la muerte, o la del Bien y del Mal) es puro engaño: ésa es la locura de su razón (Blanchot).

-B. A propósito del "secreto". Plantearé la cuestión del "secreto" desde una perspectiva un poco distinta de la de Clavreul. Partiré de una frase de Sade que siempre me in­trigó, y que es ésta: "Hay cosas que exigen velos", frase pronunciada por Dolmancé en "La filosofía en el tocador", y en un contexto muy particular que les recordaré breve­mente.
Cada escena del texto está de algún modo dividida en dos partes: una parte teórica, donde se despliega una suerte de discurso filosófico sobre el erotismo, y una parte práctica o experimental que pretende ser la prueba, para los oyentes, de la verdad de ese discurso; maestro del discurso y maestro de la puesta en escena es Dolmancé. Asistimos a una pro­gresión, a una suerte de crescendo continuo de esta puesta en acto del saber sobre el goce, que nos lleva al anteúltimo cuadro que precede y anuncia la entrada a escena de la Madre, esa Madre que la violación y la deshonra convertirán en el personaje prohibido para siempre (ver, al respecto, el Kant con Sade[38] de Lacan).
Es sobre el final de este anteúltimo cuadro, en el mo­mento en que los actores están en el acmé[39] de su goce, cuando Dolmancé se retira al tocador con uno de los participantes ya que, dice, "hay cosas que exigen velos". Para quien co­nozca a Sade, sería ridículo ver allí una suerte de censura o de falso pudor: la explicación de los fantasmas más es­cabrosos nunca le planeó problemas.
Personalmente estaría dispuesta a decir que en el toca­dor, "nada" va a suceder; pero esa "nada" oculta a la vista del lector y del actor, esa ilusión recreada de un último ob­jeto no visto que la Mirada podría volver a encontrar algún día, es, me parece, la esencia de la lección que Dolmancé, en nombre de su saber, da sobre lo que es exigible para el goce del perverso.
Perverso o no perverso, la dimensión del develamiento o de la transgresión siempre está presente en el erotismo. Pero mientras que para el no perverso ese develamiento re­envía a un saber sobre la castración y sobre el hecho de que la Mirada nunca reencontrará la brillantez del falo materno, si no es en tanto que falta aceptada en nombre de lo que él llama el amor, el perverso, por su parte, perseguirá siempre una suerte de goce original y mítico, esperará siempre que un último velo se desgarre para hacer aparecer ¿qué? Y bien, diré que lo que su mirada espera captar, aquello que está en la mira de su proceder, es que el goce del compañero haga surgir un "signo" que, en su concretización misma, podría sustituir a un significante de deseo, significante que sólo puede reenviarlo a la castración experimentada como puro fruto de la arbitrariedad de su deseo que no puede referirse al orden de la Ley, por haber podido reconocer al Padre como legislador de Derecho.
Lo que devela "el velo" que exige Dolmancé es, diría la otra cara del Contrato: si nada debe quedar librado azar, si todo debe ser sabido y visto, no por ello deja ser cierto que el fantasma sólo puede volver al placer apto para el deseo (según la definición de Lacan) si existe la seguridad de que, en lo "real", en alguna parte existe un último signo que vendría a colmar su desgarrón.

FRANCOIS PERRIER:

La práctica del análisis nos da la oportunidad de escuchar que el neurótico apoya su demanda en aquello que su des­tino demuestra: una impotencia para acceder al amor por los caminos del erotismo; para acceder al placer por el ca­mino de sus elecciones amorosas.
Este recuerdo confiere su alcance a la primera interro­gación de Jean Clavreul sobre la estabilidad de algunas "pa­rejas perversas" que parecen (al menos en las declaraciones de aquel de los dos que uno puede escuchar) demostrar su capacidad para reunir eficazmente ideales amorosos y prác­ticas eróticas selectivamente aberrantes respecto de las nor­mas de la actividad sexual, en nuestra área cultural.
En realidad, nuestro colega no pretende desarrollar, evi­dentemente, en todas sus vías, el estudio clínico de las va­riedades de relaciones definidas primero por los beneficios del contrato perverso, secreta u ostensiblemente firmado en­tre los participantes. Después de haberlo escuchado hasta el final, uno tiene la sensación de que el tema de la pareja -más allá de la evidencia de los acoplamientos- es una referencia inesperada, por lo tanto un procedimiento fértil, para preparar a un auditorio de clínicos para que oigan lo que constituye, para él y para todos, un problema teórico y prác­tico: la "pareja" analista-analizado, una vez que la estruc­tura perversa está principalmente en juego.
Tomemos, pues, aquí el término pareja en su función pro­vocante y provocadora: no hay duda de que todo analista debe interrogarse sobre la metodología de la cura como riesgo de trasposición o de advenimiento paradójico de una relación perversa.
Si pudimos describir al perverso (antes que Rosolato nos propusiera su interesante confrontación entre la gnosis y la epistemofilia perversa) como un científico del Eros, siempre ávido (y a menudo privado) de las "emociones deliciosas”, del Eureka, la conferencia de Jean Clavreul no puede sino reavivar una cuestión siempre abierta: el deseo del analista como homólogo eventual, en el plano estructural, del deseo perverso.
Cuando un perverso diagnosticado como tal (a menudo porque él así lo ha deseado) llega al diálogo analítico, nues­tro problema, como lo hace notar precisamente Jean Clavreul, es encontrar un lugar teorizable entre la moralización, y la complicidad. Puesto que el perverso es perverso, y la realidad es lo que es, ¿cómo oír la pregunta virtual que no llega hasta nosotros, o que surge por otros caminos que los de la neurosis y según otro código?
La noción de desafío, familiar en nuestros debates re­cientes y propuestas por nuestro colega, puede ser utilizada aquí para un desarrollo suscinto. Tomémosla como testimo­nio del analista y en tanto describe la fenomenología de su experiencia del perverso en sesión. ¿Somos nosotros, o el descubrimiento freudiano aplicado a la terapia, los cues­tionados por el paciente? Dado que todo desafío contiene un homenaje, por lo tanto una esperanza, al analista le toca no confundirse a sí mismo con el "Otro" para no caer preso en una posición contratransferencial. A ello todo nos lleva, sin embargo, con el perverso: "Usted que sabe, gracias a Freud -nos dice de algún modo- que nada del amor es edificante; que más allá de sus ideales narcisísticos, el hombre sólo está capacitado, en cuanto al deseo que lo gobierna, para las "de-yoizaciones" de lo escabroso pulsional; usted que pretende, por otra par­te, suavizar los superyó y reconciliar el ego y el id, en nom­bre del genital love; ¿cómo podría usted escuchar mi dis­curso? Ese discurso en el que, gracias a su oreja, me iden­tifico con el eco de mis gustos perversos.
"Me imito para usted y por el dinero que le doy; y nunca le daré dinero suficiente como para matar en usted la fun­ción del contador y del economista. En el actuar de mis protocolos eróticos asumo lo que usted, asume funcionalmente en el no-actuar de sus protocolos metodológicos. Su fuerza reside en que usted no se mete en gastos, resguardado como está en su orden profesional y en su teoría fetichizada. De este modo puedo hablarle de amor sin peligro, puesto que usted no escuchará nada que pueda responder."
Si percibimos este discurso como un desafío, es quizá porque, ya se dirija al médico, al analista, al cura -y a menudo a los tres al mismo tiempo-, el perverso sólo lo­gra o busca tomarle al especialista la palabra de su especia­lidad. Y su llamado secreto permanece inarticulado mientras habla de negocios con el hombre de negocios. De allí nues­tra sensación de una maniobra de reducción del tercero: aquel al que se intentará comprar pagándole con su propia moneda, contentándose con sus palabras, con su vocabula­rio especializado.
Aunque sea ésta una tentativa de seducción, al mismo tiempo es un deseo de instaurar la dimensión narcisística de la transferencia, en nombre de una nostalgia del amor y del paraíso perdido.
El perverso pretende instaurar, en el diálogo, esta única vertiente de su demanda. Mientras tanto el deseo, fuera del proyecto narcisístico, fuera del discurso, circula en el acting­out. Se funda, se reinventa cada vez para el nacimiento ex­temporáneo del cuerpo del sujeto deseante, en la exigible presencia del cuerpo de otro o de otra, expropiado para una geografía de los órganos, un conjunto singular de signos anatómicos necesario para el circuito pulsional.
Por eso la regla fundamental puede ser inoperante, sobre todo si es respetada; y esto en tanto la función de la pala­bra no haya sido interpretada como inapta para significar la presencia del cuerpo en el hic et nunc[40] del deseo transferen­cial. Lo que viene entonces de afuera es la angustia hipo­condríaca y los temas nosofóbicos: y esto, quizá porque el analista no puede comprometerse más de lo que se com­promete en el indicativo presente de una realidad sexual que no se engancha con lo verbal de las metonimias.



APENDICEDISCURSO DE ERIXÍMACO[41]
Entonces, Erixímaco dijo:
- Bien, me parece que es necesario, ya que Pausanias no concluyó adecuadamente la argumentación que había iniciado tan bien, que yo deba intentar llevarla a buen término.
Que Eros es doble, me parece, en efecto, que lo ha distinguido muy bien. Pero que no sólo existe en las almas de los hombres como impulso hacia los bellos, sino también en los demás objetos como inclinación hacia muchas otras cosas, tanto en los cuerpos de todos los seres vivos como en lo que nace sobre la tierra y, por decirlo así, en todo lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la medicina, nuestro arte, en el sentido de que es un Dios grande y admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas como en las divinas.
Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar así a mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros.
Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno, según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo.
Ahora bien, al igual que hace poco decía Pausanias que era hermoso complacer a los hombres buenos, y vergonzoso a los inmorales, así también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en esto, si se pretende ser un verdadero profesional.
Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el conocimiento de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso será el médico más experto.
Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro cuando está dentro, será también un buen profesional... Debe, pues, ser capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes en el cuerpo y de que se amen unos a otros.
Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas análogas.
Sabiendo infundir amor y concordia en ellas, nuestro antepasado Ascelpio, como dicen los poetas, aquí presente, y yo lo creo, fundó nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por este Dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura.
Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas, resulta evidente para todo el que ponga sólo un poco de atención, como posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al menos, no lo expresa bien.
Dice, en efecto, que lo uno siendo discordante en sí concuerda consigo mismo, como la armonía del arco y de la lira. Mas es un gran absurdo decir que la armonía es discordante o que resulta de lo que todavía es discordante. Pero, quizás, lo que quería decir era que resulta de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave, que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que, naturalmente, no podría haber armonía de lo agudo y de lo grave cuando todavía son discordantes.
La armonía, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio han sido discordantes y después han concordado. Y el acuerdo de todos estos elementos lo pone aquí la música, de la misma manera que antes lo ponía la medicina.
Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones amorosas en relación con la armonía y el ritmo. Y si bien es cierto que en la constitución misma de la armonía y el ritmo no es nada difícil distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquí por ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los hombres, usar el ritmo y la armonía, ya sea componiéndolos, lo que llaman precisamente composición melódica, ya sea utilizando correctamente melodías y metros ya compuestos, lo que se llama justamente educación, entonces sí que es difícil y se precisa de un buen profesional.
Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a serlo, hay que complacerles y preservar su amor.
Y éste es el Eros hermoso, el celeste, el de la musa Urania. En cambio, el de Polimnia es el vulgar, que debe aplicarse cautelosamente a quienes uno lo aplique, para cosechar el placer que tiene y no provoque ningún exceso, de la misma manera que en nuestra profesión es de mucha importancia hacer buen empleo de los apetitos relativos al arte culinario, de suerte que se disfrute del placer sin enfermedad.
Así, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar, en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos se encuentran en ellas. Pues hasta la composición de las estaciones del año está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los elementos que yo mencionaba hace un instante, a saber, lo caliente y lo frío, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban armonía y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño.
Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas, en efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras muchas y variadas enfermedades entre los animales y plantas. Pues las escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se llama astronomía. Más aún: también todos los sacrificios y actos que regula la adivinación, esto es, la comunicación entre sí de los dioses y los hombres, no tiene ninguna otra finalidad que la vigilancia y curación de Eros.
Toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción, sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en relación con los Dioses. Está encomendado, precisamente, a la adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la adivinación es, a su vez, un artífice de la amistad entre los dioses y los hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.
¡Tan múltiple y grande es la fuerza, o mejor dicho, la omnipotencia que tiene todo Eros en general! Mas aquel que se realiza en el bien con moderación y justicia, tanto en nosotros como en los Dioses, ése es el que posee el mayor poder y el que nos proporciona toda felicidad, de modo que podamos estar en contacto y ser amigos tanto unos con otros como con los Dioses, que son superiores a nosotros.
Quizás también yo haya pasado por alto muchas cosas en mi elogio a Eros, mas no voluntariamente, por cierto. Pero, si he omitido algo, es labor tuya, Aristófanes, completarlo, o si tienes la intención de encomiar al Dios de otra manera, hazlo, pues el hipo ya se te ha pasado.
Entonces Aristófanes, tomando a continuación la palabra, dijo:
-Efectivamente, se me ha pasado, pero no antes de que le aplicara el estornudo, de suerte que me pregunto con admiración si la parte ordenada de mi cuerpo desea semejantes ruidos y cosquilleos, como es el estornudo, pues cesó el hipo tan pronto como le apliqué el estornudo.
A lo que respondió Erixímaco:- Mi buen Aristófanes, mira qué haces. Bromeas cuando estás a punto de hablar y me obligas a convertirme en guardián de tu discurso para ver si dices algo risible, a pesar de que te es posible hablar en paz.
Y Aristófanes, echándose a reír, dijo:- Dices bien, Erixímaco, y considérese que no he dicho lo que acabo de decir. Pero no me vigiles, porque lo que yo temo en relación con lo que voy a decir no es que diga cosas risibles -pues esto sería un beneficio y algo característico de mi musa-, sino cosas ridículas.
Después de tirar la piedra -dijo Erixímaco- Aristófanes, crees que te vas a escapar. Más presta atención y habla como si fueras a dar cuenta de lo que digas. No obstante, quizás, si me parece, te perdonaré.

[1] Todas las Notas son de JLGF
[2] En el Banquete, Platón, escribe lo que Eriximaco explica: “La música es la ciencia del amor con relación al ritmo y a la armonía. No es difícil reconocer la presencia del amor en la constitución misma del ritmo y de la armonía. Aquí no se encuentran dos amores, sino que, cuando se trata de poner el ritmo y la armonía en relación con los hombres, sea inventando, lo cual se llama composición música, sea sirviéndose de los aires y compases ya inventados, lo cual se llama educación, se necesitan entonces atención suma y un artista hábil. Aquí corresponde aplicar la máxima establecida antes: que es preciso complacer a los hombres moderados y a los que están en camino de serlo, y fomentar su amor, el amor legítimo y celeste, el de la musa Urania. Pero respecto al de Polimnia, que es el amor vulgar, no se le debe favorecer sino con gran reserva y de modo que el placer que procure no pueda conducir nunca al desorden. La misma circunspección es necesaria en nuestro arte para arreglar el uso de los placeres de la mesa, de modo que se goce de ellos moderadamente, sin perjudicar a la salud”
[3] Habría que revisar el concepto de homosexualidad dentro de la estructura perversa, ya que como sabemos, el acto perverso está desprovisto de catectización genital, de modo que la homosexualidad en tal caso, tendría que considerarse mejor como “pregenital”, o quizá “autoerótica”.
[4] Cualidad que carece de valor o importancia.
[5] Pero en este caso puede tratarse de una pareja de estructura neurótica que ha caído en la ilusión del alegato amoroso de su compañero, y que “provisionalmente” mantendrá también.
[6] Hay que tener reservas en la aplicación de estos términos, que en lo general están atravesados por una lectura misógina perteneciente al status quo.
[7] ver nota 4 supra
[8] Precisamente esa persistencia en el tiempo, a los contratiempos, etc., es lo que finalmente dará cuenta de la estructura perversa en la pareja, y como más adelante se indica, es “legitimizado” mediante un “contrato”...
[9] Su celebridad se debe ante todo al escándalo que acompañó la publicación de algunas de sus novelas, en especial de La Venus de las Pieles, de aquí la palabra masoquismo, cuya utilización para definir ciertos comportamientos sexuales patológicos aparece por primera vez en Psicopatía Sexual (1886), de Kraft-Ebing.
[10] ver nota 4 supra
[11] Hay una línea muy fina de división entre casos como el que aquí se señala con aquellos que corresponden a actos perversos producidos por sujetos con “estructura perversa”. Para los primeros, será mejor hablar de “psicopatía”. El “sadismo” se encuentra en la evolución de todas las estructuras, no es exclusivo de la perversa, para quien la muerte de la “victima” debe ser evitada para burlar así la castración Real.
[12] Y en haber burlado las consecuencias de la escenificación de la castración.
[13] La epistemología freudiana no contempla descubrimientos por “accidente”, sólo en las películas holywoodenses.
[14] El concepto de resignificación en la teoría freudiana, da pié para que al momento de ser resignificada una amenaza, adquiera valor de trauma, por el conocimiento y descubrimiento de lo hasta entonces “no sabido”. En la escuela lacaniana, esta falta, no significada, será precursora del deseo.
[15] ibid
[16] Desde el punto de vista del observador, porque para el sujeto perverso, el peligro es la muerte en tanto que para el neurótico, el peligro sería la castración.
[17] Considerándose como una relación de doble personalidad en el sujeto.
[18] En este discurso, falta la noción de la función madre y su deseo en la constitución de la estructura neurótica de su hijo. En ocasiones, Clavreul aparece como defensor de una “teoría del trauma” no estructural.
[19] La complicidad el otro, o en su caso, del tercero, constituye un fundamento básico en la búsqueda de la “negación” de la castración. Este vínculo es el que constituye la renegación característica del sujeto perverso.
[20] ver nota 17 supra
[21] La transgresión en la perversión se remite a la necesidad de negar la castración y permitir la supervivencia del sujeto. Los desafíos, como hacia la “policía o cura”, u hacia otros elementos de valor social constituyen per se la ilusión de la transgresión.
[22] Si hablamos de “violación” se contradice toda la exposición, ya que partimos del supuesto de un “contrato” no de una imposición, según se dijo arriba.
[23] Es decir, de la permanencia del pene, aún sobre las amenazas de castración.
[24] El perverso acude al análisis para retomar las “fuerzas” a través de la mirada del otro, y del juego que establece de transgresiones en análisis. Es un reto más, luego de la aparición de una angustia “masiva”, probablemente luego de haber fracasado en la puesta en escena de la castración (cuando el secreto es denunciado por la pareja, cuando en el acto perverso la castración no es burlada, etc.). Al librarse del análisis, garantiza el secreto y vence la supuesta amenaza de castración que podría representarle.
[25] Orvietano, originario de Orvieto, pequeña ciudad de umbría, Italia. Quizá algo más que interpretar para esa paciente. .
[26] Una falsa creencia sobre sí mismo o sobre las personas y objetos externos, que persiste a pesar de los hechos y no es considerada sustentable por las personas que conviven con el individuo. Así mismo puede considerarse como un cúmulo de negaciones.
[27] Incluyendo el de ¿Umbría?
[28] Considera la Homosexualidad bajo el viejo criterio de patología, especialmente relacionada con la perversión.
[29] La regla de abstinencia fue descrita por Freud en Observaciones sobre el amor de transferencia (1915) como parte de las reglas fundamentales en la práctica analítica, consistente en que el paciente no “espere” del analista ningún tipo de satisfacción a sus demandas, por lo que el analista mismo deberá de cuidar su escucha y no “amasar” los postulados del analizando. Muchas veces, este concepto es confundido con el de “neutralidad” del analista, en la que se señala como factor principal, no la transferencia del paciente, sino la contratransferencia del analista, lo que sin lugar a dudas, si se rompe la neutralidad, se rompe la abstinencia.
[30] Aquí el problema, más allá del concepto de “cura” que se maneja, se complejiza en la medida en que se considera a la estructura perversa como una patología.
[31] Reactivando las nociones que lo llevarán nuevamente al acto perverso en sí fuera del análisis, a manera de un acting-out.
[32] Dando por sentado que se refiere a un deseo “neurótico”.
[33] En tanto su deseo consista en la cura bajo los conceptos señalados en la nota anterior.
[34] Repudio, Rechazo, Renegación en Freud.
[35] Negación.
[36] Restar importancia, desestimación en Freud...
[37] Azuzados contra.
[38] Cf. Ecrits, p. 790 (ed. esp.: Escritos, Siglo XXI, tomo 11, p. 362).
[39] En medicina, período de mayor intensidad de una enfermedad. JLGF
[40] Aquí y ahora
[41] Platón “Diálogos”. Editorial Austral. Barcelona. 1966.