viernes, 10 de octubre de 2008

Narcisismo y Socialización. Introducción. Igor Caruso

Caruso, Igor.
Narcisismo y socialización: "Introducción" Siglo XXI, México, 1998
pp. 7-15

INTRODUCCIÓN

UNA MANERA DE AMOR

Para hacer comprensible vívidamente el objeto de nuestra investigación reproduciremos el sueño de una mujer joven que estaba siendo psicoanalizada:
La puerta del jardín del sueño era -y esto se me ocurrió sú­bitamente en la sesión del análisis- la puerta del jardín de la abuela de Heinz, y esa puerta en realidad siempre estuvo cerrada para nosotros los niños... al contrarió de la del sue­ño, donde estaba abierta de par en par. Aparte de esta puer­ta que cerraba el acceso, el jardín era además inaccesible porque lo guardaban dos lebreles que, según recuerdo, mor­dían. Pero cuando la anciana salía con sus perros aprove­chábamos la ocasión y jugábamos con particular alegría en el jardín prohibido. Nos parecía éste, creo, tan "embruja­do" además porque la abuela de Heinz se nos aparecía como una bruja. De todos modos, ella era en realidad esquizofré­nica y muy enemiga de todos los niños, menos de Heinz, a quien quería tanto que decía -con horrorizado placer por parte nuestra- que le gustaría "comérselo asadito".
No profundizaremos en la significación de este sue­ño para la señorita, pero podemos decir que no fue casual el que comunicara este recuerdo no antes de la sesión 227 de su análisis. El análisis se ocupaba en­tonces del amor egoísta y exigente y por otra parte del amor que aceptaba plenamente al ser amado. Por­que aceptar plenamente significa tomar a la persona amada como es, dejar su libertad intacta, no quererla poseer para incorporársela como alimento. Pero ese amor extremadamente posesivo que trata a la otra persona como alimento ansiado, en cierto modo destruye a esa misma persona amada, a la manera como la acción de alimentarse acaba por destruir el alimento y lo hace desaparecer del mundo.

Queremos examinar la historieta por sí misma; pa­rece inocente y casi divertida, pero dentro del marco de nuestro tema ha de tomarse muy en serio: una an­ciana solitaria y extravagante no puede tolerar que jueguen en su jardín los niños vecinos, que la moles­ten en su misantropía. Por razones que ignoramos y que probablemente radican en la historia de la ancia­na (porque ¿qué ocurre en una vida que no tenga al­gún fundamento en el pasado?), hacía ésta una sola excepción; parece querer a un muchacho gordo (sabe­mos que era gordo después, por otros recuerdos de la joven ) -o al menos así lo sienten los demás niños, y los niños tienen un sentido muy fino de lo que es aceptación y rechazo. Pero ¿qué decía para mostrar su amor a Heinz? Algo que puede parecer divertido, y que nos recuerda muchos cuentos: "Te quiero tanto que te comería asadito." Ahora bien, en muchas len­guas se usa la misma palabra con la idea de querer y la de gustar, para señalar la inclinación a una per­sona así como para una comida que con gusto se co­mería. Probablemente porque el amor satisfecho y el apetito satisfecho provocan claras sensaciones de placer. Pero es probable que también se deba a que los inicios de las dos poderosas pulsiones broten de la misma profunda fuente, que ya quedó muy atrás de nosotros. El que el motivo del comer se repita mu­cho en los cuentos habla en favor de la última suposi­ción, porque los cuentos tienen por objeto principal motivos simplicísimos que dormitan en nosotros, efectivos ciertamente pero ya no conscientes.

Por eso la anciana del relato citado nos parece una figura de cuento. Seguramente, aunque fuera extraña y es probable que no del todo normal, estaba lejos de pensar realmente en asar al chiquillo y comérselo. Pero el lenguaje era en cierto modo más fuerte que su conciencia y se servía de imágenes de esas que sólo en los cuentos de brujas no nos extrañan. La anciana dama era una original. Podemos imaginar que recha­zaba la sociedad humana y en particular la de los ni­ños, y ni siquiera tenía ninguna relación auténtica con adultos ni niños. En cambio hubiera podido ser una buena anciana y hada que invitara a los niños a su jardín y les mostrára su amor aceptando el escán­dalo que hicieran al jugar y aun tal vez les diera algu­na golosina. Vemos que el dicho de la anciana, por inocente que parezca, nos da mucho qué pensar y so­bre todo que preguntar: Parece, pués, haber diferentes formas de amor con manifestaciones muy distintas y que nos pueden decir algo de la vida de una persona así como de la madurez de sus selitimientos.

EL AMOR PROPIO, FUENTE DE AMOR

Desde Sígmund Freud sabemos que el estadio más profundo, por ser el primero de todos; del amor, es el llamado amor "narcisista". Todo lo que experimenta­mos en el curso de nuestro desarrollo deja huellas en nosotros, en cierto modo se conserva en nuestra evo­lución, o sea que todavía opera de una manera remo­ta. Y cuando nuestro desarrollo experimentó trastor­nos y nuestra vida afectiva no pudo desenvolverse de un modo óptimo, estas huellas operan precisamente ­con más eficacia que en el desarrollo normal sobre los puntos más perturbados. De este modo todos arrastramos algún vestigio de amor narcisista, y aun vere­mos que esto es necesario, porque el amor para po­der evolucionar y volverse altruismo ternura y solidaridad, necesita tener primero una base firme, que es el llamado "narcisismo". Freud; entendía el narcisismo como amor a sí mismo. Y no estaba erra­do, porque, para poner esa base, el amor tiene que te­ner primero por objeto el sí mismo [Self][1] del ser humano. Por eso puso Freud a este estadio primario el nombre del mítico jovenzuelo que se enamoró de sí mismo al mirarse en las aguas de un estanque. Como en todo cuento, este mito aísla una propiedad arcai­ca, o sea normalmente superada, del hombre. El jo­ven Narciso sintió demasiado tarde el amor narcisis­ta, y se amaba tanto que desdeñó el amor de la ninfa Eco. Fue castigado por los dioses en forma muy pecu­liar. Pero, ¿fue realmente castigo? Lo transformaron en la amable flor narciso y por lo tanto vive eterna­mente mientras existan estas flores. Lleva una exis­tencia vegetativa que alegra nuestra vista.

El descubrimiento de Freud no es tan escandaloso ni tampoco tan fantástico como podría desprevenida­mente suponerse. Como todo gran descubridor, Freud muchas veces era unilateral con sus propios descubrimientos. Pero sabía bien que al hurgar en las capas más profundas de nuestro devenir no tenía más remedio que provocar grandes resistencias afec­tivas. La divisa de su labor la tomó de Virgilio: acheronta movebo[2] (conmoveré los infiernos).

Puede parecer casi inverosímil, pero también el li­bro sagrado de judíos y cristianos toma el fundamen­to del amor a sí mismo como cosa natural y aun ejem­plar. La condición que ponen las Sagradas Escrituras es que el hombre no haga como Narciso, sino que va­ya más. allá y amplíe al amor a sí mismo a todos sus congéneres. En el tercer libro de Moisés está escrito: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", y Jesús hizo de este precepto su cita favorita, que es verdaderamente lo único importante de su doctrina de la salvación. Luego las Sagradas Escrituras no ponen en duda que el hombre se ama a sí mismo, que debe amarse a sí mismo. Porque la medida del amor a sí mismo es para las Sagradas Escrituras la medida de aquel amor que está en condiciones de darse a los demás.

Es tan notable el que la doctrina humana de Freud se asemeje tan cabalmente a la prescripción bíblica como el que en la Biblia haya muchas verdades psico­lógicas. Freud define el narcisismo como amor a sí mismo, pero hacía también de este amor la medida de todo amor que el hombre pueda dar a los demás en el curso del desarrollo -de la evolución óptima y bien lograda. El amor a sí mismo que no es capaz de evolucionar es ya un estado patológico,-con el tiem­po, los psicoanalistas han aprendido a separar el "narcisismo" del "autismo". El narcisismo es un es­tado transitorio normal, y el autismo es más bien una perturbación que hace a las personas incapaces de amar.

Por lo tanto, el narcisismo sólo condicionalmente puede considerarse amor a sí mismo. Es más bien la fuente de todo amor.
Cuando el destino del narcisis­mo conduce exclusivamente al amor a sí mismo es se­ñal de que la vida de la persona sufrió una perturba­ción y presenta rasgos autísticos. En esta terminología es el autismo un narcisismo malogrado, un amor desdichado, que presenta rasgos patológi­cos. Si tomáramos en serio el dicho de la anciana cuya historia reprodujimos al principio -y en cierto modo tenemos que tomarlo en serio- podríamos de­cir que aquí no tenemos un narcisismo felizmente su­perado,[3] o sea que apreciamos rasgos propiamente autísticos.

LA SIMBIOSIS COMO "ESCUELA DEL AMOR"

Pero ¿cuándo es en la vida normal, y aun necesario, el estadio primario del narcisismo (que después, cla­ro está, habrá de superarse)? Mediante el estudio de las alteraciones psíquicas, o sea de los vestigios nar­cisistas o, mejor dicho, ya autísticos, en el adulto y la detenida observación de los recién nacidos y los ni­ños pequeños (aquí realizó labor de iniciador René A. Spitz), el psicoanálisis ha podido demostrar que el narcisismo caracteriza aquella parte de la vida que sigue inmediatamente al nacimiento; cosa que era de suponer, por cierto.

Pero esto hay que fundamentarlo: ya el neonato de los animales superiores necesita un tiempo de cuida­dos y luego de la educación de su madre. Los instin­tos, o sea los esquemas de comportamiento innatos, cuyo funcionamiento es desencadenado por el medio exterior, tienen en todos los animales, incluso en los primates, que en la historia de la evolución de los se­res vivos son nuestros próximos parientes, una fun­ción mucho más importante que en el hombre. No porque éste, como solía creerse, sea pobre en instin­tos, sino porque las posibilidades del hombre son po­tencialmente ilimitadas. El hombre no está encerra­do en la naturaleza, sino que crea la cultura humana. Es un ser histórico. Y también, en medida mucho ma­yor que sus parientes los animales, tiene que educar su razón y sus sentimientos. Pero es también, corre­lativamente, más desvalido al nacer. El niño recién nacido, y aun el tierno infante, no puede vivir si no le procuran, quienes lo rodean, mucho amor y muchas atenciones. Entre los que lo rodean desempeña la ma­dre un papel decisivo en la primera época de su vida. Utilizando una palabra del sociólogo Georg Simmel, el psicoanalista Spitz ha dado a esta íntima unión en­tre madre e hijo el nombre de ""díada" (también se ha dicho unión dual o unidad dual). Este concepto signi­fica que para sobrevivir, el niño recién nacido necesi­ta tanto amor y cuidado que el periodo que sigue al nacimiento es todavía una unidad madre/hijo. Seme­jante unidad, casi total, de dos seres vivos se llama "simbiosis". En la simbiosis que se produce con la díada madre/hijo, el niño todavía no puede sentir ni ex­presar ningún amor activo[4]. El niño es como quien dice objeto de amor, y todos los sentimientos placen­teros que necesita se los procura su madre. El recién nacido, y durante largo tiempo el infante, todavía no tiene aquella instancia psíquica que nos parece tan natural y que llamamos el "yo", que sólo se va formando precisamente al separarse cuidadosa y ópti­mamente el niño de lo que le rodea[5]. En el tiempo de la simbiosis, el yo de la madre está presente en cali­dad de representante del ulterior yo del niño[6]. En cuanto a éste, lleva una suerte de existencia vegetati­va -un tanto parecida a la. flor en que fue transfor­mado Narciso- y requiere ampliamente de protec­ción contra las influencias y las perturbaciones procedentes del medio externo.

Reflexionando más detenidamente llegamos a la idea de que si bien el niño no puede, en el estado de simbiosis, dar amor activo, ese estado de todos mo­dos no es un verdadero —amor a sí mismo". Conserva­do primeramente en el cuerpo de la madre y conti­nuado después del nacimiento sin yo, el niño no puede reconocer los límites de su propio ser. O sea que cuando la díada madre/niño se desenvuelve feliz­mente, la felicidad del niño no es idéntica en absoluto al amor en sentido adulto. En la simbiosis aprende el niño, sin saberlo, a relacionarse con una persona. Los adultos podemos representarnos este estado muy di­fícilmente. La madre todavía no es para el niño un "objeto ajeno", sino una parte de sí mismo o, lo que es igual, el niño es parte de la madre. Sólo poco a po­co, por la experiencia cotidiana, irá observando el niño que la madre está en cierto modo fuera de él y se pondrá en relación con ese "objeto". Esto sólo pue­de efectuarse realmente si primero entró de lleno en la díada madre/hijo. Pero la simbiosis venturosa tam­bién representa, y de modo especial, una evolución hacia el mundo. Y la evolución hacia el mundo es la evolución hacia la persona;, normalmente hacia la madre y después, gradualmente, hacia las otras per­sonas conocidas del entorno.

Ya en este estadio temprano del desarrollo, como hemos indicado supra, el narcisismo no debe confundirse con el autismo. El narcisismo es un tránsito ciertamente activo[7], una evolución, o sea un estado no cerrado en sí mismo, como trata de ser el autismo.

La no distinción inicial de las fronteras entre el propio self y el de la madre es ciertamente una escue­la sobremanera activa para el futuro. El que un self se supere[8] en otro significa empero que los deseos y sensaciones primarios del uno se transfieren al otro. Esta participación y este ser parte es una de las raí­ces de las ulteriores "relaciones de objeto", que sólo son posibles mediante proyecciones e introyecciones. Éstos son conceptos psicoanalíticos y significan más o menos: que los propios deseos y sensaciones se atri­buyen al otro y gradualmente van siendo entendidos en él, y a la inversa, los deseos y sensaciones del otro van siendo sentidos y entendidos como propios.

Todo esto es posible gracias a la capacidad de sen­tir y expresar del organismo y se llama comunica­ción. En el nivel humano, una parte sustancial de la comunicación se efectúa por medio del lenguaje. Pero el lenguaje se forma precisamente a partir de la simbiosis óptima, y sólo ésta lo hace posible[9]. La co­municación en la simbiosis prepara ciertamente la apropiación del lenguaje (por el habla de la madre), pero se realiza en su mayor parte en un nivel prelingüístico, que se llama comunicación averbal o no ver­bal.

Ya en sus primeras obras exponía Freud cómo la total dependencia del niño respecto de los que lo ro­dean -normalmente de la madre- era el origen de todo el desarrollo posterior. Para que se llegue a una separación de los dos polos de la simbiosis y una orientación hacia los "objetos" y sobre todo, claro está, a sus congéneres, el estadio activo del narcisis­mo tiene que ser feliz y satisfactorio. Sólo así puede llegarse a una separación normal entre el ser propio y los demás seres. Podemos, pues, en verdad, decir que el narcisismo es la "escuela de la vida", ya que así como es el amor a sí mismo del narcisismo, así será el amor al prójimo. El self de la fase narcisista es en realidad una unidad dual, un ser dual. Es un self a dúo carente de yo. El estadio narcisista normal no es la soledad de uno, sino la comunidad de dos, modelo de la ulterior capacidad de amor y solidari­dad[10].

Pero este estadio, el más temprano al parecer, del desarrollo humano y de la futura socialización (inte­gración del hombre en la sociedad) no empieza con el día del nacimiento. La nueva persona nace dentro de una sociedad por obra de dos personas y su existen­cia es condicionada directa e indirectamente en gran parte antes del nacimiento.







[1] Selbst en alemán. En la literatura psicoanalítica de lengua española se ha hecho ya un hábito utilizar la expresión inglesa Self homóloga para designar este objeto de amor narcisista diri­gido a la persona como totalidad y no al "yo" como instancia particular dentro de la personalidad. Seguiremos aquí este uso cómodo y menos ambiguo, para conservar, donde sea preciso, el sentido técnico del término. (Car.]
[2] Flectere si nequeo superos, acheronta movebo. Virgilio en la Odisea, describe el mundo de los dioses del infierno. El río Aqueronte es el río que las almas deben cruzar en la barca de Caronte para ir a los infiernos. Orfeo es el único que cruza dos veces el río Aqueronte al ir a buscar a Eurpidice, su amada muerta, quien vuelve a desvancerse luego de que Orfeo no cumple con la condición de no voltear a verla mientras salen del infierno. Según Robert Graves Hades era el concepto helénico de la inevitabilidad, lo inevitable de la muerte. Vale la pena mencionar también que este frase es la que Freud utiliza como epígrafe para su obra "La interpretación de los sueños". (JLG)
[3] Aufgehoben: término que verteremos en adelante por "superado", si bien, en su riqueza semántica, es intraducible median­te una sola palabra. El autor lo utiliza con sus connotaciones dtaléctico-hegelianas. La Aufhebung de un objeto o determina­ción en su negociación, su transposición a otro nivel y por lo mismo su conservación en otra figura (Car)
[4] Diríamos, amor de objeto. (JLG)
[5] Tanto Caruso como Spitz, hablan, como Lacan popularizará después, del infante o “infans”.(JLG)
[6] Mejor: Albacea.(JLG)
[7] Tránsito hacia el amor de ojeto y a la alteridad.(JLG)
[8] Ver notas supra
[9] Nuevamente conceptos que Lacan usará en su teorización.(JLG)
[10] Una visión estructuralista del sujeto.(JLG)

1 comentario:

cynthia dijo...

Me agradó esa aclaración de self y selbst... en lo particular creo q en clase faltó abordar lo que es una diada así como la simbiosis y el resultado q obtendrá el sujeto de esto.