martes, 6 de mayo de 2008

J. Clavreul. La Pareja Perversa

La Pareja Perversa. J. Clavreul.
El deseo y la Perversión. Editorial Sudamericana. P.117-155. Buenos Aires. 1967.


LA PAREJA PERVERSA[1]
J. Clavreul

Anotaciones Jose Luis Gonzalez Fernandez


Hablar de pareja perversa supone una paradoja: esto es lo que no puedo dejar de destacar desde el comienzo de esta comunicación. A esa paradoja se referirán necesariamente los principales temas de la discusión, ofreciendo este trabajo a una crítica que podrá preguntar con qué derecho nos permi­timos vincular aquí la noción de pareja con la de per­versión.

En efecto, los recientes trabajos sobre la perversión -aquí me refiero esencialmente a los de la Escuela Freudiana de París- nos disuaden, evidentemente, de tratar la cuestión de la pareja perversa como el estudio de las incidencias de una perversión en la vida de una pareja constituida. Seme­jante enfoque implicaría necesariamente que consideráse­mos el acto perverso como un fantasma actuado cuyo actor sería un sujeto normal o neurótico. Ahora bien, todos los trabajos recientes tienden a demostrar que, por el contrario, el acto perverso es consumado por Sujetos cuyas catequizaciones libidinales, cuyas relaciones con el Deseo y con la Ley, son profundamente diferentes de las del neurótico. De allí que, mejor que hablar de perversión (en singular o en plural), hablamos de estructura perversa, en tanto ésta per­mite un acercamiento al problema de la perversión relativa­mente independiente de la modalidad particular que puede adoptar tal o cual acto perverso.

Es aquí donde encontramos la paradoja: al aislar una es­tructura perversa, distinta de la del sujeto normal o neurótico, ¿no le negamos al perverso el beneficio de conocer, de participar de ese desenlace último de la evolución libidinal, de ese triunfo extremo de la vida sexual, de ese “amor” del que cada uno dirá de buena gana que sólo él es capaz de mantener la solidez de una pareja? ¿La estructura perversa es compatible con el amor? Esta sería una primera pregunta que nos inclinamos a contestar negativamente. Pero si no hay amor, ¿cuál es, pues, ese lazo que asegura la extraordi­naria solidez de ciertas parejas de perversos? Esta podría ser una segunda pregunta. Por fin, y éste no es el problema menos importante de los que me importa rescatar hoy, ¿qué ocurre en la relación psicoanalítica cuando es un perverso el que se introduce en ella? ¿Nuestro aparato conceptual nos permite hablar convenientemente de la pareja constituida por el perverso y su analista? ¿Nos es posible, en particular, retomar la noción de "transferencia" tal como la utilizamos en el análisis de un neurótico?

No pretendemos, por supuesto, contestar aquí estas pre­guntas, dado que nuestra ambición es sólo hacerlas avanzar un poco: así justificaremos el haber elegido el tema de la pareja perversa, no para intentar un estudio clínico, estu­dio que sólo podría reunir elementos muy dispares, sino para abrir algunas brechas, tanto finalmente en nuestro enfoque de la estructura perversa como en la idea que tenemos más o menos explícitamente de la relación amorosa, de las catectizaciones libidinales que supone una vida en pareja.

Esta brecha, por la que podemos legítimamente introdu­cir al perverso en la vida de la pareja, podemos localizarla a partir de ahora en esto: de ese amor del que se habla con facilidad e incluso con ligereza a propósito de las parejas constituidas, de ese sentimiento complejo que -cualquiera sea el sentido que se le dé- finalmente da cuenta bastante bien de la dificultad que existe para explicar la fijeza de una catectización libidinal sobre un ser privilegiado, con­viene observar que son los perversos quienes en general hablan mejor. Discursos, poemas, descripciones novelescas, cualquiera que sea la expresión, el lector no informado no puede estar seguro de que su juicio le permita reconocer si el autor mismo es o no perverso.

Y al mismo tiempo, ¿no es evidente que, en lo esencial, la literatura erótica esté hecha de lo que los perversos han escrito al respecto? Además hay que agregar que, desde este punto de vista, desde el punto de vista del erotismo, el "normal" hace habitualmente el papel, al lado del perverso, de un palurdo bastante incapaz de elevar su amor por enci­ma de una rutina, y la buena salud sexual de la que se jacta se confunde un poco con falta de imaginación. No se puede dejar de pensar que el heterosexual común parece muy a me­nudo prisionero de ese "amor vulgar" denunciado por los participantes del Banquete,[2] quienes no vacilan en expulsar del campo de sus intereses al acoplamiento bestial apenas capaz de asegurar la misión necesaria pero sin brillo de la perpetuación de la especie.

Digamos, pues, que no podríamos eludir un contrasen­tido al rechazar a los perversos fuera de la dimensión amo­rosa, cuando en gran parte son ellos los que mejor supieron sostener el discurso acerca de ella. Por otra parte, todos son más o menos conscientes de ello, y se dejan fascinar fácil­mente por esa relación del perverso con el amor y con el ero­tismo. Pero si están ávidos de buscar lecciones a su lado, no por ello están dispuestos a tomarlo como modelo y re­chazan, a menudo con intolerancia, las prácticas de la per­versión, cosa que caracteriza bastante bien la ambigüedad de nuestra posición, que se aviene a recoger un discurso de­nunciando al mismo tiempo una práctica.

Sin duda nos sería posible justificar semejante posición diciendo que saber hablar de amor no significa que se sepa amar. Pero esto sólo sería eludir la dificultad y, en todo caso, no dar cuenta del problema que le plantea al analista ese paciente perverso que habla del amor que siente por su com­pañero. Pues si semejante "material", cuando nos es sumi­nistrado, se ofrece de todos modos con bastante dificultad a nuestras interpretaciones, no por ello dejamos de vernos constreñidos a hacernos una idea de ese vínculo a menudo tan sólido, y del que se nos hablará a lo largo de todo un análisis. En esos casos tal vez convendría denunciar la inadecuación de la noción de amor, decir que ese término sólo se emplea por una analogía grosera, y hablar más bien de "víncu­lo pasional", que evoca más lo absoluto de la psicosis que el cariño matizado del amor. Sin embargo no retomaré -el tercero de nuestro grupo- la cuestión de la pasión, consi­derada como entidad distinta del amor. No porque ella no se plantee. Sino porque la introducción de una categoría distinta sólo podría oscurecer uno de los puntos que quiero destacar hoy y que acabo de señalar, es decir que el per­verso, ya haga una obra literaria o esté en análisis, sostiene o pretende sostener ante nosotros un discurso sobre el amor, y sobre ninguna otra cosa.

Para ser más preciso, y para interpretar al mismo tiempo la intención de su discurso, digamos pues que, cuando un perverso nos habla de su amor, no podemos contentarnos con comprender lo que nos dice como una simple descrip­ción del estado pasional que experimenta: si habla de amor, lo que nos dice al respecto se sitúa evidentemente en rela­ción con lo que puede saber de la complacencia de cada uno para absolver los estados amorosos y para justificar to­dos los abusos en nombre del culto de Eros. Seguramente esto no es propio del perverso, y todo analizado que invoca el amor introduce alguna oscuridad: bien sabemos que en determinado momento se nos oculta una falla; pero en el perverso hay que agregar esa nota de desafío que parece provocarnos para decirle que, si quiere curarse, tendrá que derrotar tanto a su amor como a su perversión, su homose­xualidad, por ejemplo[3]. Antes que de pasión, hablaré pues de "alegato amoroso" para designar ese sentimiento que le sirve al perverso para plantarse ante nosotros, invocando, para justificar su práctica perversa, un sentimiento del que nos inclinamos a decir que constituye uno de los criterios más sólidos de un desarrollo afectivo armonioso, ya en nom­bre de los prejuicios más corrientemente aceptados, ya en nombre de una teoría psicoanalítica que se ve obligada a hablar de catectización, de relación de objeto, pero que ciertamente no ha dicho su última palabra sobre el papel desempeñado aquí por la presencia o la ausencia del pene real. Podemos introducir así una pregunta: al alegar el amor, ¿el perverso no es ante todo aquel que nos atrapa en nues­tras trampas, les da vuelta y las utiliza para su propio bene­ficio, asegurándose así de antemano la inanidad[4] de nuestras eventuales intervenciones? Aquí, el amor del que se nos habla es entonces, sobre todo, uno de los elementos del desafío que se nos lanza. Desde este momento vemos los límites de semejante posición, puesto que el perverso la sostiene en nombre de los valores que se supone nosotros respetamos, revelando así su preocupación por referirse a un discurso universal.

Todavía más que para denunciar ese desafío, es impor­tante hablar de alegato amoroso para designar el sentimien­to por el cual ciertos sujetos consiguen desconocerse comple­tamente a sí mismos en su perversión. Así sucede con todos aquellos que pretenden no hacer más que sufrir las prácti­cas perversas de sus compañeros, y esto en virtud de un sentimiento que llaman deber, o piedad, pero mucho más generalmente "amor", y que pretende justificar todas las debi­lidades, incluso todos los liberalismos[5]. De este .modo no tene­mos, bajo el pretexto del amor invocado, que eximirnos- de interrogarnos sobre la esposa del fetichista, sobre el marido de una cleptómana o de una ninfómana[6], o aun sobre la mu­jer de mediana edad que asegura su protección a pederastas demasiado lindos.

Podemos librarnos demasiado fácilmente de esta dificultad por medio de la noción de complacencia mórbida en aquel que pretende sufrir la perversión del otro sólo en razón del amor profesado. Diremos, muy por el con­trario, que la compañera del fetichista, finalmente, está aun más en juego que el fetichista, pues resulta claro que la relación del fetichista con su fetiche sólo se sostiene en el poder que el susodicho fetiche tiene de fascinar al otro. Este es uno de los elementos más importantes de la estructura perversa, y ya que es a través de él como entendemos el papel del otro en esa estructura, sobre él volveremos.[7]

Así, uno de los miembros de la pareja puede invocar el amor para sostener la legitimidad de su perversión, para jus­tificarla como compatible con los valores más respetados; también puede permitir que el otro viva su perversión des­conociéndose a sí mismo como perverso. El alegato amoroso constituye así el vínculo ambiguo, el tema común en el que los dos compañeros se encuentran. La ambigüedad de este vínculo es tal que desistiríamos de interesarnos por él, a tal punto se confunde con un simple malentendido, si su persis­tencia en el tiempo, su resistencia a los contratiempos no estuviese allí para mostrar, una vez más, que un buen malen­tendido tiene todas las posibilidades de durar mucho tiem­po[8], ¡y no sólo en análisis! Ahora bien, esta observación e incluso esta comparación con el análisis- nos permite se­ñalar ahora que ese supuesto vínculo amoroso hace las veces de "contrato", en el sentido de que es un contrato el que unía a Sacher Masoch[9] con sus personajes (contrato muy preciso, parecido a una escritura, pero que define los límites como el abuso autorizado de la perversión), también en el sentido de que es un contrato el que vinculaba, por ejemplo, a Gide con su mujer, condenada ella, por el artificio de un vínculo conyugal irrisorio, a ser testigo y cómplice de las prácticas que sólo podía padecer y condenar. Ninguna nece­sidad hay aquí de recordar innumerables hechos entre los cuales es fácil reconocer un evidente parentesco.

La eventual ruptura de tales contratos tiene un sentido y un alcance muy distintos del fracaso del amor entre sujetos normales o neuróticos. El hecho de que sean secretos, que sólo los interesados conozcan tanto sus términos como su práctica, no significa en absoluto que el tercero esté ausente de ellos. Por el contrario: es esa ausencia misma del tercero, es su distancia la que constituirá la pieza mayor de ese ex­traño contrato. Ese tercero que está necesariamente presente para firmar o más bien para refrendar la autenticidad de un lazo amoroso normal, deberá estar aquí excluido, más exac­tamente presente pero en una posición tal que esté necesa­riamente ciego, que sea impotente o cómplice. De allí que la ruptura eventual de un lazo perverso es muy distinta de la ruptura del lazo amoroso. Ya que aquí se habla de sufri­miento, de infidelidad de un compañero, del desgaste del tiempo, y el tercero no tiene otro papel que el de registrar el fracaso. Pero allí, para el perverso, en la medida en que sólo el "secreto" frente a los terceros constituye el funda­mento mismo del contrato, no serán ni la infidelidad, ni el sufrimiento o la indiferencia de uno de los miembros de la pareja, ni el desgaste del tiempo los que desencadenarán la ruptura. Será la denuncia del secreto, será poner al tanto a los terceros, será el escándalo el que constituirá la ruptura.
Así, la pareja perversa soportará fácilmente sufrimientos, mezquindades, infidelidades. Bastará que se conserve una cierta clase de secreto. Pero, por el contrario, veremos que tal pareja se deshace porque uno de los dos hace una alu­sión pública a sus prácticas; o incluso: tal profesor o sacer­dote se trastornará, se indignará sinceramente porque su protegido habrá revelado las caricias a las que se entrega. Finalmente, también, el tercero se escandalizará ante semejantes revelaciones: como Krafft Ebing, indignado porque la mujer de Sacher Masoch ha revelado el contrato secreto. Frente a toda denuncia de "ballets rosas", es casi imposible evitar sentir cierto desprecio hacia el denunciante. Nunca se sobrevalorará lo suficiente la importancia de semejante contrato de secreto, sin el cual sería imposible entender cómo llegan a perpetuarse tanto tiempo las prácticas perversas más extremas, que dejan al ocasional espectador fascinado, y fi­nalmente cómplice, por no ser el que las denuncia..

Lazo perverso, alegato amoroso, contrato secreto, estas nociones nos permiten, pues, enfocar lo que funde a los dos miembros de la pareja. Es necesario notar, además, algo que se observa habitualmente pero que disimula el hecho de que la perversión se presta particularmente a inversiones que constituyen parejas en sí mismas. Pues se advierte natural­mente que la homosexualidad une lo mismo con lo mismo, que las partidas triangulares se juegan indiferentemente, por lo general, con terceros de uno y otro sexo, que el sadismo se vuelve masoquismo, el exhibicionismo voyerismo, etcéte­ra. Esto es seguro, pero una posible inversión no significa simetría.[10] Y conviene más bien notar hasta qué punto son distintos, uno del otro, los miembros de las parejas perversas, precisamente de las parejas más sólidas. La disparidad de la pareja, así dicho, siempre es notable. Y no puedo dejar de recordar aquí que Lacan, en su seminario sobre la "dispa­ridad subjetiva", se había referido continuamente a las pare­jas homosexuales del Banquete.

Vemos así al atleta unido al alfeñique, al intelectual refi­nado con el bruto inculto, a la mujer tosca vinculada con el ángel de la feminidad, al alcohólico inmoral en pareja con una santa, al viejo vicioso y seductor con el púber inocente, al personaje social respetable con el crápula. No terminaría­mos de enumerar la infinita variedad de esas extrañas pare­jas que parecen desafiar al tercero, al menos virtual, que las observaría, a tal punto son perturbadoras su cojera, e incluso su ridiculez. Sin embargo, la significación de semejantes unio­nes va mucho más allá de esta exhibición, escandalosa para el burgués, y la coartada amorosa no impide que veamos que algo esencial de la estructura perversa se sostiene en esas disimetrías donde sólo la ambigüedad más radical le permite al perverso continuar un juego de cuerda floja, que siempre deja adivinar la proximidad del desmoronamiento dramático.

Semejantes disparidades no se dejan reducir a los balanceos de nuestras categorías. Al masoquista no le interesaría tanto ver a su verdugo en acción, si éste no encarnara algún modelo de fuerza o de virilidad. Y, del mismo modo, los personajes del divino Marqués no se interesan tanto por Thérése en tanto masoquista. Ya que Thérése es, ante todo, "Justin", es decir "los infortunios de la virtud". ¿Qué sería esa víctima señalada si no encarnara un valor, uno de esos "valores que todo un siglo veneraba? Vemos que es a tra­vés de ella, a través de esa víctima, como el acto perverso cobra no sólo su sentido, sino su inserción en el discurso contemporáneo, del mismo modo que acabamos de ver que el amor constituía mucho más que una coartada, una refe­rencia moral. El reciente proceso de una pareja escocesa de asesinos sádicos despertó los fantasmas de machos de nuestros perversos en análisis[11]. Por diversos que sean los hechos que naturalmente los atraen, sus comentarios son preciosos. Pues todos nos dicen, en todo caso, que la excitación erótica por medio de la contemplación del sufrimiento del otro sólo se sostiene en una certidumbre: la de que el otro es inocente. Además, mucho más que los gritos de sufrimiento de la víc­tima, lo que le importa al sádico son las protestas de ino­cencia y las imploraciones de perdón. Todos los relatos de Sade insisten en hechos de este orden, y no podemos menos que destacar aquí su importancia, puesto que ellos nos prue­ban que la elección del otro, para el perverso, no es con seguridad indiferente.

El otro, o más exactamente, aquello en lo que el otro está comprometido, las insignias de las que es portador, las virtu­des de las que es el paladín. El cruce de dos rutas, digamos mejor de dos planos profundamente diferentes, la fascinación por un mismo punto común de encuentro -cuando el obje­tivo de uno no coincide en modo alguno con el del otro- el malentendido, el equívoco inseparable del acto mismo, es lo que el perverso siempre parece no sufrir, sino buscar. Que uno de los miembros de la pareja, preservándose en nombre de ciertos valores, precipite tanto mejor su entrada en el juego del otro, luego su participación, y finalmente su complicidad, éste es el sostén más seguro del erotismo per­verso. El erotismo, es decir el deseo, es decir también la an­gustia; ya que cada uno de los miembros de la pareja se preocupa por desconocer lo suficiente el campo del deseo del otro para que el juego erótico se lleve a cabo en la ignoran­cia, al menos simulada, del objetivo del compañero, para que la angustia y el goce surjan como el desenlace común de un deseo desconocido.

Reconocemos, pues, una de las singularidades de la pareja perversa en un cierto modo deliberado de ignorar el objetivo del otro. Ya que, en definitiva, para que la pareja funcione, bastará saber de qué significantes el otro es prisionero, bas­tará conocer lo suficiente aquello de lo que no puede des­prenderse, lo que se presta a la manipulación para llevarlo a las cimas de la angustia y del goce. Con estos datos de base, hay elementos suficientes para que pueda ponerse en marcha la mecánica delicada y fascinante que constituye a los dos miembros como juguetes consentidores, pero inca­paces de ser otra cosa que consentidores. Así, el goce pro­vendrá sobre todo del hecho de que todo se desarrolla según la única ley de una mecánica implacable a la que se ve reducida la disparidad de los miembros de la pareja[12]. Esto permite entender por qué, por lo demás, es no sólo posible, es indispensable que el otro conserve su autonomía, incluso su faceta desconocida. Las parejas perversas no dejan de jac­tarse de ser, después de años, tan emotivas, tan atentas al otro como si se encontraran por primera vez. Hay que decir que hacen lo necesario para renovar, día tras día, la ilusión. Y, como la prueba del amor que se profesan, ofrecen de bue­na gana el respeto que tienen de la intimidad, del secreto, de la libertad del otro. Observar cómo pueden conciliarse así una delicadeza extrema y la falta de respeto total hacia el otro que implica la práctica perversa, nunca será, para el observador estupefacto, uno de los motivos menores de sor­presa.

Estos son algunos hechos clínicos que me parece necesa­rio apuntar antes de ir más lejos en el problema de la "pare­ja perversa" que hoy se plantea. Es más que evidente que no podríamos pretender hacer un estudio completo de este problema, tanto por la extrema diversidad de los hechos a reunir como, en consecuencia, por la complejidad de su in­terpretación. Estas anotaciones, pues, sólo tienen el propósi­to de llamar la atención sobre ciertas particularidades que, sin desdeñar la importancia privilegiada que conviene darle al hecho del acto perverso, permiten discernir un cierto es­tilo, un cierto moda de relación con el otro que desborda ciertamente el marco tradicional, relativamente estrecho, de la perversión. A decir verdad, es en la relación con el otro, o mejor gracias a esa palanca que es la relación con el otro, como debemos tratar de darle a la estructura perversa los elementos que nos permitirán desembarazarnos de lo que, en el nivel de la clínica, sigue siempre marcado por el sello de la contingencia. Ya que la práctica perversa, el acto per­verso, al soldar los elementos de la pareja, al constituir la pieza mayor de su contrato, es siempre algo que hace las veces de "hallazgo", en el sentido en que diremos: hallazgo ingenioso, o hallazgo poético. Si los gestos, el ceremonial perverso dependen estrechamente de la coyuntura cultural, incluso de la simple moda, los actores no dejan de ser cons­cientes de su participación en una suerte de "misa negra" que sin duda no podría tener valor si no fuera también una misa, pero cuya sal responde sobre todo al hecho de que el desafío del que es portadora sólo tiene nombre y rostro para los pocos iniciados que hayan sabido encontrar el lugar y el modo de su ceremonia. Así, el ceremonial perverso está siem­pre profundamente marcado por ese sello del secreto, de un secreto cuya misma fragilidad (volveremos sobre esto) es la garantía por completo ilusoria de que es de ese lado donde se encuentra lo "no sabido".

Puesto que nos proponemos, más allá de los hechos clíni­cos, ir más lejos en la interpretación psicoanalítica de la pa­reja perversa y de la estructura perversa, no eludiremos la referencia al problema de la renegación, exactamente en ese momento en que Freud lo sitúa en su artículo sobre el feti­chismo. No recordaré las cuestiones planteadas a este res­pecto, especialmente en tanto conducen a Freud a utilizar las nociones de "clivaje del yo" y de "coexistencia de creencias contradictorias", nociones finalmente bastante oscuras, pero cuyo sentido aparece mejor gracias al desarrollo que da de ellas la teoría lacaniana, gracias a las nociones de "di­visión subjetiva", y de no-coincidencia entre "Saber" y "Ver­dad". Tampoco retomaré los elementos que Rosolato trajo aquí mismo, y que fueron sometidos a nuestra discusión.

Lo que me gustaría despejar hoy, el acento que quisiera poner, no atañe al objeto del descubrimiento del varón, es decir la ausencia de pene en la madre, sino a la posición subjetiva del niño. Ya que si es cierto que el descubrimiento de esta ausencia de pene (en la madre) se hace sobre un fondo de presencia del pene (en él) , si es cierto que seme­jante descubrimiento es portador del tema de la castración, en tanto muestra que lo que está puede no estar, tenemos que recordar también que Freud siempre designó como el verdadero nudo del complejo de castración a la adquisición del saber sobre esa ausencia, adquisición de la que nos dice que sólo se hace al precio de grandes luchas interiores. Por lo tanto, además de la amenaza (amenaza de ser castrado) de la que este descubrimiento es virtualmente portador (es posible quedar desposeído de pene), hay otra cosa que obe­dece a un descubrimiento sobre el Saber mismo: es decir que el Saber es engañoso; es decir que el niño descubre que su posición subjetiva anterior descansaba particularmente, en un Saber erróneo (todos los seres -entre ellos su ma­dre- están provistos de pene). Para decirlo mejor, el niño debe reconocer en ese momento que evolucionaba en un universo de certidumbres en el que no había lugar para el carácter problemático de la existencia del pene. Así, ade­más de su descubrimiento, el niño tiene que aprender que conviene dejar un lugar para un "No-Saber" cuya importan­cia es, sin embargo, primordial, puesto que recubre el campo de sus caracterizaciones libidinales.

Ahora bien: en ese momento del descubrimiento, esta pre­gunta también puede plantearse en estos términos, ¿qué ocu­rre con el niño, es espectador? ¿O bien voyeur? ¿Explorador o gozador? Esta es una pregunta que aflora por todas partes en la perversión, es la misma que plantea el exhibicionista res­pecto de aquel o aquella que lo ve exhibiéndose. Interroga­ción, pues, sobre la mirada (aquí, la mirada del Otro). Po­demos plantear esta pregunta con la mayor precisión, en relación con la teoría psicoanalítica, en los mismos términos que utiliza Freud en su artículo sobre “Las pulsiones y sus destinos”, cuando nos habla de la separación que conviene operar entre, por un lado, las excitaciones exteriores, exóge­nas, de las que podemos librarnos por medio de un acto apropiado como la huida, y, por otro lado, las pulsiones que, a su vez, son endógenas. Distinción que conviene matizar, por supuesto, puesto que la pulsión, o mejor, el circuito pulsional, incluye necesariamente a su objeto que, por su parte, es generalmente exterior. Por lo tanto, interpretaremos de un modo distinto el descubrimiento hecho por el varón si consideramos que es en cierta forma fortuito, un dato del mundo exterior, de la "realidad", como se dice, realidad que se le impone al niño a pesar de él, o si, por el contrario, consideramos que esa realidad sólo es descubierta porque el niño estaba movido por un deseo de ver, por una pulsión escoptofílica. Es evidente que nuestra interpretación de ese momento del descubrimiento depende de lo que digamos sobre esa pulsión. Lo que nos recuerda que no podríamos obtener de la realidad un concepto psicoanalítico conve­niente si no se refiere a la realidad pulsional, es decir, fi­nalmente, a la economía libidinal, en tanto está bajo la de­pendencia del principio del placer.

Freud casi no toma una posición sobre la cuestión de la pulsión en el artículo sobre el fetichismo. Podemos incluso decir que, aislando un momento del descubrimiento, el texto de Freud puede dar a entender que se trata de algún modo de un descubrimiento fortuito, accidental[13]. Sin embargo, ningún texto de Freud parece tender a acreditar la noción de que la evolución libidinal habría sido pervertida porque el niño habría sido sorprendido en un descubrimiento traumático[14].

Los intérpretes de Freud nunca siguieron esa dirección, y cuesta ver, por otro lado, dónde podría desembocar seme­jante explicación, aunque no parece realmente posible en­tender el acontecimiento si no es en función de la pulsión escoptofílica que animaba en ese momento al varón.

Por lo tanto, aislando un momento que podemos consi­derar como mítico del descubrimiento, Freud separa un antes y un después. Y si es absolutamente inútil decidir arbitraria­mente si el niño deseaba efectivamente ver y saber, o bien si el descubrimiento sólo es retrospectivamente interpretado como el desenlace de dicho deseo de ver, es importante, en cambio, advertir ese otro hecho cuyo alcance señalé ya más arriba: el niño también debe descubrir que antes era igno­rante en lo que respecta a la diferencia de los sexos, y este descubrimiento es rico en enseñanzas acerca de lo que es la fragilidad de una posición subjetiva, puesto que no se trata sólo de tener que conocer una particularidad anatómica sin­gular pero contingente, sino también de tener que integrar el hecho de que sólo la falta puede ser causa del deseo[15]. Ahora bien, es éste el punto al que se refiere la renegación del perverso: la causa del deseo no es una falta, sino una pre­sencia (el fetiche).

El descubrimiento de la diferencia de los sexos es, pues, ante todo, para el varón, la ocasión de una reinterpretación que atañe a la causa del deseo, y es en definitiva esta reinterpretación que atañe a la causa del deseo, y es en defini­tiva esta reinterpretación lo que el perverso deja escapar. Hay que agregar todavía esto, que esta reinterpretación tie­ne un efecto retroactivo: porque ¿cómo habría podido des­cubrir, el niño qué pulsión escoptofílica habría podido animarlo, si no la hubiera provocado una falta de saber? Por lo tanto, el descubrimiento del niño, en lo que respecta a la ausencia de pene, lo lleva normalmente, a través del com­plejo de castración, a reconocer la "falta" como causa de su deseo sexual, pero también a reconocer su "falta de Saber" como causa de la pulsión escoptofílica que lo llevó a des­cubrir. De este modo, el deseo de ver y de saber no es estructuralmente distinto del deseo sexual.

La renegación del perverso recae sobre la falta como cau­sa del deseo, y, por consiguiente, recae igualmente sobre la falta de saber como causa de la pulsión escoptofílica. Aquí se sitúa la incidencia de la interpretación retroactiva consecutiva descubrimiento de la ausencia de pene en la madre, en tanto el niño debe descubrir que ignoraba algo sobre el objeto de su amor, sobre su madre, algo esencial, algo que lo concernía en tanto ser sexuado, en tanto ser de deseo. Mejor aun: el niño debe aprender además que, en lo que hace al objeto de su deseo, en lo que hace a su madre, otro -para compartir el mismo deseo- sabía más que él, sabía pues acerca de ese deseo lo que él ignoraba. El papel desempeñado aquí por el padre, el papel de su precedencia, de su anterioridad en el saber, es lo que ya había señalado tras la exposición de Rosolato para dar el sentido de la confesión: confesión, pues, de la anterioridad del padre (confesión porque éste conoce su deseo en el momento en que él mismo no lo sabe). Es aquí, alrededor de este saber sobre el sexo y el deseo, donde el Sujeto descubre su lugar en la cadena significante, lugar en el que se encuentra clavado, marcado por un deseo del que el Otro, el Padre, posee la clave, mientras que él ya tiene su lugar identificado, puesto que su deseo está para él alie­nado, puesto que su objeto le es inconsciente.

¿Sobre qué recae, pues, la renegación del perverso? En términos de relación con el Saber, esto significa que el niño no se reconoce como aquel que no sabía y deseaba saber. En términos de relación con el padre, significa que el niño no se somete a esa soberanía conferida al padre por su precedencia en el saber, en la cadena significante. Esto lo lleva a ponerse en la posición de quien a partir de allí nunca estará desprovisto en lo que hace al Saber, y muy particu­larmente al Saber sobre el amor y el erotismo. Encontramos aquí uno de los temas que evocaba al principio de esta expo­sición, y que se refiere a esa apuesta sostenida por el perverso, donde nos es fácil reconocer el desafío que sostiene ante nuestra posición de analista, la posición del "Sujeto que se supone que sabe", para retomar los términos de Lacan. Ese Sabor del perverso es también un saber constituido que se niega a reconocer su inserción subjetiva en un "no-sabido" que lo precede: es un saber que se presenta como verdad, es la "gnosis" sobre la que Rosolato atrajo nuestra atención. Es, por fin, una suerte de saber rígido, implacable, incapaz de ser revisado frente al desmentido de los hechos, ese sa­ber sobre las cosas del erotismo que se siente seguro de obtener, de todos modos, el goce del otro.

Pero no volveré sobre estos hechos que no son esenciales para la continuación de mi actual propósito. Salvo sobre un punto que es esencial: ¿qué puede ocurrir con un Saber que no deja lugar para el campo de la ilusión? Se sabe que ese campo de la ilusión es necesario para la constitución de ese registro simbólico en el que Lacan nos señaló el lugar inaugural que ocupa el objeto a, el primer término de la única álgebra en la que el Sujeto pueda reconocerse, puesto que en ella descubre la única posición subjetiva donde pue­de localizarse e identificarse: la del Sujeto deseante. ¿Dónde está ese objeto a que, revelándose como engañoso, evanes­cente, ilusorio, sustitutivo, confirma al Sujeto como Ser de deseo? Se sabe que es del lado de la madre donde el niño buscó el objeto; y la falta que encontró, que descubrió, sólo pudo conducirlo a ese deseo del que la falta es portadora, haciendo surgir al mismo tiempo la facticidad del objeto faltante y su valor fundamental para el acceso a la verdad. El objeto del deseo quedará marcado para siempre por ese signo de lo ilusorio, y cuando hablemos del amor en el nor­mal y en el neurótico, nunca dejaremos de observar que la relación amorosa se funda en una primera experiencia de la ilusión, es decir que. todo objeto elegido será siempre susti­tutivo, es decir que sólo gracias a una opción (especialmente de una catectización) tal objeto elegido ocupará el lugar dejado por la falta, lugar que sólo cobra su alcance signifi­cara el deseo por haber sido dejado vacío, por haberse demostrado ilusorio.

Se ve que la teoría sobre la renegación no permite considerar que el perverso pueda elegir, catectizar un objeto pri­vilegiado cuya función sería ocupar ese lugar eminente y frágil del que el objeto a da su contorno. Si el perverso sostiene en su renegación que no descubrió nada acerca de la sexualidad y acerca de su madre, esto significa ante todo que no hubo para él ninguna diferencia entre un antes y un después, que no hubo ninguna ilusión y ninguna desilu­sión, que nada puede permitirle pensar que amó lo que no conocía, y que pudo desear conocer lo que amaba, es decir: conocer y perder en un mismo movimiento aquello que le era más preciado.

El peligro que bordea el perverso, no puedo dejar de repetirlo aquí, es la psicosis[16], y se ve pues que es en el nivel de la ausencia de arraigo subjetivo del "no-saber", del deseo de saber, donde surge la dificultad, puesto que es un saber absoluto, fuera del tiempo, fuera de la dimensión de la ilu­sión, que amenaza ocupar todo el lugar. El perverso no deja que se implante semejante saber, el de la psicosis, y lo que especifica la originalidad de su posición es que logra reme­diar ese peligro reconstituyendo en otro lugar el campo de la ilusión. Ese otro lugar es el fetiche. También son, por supuesto, las mascaradas a las que los perversos son tan afi­cionados, son los travestis, incluso los travestismos, tan cercanos a la psicosis[17]; son, finalmente,- todos los juegos, todas las artes donde se tratara a la vez de crear la ilusión y, si me atrevo a decir, de fetichizarla, para señalar con ello que el perverso busca no sólo crear ese campo de la ilusión, sino también limitar su alcance de modo que no llegue a cumplir la función que adquiere en el normal, la de ser la vía de acceso a esa verdad que el Otro descubre necesariamente en su camino. Y esta fetichización está esencialmente marca­da por el hecho de que la actividad, el saber, los intereses del perverso deberán, ante todo, no servir rigurosamente para nada, no llevar a ningún lado, en tanto todo se valo­riza por estar marcado con el sello de lo inútil.

Para que el campo de la ilusión surja, no basta evidente­mente con decidir establecerlo. De acuerdo con semejante objetivo, la ilusión debe sostenerse, lo que no está exento de dificultades. Enfrentándose con estas dificultades, el per­verso demuestra su talento propio, y la necesidad que lo constriñe a moverse en lo inútil lo obliga a brillar con un resplandor particularmente vivo a los ojos de aquellos que lo observan y a los que debe deslumbrar. Porque hay otra dificultad que tenemos que retomar ahora. Hay que volver, en efecto, a la interpretación de la escena en que el niño descubre la ausencia de pene en su madre, puesto que que­da por esclarecer un elemento muy importante en el que P. Aulagnier justamente insistió: ¿con qué ojos ve la madre a su hijo que la mira? Es aquí donde volvemos a encontrar la cuestión, momentáneamente soslayada, de la pulsión es­coptofílica, la cuestión siempre planteada de la mirada. ¿La madre puede creer que su hijo la miró con ojos inocentes?... Cuestión que podríamos prolongar, por otra parte, con otra cuestión, referida, a su vez, a la mirada de la madre, puesto que todos a menudo nos hemos enterado, por las confiden­cias de nuestros pacientes, de esa evidente complacencia con que las madres están atentas a detectar el efecto producido sobre sus hijos por algunas exhibiciones discretas[18].

Pero aquí no hay respuesta, hay sólo una pregunta, en tanto la mirada, el ojo, conservan su misterio. Y es así como el ojo ocupará para el perverso ese lugar problemático que el neurótico y el normal reservan para, el falo y para el objeto amado. Ese ojo que no consintió en reconocerse como engañado se descubre y se deja descubrir como engañoso. ¿Está allí para ver, para mirar, para gozar, o también para seducir? El perverso jugará con sus sortilegios siempre en ese lugar. Es del lado de este "ver" que se presenta aquí fácilmente como verdad, donde tendrá que reconstituir lo ilusorio.

Volviendo más directamente a nuestro tema, vamos a pre­guntarnos qué ocurre con el Otro en este asunto, es decir con el compañero del juego perverso. Resulta claro que el Otro [sic] será el compañero, es decir, ante todo, el cómplice del acto perverso, en la medida en que sea portador de una mirada. Aquí nos enfrentamos con lo que distingue radical­mente la práctica perversa en la que la mirada del Otro es indispensable porque es necesaria para esa complicidad sin la cual no existiría el campo de la ilusión, y el fantasma perverso que no sólo se aviene muy bien a la ausencia de la mirada del otro, sino que reclama, para acabar, satisfa­cerse en la soledad del acto masturbatorio. Si el acto per­verso se distingue inequívocamente del fantasma actuado, es, pues, en esta línea en la que se inscribe la mirada del Otro donde detectamos la frontera, mirada cuya complicidad es necesaria para el perverso, mientras que es denunciadora para el normal y el neurótico[19].

Así se entiende la importancia que puede tener la mirada de la madre. Seguramente porque ella es el espectador del joven perverso en el momento histórico, decisivo del des­cubrimiento[20]. En esta condición esa mirada participa de la creación del campo de la ilusión. Pero será necesario que luego siga dejándose seducir por el encanto de los fetiches, por los dones del niño. No es necesario evocar a esas ma­dres fascinadas por los talentos de sus niños, que los dejan instalarse en una homosexualidad de la que son literalmente cómplices. A su vez, ellas fingen no mirar lo que sucede del lado de la sexualidad de sus hijos, quedándose en esa curiosa posición en la que pueden adivinarlo todo sin sa­berlo realmente, en una reproducción invertida de la escena de la que habla Freud. Se sabe que si la madre está ausente de ese papel, el perverso no dejará de encontrar alguna otra dama de cierta edad que le prestará la misma complicidad, y el mismo sostén. A cuántas mujeres les gusta la compañía de esos hombres que se ocupan tan bien de su feminidad, sin por ello hacerles sentir que son poseedores de un pene del que ellas están desprovistas. Aquí la complicidad es evi­dente, y se designa como lo que es, rechazo de una mirada de deseo, negativa a tener en cuenta una disparidad que se arraigaría en una realidad anatómica.

Pero si la mirada de la madre tiene tanta importancia pa­ra el perverso, es porque esa mirada es también la que supo ver otra cosa que la ilusión que su hijo le propone, es porque es también la que tiene una referencia del lado del padre, la que por lo tanto no está totalmente perdida, aqué­lla a través de la cual se encuentra una relación con la ley, aquélla a la que es interesante seducir porque está lo sufi­cientemente amarrada al cimiento familiar y social como pa­ra que el desafío de apartarla de él, de pervertirla... conserve todo su valor. Y esto se prolonga en el interés que los perversos siempre les asignan a los personajes fuerte­mente instalados en el orden social, e incluso que lo sos­tienen, lo que se manifiesta por ejemplo en ese proyecto del que los homosexuales hablan tan naturalmente entre ellos, bromeando: Llegar a seducir... al policía o al cura[21].

Sin llegar a estos extremos, digamos sin embargo que lo más importante para el perverso es que el Otro esté lo sufi­cientemente comprometido, inscripto en puntos de referencia conocidos, especialmente de respetabilidad, para que cada nueva experiencia haga el papel de desenfreno, es decir para que el Otro se vea extraído de su sistema, y para que acceda a un goce del que el perverso se jacta, de todos modos, de poseer el control. Siempre hay, en todo acto perverso, algo que se emparenta con la violación, en la medida en que im­plica que el otro se vea arrastrado como a pesar de sí mismo a una experiencia que se inscribe en falso respecto de todo un contexto.[22]

Aquí hay que precisar, pues, para evitar toda confusión, que la des-subjetivación cuyo papel esencial en la práctica perversa ya señalamos, no significa ausencia de subjetividad, anonimato de un compañero que sería indistintamente re­emplazable por otro compañero, sino pérdida, abandono de la subjetividad, lo que implica que al principio existía y que­daba por borrar, lo que quiere decir ante todo que debe constituir el telón de fondo sobre el cual tendrá que afir­marse el dominio del fetiche, del látigo o de la técnica erótica[23].

Por cierto conviene agregar que poco importa, en última instancia, que el compañero del perverso sea o no efectiva­mente un "personaje" al que se corrompe en su dignidad, en su pureza o en su poder. En definitiva, si es posible que el personaje respetable se deje arrastrar a prácticas perver­sas, es igualmente posible que el compañero perverso inter­prete los personajes respetables. Lo esencial de la ilusión consiste en mantener la suficiente verosimilitud para que re­sulte cautivante y angustiante, y la suficiente inverosimilitud y fantasía para que todo pueda ser interpretado, en el mo­mento oportuno, como un simple juego ante el cual no es posible ofenderse sin caer en el ridículo.

De este modo vemos que la pareja perversa será llevada a reconstituir en alguna parte el lugar en el que la Ley está representada. Y si la presencia de ésta es necesaria para asegurar la incidencia del desafío, también hay que observar que este proceder tiene aquí la función de restituir ese re­gistro de la ilusión que, en la problemática propia de la renegación, había sido eliminado, para que no aparezca el carácter engañoso (y fundante porque engañoso) del deseo hacia la madre.

Este juego de cuerda floja que el perverso debe sostener no carece de dificultades, y puede llevarlo hasta el consul­torio del analista. ¿Qué viene a hacer aquí, y qué pareja intenta formar con nosotros? En 1964 traté de dar una pri­mera aproximación al problema, y en ese entonces puse el acento sobre el hecho de que los datos mismos de la consti­tución de la transferencia se veían falseados, incluso eludi­dos, porque la demanda del perverso no puede por cierto superponerse a la del neurótico: no es una demanda de saber, demanda de ese saber susceptible de curar al que aspira el neurótico[24].Creo que es inútil volver sobre este punto des­pués de lo que acabamos de decir sobre la imposibilidad en la que se encuentra el. perverso de ocupar la posición de "aquel que no sabe", frente a "un sujeto que se supone que sabe", posición, que es la misma de la "confesión", es decir posición en la que uno se reconoce como el "confesado" de aquel que sabe sobre todo el objeto de su propio deseo lo que uno mismo no puede saber.

A falta de esta posición de la que podemos decir que es fundamental para la transferencia, ¿cuál puede ser nuestro rol? ¿Qué se nos demanda cuando un perverso nos formula una demanda de análisis? Creo que la mejor aproximación a ese rol que podría dar es la relación de ese fragmento de observación que me fue referido y que presenta la ventaja de mantener estrechas afinidades con la teoría.

Se trata de un joven de prácticas homosexuales y fetichis­tas. Este chico tiene, además, una particular inclinación a los espectáculos de strip-tease. Ahora bien, después de uno de esos espectáculos (nunca después de las otras prácticas perversas), siente con una intensidad insoportable que una mirada se posa sobre él, y que probablemente estén persiguiéndolo, acechándolo. Esta impresión muy penosa persiste y sólo desaparece en el momento en que se confiesa. Orga­nización bastante curiosa que prosiguió hasta el día en que un sacerdote se conmovió ligeramente por el papel que se le hacía jugar.

Es inútil destacar el interés que puede tener para nosotros la historia de esa mirada que pesa sobre este perverso desde el momento en que se pone en posición de voyeur. Vemos cómo, suspendida de esa mirada desconocida, hay una an­gustia que en todo momento amenaza ceder su lugar a un delirio de vigilancia o a cualquier otra evolución psicótica. Es sorprendente encontrar aquí, reproducida del natural, la función correspondiente a aquel cuyo oficio es absolver. Porque poco importa quién va a dar la bendición, pero es preciso que el uniforme, la sotana, esté en juego, y que esa misma acción lo vuelva cómplice del acto que debe ser tabú, dándole, por medio de un gesto ritual, pero seguramente desprovisto de sentido para el interesado, la seguri­dad de que alguien cuya relación con la Ley está afirmada, supo mirar su voyerismo con una mirada ciega, porque, fascinada y secretamente cómplice.

Mercader de ilusiones: he aquí el papel al que se me con­fina, decía melancólicamente ese sacerdote, por fortuna lo suficientemente reservado como para percibir que no había ninguna urgencia y sin duda algún peligro en denunciar el papel que le había sido demandado.

Mercader de ilusiones o más bien mercader de orvietano, decía de mí una paciente, encontrando así la linda palabra orvietano[25] que fue sustituida por nuestro [término] moderno placebo. Pero sólo me decía esto, como vieja experiencia del análisis que era, porque me sabía un mal mercader, demasiado poco generoso. Poder reconocer su verdadera demanda constituía, sin embargo, un progreso para esa masoquista que, después de no haber logrado hacerse ahorcar en muchas ocasiones, era víctima de angustias oníricas en las que afloraba la alu­cinación de tema persecutorio. Reconocerse como compra­dora de orvietano era un hecho nuevo para esta alcohólica, y sin embargo habría podido sospechar que buscaba algún orvietano en el alcohol. Hubiera sido una torpeza de mi parte ofenderme por sus palabras, viendo en ellas la expre­sión de su cansancio ante la duración de su análisis, porque -ella no tardaría en explicarme que ese orvietano era portador de toda clase de "ahora-bienes" (ors) pero también deluciones (orvets)[26], de todo el viejo oro (or), de todo el viejo tiempo. En suma, que era portador de una mina de significantes[27], lo que sin ninguna duda era lo único verdadera­mente importante para esa mujer que hace del arte de escribir una actividad privilegiada y en la que sobresale.

No soy el primer analista que observa que la demanda que nos hace un perverso es particularmente extraña, ambigua. El desafío que supone no puede dejar de aparecer, y las apariencias corteses que fingen los perversos no enga­ñan mucho tiempo. El analista se interroga sobre la forma que adopta el desafío así lanzado. ¿El perverso viene a bus­car en nosotros una protección contra las eventuales difi­cultades médico-legales, tratando de reducirnos al papel cóm­plice del protector? ¿O bien busca dar pruebas de buena voluntad ante los ojos de los terceros? ¿Viene a buscar en su análisis imágenes escabrosas aptas para mejorar lo común de sus prácticas perversas? ¿O, además, quiere librarse de la molestia de una pequeña perturbación, mientras que, por otra parte, está firmemente decidido a no modificar nada de lo esencial?

Todas estas preguntas que podemos plantearnos, que por lo general nos planteamos antes o en el comienzo de un análisis de perversos, constituyen el principal motivo de la reserva extremada con que los recibimos. Lo que explica -a mi juicio sin, justificarlas- las precauciones previas que a menudo se toman. Por ejemplo, interrogación rigurosa so­bre la sinceridad del deseo de curarse de un homosexual, como para verificar si el análisis será sostenido por una "firme decisión"[28]. O también: dejar sentada la regla de abs­tinencia[29], que a veces puede representar la coartada técnica detrás de la cual se esconde el rechazo de análisis, pero que también puede ser una manera de ignorar la perversión del paciente, localizando al mismo tiempo en un elemento particular (el actuar) .una relación analista-analizado que sólo pide instaurarse bajo una forma sado-masoquista.

En realidad, ya se trate de reglas técnicas del análisis o de cualquier otra consideración, podemos preguntarnos si al de­safío del perverso el analista no responde refugiándose en referencias familiares como la alianza con la parte sana del Yo, el rechazo del acting out, etcétera. Y esto lleva a "mo­ralizar" el análisis, en el sentido en que siempre es po­sible decir que, .según .las buenas costumbres psicoanalíticas, las cosas deben suceder de una manera determinada, final­mente bien codificada.

Sin duda es allí donde se nos provoca, en el lugar mismo en que aparece un interrogante sobre una ética del psico­análisis, o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el deseo del analista. ¿Quién sostendrá un deseo de curar que aquí puede adoptar fácilmente la forma tajante de una supresión de las prácticas perversas?[30] O bien, si convenimos -al menos tá­citamente- en asignar apenas una importancia secundaria a los síntomas y en hacer del análisis un fin en sí, ¿qué de­manda, en el analizado, vendrá a sostener su desarrollo? Podemos imaginar el atolladero en el que caeríamos igual­mente si intentáramos reducir el acto analítico a la pura gra­tuidad de una búsqueda que no se propone ningún objetivo previo. El perverso fácilmente aceptaría, de un modo tácito, semejante proceder. Pues éste reduciría al analista al papel de puro voyeur.[31]

Así resulta que el analista se ve reducido ya a una posi­ción moralizante, ya a una posición perversa, con una gran facilidad para pasar de una a la otra, lo que no debe sor­prender cuando se conocen las analogías estructurales entre ambas posiciones. Es comprensible que los analistas se nie­guen a asumir ese papel imposible, puesto que los toca en el punto en el que, sin duda, el interrogante sobre su praxis y su teoría es el más imposible de eludir. A decir verdad, lo único que podemos esperar del desafío del perverso es que apunte y rodee el lugar mismo de aquello que constituye nuestra Ley y se sostiene en nuestro Deseo.[32] Reencontramos aquí, a propósito de la práctica de la cura psicoanalítica y de la pareja analista-analizado, exactamente la misma pre­gunta que se planteaba a propósito del amor y de la pareja perversa. ¿Vamos a decir que el perverso está incapacitado para el amor y para la vida en pareja, y que también está incapacitado para la transferencia y para la relación analí­tica? ¿Por qué no? Pero debemos contar con la posibilidad de que el guante se dé vuelta: los perversos serán expulsados del paraíso psicoanalítico, pero ellos serán (si no lo son ya) quienes sostendrán sobre el amor, la transferencia, la ley y el deseo, los discursos más escuchados. No creo que podamos dejar de observar aquí, al pasar, el punto de im­pacto en el que el perverso siempre sostiene hábilmente un discurso, en la medida en que éste no aparece como el suyo propio, sino como el que se sostiene en favor del desafío en el que sólo importa la demostración de un virtuosismo sin objeto.

Reducido al papel de puro espectador, de puro oyente de un perverso cuyo discurso no tiene otro propósito que el de afirmar la total gratuidad de su contenido, el analista -no importa qué diga del hecho de que el analizado es quien debe tener un objetivo a perseguir-, el analista se ve reducido a la impotencia[33]. Ya se trate de ser testigo de la delirante fantasmagoría de una orgía o de seguir un relato tortuoso en el que el paciente lo hace caminar tras él, en­tre la metáfora esclarecedora y la imagen engañosa, entre la confesión honesta y la exhibición corruptora, el analista se encuentra atrapado en la trampa de su propia disciplina, puesto que el perverso, por su parte, habrá logrado crear una situación cuyo contrato tácito está fundado en la impo­tencia de uno y en la esterilidad del discurso del otro. Con­viene escapar de esa trampa, observando ante todo que ella no puede haber sido tendida sino por nuestras propias ma­nos, que el desafío no puede existir sino en la medida en que nosotros nos sentimos desafiados.

Otro abordaje es posible si empezamos por notar que la ilusión que se nos pide aquí que aceptemos y compartamos no nos es del todo desconocida, y que su lugar no puede ser desdeñado en la teoría. Esto nos permite evitar la fas­cinación y la ignorancia frente a ese orvietano del que final­mente podemos aceptar que sirva como moneda de cambio, -como médium en una relación donde el comerciante y el comprador reconocen una disparidad sin la cual no habría posición subjetiva. Después de todo, ¿por qué no se podría regatear también con el orvietano? A pesar de todo, noso­tros, analistas, estamos particularmente bien ubicados para conocer su precio. Sabemos que si nuestra función es la de hacer emerger una verdad oculta, ésta, en definitiva, sólo podría aparecer después de haberse revelado como inapresable, después de haber adoptado todas las máscaras de los falsos pretextos, de los espejismos, de las ilusiones.

La relación analítica depende, pues, de que el analista sea capaz de sostener en ella el discurso de un paciente para el cual el campo de la ilusión sigue siendo el registro privi­legiado en el que la estructura perversa le permite siempre brillar con un resplandor tal que aquel que lo escucha siem­pre se siente más o menos amenazado. Y es allí, en efecto, donde el saber del analista en definitiva se ve puesto a prue­ba. El desafío que el perverso le lanza, ese desafío del que busca preservarse demasiado, el analista sólo lo siente como tal en la medida en que él mismo, en su relación con su saber, se siente amenazado por la ambigüedad de la posición per­versa. Esta amenaza, podemos verla emerger especialmente a propósito del lugar que conviene asignarle a esa Verleugnung[34] cuyo sentido siempre nos inclinamos a poner del lado de la Verneinung[35] o del lado de la Verwerfung[36], lo que lleva, tanto en un caso como en el otro, a negar la originalidad de la estructura perversa. El término "renegación", que la cos­tumbre retiene para designar la posición del perverso ante el descubrimiento de la ausencia del pene en la madre, ese término sólo puede cobrar su verdadero sentido si se le con­cede un lugar entre los demás puntos de referencia de la estructura perversa. Detrás de la cuestión de la presencia real del pene se perfila la del alcance significante de un des­cubrimiento que introduce así el lugar de un falo cuya exis­tencia sólo se especifica por el hecho de no estar faltante.

Más allá del problema de la realidad, de lo que se trata, en definitiva, es del Otro que es su garante. El Otro es renegado en ese papel, y desde el principio toda relación analítica se ve, pues, transformada porque el perverso le niega al analista ese pedestal del "Sujeto que se supone que sabe" que el neurótico le da de tan buena gana. El analista se ve desa­fiado por querer refugiarse en ese pedestal: lo que puede interpretarse como una negativa a hacerse tratar como un neurótico significa, pues, aquí, la tentativa que hace el per­verso para emplazar los puntos de referencia fundamentales de la estructura.

Debo terminar dejando en suspenso la cuestión de la pa­reja perversa. Primero, para dar lugar a la discusión. Pero también porque no parecía posible hacer aquí mucho más que apartarnos de esa vaga noción, más o menos implícita, según la cual el perverso busca en su compañero una completariedad en la que sus inclinaciones puedan encontrar satisfacción. A menudo clínicamente inexacta, esta complementariedad es en todo caso absolutamente insuficiente para dar cuenta de la complejidad de la relación. Ya que, cual­quiera sea la modalidad de la pareja constituida (las hay muy diversas), lo que tendrá una influencia decisiva en la duda y la solidez de semejante pareja será la presencia del ojo susceptible de juzgar lo que sucede con el juego perverso, ese ojo del que habrá que renovar día tras día la ceguera, la impotencia o la complicidad, a riesgo de conver­tirlo, si es necesario, en un compañero, ocasional o perma­nente. El verdadero compañero del perverso será pues siem­pre ese ojo que, porque se deja seducir y fascinar, prueba en todo momento que el registro de la ilusión existe, aun­que no haya podido tener para el perverso su función his­tórica, fundante para el acceso a una relación de objeto comparable con la del neurótico y la del normal.

El perverso se ha convertido en un experto en sostener semejante apuesta, en espiar el lugar donde conseguirá im­ponerse a la mirada del Otro. Su habilidad sorprende sin llegar a convencer. Pero no se la puede ignorar, y tal vez el interés actual por las perversiones se deba precisamente al hecho de que su desafío nos interroga en el punto más deli­cado, más incierto de la teoría psicoanalítica. De allí que esta exposición deje muchos temas apenas tratados, aunque sean esenciales porque nos conciernen en lo más vivo. No nos conciernen, por cierto, de la misma manera en que nos alcanza y nos aprisiona el odio o el amor que nos profesa el neurótico; sino más bien en el punto en que estamos enviscados[37] lo más profundamente posible en una teoría que, como todo saber, incluye puntos ciegos y un mutismo acerca de lo esencial, pero en la que la falta de saber se ve col­mada, no por un discurso delirante, sino por el deslumbrante savoir-faire del perverso.


DISCUSIÓN

GUY ROSOLATO:

-1. La disparidad de la pareja perversa que Clavreul ha puesto en evidencia nos obliga a retomar el problema de la diferencia de los sexos.
Se ha señalado (Rubinstein) que los padres de los per­versos ya formaban una pareja en la que aparecía esta dis­paridad, sin que haya que indicar en ella una modalidad privilegiada, ni la asociación de perversión.
A mi juicio, esta disparidad podría ser considerada como el desplazamiento, la representación, de una diferencia se­xual que no tiene que figurar como tal.
Se la traspondría, pues, en un campo en el que, incluso culturalmente, la incidencia sexual no existiría. Ejemplo: si en un contexto social dado el largo de los cabellos puede ofrecer un valor sexual, el color de los ojos podría no te­nerlo, es justamente en este punto donde va a jugar la dis­paridad que, además, tendrá una orientación generalmente exogámica. La diferencia de cultura, de edad, de religión, de situación social puede funcionar en este sentido. Esta diferencia reemplazaría a la diferencia sexual.
Pero ¿qué hay detrás de ésta? No podríamos atenernos a la diferencia anatómica sin sus implicancias fisiológicas y sin llevar la curiosidad infantil hasta su término, a saber la diferencia de goce.
En la medida en que la diferencia de los sexos supone aquella que distingue al Padre de la Madre en la pareja de los padres, hénos aquí nuevamente enfrentados con el problema del Padre:
--Padre Idealizado en lo que hace al más acá de la dife­rencia sexual (portador en subimpresión de la madre-con-­pene);
--o Padre Muerto, con la diferencia adquirida por la tra­vesía edípica. Pero además el Padre Muerto conduce en de­finitiva al emplazamiento de los tres niveles, de las tres generaciones del hombre, indispensables para la transmisión del Apellido según la descendencia masculina.
En consecuencia, la precedencia del padre en el saber (igualmente compartida, entre paréntesis, por la madre) debería más bien dejar paso a la cuestión, nodal para las perversiones, del asesinato del Padre: asesinato del Padre y no, irrisoriamente, de la Madre, ya que ese asesinato sólo tiene sentido en función de la Ley que es la del Padre; en el perverso, la fórmula común es la del Padre Idealizado. Es el fantasma de asesinato del Padre, su superación, el que conduce, en el Edipo, al desprendimiento, del niño respecto de la madre.

-2. Aunque se lo desee "depurado", dotado de una forma perfecta, el amor no podría hacer olvidar que se arraiga en los anhelos infantiles más arcaicos y que no podría abandonar todo erotismo, con sus "diferencias desplazadas", aquéllas a las que acabamos de aludir (convirtiéndose, para el amor divino, en una relación de perfección y de magni­tud a pequeñez), ni toda pasión que se mantiene justamente gracias a distancias que no deben ser franqueadas, propo­niendo, pues, una transgresión.

-3. Finalmente, el perverso extrae, o quisiera extraer aun más, todo su saber de la mirada, que se opone al decir (me refiero a la visión traumática original). Tiende a compro­meterse en una interminable explicación de su visión. A menudo se dice, a veces no sin cierta incomodidad, que posee un singular poder de teorización, un don de sistema. Esto no debería llamar a engaño respecto de la ignorancia que sirve de punto de partida para su búsqueda: el impacto supuesto de la mirada, en todo lo. que sostiene sus transposiciones, su recurso a una intuición, a una imagen, tiende a un punto límite; en el fetichista, este lugar es manifiesto; pero también, cuando es impulsado por un secreto, se acerca al Padre Muerto, imposible de alcanzar, corazón del secreto, Sombra de la que, sin saberlo, debe asumir la Voz. Por el impulso que provoca, esta ignorancia debería poder llevarlo al umbral de los descubrimientos culturales y, mejor que otro, en ciertas condiciones, al motor mismo de las subli­maciones.

JEAN-PAUL VALABREGA:

La noción de pareja perversa elegida por Clavreul nos plantea, una vez más este año, el problema -que decidida­mente habrá sido central en nuestras exposiciones y deba­tes- de las relaciones de la perversión con el amor y la pasión. Por otra parte está el saber, noción central también en nuestros colegas Aulagnier y Rosolato (este último fue el iniciador de un comentario muy interesante y original sobre la Gnosis). "Saber que debe ser adquirido sobre la diferencia de los sexos, el amor y el erotismo", "falla del sa­ber en cuanto a la causa del deseo", he aquí unas fórmulas de Clavreul.
Al respecto creo que hay que recordar que estas nociones ya fueron nítidamente despejadas por Freud en 1905, en el ensayo sobre La sexualidad infantil; hay que recordarlo pa­ra medir los progresos, o a veces la falta de progresos, reali­zados desde esa fecha.
Sobre la perversión, el amor y la pasión, la primera no­ción que aportó Freud es la de disposición perversa poli­morfa. Freud compara esta tendencia en el niño con la disposición a la prostitución en la mujer, mucho más general ­dice Freud, de lo que haría creer la estadística profesion­al, y el análisis muestra bien, en efecto, que el fantasma de prostitución es universal. Esto es sólo un ejemplo. La disposición perversa, universal, explica por qué existe un núcleo perverso en todo amor, toda pasión y toda rela­ción de pareja.
La segunda noción, la de saber, es así llamada por Freud el mismo ensayo, y él hace de ella una pulsión: la pulsión de saber. No es una pulsión elemental, dice Freud, pero­ no por ello deja de ser muy importante. La pulsión element­al sería más bien la de ver, pulsión voyerista. Aquí a la francesa nos hace un favor por la relación fonética fortuita entre ver (voir) y saber (savoir). De estas nociones proviene, evidentemente, el interés que le asignamos en actualidad a la mirada
Mi segunda observación es una ilustración de lo que dice Clavreul cuando habla de la ambigüedad del "normal" frente perverso. Hay dos fórmulas que engarzan, por así decir,
Ésta conferencia, como la primera y la última palabra... y son las mismas:
La primera es la fórmula: "Recoger un discurso denunciando al mismo tiempo una práctica". La última es la fórmula de la demanda del perverso, más acá de su demanda de análisis: nos demanda ilusión, dice Clavreul, desea que seamos "charlatanes".
Entre estas dos fórmulas se sitúan efectiva y exactamente los atolladeros del análisis.
Aquí habrá que plantear el problema del análisis del perverso en relación con las reglas técnicas, y se notará que en nuestro mundo analítico de hoy, la regla de abstinencia relativa al pasaje al acto, por oposición a la palabra­, a menudo no tiene siquiera necesidad de ser enunciada. Es tácita y, por otro lado, cualquier postulante al análisis la conoce implícitamente y de antemano, ella constituye uno de los atolladeros en los que el perverso compromete al aná­lisis y al analista la primera vez que, acude a consultarlo.
He aquí un paciente que lo ilustra perfectamente: es un homosexual que no pasa al acto. Eso es lo que les dice a todos los que consultó antes de entrar en análisis. En su historia hubo, entre los diez y los doce años, juegos homo­sexuales, y desde entonces ha quedado intensamente fijado a esas experiencias que revive permanentemente en sus sue­ños, sus ensoñaciones y fantasmas.
¿Qué le demanda al análisis? Que se lo vuelva normal, es decir que desee a las mujeres y no ya a los varones.
A partir de ese momento, el analista es colocado en la posición de representante y de garante de la normalidad. En la regla de abstinencia -que no tiene necesidad de ser enunciada- el paciente encuentra una disposición presta a recibirlo y perfectamente adecuada a su propia regla. De antemano está, por así decir, "en regla" con la regla del analista. La complicidad se preconstituye en los bastidores; allí, los personajes pueden entrar a escena con la máxima seguridad de que no sucederá nada...
Ahora bien, en el desarrollo del análisis, el paciente no tarda en ver que el objeto de su demanda explícita no le es dado. En vez de ponerse a desear a las mujeres, su deseo de los varones se exalta al punto de torturarlo noche y día.
Su demanda explícita, por otro lado, encubre otra, no formulada: demanda permiso para amar a los varones, lo que él justifica para sí mismo asegurando que sería una eta­pa a franquear (se vale aquí de la referencia analítica a la homosexualidad de la pubertad), etapa que lo llevaría luego a "tirarse al agua" y a acceder al deseo de la mujer. Pone esto efectivamente en el nivel del aprendizaje, como apren­der a nadar, es decir, indiscutiblemente, del lado del saber. En ese momento se encuentra en el atolladero, que él define por la oposición -¡también ella analítica!- entre la palabra y el acto: es preciso que hable, pero no puede hacerlo; es preciso que pase al acto, pero no debe hacerlo.
Interpela entonces al analista en ese lugar de represen­tante de la normalidad y le dice: "Usted no puede decirme que me acueste con un varón. Por lo tanto se da cuenta de que no tengo otro remedio que mandarlo al diablo, a usted y a su análisis, que me adormece en un seudo-confort y que, por otra parte, me persigue, puesto que me prohíbe toda vida sexual; porque para mí, la sexualidad es el varón".
No es seguro que semejante atolladero -digo atolladero mejor que desafío, como lo hace Clavreul- pueda resolverse de otro modo que por una ruptura del análisis por parte del paciente, o por un pasaje al acto, efectivamente, si el blo­queo intenso al que se llega en este atolladero no permite captar la interpretación que pondría el análisis en movi­miento.
En todo caso, este ejemplo muestra que el sujeto perverso hace caer al analista en la trampa de su misma función: la oposición de la palabra y del acto. Esta caída en la trampa, por su parte, se produce efectivamente "en acto".
De este modo, el análisis del perverso se instituye sobre una fórmula del tipo de la de Clavreul: "Recoger un dis­curso denunciando al mismo tiempo una práctica".
Por supuesto que este enunciado está implícito. Pero, co­mo dije, también la regla de abstinencia puede, por su parte, estar tácita. Aun si no es necesario que sea enunciada, ad­vertimos que el analista, sin que profiera una sola palabra, entra ya en el atolladero que lo pondrá en el juego del per­verso. Esta parece ser una característica de la pareja perver­sa que el paciente se apresura naturalmente a constituir con su analista, y esta transferencia plantea problemas particu­larmente difíciles.


PIERA AULAGNIER-SPAIRANI:

-A. A propósito del "contrato". Kraft-Ebing y Ey nos pro­ponen en sus textos una determinada cantidad de contratos, lo que nos prueba su relativa frecuencia, y plantea la cues­tión tanto de su causa como de su función. Lo que sorpren­de en la lectura es su estereotipia, tanto en la forma como en el contenido. Esta estereotipia no puede explicarse sólo por la cantidad reducida (ya se trate del perverso o del no perverso) de los fantasmas que tienen en el campo erótico una pregnancia privilegiada. La lectura de los contratos reenvía de un modo sorprendente a la idea de un libreto (scénario): no se trata más que de la disposición de una "puesta en escena" en la acepción más ortodoxa del térmi­no. El mínimo detalle vestimentario, el mínimo movimiento de la postura, el más ínfimo detalle del actuar erótico: no solamente todo está allí, sino que todo allí está definido de la manera más precisa. En el actuar erótico, en la escena que va a desarrollarse, nada debe quedar librado al azar: ésta es, me parece, la función princeps, la causa del con­trato.
Si, para retomar una frase de Lacan, "lo real es lo que responde al azar", el perverso se presenta como aquel para el cual el proceder erótico exige el emplazamiento de una escena de la que el azar será desterrado. Es preciso que el perverso esté seguro de la posibilidad de la coincidencia entre un fragmento de "real" y lo que se hará en la "escena" donde se jugará su fantasma. Pero esta coincidencia -y éste es el punto donde llegamos a lo específico, de la estructura perversa- debe ser garantizada por una Ley, la Ley que rige esta suerte de acto notariado que es el contrato, y que podríamos llamar la Ley del goce. Lo que se demanda (y me refiero al registro propio de la demanda) como lo que debe ser aceptado por el compañero nunca reenvía a la mediación del amor, ni al "alegato amoroso", sino al placer tomado como objeto, "placer" que se convierte en el uni-garante no sólo de la existencia del objeto del deseo (ésta es su manera de negar la falta), sino también de la anulación de la distancia entre el objeto mediador de la demanda y el objeto metafórico y perdido del deseo.
Así asegurado de que el Azar está excluido del campo de lo Real, ese mismo Real que el perverso intentará regir por otra Ley, la que puede asegurarlo de la existencia de un orden de cosas donde toda diferencia (ya sea la de los se­xos, la de la vida y de la muerte, o la del Bien y del Mal) es puro engaño: ésa es la locura de su razón (Blanchot).

-B. A propósito del "secreto". Plantearé la cuestión del "secreto" desde una perspectiva un poco distinta de la de Clavreul. Partiré de una frase de Sade que siempre me in­trigó, y que es ésta: "Hay cosas que exigen velos", frase pronunciada por Dolmancé en "La filosofía en el tocador", y en un contexto muy particular que les recordaré breve­mente.
Cada escena del texto está de algún modo dividida en dos partes: una parte teórica, donde se despliega una suerte de discurso filosófico sobre el erotismo, y una parte práctica o experimental que pretende ser la prueba, para los oyentes, de la verdad de ese discurso; maestro del discurso y maestro de la puesta en escena es Dolmancé. Asistimos a una pro­gresión, a una suerte de crescendo continuo de esta puesta en acto del saber sobre el goce, que nos lleva al anteúltimo cuadro que precede y anuncia la entrada a escena de la Madre, esa Madre que la violación y la deshonra convertirán en el personaje prohibido para siempre (ver, al respecto, el Kant con Sade[38] de Lacan).
Es sobre el final de este anteúltimo cuadro, en el mo­mento en que los actores están en el acmé[39] de su goce, cuando Dolmancé se retira al tocador con uno de los participantes ya que, dice, "hay cosas que exigen velos". Para quien co­nozca a Sade, sería ridículo ver allí una suerte de censura o de falso pudor: la explicación de los fantasmas más es­cabrosos nunca le planeó problemas.
Personalmente estaría dispuesta a decir que en el toca­dor, "nada" va a suceder; pero esa "nada" oculta a la vista del lector y del actor, esa ilusión recreada de un último ob­jeto no visto que la Mirada podría volver a encontrar algún día, es, me parece, la esencia de la lección que Dolmancé, en nombre de su saber, da sobre lo que es exigible para el goce del perverso.
Perverso o no perverso, la dimensión del develamiento o de la transgresión siempre está presente en el erotismo. Pero mientras que para el no perverso ese develamiento re­envía a un saber sobre la castración y sobre el hecho de que la Mirada nunca reencontrará la brillantez del falo materno, si no es en tanto que falta aceptada en nombre de lo que él llama el amor, el perverso, por su parte, perseguirá siempre una suerte de goce original y mítico, esperará siempre que un último velo se desgarre para hacer aparecer ¿qué? Y bien, diré que lo que su mirada espera captar, aquello que está en la mira de su proceder, es que el goce del compañero haga surgir un "signo" que, en su concretización misma, podría sustituir a un significante de deseo, significante que sólo puede reenviarlo a la castración experimentada como puro fruto de la arbitrariedad de su deseo que no puede referirse al orden de la Ley, por haber podido reconocer al Padre como legislador de Derecho.
Lo que devela "el velo" que exige Dolmancé es, diría la otra cara del Contrato: si nada debe quedar librado azar, si todo debe ser sabido y visto, no por ello deja ser cierto que el fantasma sólo puede volver al placer apto para el deseo (según la definición de Lacan) si existe la seguridad de que, en lo "real", en alguna parte existe un último signo que vendría a colmar su desgarrón.

FRANCOIS PERRIER:

La práctica del análisis nos da la oportunidad de escuchar que el neurótico apoya su demanda en aquello que su des­tino demuestra: una impotencia para acceder al amor por los caminos del erotismo; para acceder al placer por el ca­mino de sus elecciones amorosas.
Este recuerdo confiere su alcance a la primera interro­gación de Jean Clavreul sobre la estabilidad de algunas "pa­rejas perversas" que parecen (al menos en las declaraciones de aquel de los dos que uno puede escuchar) demostrar su capacidad para reunir eficazmente ideales amorosos y prác­ticas eróticas selectivamente aberrantes respecto de las nor­mas de la actividad sexual, en nuestra área cultural.
En realidad, nuestro colega no pretende desarrollar, evi­dentemente, en todas sus vías, el estudio clínico de las va­riedades de relaciones definidas primero por los beneficios del contrato perverso, secreta u ostensiblemente firmado en­tre los participantes. Después de haberlo escuchado hasta el final, uno tiene la sensación de que el tema de la pareja -más allá de la evidencia de los acoplamientos- es una referencia inesperada, por lo tanto un procedimiento fértil, para preparar a un auditorio de clínicos para que oigan lo que constituye, para él y para todos, un problema teórico y prác­tico: la "pareja" analista-analizado, una vez que la estruc­tura perversa está principalmente en juego.
Tomemos, pues, aquí el término pareja en su función pro­vocante y provocadora: no hay duda de que todo analista debe interrogarse sobre la metodología de la cura como riesgo de trasposición o de advenimiento paradójico de una relación perversa.
Si pudimos describir al perverso (antes que Rosolato nos propusiera su interesante confrontación entre la gnosis y la epistemofilia perversa) como un científico del Eros, siempre ávido (y a menudo privado) de las "emociones deliciosas”, del Eureka, la conferencia de Jean Clavreul no puede sino reavivar una cuestión siempre abierta: el deseo del analista como homólogo eventual, en el plano estructural, del deseo perverso.
Cuando un perverso diagnosticado como tal (a menudo porque él así lo ha deseado) llega al diálogo analítico, nues­tro problema, como lo hace notar precisamente Jean Clavreul, es encontrar un lugar teorizable entre la moralización, y la complicidad. Puesto que el perverso es perverso, y la realidad es lo que es, ¿cómo oír la pregunta virtual que no llega hasta nosotros, o que surge por otros caminos que los de la neurosis y según otro código?
La noción de desafío, familiar en nuestros debates re­cientes y propuestas por nuestro colega, puede ser utilizada aquí para un desarrollo suscinto. Tomémosla como testimo­nio del analista y en tanto describe la fenomenología de su experiencia del perverso en sesión. ¿Somos nosotros, o el descubrimiento freudiano aplicado a la terapia, los cues­tionados por el paciente? Dado que todo desafío contiene un homenaje, por lo tanto una esperanza, al analista le toca no confundirse a sí mismo con el "Otro" para no caer preso en una posición contratransferencial. A ello todo nos lleva, sin embargo, con el perverso: "Usted que sabe, gracias a Freud -nos dice de algún modo- que nada del amor es edificante; que más allá de sus ideales narcisísticos, el hombre sólo está capacitado, en cuanto al deseo que lo gobierna, para las "de-yoizaciones" de lo escabroso pulsional; usted que pretende, por otra par­te, suavizar los superyó y reconciliar el ego y el id, en nom­bre del genital love; ¿cómo podría usted escuchar mi dis­curso? Ese discurso en el que, gracias a su oreja, me iden­tifico con el eco de mis gustos perversos.
"Me imito para usted y por el dinero que le doy; y nunca le daré dinero suficiente como para matar en usted la fun­ción del contador y del economista. En el actuar de mis protocolos eróticos asumo lo que usted, asume funcionalmente en el no-actuar de sus protocolos metodológicos. Su fuerza reside en que usted no se mete en gastos, resguardado como está en su orden profesional y en su teoría fetichizada. De este modo puedo hablarle de amor sin peligro, puesto que usted no escuchará nada que pueda responder."
Si percibimos este discurso como un desafío, es quizá porque, ya se dirija al médico, al analista, al cura -y a menudo a los tres al mismo tiempo-, el perverso sólo lo­gra o busca tomarle al especialista la palabra de su especia­lidad. Y su llamado secreto permanece inarticulado mientras habla de negocios con el hombre de negocios. De allí nues­tra sensación de una maniobra de reducción del tercero: aquel al que se intentará comprar pagándole con su propia moneda, contentándose con sus palabras, con su vocabula­rio especializado.
Aunque sea ésta una tentativa de seducción, al mismo tiempo es un deseo de instaurar la dimensión narcisística de la transferencia, en nombre de una nostalgia del amor y del paraíso perdido.
El perverso pretende instaurar, en el diálogo, esta única vertiente de su demanda. Mientras tanto el deseo, fuera del proyecto narcisístico, fuera del discurso, circula en el acting­out. Se funda, se reinventa cada vez para el nacimiento ex­temporáneo del cuerpo del sujeto deseante, en la exigible presencia del cuerpo de otro o de otra, expropiado para una geografía de los órganos, un conjunto singular de signos anatómicos necesario para el circuito pulsional.
Por eso la regla fundamental puede ser inoperante, sobre todo si es respetada; y esto en tanto la función de la pala­bra no haya sido interpretada como inapta para significar la presencia del cuerpo en el hic et nunc[40] del deseo transferen­cial. Lo que viene entonces de afuera es la angustia hipo­condríaca y los temas nosofóbicos: y esto, quizá porque el analista no puede comprometerse más de lo que se com­promete en el indicativo presente de una realidad sexual que no se engancha con lo verbal de las metonimias.



APENDICEDISCURSO DE ERIXÍMACO[41]
Entonces, Erixímaco dijo:
- Bien, me parece que es necesario, ya que Pausanias no concluyó adecuadamente la argumentación que había iniciado tan bien, que yo deba intentar llevarla a buen término.
Que Eros es doble, me parece, en efecto, que lo ha distinguido muy bien. Pero que no sólo existe en las almas de los hombres como impulso hacia los bellos, sino también en los demás objetos como inclinación hacia muchas otras cosas, tanto en los cuerpos de todos los seres vivos como en lo que nace sobre la tierra y, por decirlo así, en todo lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la medicina, nuestro arte, en el sentido de que es un Dios grande y admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas como en las divinas.
Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar así a mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros.
Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno, según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo.
Ahora bien, al igual que hace poco decía Pausanias que era hermoso complacer a los hombres buenos, y vergonzoso a los inmorales, así también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en esto, si se pretende ser un verdadero profesional.
Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el conocimiento de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso será el médico más experto.
Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro cuando está dentro, será también un buen profesional... Debe, pues, ser capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes en el cuerpo y de que se amen unos a otros.
Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas análogas.
Sabiendo infundir amor y concordia en ellas, nuestro antepasado Ascelpio, como dicen los poetas, aquí presente, y yo lo creo, fundó nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por este Dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura.
Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas, resulta evidente para todo el que ponga sólo un poco de atención, como posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al menos, no lo expresa bien.
Dice, en efecto, que lo uno siendo discordante en sí concuerda consigo mismo, como la armonía del arco y de la lira. Mas es un gran absurdo decir que la armonía es discordante o que resulta de lo que todavía es discordante. Pero, quizás, lo que quería decir era que resulta de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave, que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que, naturalmente, no podría haber armonía de lo agudo y de lo grave cuando todavía son discordantes.
La armonía, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio han sido discordantes y después han concordado. Y el acuerdo de todos estos elementos lo pone aquí la música, de la misma manera que antes lo ponía la medicina.
Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones amorosas en relación con la armonía y el ritmo. Y si bien es cierto que en la constitución misma de la armonía y el ritmo no es nada difícil distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquí por ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los hombres, usar el ritmo y la armonía, ya sea componiéndolos, lo que llaman precisamente composición melódica, ya sea utilizando correctamente melodías y metros ya compuestos, lo que se llama justamente educación, entonces sí que es difícil y se precisa de un buen profesional.
Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a serlo, hay que complacerles y preservar su amor.
Y éste es el Eros hermoso, el celeste, el de la musa Urania. En cambio, el de Polimnia es el vulgar, que debe aplicarse cautelosamente a quienes uno lo aplique, para cosechar el placer que tiene y no provoque ningún exceso, de la misma manera que en nuestra profesión es de mucha importancia hacer buen empleo de los apetitos relativos al arte culinario, de suerte que se disfrute del placer sin enfermedad.
Así, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar, en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos se encuentran en ellas. Pues hasta la composición de las estaciones del año está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los elementos que yo mencionaba hace un instante, a saber, lo caliente y lo frío, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban armonía y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño.
Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas, en efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras muchas y variadas enfermedades entre los animales y plantas. Pues las escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se llama astronomía. Más aún: también todos los sacrificios y actos que regula la adivinación, esto es, la comunicación entre sí de los dioses y los hombres, no tiene ninguna otra finalidad que la vigilancia y curación de Eros.
Toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción, sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en relación con los Dioses. Está encomendado, precisamente, a la adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la adivinación es, a su vez, un artífice de la amistad entre los dioses y los hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.
¡Tan múltiple y grande es la fuerza, o mejor dicho, la omnipotencia que tiene todo Eros en general! Mas aquel que se realiza en el bien con moderación y justicia, tanto en nosotros como en los Dioses, ése es el que posee el mayor poder y el que nos proporciona toda felicidad, de modo que podamos estar en contacto y ser amigos tanto unos con otros como con los Dioses, que son superiores a nosotros.
Quizás también yo haya pasado por alto muchas cosas en mi elogio a Eros, mas no voluntariamente, por cierto. Pero, si he omitido algo, es labor tuya, Aristófanes, completarlo, o si tienes la intención de encomiar al Dios de otra manera, hazlo, pues el hipo ya se te ha pasado.
Entonces Aristófanes, tomando a continuación la palabra, dijo:
-Efectivamente, se me ha pasado, pero no antes de que le aplicara el estornudo, de suerte que me pregunto con admiración si la parte ordenada de mi cuerpo desea semejantes ruidos y cosquilleos, como es el estornudo, pues cesó el hipo tan pronto como le apliqué el estornudo.
A lo que respondió Erixímaco:- Mi buen Aristófanes, mira qué haces. Bromeas cuando estás a punto de hablar y me obligas a convertirme en guardián de tu discurso para ver si dices algo risible, a pesar de que te es posible hablar en paz.
Y Aristófanes, echándose a reír, dijo:- Dices bien, Erixímaco, y considérese que no he dicho lo que acabo de decir. Pero no me vigiles, porque lo que yo temo en relación con lo que voy a decir no es que diga cosas risibles -pues esto sería un beneficio y algo característico de mi musa-, sino cosas ridículas.
Después de tirar la piedra -dijo Erixímaco- Aristófanes, crees que te vas a escapar. Más presta atención y habla como si fueras a dar cuenta de lo que digas. No obstante, quizás, si me parece, te perdonaré.

[1] Todas las Notas son de JLGF
[2] En el Banquete, Platón, escribe lo que Eriximaco explica: “La música es la ciencia del amor con relación al ritmo y a la armonía. No es difícil reconocer la presencia del amor en la constitución misma del ritmo y de la armonía. Aquí no se encuentran dos amores, sino que, cuando se trata de poner el ritmo y la armonía en relación con los hombres, sea inventando, lo cual se llama composición música, sea sirviéndose de los aires y compases ya inventados, lo cual se llama educación, se necesitan entonces atención suma y un artista hábil. Aquí corresponde aplicar la máxima establecida antes: que es preciso complacer a los hombres moderados y a los que están en camino de serlo, y fomentar su amor, el amor legítimo y celeste, el de la musa Urania. Pero respecto al de Polimnia, que es el amor vulgar, no se le debe favorecer sino con gran reserva y de modo que el placer que procure no pueda conducir nunca al desorden. La misma circunspección es necesaria en nuestro arte para arreglar el uso de los placeres de la mesa, de modo que se goce de ellos moderadamente, sin perjudicar a la salud”
[3] Habría que revisar el concepto de homosexualidad dentro de la estructura perversa, ya que como sabemos, el acto perverso está desprovisto de catectización genital, de modo que la homosexualidad en tal caso, tendría que considerarse mejor como “pregenital”, o quizá “autoerótica”.
[4] Cualidad que carece de valor o importancia.
[5] Pero en este caso puede tratarse de una pareja de estructura neurótica que ha caído en la ilusión del alegato amoroso de su compañero, y que “provisionalmente” mantendrá también.
[6] Hay que tener reservas en la aplicación de estos términos, que en lo general están atravesados por una lectura misógina perteneciente al status quo.
[7] ver nota 4 supra
[8] Precisamente esa persistencia en el tiempo, a los contratiempos, etc., es lo que finalmente dará cuenta de la estructura perversa en la pareja, y como más adelante se indica, es “legitimizado” mediante un “contrato”...
[9] Su celebridad se debe ante todo al escándalo que acompañó la publicación de algunas de sus novelas, en especial de La Venus de las Pieles, de aquí la palabra masoquismo, cuya utilización para definir ciertos comportamientos sexuales patológicos aparece por primera vez en Psicopatía Sexual (1886), de Kraft-Ebing.
[10] ver nota 4 supra
[11] Hay una línea muy fina de división entre casos como el que aquí se señala con aquellos que corresponden a actos perversos producidos por sujetos con “estructura perversa”. Para los primeros, será mejor hablar de “psicopatía”. El “sadismo” se encuentra en la evolución de todas las estructuras, no es exclusivo de la perversa, para quien la muerte de la “victima” debe ser evitada para burlar así la castración Real.
[12] Y en haber burlado las consecuencias de la escenificación de la castración.
[13] La epistemología freudiana no contempla descubrimientos por “accidente”, sólo en las películas holywoodenses.
[14] El concepto de resignificación en la teoría freudiana, da pié para que al momento de ser resignificada una amenaza, adquiera valor de trauma, por el conocimiento y descubrimiento de lo hasta entonces “no sabido”. En la escuela lacaniana, esta falta, no significada, será precursora del deseo.
[15] ibid
[16] Desde el punto de vista del observador, porque para el sujeto perverso, el peligro es la muerte en tanto que para el neurótico, el peligro sería la castración.
[17] Considerándose como una relación de doble personalidad en el sujeto.
[18] En este discurso, falta la noción de la función madre y su deseo en la constitución de la estructura neurótica de su hijo. En ocasiones, Clavreul aparece como defensor de una “teoría del trauma” no estructural.
[19] La complicidad el otro, o en su caso, del tercero, constituye un fundamento básico en la búsqueda de la “negación” de la castración. Este vínculo es el que constituye la renegación característica del sujeto perverso.
[20] ver nota 17 supra
[21] La transgresión en la perversión se remite a la necesidad de negar la castración y permitir la supervivencia del sujeto. Los desafíos, como hacia la “policía o cura”, u hacia otros elementos de valor social constituyen per se la ilusión de la transgresión.
[22] Si hablamos de “violación” se contradice toda la exposición, ya que partimos del supuesto de un “contrato” no de una imposición, según se dijo arriba.
[23] Es decir, de la permanencia del pene, aún sobre las amenazas de castración.
[24] El perverso acude al análisis para retomar las “fuerzas” a través de la mirada del otro, y del juego que establece de transgresiones en análisis. Es un reto más, luego de la aparición de una angustia “masiva”, probablemente luego de haber fracasado en la puesta en escena de la castración (cuando el secreto es denunciado por la pareja, cuando en el acto perverso la castración no es burlada, etc.). Al librarse del análisis, garantiza el secreto y vence la supuesta amenaza de castración que podría representarle.
[25] Orvietano, originario de Orvieto, pequeña ciudad de umbría, Italia. Quizá algo más que interpretar para esa paciente. .
[26] Una falsa creencia sobre sí mismo o sobre las personas y objetos externos, que persiste a pesar de los hechos y no es considerada sustentable por las personas que conviven con el individuo. Así mismo puede considerarse como un cúmulo de negaciones.
[27] Incluyendo el de ¿Umbría?
[28] Considera la Homosexualidad bajo el viejo criterio de patología, especialmente relacionada con la perversión.
[29] La regla de abstinencia fue descrita por Freud en Observaciones sobre el amor de transferencia (1915) como parte de las reglas fundamentales en la práctica analítica, consistente en que el paciente no “espere” del analista ningún tipo de satisfacción a sus demandas, por lo que el analista mismo deberá de cuidar su escucha y no “amasar” los postulados del analizando. Muchas veces, este concepto es confundido con el de “neutralidad” del analista, en la que se señala como factor principal, no la transferencia del paciente, sino la contratransferencia del analista, lo que sin lugar a dudas, si se rompe la neutralidad, se rompe la abstinencia.
[30] Aquí el problema, más allá del concepto de “cura” que se maneja, se complejiza en la medida en que se considera a la estructura perversa como una patología.
[31] Reactivando las nociones que lo llevarán nuevamente al acto perverso en sí fuera del análisis, a manera de un acting-out.
[32] Dando por sentado que se refiere a un deseo “neurótico”.
[33] En tanto su deseo consista en la cura bajo los conceptos señalados en la nota anterior.
[34] Repudio, Rechazo, Renegación en Freud.
[35] Negación.
[36] Restar importancia, desestimación en Freud...
[37] Azuzados contra.
[38] Cf. Ecrits, p. 790 (ed. esp.: Escritos, Siglo XXI, tomo 11, p. 362).
[39] En medicina, período de mayor intensidad de una enfermedad. JLGF
[40] Aquí y ahora
[41] Platón “Diálogos”. Editorial Austral. Barcelona. 1966.

1 comentario:

cynthia dijo...

Guau!!! Este artículo me atrapó por completo, es bastante bueno, sobre todo esa dinámica de la perversión en la pareja, me parece de los más fascinante la manera en que haces los planteamientos del artículo.sobre todo lo que respecta a ese juego en la perversión, hasta ahora no había comprendido bien como se presentaba esa perversión en la pareja.
Es un artículo largo pero vale la pena.