domingo, 18 de junio de 2017

S.Freud. Recordar, repetir y reelaborar



Recordar, repetir  y reelaborar
(Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914)

Erinnern, liederholen und Durcharbeiten (Weitere  Ratschlage  zur  Technik der  Psychoanalyse,  II)

                                                                                 Anotaciones José Luis González F.

No me parece ocioso recordar una y otra vez a los estudiantes las profundas alteraciones que la técnica psicoanalítica ha experimentado  desde  sus  comienzos.  Al  principio, en la fase  de  la  catarsis  breueriana,  se enfocó directamente el momento de la  formación  de  síntoma  y  hubo  un  empeño,  mantenido  de  manera consecuente,  por  hacer producir {reproduzieren} los procesos psíquicos de aquella situación a fin de guiarlos para  que  tuvieran  su  decurso  a  través  de una actividad conciente. Recordar y  abreaccionar eran  en aquel tiempo las metas que se  procuraba alcanzar  con  auxilio del  estado  hipnótico.  Luego,  después que se  renunció a la hipnosis, pasó a primer  plano la tarea  de  colegir  desde las ocurrencias libres del analizado aquello que él denegaba recordar.  Se  pretendía  sortear  la resistencia  mediante  el trabajo interpretativo y la comunicación de sus resultados al enfermo;  así se mantenía  el  enfoque  sobre  las  situaciones de la formación del síntoma y sobre aquellas otras que se averiguaban presentes detrás del momento en  que  se  contrajo la  enfermedad;  en  cambio, la  abreacción  era  relegada y parecía sustituida por el gasto de trabajo que el analizado tenía  que  prestar  al  vencer, como le era prescrito, (por la obediencia a la regla ¥α* fundamental), la crítica a sus ocurrencias. Por último, se plasmó la consecuente técnica que hoy empleamos: el médico renuncia a enfocar un momento o un problema determinados, se conformaron estudiar la superficie psíquica que el analizado presenta cada vez, y se vale del arte interpretativo, en lo esencial, para discernir las resistencias que se recortan en el enfermo y hacérselas concientes. Así se establece una nueva modalidad de división del trabajo: el médico pone en descubierto las resistencias desconocidas para el enfermo; dominadas ellas, el paciente narra con toda facilidad las situaciones y los nexos olvidados. Desde luego que la meta de estas técnicas  ha  permanecido  idéntica.  En  términos descriptivos: llenar las lagunas del recuerdo; en términos dinámicos: vencer  las  resistencias  de represión.
Hay que agradecer siempre  a  la  vieja  técnica  hipnótica que  nos  exhibiera  ciertos  procesos   psíquicos   del   análisis en su aislamiento y esquematización. Sólo en virtud de ello pudimos cobrar la osadía de crear nosotros mismos  situaciones complejas en la cura analítica, y mantenerlas trasparentes.

El recordar, en aquellos tratamientos hipnóticos, cobraba una forma muy simple. El paciente se trasladaba a una situación anterior, que no parecía confundir nunca con la situación presente; comunicaba los procesos psíquicos de ella hasta donde habían permanecido normales, y agregaba lo que pudiera resultar por la trasposición de los procesos entonces inconcientes en concientes.

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Intercalo ahora algunas observaciones que todo  analista ha hallado corroboradas en su experiencia.1 El olvido de impresiones, escenas, vivencias, se reduce las más de las veces a un de ellas. Cuando el paciente se  refiere a este olvido, rara vez omite agregar: «En  verdad  lo he sabido  siempre,  sólo que  no me pasaba  por la cabeza». Y no es infrecuente que exteriorice su desengaño por no ocurrírsele bastantes cosas que pudiera reconocer corno «olvidadas», o sea, en las que nunca hubiera vuelto a pensar después que sucedieron. Sin embargo, también esta añoranza resulta satisfecha, sobre todo en las histerias de conversión. El «olvido» experimenta otra restricción al apreciarse los recuerdos encubridores, de tan universal presencia. En muchos casos he recibido la impresión de que la consabida amnesia infantil, tan sustantiva para nuestra teoría, está contrabalanceada en su totalidad por los recuerdos encubridores. En estos no se conserva sólo algo esencial de b vida infantil, sino en verdad todo lo esencial. Sólo  hace falta saber desarrollarlo desde ellos por medio del análisis. Representan {repräsentieren} tan acabadamente a los años infantiles  olvidados  como el contenido  manifiesto  del sueño a los  pensamientos oníricos.

Los otros grupos de procesos psíquicos que como actos puramente internos uno puede oponer a las impresiones y vivencias  fantasías,  procesos  de  referimiento, mociones de sentimiento, nexos deben ser considerados separadamente en su relación con el olvidar y el recordar. Aquí  su­ cede, con particular frecuencia, que se «recuerde» algo que nunca pudo ser «olvidado» porque en ningún tiempo se lo advirtió, nunca fue conciente; además, para el decurso psíquico  no  parece  tener  importancia   alguna  que  uno  de esos «nexos» fuera conciente y luego se olvidara, o no hubiera llegado nunca a la conciencia. El convencimiento que el enfermo adquiere en el curso del análisis es por completo independiente  de  cualquier   recuerdo  de  esa  índole.

En las diversas formas de la neurosis obsesiva, en particular, lo olvidado se limita las más de las  veces  a  disolución de nexos, desconocimiento de consecuencias, aislamiento  de  recuerdos.
Para un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas  de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas, pero han hallado inteligencia e interpretación con efecto retardado {nachtraglich}, la mayoría de las veces es imposible despertar un recuerdo. Se llega a tomar noticia de ellas a través de sueños, y los más probatorios motivos  extraídos  de la ensambladura de la neurosis lo fuerzan a uno a creer en ellas; hasta es posible convencerse de que el analizado, superadas sus resistencias, no aduce contra ese supuesto la falta del sentimiento de recuerdo ( sensación de familiaridad) . Comoquiera que fuese, este tema exige tanta precaución crítica, y aporta tantas cosas nuevas y sorprendentes, que lo reservo para tratarlo en forma especial con materiales  apropiados.2

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Cuando aplicamos la nueva técnica resta muy poco, nada muchas veces, de aquel decurso de alentadora tersura.3  Es cierto que se presentan casos que durante un trecho se comportan como en la técnica hipnótica, y sólo después se de­niegan; pero otros tienen desde el comienzo un comportamiento diverso. Si nos atenemos al signo distintivo de esta técnica respecto del tipo anterior, podemos decir que el analizado  no  recuerda , en  general,· nada  de  lo  olvidado  v  reprimido, sino que lo actúa.4 No lo reproduce como recuerdo, si lo como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace.

Por ejemplo: El analizado no refiere acordarse de haber sido desafiante e incrédulo frente a la autoridad de los padres; en cambio, se comporta de esa manera frente al médico. No recuerda haberse quedado atascado, presa de desconcierto y desamparo, en su investigación sexual infantil, pero presenta una acumulación de sueños confusos, se lamenta de que nada le sale bien y, proclama, es su destino no acabar nunca ninguna empresa. No se acuerda de haber sentido intensa vergüenza por ciertos quehaceres sexuales,  ni de haber temido que lo descubrieran, pero manifiesta avergonzarse del tratamiento a que ahora se somete y procura  mantenerlo   en  secreto  frente  a todos.

En  especial,  él  empieza  la  cura  con  una  repetición  así. A menudo, tras comunicar a cierto paciente de variada biografía y  prolongado  historial  clínico  la  regla  fundamental del psicoanálisis,  y  exhortarlo  luego  a  decir  todo  cuanto  se le ocurra, uno espera que sus comunicaciones afluyan  en torrente, pero experimenta, al principio, que no sabe decir palabra. Calla, y afirma  que  no  se  le  ocurre  nada.  Esta  no es, desde luego, sino la repetición  de  una  actitud  homosexual que se esfuerza hacia el primer  plano  como  resistencia a  todo  recordar.5  Y  durante  el lapso  que  permanezca en tratamiento no se liberará de esta compulsión  de  repetición,6 uno comprende, al fin, que esta es su  manera  de  recordar. 

Por  supuesto que  lo  que  más  nos  interesa  es  la  relación de esta compulsión de repetir con la trasferencia y la resistencia. Pronto advertimos  que  la  trasferencia  misma  es sólo una pieza de repetición, y la repetición  es  la  trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo sobre el médico: también  sobre  todos  los  otros  ámbitos  de  la  situación presente.

Por eso tenemos que estar preparados para que el analizado se entregue a la compulsión de repetir, que le sustituye ahora al impulso de recordar, no sólo en la relación personal con el médico, sino en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de su  vida por ej., si durante la cura elige un objeto de amor, toma a su cargo una tarea,  inicia   una  empresa.  Tampoco  es  difícil  discernir la participación de la resistencia. Mientras mayor sea esta, tanto más será sustituido el recordar por el actuar  (repetir). En efecto, en la hipnosis, el recordar ideal de lo olvidado corresponde a un estado en que la resistencia ha sido por completo abolida. Si la cura  empieza  bajo el patronazgo de una trasferencia suave, positiva y no expresa, esto permite, como en el caso de la hipnosis, una  profundización en el recuerdo, en cuyo trascurso hasta callan los síntomas patológicos; pero si en el ulterior trayecto esa trasferencia se vuelve hostil o hiperintensa, y por eso necesita  de represión, el recordar deja sitio enseguida al actuar. 

Y a partir de ese punto las resistencias  comandan  la secuencia de lo que se repetirá. El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas  con que  se defiende de la  continuación  de la cura, y que nos es preciso arrancarle pieza por pieza.

Tenemos dicho que el analizado repite en vez de recordar, y repite bajo las condiciones de la resistencia; ahora estamos autorizados a preguntar: ¿Qué repite o actúa, en verdad?  He aquí la  respuesta: Repite  todo  cuanto  desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto  paso hasta  su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter. Y, además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas. En este punto podemos advertir que poniendo de relieve la compulsión de  repetición no hemos obtenido ningún hecho nuevo, sino sólo una concepción más unificadora. Y caemos en la cuenta de que la condición de enfermo del analizado no puede cesar  con  el comienzo de su análisis, y que no debemos tratar su enfermedad como un episodio histórico, sino como un poder actual. Esta condición patológica va entrando pieza por pieza dentro del horizonte y del campo de acción de la cura, y mientras el enfermo lo vivencia como algo real  objetivo y actual, tenemos nosotros que realizar el  trabajo  terapéutico, que en buena parte consiste en la reconducción  al pasado.

El hacer recordar dentro de la hipnosis no podía menos que provocar la impresión de un experimento de laboratorio. El hacer repetir en el curso del tratamiento analítico, según esta  técnica más nueva, equivale a convocar  un fragmento de vida  real, y por eso no en todos los casos puede  ser inofensivo y carente de peligro. De aquí arranca todo el problema  del  a  menudo  inevitable  empeoramiento durante  la cura».

 La introducción del tratamiento conlleva,  particularmente, que el enfermo cambie su actitud conciente frente a la enfermedad. Por  lo  común  se  ha  conformado  con  lamentarse de ella, despreciarla  como  algo  sin  sentido,  menospreciarla en su valor, pero en lo demás ha prolongado frente a sus exteriorizaciones la conducta represora, la política del  avestruz, que practicó contra  los  orígenes  de  ella.  Puede  suceder entonces que no tenga noticia formal sobre  las  condiciones de su fobia, no escuche el texto correcto de sus ideas obsesivas o no aprehenda el  genuino  propósito  de  su  impulso obsesivo.7 Para la cura, desde luego, ello no sirve. Es preciso que el paciente cobre el  coraje  de  ocupar  su  atención en los fenómenos de su enfermedad. Ya no tiene  permitido  considerarla  algo  despreciable;  más  bien  será  un digno oponente, un fragmento de su ser  que  se  nutre  de buenos motivos  y  del  que  deberá  espigar  algo  valioso  para su vida posterior. Así es preparada desde el comienzo la reconciliación con eso reprimido que se exterioriza en los síntomas, pero también se concede cierta tolerancia a la condición de enfermo. Si en  virtud  de  esta  nueva  relación con la enfermedad se agudizan  conflictos  y  resaltan  al  primer plano unos  síntomas  que  antes  eran  casi  imperceptibles, uno puede fácilmente consolar de ello al paciente puntualizándole que  son  unos  empeoramientos  necesarios, pero pasajeros, y que no es posible liquidar a un enemigo ausente o que no esté lo bastante cerca. Sin embargo, la resistencia   puede  explotar   la  situación   para  sus  propósitos o querer abusar del permiso  de estar  enfermo.  Parece  hacer una demostración: «¡Mira lo que resulta de ahí, si yo no intervengo realmente en esas cosas! ¿No he hecho bien en entregarlas  a  la  represión?».  Jóvenes  y  niños,  en   particular, suelen aprovechar la tolerancia de la  condición  de  enfermo que la cura requiere para regodearse en los síntomas patológicos.

Ulteriores peligros nacen por d hecho de que al progresar la cura pueden también conseguir la repetición mociones pulsionales nuevas, situadas a mayor profundidad, que  todavía  no se habían  abierto  paso. Por  último, las acciones del paciente fuera de la  trasferencia  pueden  con­  llevar pasajeros perjuicios para  su  vida, o aun ser escogidas de modo  que  desvaloricen  duraderamente  las  perspectivas de salud.

Es fácil de justificar la táctica que el  médico  seguirá  en  ésta situación. Para él, el recordar a la manera antigua, el reproducir en un ámbito psíquico, sigue  siendo  la  meta, aunque sepa que con la  nueva  técnica  no  se  lo  puede  lograr. Se dispone a librar una permanente lucha con  el  paciente a fin de retener en un ámbito  psíquico  todos  los impulsos que él querría guiar hacia lo motor, y si consigue tramitar mediante el trabajo del  recuerdo  algo  que  el  paciente preferiría descargar  por  medio  de  una  acción,  lo celebra como un triunfo de la cura. Cuando la ligazón trasferencia se ha vuelto de algún modo viable,  el tratamiento logra impedir al  enfermo  todas  las  acciones  de  repetición más significativas y utilizar el designio de ellas como un material para el trabajo  terapéutico.  El  mejor  modo  de  salvar al enfermo  de los  perjuicios  que le causaría  la  ejecución de sus impulsos es comprometerlo a  no  adoptar  durante  la cura ninguna decisión de  importancia  vital  ( p.  ej.,  abrazar una profesión o escoger un objeto definitivo de amor); que espere, para  cualquiera  de  tales  propósitos,  el  momento  de la curación.

Desde luego que de la libertad  personal  del  analizado  se respeta lo conciliable con tales previsiones; no se le estorba ejecutar propósitos irrelevantes, aunque sean disparatados, y tampoco se olvida que el ser humano sólo escarmienta  y se vuelve prudente por experiencia  propia. Sin duda, también hay enfermos  a  los  que  no  se  puede  disuadir de embarcarse durante el tratamiento en aventuradas empresas, totalmente inadecuadas, y sólo tras ejecutarlas se volverán dóciles y accesibles para la cura psicoanalítica. En ocasiones, puede ocurrir aun que no se tenga tiempo  de refrenar  con  la  trasferencia  las  pulsiones   silvestres,  o  que el paciente, en una  acción  de  repetición,  desgarre  el  lazo que lo ata al tratamiento. Puedo mencionar, como ejemplo extremo, (el caso de una  dama  anciana  que  repetidas  veces, en un estado crepuscular, había abandonado su casa y a su marido, y huido a alguna parte, sin que nunca le deviniera candente  un  motivo  para  esta  «evasión».  Inició  tratamiento conmigo en una trasferencia tierna bien definida,  la acrecentó de una manera ominosamente rápida en los  primeros días,  y  al  cabo  de  una  semana  también  se  «evadió» de mí, antes que yo hubiera tenido tiempo  de  decirle  aigo capaz  de  impedirle  esa repetición.

Ahora bien, el principal recurso para domeñar la compulsión de repetición del paciente, y transformarla en un motivo para el recordar, reside en el manejo de la trasferencia. Volvemos esa compulsión inocua y, más aún, aprovechable si le concedemos su derecho a ser  tolerada  en cierto ámbito: le abrimos la trasferencia como la palestra donde tiene permitido desplegarse con una  libertad  casi total, y donde se le ordena que escenifique  para  nosotros todo pulsionar patógeno que permanezca escondido en  la vida anímica del analizado. Con tal que el paciente nos muestre al menos la solicitud {Entgegenkommen}de respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos, casi siempre, dar a todos los síntomas de la enfermedad un nuevo significado trasferencial,8 sustituir su neurosis ordinaria por una  neurosis de  trasferencia,9 de la que puede ser curado en virtud del trabajo terapéutico. La trasferencia  crea  así un  reino intermedio  entre la  enfermedad y la vida, en virtud del cual  se  cumple el tránsito  de aquella a esta. El nuevo estado  ha asumido  todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial asequible por doquiera a nuestra intervención. Al mismo tiempo es un fragmento del vivenciar real objetivo, pero posibilitado por unas condiciones particularmente favorables, y que posee la naturaleza de algo provisional. De las reacciones de repetíción,10 que se muestran en la trasferencia, los caminos consabidos llevan luego al despertar  de los recuerdos, que, vencidas las resistencias, sobrevienen con facilidad.

Podría  interrumpir  aquí,  si  el  título  de  este  ensayo  no me obligara a exponer otra pieza de la técnica analítica. El vencimiento de la  resistencia  comienza,  como  se  sabe,  con el acto de ponerla en descubierto el médico,  pues  el  analizado nunca la discierne, y comunicársela a este. Ahora bien, parece que principiantes en el análisis  se  inclinan  a  confundir este comienzo con el análisis en su totalidad. A menudo me han llamado a consejo  para  casos en que el médico se quejaba de haber expuesto al enfermo  su  resistencia,  a pesar de lo  cual  nada  había  cambiado  o,  peo  la  resistencia  había  cobrado  más  fuerza  y  toda  la situación  se había vuelto aún menos trasparente. La cura parecía  no dar un paso adelante. Luego, esta expectativa sombría siempre resultó errónea. Por regla general, la cura se encontraba en su mayor progreso; sólo que el médico había olvidado que nombrar la resistencia no puede producir su cese inmediato. Es preciso dar tiempo al enfermo para enfrascarse en la resistencia, no consabida para él; 11 para reelaborarla {durcharbciten}, vencerla prosiguiendo el trabajo en desafío a ella y obedeciendo a la  regla  analítica fundamental.

Sólo en el apogeo de la resistencia, descubre uno, dentro del trabajo en común con el analizado, las mociones pulsionales reprimidas que la alimentan  y de cuya  existencia y poder el paciente se convence en virtud de tal vivencia. En esas circunstancias, el médico no tiene más que esperar y con­ sentir un decurso que no puede ser evitado, pero tampoco apurado. Ateniéndose a esta intelección, se ahorrará a me­ nudo el espejismo de  haber  fracasado  cuando en verdad ha promovido el tratamiento siguiendo  la línea correcta. En la práctica, esta reelaboración de las resistencias puede  convertirse en una ardua tarea para el analizado y en una  prueba de paciencia para el médico. No obstante, es la pieza del trabajo que produce el máximo efecto alterador sobre el paciente y que distingue  al  tratamiento analítico de todo influjo sugestivo. En  teoría se la  puede equiparar a la «abreacción» de los montos de afecto estrangulados por la represión, abreacción sin la cual el tratamiento  hipnótico permanece infructuoso .12



* {Abreviatura,  poco  usual  en  Freud,  de “psicoanalítica”.}

1 [En la primera edición este párrafo y los tres siguientes (que constituyen la «intercalación») aparecían impresos en un tipo de letra más pequeño.]
2  Esta  es, desde luego, una  referencia  al «Hombre  de los Lobos» y al sueño que este tuvo a los cuatro años de edad. Freud acababa de terminar su análisis, y es probable que redactase el historial clínico más o menos simultáneamente con la preparación del presente trabajo, aun­ que aquel se publicó sólo cuatro años  más tarde  (1918b). Antes de  eso, empero, abordó el examen de esta clase especial de recuerdos infantiles en la 23 de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (191617),  AE,  16,  págs. 3348.
3   Freud  retoma  la  argumentación   donde  la  había  dejado  antes de la intercalación precedente.
4  Esto había sido  señalado   por  Freud   mucho  antes,  en  su  Epílogo, del análisis de Dora.  AE, 7,  pág. 104, donde considera el  tena  de la  trasferencia.
5 «Sobre la iniciación del tratamiento» (1913c),  supra, pág. 139
6 Esta es, aparentemente, la primera vez que Freud menciona el concepto, que en un sentido más general  habría  de  tener  tan  importante cometido en  su posterior  doctrina  de  las  pulsiones.  Referido, como aquí, a su aplicación clínica, se lo encuentra nuevamente en «Lo ominoso» ( l9l9), AE, 17, pág. 238, y forma parte de  las  pruebas aducidas en apoyo de la tesis general de Más allá del principio de placer (1920),   AE,  18,  págs.  18  y   sigs.,  donde   se  remite  a  este trabajo.]
7  Se  hallarán  ejemplos  en   los  historiales   clínicos  del   pequeño  Hans ( 1909),  AE10,  pág 101,  y    «Hombre  de   las   Ratas»   (1909), AE, 10,  pág. 174
8 «übertragungsbedeutung»; en las ediciones anteriores  a 1924  rezaba   aquí   «übertragungsbedingung»  {«condición trasferencia!»}.
9 El vínculo entre este uso particular de la expresión  y el corriente (como  designación  de  las  histerias  y  la  neurosis  obsesiva)   se  indica en la 27 de las Conferencias de introducción  al  psicoanálisis  ( 1916 17),  AE,  16,   pág.  404.)
10   En  la  primera  edición  decía  «acciones  de repetición».
11   sich in  den ihm unbekannten Widerstand  zu  vertiefen». En 1a primera edición, en vez de «unbekannten»  se leía  «nun bekannten». {Antes  de  la  modificación,  el  texto  rezaba:  « ...   para  enfrascarse  en esta   resistencia   que  ahora  le  es consabida»}.
12 El concepto de «reelaboración», introducido en el presente trabajo, se relaciona evidentemente con la «inercia psíquica», a la que Freud dedica varios pasajes. Algunos de ellos se mencionan  en una nota mía de «Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica» ( 1915, AE, 14, pág. 272. En Inhibíción, síntoma y angustia (1926), AE, 20, págs. 149-50, la necesidad de la reelaboración es atribuida  a la  resistencia  de lo inconciente  (o del ello), tema  al cual se vuelve en “Análisis terminable e interminable” (1937), AE, 23, págs. 24-34.]

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