lunes, 25 de julio de 2011

ADICCIONES Y DROGAS: EL PROBLEMA DE LA REGULACION DE LOS CONSUMOS.




      Lic. Juan E. Fernández Romar *
Lic. Anabel Beniscelli** 
  
      

Resumen






La clínica de los consumos problemáticos de drogas resulta particularmente compleja; especialmente en la actualidad, dado que se viene verificando una gran diversificación de los sentidos y significaciones asignados a tales prácticas. No obstante, las demandas clínicas en este campo suelen presentarse como pedidos de nuevas formas de regulación de esos consumos problemáticos. Se discute aquí también la importancia de las diferentes formas de control de los consumos: heterocontroles, controles societarios y autocontroles, y se sugiere además el aprovechamiento técnico de las últimas dos modalidades.



    

  El llamado fenómeno de las adicciones se instala como situación problema recién en la constitución de los Estados Modernos. A medida que las sociedades se van organizando en formas menos sacras dando paso a la industrialización y el libre mercado, los consumos de diferentes sustancias psicoactivas van pasando de un uso regulado por tiempos naturales y rituales religiosos, hacia prácticas desreguladas de consumo. Es decir, las drogas se transforman en una mercancía que, por lo tanto, se puede no sólo producir, sino traficar, vender y comprar.

  No obstante, hoy como ayer cabe la pregunta de  por qué deseamos drogas. Pregunta que ha sido respondida en forma muy elocuente por Tomas Szasz, uno de los fundadores de  la denominada antipsiquiatría: “Basicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquís, columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables”.(1)

   De todas formas, sabemos que los sentidos y significaciones asignados socialmente a las diferentes sustancias han variado considerablemente. Tomemos, por ejemplo, la mística de los años 60  y  del “flower power” hippie, donde el consumo adquiría una serie de sentidos y significaciones compartidos por grandes colectivos que encontraban en la psicodelia y los vehículos de la embriaguez que la propiciaban, la base para una interpretación del mundo con proyectos e ideales consensuales. Nos atreveríamos a decir que en tales circunstancias éstos grupos compartían una misma Visión del Mundo (2), que oficiaba de soporte identitario social y prospectivo.

  En las últimas décadas, se ha evidenciado un aumento del policonsumo con soportes identitarios sociales más lábiles o, tal vez, menos “ideologizados”.

 Actualmente, las demandas terapeúticas relacionadas con usos problemáticos de drogas responden a escenarios familiares y sociales tan diversos que dificultan la posibilidad de establecer rasgos comunes entre ellos, o bien de señalar pautas clasificatorias de las variadísimas dramáticas que se despliegan.

  Desde esta experiencia profesional cabe consignar el arribo a los dispositivos clínicos de los hijos púberes o adolescentes de las tribus metaleras de los años ochenta. Poblaciones que configuraron algunas de las formas adoptadas por la contestación de la movida under de aquellos años.

  De igual modo comienzan a llegar –entre otros- las terceras generaciones de familias que resolvieron durante años su supervivencia económica con el comercio ilegal de drogas. Estamos hablando por ejemplo de un chico de 19 años cuyos recuerdos más tempranos lo ubican en un estado paralizante de pánico, abrazado de un peluche relleno de cocaína, mientras la policía inspeccionaba la casa de sus abuelos maternos en busca de droga.

 En otro extremo cultural aparecen también nuevas demandas reguladoras de los consumos, formuladas por adultos muy lejanos a la cultura de las drogas, con modalidades de uso solitario e inveterado de estimulantes que responden a formas sui generis de automedicación en estados depresivos.

 Como ha señalado Alain Ehrenberg: “En las sociedades no modernas, las drogas pertenecen a las medicinas y a los ritos (ligados a un tiempo cíclico y a mitos) que permiten establecer relaciones con los dioses, con los muertos o revelar un destino. En las sociedades modernas constituyen experiencias que producen y revelan simultáneamente los estilos de relaciones que el individuo mantiene consigo mismo y con el prójimo. Más precisamente, las sustancias que alteran los estados de conciencia y las percepciones mentales son prácticas de multiplicación artificial de la individualidad, ya sea que inicien al conocimiento de otro mundo, aumenten las performances de cada uno, anestesien la angustia, favorezcan el intercambio social desinhibiendo, o a la inversa, desprendan del mundo común permitiendo encerrarse en sí mismo, en su refugio o infierno privado.” (3)

  Esta idea que Ehrenberg tomó en préstamo del Baudelaire de Los Paraísos Artificiales señala con gran claridad la imposibilidad de una clínica unívoca y universal para el abordaje de los problemas asociados al uso de drogas. Asimismo, cabe preguntarnos acerca de la dimensión psicopatológica de la cuestión.

“Evidentemente, la “adicción a las drogas” y el “abuso de drogas” no pueden definirse sin especificar los usos correctos e incorrectos de ciertos agentes farmacológicamente activos. La administración regular de morfina por parte de un médico a un paciente que agoniza de cáncer es el paradigma del uso correcto de un narcótico, mientras que su auto-administración, aún ocasional, por parte de una persona físicamente sana con propósitos de “placer farmacológico” es el paradigma del abuso de drogas”. (4)



Psicopatología y toxicomanía



 Desde que Freud le da un sitial cientificista al “descubrimiento” del inconsciente, podemos comprender que ningún sujeto escapa a la producción de alguna psicopatología. Por lo tanto, nuestras asignaciones de sentido y nuestra particular forma de ser-en-el-mundo estará inevitablemente evidenciando no sólo nuestro compromiso con lo social, sino también nuestro compromiso con lo inconsciente y, por lo tanto, produciendo a través de múltiples lapsus, actos fallidos, actings y los más diversos mecanismos de defensa, una particular significación de los acontecimientos fantasmáticos de la propia novela familiar, en enlace con el devenir de otra novela y tiempo histórico-social.

  “De manera general, debemos admitir que cada individuo, cada grupo social, vehiculiza su propio sistema de modelización de la subjetividad inconsciente, lo que quiere decir una cierta cartografía hecha de referenciales cognitivos, pero también míticos, rituales, sintomatológicos, a partir del cual posicionarse en relación a sus afectos, sus angustias, intentando dirigir sus inhibiciones y pulsiones de todo tipo” (5)

 De este modo, creemos entender que asignarle a la problemática de las adicciones únicamente un estatuto psicopatológico evidenciaría un interés por acotar a tan sólo algunas características un problema múltiple y complejo.

   La denominada toxicomanía (esa forma de englobar diversos problemas asociados a los consumos compulsivos de drogas) no puede ser reducida a una sola dimensión, sea esta moral, legal, medica, sociológica, psicológica o religiosa; ya que no configuran en un sentido estricto y exclusivo, ni una falla moral, un delito, una patología o un pecado, aunque los diferentes aparatos judiciales médico-psicológicos o religiosos pretendan capturarla dentro de sus respectivas lógicas. Tampoco se trata de la mera suma en algún grado de todos esos factores. De ahí que no exista ningún aparato especializado que pueda estar en condiciones de responsabilizarse plenamente de esta cuestión y se encuentren tan a menudo en conflicto entre sí.

   En ese marco complejo, quienes trabajamos clínicamente nos enfrentamos cotidianamente al desafío de colaborar eficazmente en la resolución de los más diversos problemas existenciales relacionados con diversos modos de consumo de drogas. Problemas que se transforman en el espacio clínico en demandas de regulación de los consumos. Situación que nos enfrenta a la cuestión de los controles y los poderes.  “Lo que llamamos problema con las drogas es un complejo grupo de fenómenos interrelacionados, producidos por la tentación, la elección y la responsabilidad personal, combinadas con un conjunto de leyes y políticas sociales...” (6)



La problemática de la rehabilitación en Uruguay 



 En una investigación anterior (7) -realizada durante el año 1998 desde la Facultad de Psicología (Montevideo, Uruguay)- se elaboró  un panorama general sistematizado de las diferentes estrategias de rehabilitación de personas adictas a drogas ilegales desarrolladas historicamente en Uruguay. Producto de dicha investigación se pudo arribar, entre otras, a las siguientes conclusiones:

  *   Se observó una contradicción importante entre el valor estratégico y político que el Estado le concede a la problemática de las drogas y la falta de apoyo económico a las instituciones asistenciales que intervienen en ese campo, sean públicas o privadas.

  * No se evidenciaron criterios comunes en las instituciones intervinientes ni para el diagnóstico ni para la evaluación de las prácticas.

  *  La gran mayoría de las instituciones que trabajan en ese campo presentan un alto nivel de profesionalización e incluyen en su abordaje a varias disciplinas. No obstante, esto no evita que existan múltiples posicionamientos ideológicos que incluyen posturas dogmáticas inamovibles y rituales moralizantes.

 *  No existen controles de los equipos terapéuticos tal como ocurre con otras áreas de la salud. El posicionamiento como agente activo en la lucha contra la droga aparece como factor legitimante de las prácticas.

* Tampoco hay una normativa clara que proteja a las personas que se encuentran en rehabilitación de las medidas terapéuticas de las que son objeto ni marcos éticos comunes en cuanto a la relación con los pacientes y al reconocimiento de su derecho a incidir en las decisiones que comprometen su vida.

  Si bien el denominado uso indebido de drogas se considera como un capítulo más de las patologías psicológicas, no hay lineamientos que pauten los abordajes profesionales, debido, por una parte, a la multicausalidad de toda adicción, pero principalmente porque el campo configurado por la problemática de las drogas se encuentra muy a menudo estriado y flechado por intereses ideológicos. De esta forma se soslayan aspectos que podrían redefinir en muchos casos los abordajes.

 Tampoco tenemos argumentos suficientes para pronunciarnos plenamente sobre la conveniencia de la libertad total o bien la supresión de todas las formas de consumo.

 Lo que sí sabemos es que hay órdenes y desórdenes, formas de regulación eficaces y otras que no lo son tanto.

 La clínica de los consumos problemáticos de drogas nos plantea la necesidad del reconocimiento e incidencia de tales modos de regulación.



Estrategias de regulación de los consumos




  Robert Castel y Anne Coppel han sido quienes han abordado mejor esta cuestión, proponiendo una clasificación particularmente útil de los tipos de control existentes en materia de drogas.

 Según estos autores podemos distinguir tres tipos de control: los heterocontroles: aportados por la justicia y la medicina; los controles societarios: aportados por el entorno social en forma permanente (familia, pares, jefes, profesores, etc); y el autocontrol.

  Los heterocontroles no sólo han sido desarrollados frente a ocasionales formas salvajes y descontroladas de consumo (producto de nuevas formas de producción industrial y de tráfico que desbordaron las formas tradicionales de regulación) sino que también se consolidaron a partir de la construcción política del problema.

  Los consumidores que se convierten en toxicómanos son aquellos que dejan de regular su consumo, produciendo problemas que no pueden resolver por ellos mismos (orgánicos, económicos, violencia, etc.).

Al desregular su consumo se vuelven un peligro para los demás y para ellos mismos, movilizando en primera instancia, controles societarios y luego, con mayor o menor justicia, otras formas de heterocontrol.

Como han señalado con acierto Castel y Coppel: “La cuestión planteada por estos heterocontroles no es, por tanto, la de su existencia o de su legitimidad, sino de la estrechez de su jurisdicción y de los límites de su eficacia” (8).

 Las formas de heterocontrol son, por lo general, poco sensibles a las características de los problemas que intentan resolver, lentas en sus transformaciones, y dependientes de intereses políticos.

  Por otra parte, la medicalización del problema de la droga también suele desatender la multidimensionalidad de la cuestión, reduciendo su complejidad a dimensiones singulares, considerando al toxicómano como un enfermo que requiere atención terapeútica y sobre el que hay que instrumentar medidas de aislamiento y contención para evitar que “contagie” a otros.

“El orden manicomial es la imposición de técnicas disciplinarias, pero la tecnología médica les da una unidad de la que antes carecían (...) la justificación terapeútica deduce todas las actividades del mismo principio. La organización de la vida cotidiana es tratamiento, la sumisión a las órdenes del personal es tratamiento, el trabajo es tratamiento.” (9)

 El aparato médico suele ser poco sensible a las diferencias individuales, familiares y a las características particulares de los controles societarios que el entorno microsocial establece sobre el toxicómano.

 Muy habitualmente desarrolla medidas estandarizadas de medicación, control y disciplinamiento a todos los toxicómanos que tiene que atender. Es frecuente en algunas clínicas psiquiátricas privadas, por ejemplo, mantener atado al toxicómano a la cama durante largos períodos simplemente por su condición. De última, se trata de una fórmula transaccional entre la contención durante la abstinencia y el castigo disciplinante.

 También se suele repetir, desde las formas más represivas y duras de rehabilitación, que quien se ha convertido en toxicómano lo va a seguir siendo toda la vida y que la única salida es que se asuma como un adicto en abstinencia por el resto de sus días. Discurso que suelen adoptar con preocupante regularidad gran cantidad de toxicómanos y algunos profesionales, sin que haya evidencias de que esto sea verdad.

 “El toxicómano no vive en otro planeta. Casi siempre sigue siendo –aunque problemáticamente- un individuo social, que continúa por un lado apoyándose en los códigos ordinarios de la vida común, y sobre quien no dejan de pesar las coerciones más prosaicas” (10)

 En éste entramado todos los diversos actores se encuentran sobre- determinados por redes de significación que inevitablemente los contienen y, en rigor, los trascienden, produciéndose las más de las veces en las tramas familiares una especie de juego laberíntico con múltiples espejos, que devuelven las más variadas imágenes, no siempre reconocibles, esperadas o anheladas.

Se trata de reconocer las producciones del inconsciente en sus manifestaciones psicopatológicas en el vínculo que establece el sujeto con la droga, tanto así como con todo su entorno vital, privilegiadamente la familia

 Juego de espejos que involucra un altísimo nivel de exposición, no siempre buscado o aceptado. Exposición que involucra a su vez, a los diversos actores profesionales que intervienen en la ardua tarea de intentar esclarecer las múltiples redes de significación que se han ido tejiendo en torno a una situación de consumo de sustancias psicoactivas hasta configurarla en un problema.

  La evaluación logística de cualquier intervención psicológica debería contemplar un análisis de las formas de control societario inmanentes a ese campo de análisis, y una valoración de las perspectivas que estas presentan en el propiciamiento de nuevas formas de autocontrol, en arreglo con sus necesidades y las tensiones del exterior.

 Hablar de controles societarios refiere a las miradas suspicaces de los compañeros, las amonestaciones reprobatorias de parejas y amigos, de los consejos correctores del grupo de pares consumidores, del llanto recriminatorio de una madre o de una abuela... Se trata de intentos de control espontáneos pero que operan permanentemente a lo largo y ancho de toda la red social.

  Incluso en la propia red de consumidores y distribuidores los controles societarios tienen particular importancia. El toxicómano es evaluado permanentemente tanto por sus proveedores como por sus eventuales clientes. “Zarparse” demasiado implica poner en riesgo tanto el negocio como la seguridad de sus socios en la empresa de drogarse.

 Resulta interesante considerar a este respecto una investigación reciente desarrollada por el Instituto de Investigación y Desarrollo Social (IDES) sobre una población de usuarios de cocaína no inyectable en Montevideo, Uruguay, la cual reveló que el 66% de los encuestados trabajaba o estudiaba y que más de la mitad vivía principalmente de sus ingresos. Asimismo sólo un 18% de esta población había estado preso alguna vez. Datos que reflejan el grado de integración social de la población estudiada.(11)

  A partir de la experiencia acumulada a lo largo de muchos años de trabajo con sujetos con consumos problemáticos de diferentes sustancias y teniendo en cuenta la perspectiva política de la reducción del daño, se considera que el profesional de la rehabilitación debe evaluar la riqueza y el potencial de los controles societarios a los que está sometida la persona en tratamiento, propiciando así la elaboración consecuente de nuevas formas de autocontrol más efectivas en cada caso.

 Contemplar, analizar y señalar los sentidos y significados que tiene para esa persona y su entorno inmediato sus modalidades de consumo, propicia la emergencia de nuevos sentidos que sostengan otro tipo de prácticas más saludables y, por consiguiente, nuevas formas de autocontrol.

 Hablar de autocontrol no es más que la internalización parcial de los heterocontroles y de los controles societarios, en una economía fluctuante de deseos y coerciones. Tensión permanente e inmanente a la vida misma que deberá develarse -y entrenarse en sostenerla- a través de la intervención terapeútica de profesionales altamente capacitados desde las más diversas especialidades.

 Desde nuestras experiencias hemos hallado que los modos de trabajo en red que comprometen a un número creciente de personas implicadas en el problema, y la exploración colectiva de las funciones de utilidad y significados presentes en los consumos, propicia el surgimiento de nuevos agenciamientos colectivos de enunciación, nuevas estrategias de controles societarios y nuevas modalidades de autocontrol. Productos emergentes de saberes compartidos y prácticas colectivas.

 Paralelamente, tal como debería suceder en cualquier intervención clínica, el motor del cambio debe estar dado por el propiciamiento de la producción de deseo y el deseo de producción. 

   

   Montevideo, Enero de 2005.



* Lic. Psic. Juan E. Fernández Romar.
Profesor Agregado del Area de Psic. Social de la Facultad de Psicología del Uruguay.
Especialista e investigador en el tema drogas.
** Lic. Psic. Anabel Beniscelli.
Profesora Asistente de Talleres de la Facultad de Psicología del Uruguay.
Especialista en prevención de las adicciones.



BIBLIOGRAFÍA



(1) Szasz T. Nuestro derecho a las drogas, Anagrama, España, 1993, pág.26.

(2) “Visión del Mundo... es el sistema del pensamiento que, en ciertas condiciones, se impone a un grupo de hombres que se encuentran en situaciones económicas y sociales análogas”. (Lucien Goldmann en Investigaciones Dialécticas, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1962, pag.45).

(3) Ehrenberg A. “Un mundo de funámbulos” en Individuos bajo influencia, Nueva Visión, Buenos Aires, 1994, pag.7.

(4) Szasz T. “La ética de la adicción” en Psicología del Drogadicto, Rodolfo Alonso Editor, Argentina 1972, pag. 92.

(5) Guattari F. “Lenguaje, conciencia y sociedad”, en El Espacio Institucional 1, Lugar Editorial, Argentina, 1991, pag.105.

(6) Szasz T. Nuestro derecho a las drogas, Anagrama, España, 1993, pág.27

(7) Fernández Romar J. “Estrategias de rehabilitación de adictos a drogas ilegales”, en

V Jornadas de Psicología Universitaria, Facultad de Psicología, Uruguay, 2000, pág. 457 – 458.

(8) Castel R y Coppel A; “Los controles de la toxicomanía” en Individuos bajo influencia, op.cit., pág.227.

(9) Castel R. El orden Psiquiátrico, Las ediciones de La Piqueta, Madrid, 1980. pág. 103.

(10) Castel R y Coppel A. “Los controles de la toxicomania” en  Individuos bajo influencia, pág. 228.

(11) Osimani M y otros, Usuarios de cocaína, Prácticas de riesgo y prevalencia de infecciones por VIH, Hepatitis B, Hepatitis C y T.Pallidum, Co-edición IDES-MSP-OPS-OMS, Montevideo, 2003.

3 comentarios:

itza brindis dijo...

Tras leer el articulo de acuerdo a lo que se menciona aquí y tomando referencia de algunas otras lecturas sobre el mismo tema me he puesto a pensar que las adicciones para la mayoría de los individuos son consideradas como el consumo de sustancias toxicas que alteran o modifican el comportamiento, así como dañan su sistema nervioso, motriz y sensorial entre otros. Pero algo que me llamo mucho la atención del articulo es como hace referencia a ¿por qué los sujetos comienzan a consumir algún tipo de sustancia toxica?, quizá es algo que la mayoría de las personas no se preguntan pues nos olvidamos de buscar la base de la adicción. Se dice aquí lo siguiente: “Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor.”
Dicho esto y analizando un poco un par de entrevistas que realice hace ya un tiempo a sujetos con problemas de adicciones podría aventurarme a decir que estos individuos, consumen alguna sustancia toxica con el objetivo de olvidar, o aliviar aquel sentimiento de soledad que los absorbe día a día, incluso sí se piensa desde un enfoque Kleiniano se podría ver como una opción para sustituir el objeto primario.
Entonces básicamente después de exponer un poco lo que el texto me hizo pensar y mi poca experiencia en ello, me gustaría sugerir que se hablara dentro de este blog sobre la relación entre las adicciones y la sustitución de un objeto perdido o bien la reparación de una falta.

Atentamente. Itzayana Fernández

itza brindis dijo...

Tras leer el articulo de acuerdo a lo que se menciona aquí y tomando referencia de algunas otras lecturas sobre el mismo tema me he puesto a pensar que las adicciones para la mayoría de los individuos son consideradas como el consumo de sustancias toxicas que alteran o modifican el comportamiento, así como dañan su sistema nervioso, motriz y sensorial entre otros. Pero algo que me llamo mucho la atención del articulo es como hace referencia a ¿por qué los sujetos comienzan a consumir algún tipo de sustancia toxica?, quizá es algo que la mayoría de las personas no se preguntan pues nos olvidamos de buscar la base de la adicción. Se dice aquí lo siguiente: “Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor.”
Dicho esto y analizando un poco un par de entrevistas que realice hace ya un tiempo a sujetos con problemas de adicciones podría aventurarme a decir que estos individuos, consumen alguna sustancia toxica con el objetivo de olvidar, o aliviar aquel sentimiento de soledad que los absorbe día a día, incluso sí se piensa desde un enfoque Kleiniano se podría ver como una opción para sustituir el objeto primario.
Entonces básicamente después de exponer un poco lo que el texto me hizo pensar y mi poca experiencia en ello, me gustaría sugerir que se hablara dentro de este blog sobre la relación entre las adicciones y la sustitución de un objeto perdido o bien la reparación de una falta.

jlgf56 dijo...

Muchas Gracias Itza, daremos seguimiento a tu propuesta y también esperamos tus aportaciones.